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DIMAS
vozyespiritu  27/07/2011 13:40:00
DIMAS

Por: Miguel Angel

Dimas... mucho se ha mencionado mi nombre. Se han dicho verdades y también mentiras. Se ha dicho que sin conocer a Jesús había creído en Él en mis últimos momentos. La verdad es que sí lo conocía. La verdad es que lo había visto en varias ocasiones, e incluso lo había escuchado desde lo lejos. Varias veces estuve a punto de dejar mi vida de fechorías y seguir al Maestro. El Maestro hablaba siempre con mucho amor, pero con tal elocuencia, con tal majestuosidad, con tal fuerza y convicción, que sus palabras me calaban hasta lo más profundo. Pero me dejé llevar por la vida de aventuras y por la figura recia de mi jefe Barrabás que me hacían pensar que la liberación de mi pueblo era por ese camino de las armas y la violencia.

Nací en una familia pobre y numerosa. Desde que tuve consciencia escuché hablar a toda la gente en contra de los romanos. La manera en que nos habían invadido, la manera en que habíamos sido sojuzgados. Me dejé contagiar del odio hacia ellos y del deseo de luchar por nuestra liberación. En cuanto crecí me juntaba con otros mozalbetes para lanzar piedras a los romanos desde escondites en las colinas y luego corríamos para no ser vistos. Ya más grande trabajé en lo que pude, haciéndola de cargador, albañil, pastor, velador, cuidando caballos etc. Luego me uní a la banda de Barrabás y comencé una vida de robos, saqueos y crímenes en contra de los romanos. A veces me acercaba al grupo de personas que escuchaban a Jesús y era en esos momentos en que mi corazón latía con más fuerza y dudaba: ¿Acaso Jesús era el Mesías? ¿Por qué no usaba armas como nosotros? ¿De qué manera pensaba liberarnos? Al final decidí seguir con Barrabás porque pensé que ese era el camino hacia nuestra liberación de los romanos, ¡pero me equivoqué! Varios de nosotros fuimos apresados y pronto supe que sería ejecutado; ¡crucificado!
Mientras aguardaba mi ejecución pensaba y pensaba. ¿Qué había hecho con mi vida? Sentía que la había desperdiciado. ¿Qué más podía haber hecho? Barrabás nos increpaba diciendo que éramos unos héroes y que así seríamos recordados después de la liberación de nuestro pueblo, pero yo no estaba muy convencido; me sentía frustrado, enojado, temeroso. De pronto sacaron a Barrabás y cuando ya no volvió a la celda nos enteramos que había sido liberado por la costumbre de la Pascua y que en su lugar sería crucificado el Maestro Jesús de Nazaret. ¡Me cayó como una lápida encima!... ¿Cómo era posible? ¿Qué delito había cometido? ¿Por qué liberaron a Barrabás y no a Él? No podía comprenderlo; la cabeza me daba vueltas. Nos sacaron a Gestas y a mí y nos azotaron. Tan ensimismado estaba yo en el crucigrama de mis pensamientos que casi no sentí los azotes. Luego nos colocaron el travesaño de la cruz sobre los hombros y salimos a la calle y... entonces lo vi... era el Maestro. ¿Qué le habían hecho? Apenas podía reconocerlo. Estaba muy delgado, tan delgado que se le veía el estómago hundido y todo su cuerpo estaba amoratado y manchado con sangre seca y fresca. Su cabeza estaba coronada por una burda corona de espinas que hacía correr hilos de sangre por toda su cara. Su espalda toda desgarrada con las huellas de azotes y sus costillas casi se veían entre cuajarones de sangre. Se le notaba agotado, sumamente débil y agotado. Gestas y yo estabamos furiosos, pero mi furia era conmigo mismo, aunque a veces soltaba insultos contra los romanos y las gentes que se burlaban, para aparentar solidaridad con Gestas y con nuestro movimiento. No dejaba yo de mirar al Maestro Jesús y me admiraba su entereza y su manera callada de aceptar las cosas. ¿Por qué no protestaba? ¿Por qué no insultaba a los romanos como nosotros? Era tanto su cansancio que se retrasaba y yo tenía que voltear hacia atrás para poder verlo de nuevo. Cuando cayó bajo el peso del madero tuve ganas de dejar el mío y ayudarle. Afortunadamente alguien más le ayudó. Gestas se veía temeroso, furioso, y constantemente vociferaba contra la gente y los romanos, como si con eso tratara de ahuyentar el miedo que asomaba en su cara. Yo a veces lo imitaba, aunque no muy convencido. De pronto, arriba del cerro vi los tres postes sobre los que nos iban a crucificar. Mi corazón dio un vuelco. Me frené un poco, pero un guardia me apresuró a empujones y latigazos. Cuando llegamos al sitio, nos amarraron más fuerte los brazos al madero que veníamos cargando y nos clavaron las manos a él. A pesar del intenso dolor que sentí, me parecía un sueño lo que estaba viviendo. Pensé que pronto despertaría y ya no habría nada de esa pesadilla. Cuando nos levantaron hacia el poste y nos clavaron los pies, me di cuenta de que no era un sueño, no era una pesadilla. Todo era real. Una realidad dolorosa. Gestas y yo estábamos vociferando a todos como un remedio para liberar la tensión y el dolor. Incluso en un momento dado yo mismo tuve la intención de recriminar al Maestro por no salvarse con sus poderes. La angustia y el dolor crecían conforme pasaban las horas, pero el Maestro parecía estar sereno, tranquilo, con una expresión de compasión, de amor y de perdón. A veces decía algo que yo no alcanzaba a escuchar o entender. En ocasiones parecía hablar consigo mismo. Comencé a admirarlo y a sentir amor por Él. Su humildad, su mansedumbre, su grandeza en esos momentos tan difíciles, me hicieron comprender que su Reino era un reino invisible de paz, de amor, de perdón y no de violencia ni de odios. Quería que me mirara, pero tenía sus ojos vueltos a otra parte. De pronto, Gestas le recriminó: “Si eres el hijo de Dios, ¿por qué no te salvas a ti mismo y nos salvas a nosotros?” En cuanto terminó de increpar al Maestro Jesús, yo sentí que me hervía la sangre contra mi compañero y le grité: “¿Es que ni siquiera temes a Dios? ¿No ves que sufrimos justamente por nuestras acciones, pero que este hombre sufre injustamente? Sería mejor que buscáramos el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestra alma.” Cuando terminé de gritarle esto a mi compañero, volví la cara hacia el Maestro y sentí que me envolvía con su mirada y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro. Sus ojos se encontraron con los míos... ¡Oh, Dios mío! ¡Nunca lo podría olvidar! Esos ojos tristes, cansados, ojerosos, pero que mostraban un brillo de perdón. ¡Un brillo de intenso amor! Un amor que taladró mi alma, un amor que inflamó mi corazón. Entonces fue cuando sentí un impulso grande de fe; cuando creí realmente que era de verdad el Mesías, el Hijo de Dios que iba de regreso a su Reino. Respiré profundamente para sacar fuerzas y armándome de valor le dije con toda el alma: “ Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.” Haciendo un esfuerzo, el Maestro volvió a sonreírme y me dijo con voz clara: “ En verdad, en verdad te digo hoy, estarás conmigo en el Paraíso.” Me envolvió de nuevo de pies a cabeza con su mirada y ya no sentí la cruz; solamente sentí su amor y su perdón. Me invadieron las lágrimas; lágrimas de alegría; lágrimas de arrepentimiento.
¡Un ladrón! ¡Eso era yo!
¿Y Él se dignaba dirigirme su mirada y su palabra?
¿Él me perdonaba con tanta facilidad?
¿Él cargaba también mis culpas sobre sus hombros?
¿Él desvanecía mis faltas en su cruz?
Los minutos transcurrían lentos y las fuerzas nos abandonaban poco a poco. Yo me sentía desfallecer, pero ya estaba tranquilo. Me sentía en paz. El Maestro, agonizante, dejaba caer constantemente su cabeza sobre el pecho. Una extraña tormenta de arena comenzó a llegar, oscureciendo el sol. Luego escuché al Maestro decir: “...Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” En ese momento supe que había muerto. Me sentí solo, profundamente solo y abandonado. ¡Quería seguirlo! ¡Deseaba morir para que no me dejara atrás! ¡Deseaba morir para que me mirara de nuevo!

Cuando me quebraron las piernas ya no sentí dolor; mi espíritu se llenó de gozo y de júbilo, ¡porque ahora sí podría seguirlo!

Cuando mi corazón dejó de latir, mi alma comenzó a percibir una luz, una luz que se acercaba. ¡Era Jesús! ¡Era su figura radiante como el sol! Con su mano me mostraba el camino.... Gracias Maestro Jesús.
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