César Vidal y el prejuicio anticatólico (IX)
jamacor 04/01/2012 15:29:43

La escuadra (símbolo de la rectitud) y el compás (símbolo de los límites con los que debe mantenerse cualquier masón respecto a los demás, sobre todo respecto a los demás masones) son quizá los dos símbolos masónicos más conocidos. Aquí aparece también la letra "G", símbolo de la masonería que representa al Gran Arquitecto del Universo.
A las 7:49 PM, por Bruno*
Nuevo artículo de D. César Vidal, sobre la carga que ha supuesto para España e Hispanoamérica el catolicismo. Gracias a no descansar durante las Navidades, D. César me lleva un artículo de ventaja, pero espero alcanzarle pronto, a pesar de mi conocida pereza católica, tan alejada de la ética protestante del trabajo.
Para D. César, una gran diferencia entre España y las naciones Hispanoamericanas por un lado, y las naciones protestantes por otro, es que las primeras han vivido inmersas en la lucha entre una masonería “progresista” pero elitista y la Iglesia Católica, gran enemiga del progreso y defensora del absolutismo en el mundo. Al ser las dos opciones muy malas (sobre todo la del catolicismo, claro), las naciones hispanas han tenido una historia nefasta hasta hace poco, a diferencia de las protestantes. Como siempre, su tesis se sostiene en omisiones muy llamativas, medias verdades y una argumentación en forma de embudo que resulta absurdamente estricta con el catolicismo y extremadamente blanda con sus enemigos, sean quienes fueren.
Mis comentarios, como siempre, en rojo.
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En contra de lo que han sostenido los anti-norteamericanos que en el mundo han sido el gran drama de Hispanoamérica no fue el de intentar copiar el modelo político, económico y social de los Estados Unidos [Olvida D. César la injerencia activa de los Estados Unidos en los países del sur del continente, financiando e incluso provocando una gran cantidad de guerras, empezando por las de independencia, cuando no se apropiaban simplemente de lo que deseaban, como los enormes territorios sustraídos a México, la práctica anexión de Puerto Rico o la creación de Panamá. La infame “doctrina Monroe”, con el llamado “Corolario Roosevelt", manifestó la creencia de los norteamericanos de que, como tenían la fuerza, tenían también derecho a intervenir en todo lo que sucedía en los demás países del continente] sino el de reproducir, con todos los matices que se deseen, el aciago enfrentamiento que tenía lugar en España y en otras naciones donde la Reforma había sido desarraigada como fue el caso de Portugal o Italia. A un lado, quedó un catolicismo ultramontano y agresivo, dispuesto a alzarse en armas si llegaba el caso y partidario del absolutismo e incluso de la fragmentación territorial –¿suena familiar? – si servía para mantener su influencia y sus privilegios [ Je, je. En primer lugar, se atribuyen a la Iglesia “pecados” contrapuestos, ya que el absolutismo era terriblemente centralista (además de generalmente contrario a la autonomía de la Iglesia). En segundo lugar, se hace un juicio de intenciones perverso e injustificado, afirmando que lo único que deseaba la Iglesia era mantener “privilegios”. El sectarismo es lo único que justifica ese tipo de afirmaciones]. Al otro lado, estaba una masonería que, ciertamente, abogaba por la unidad nacional y por una cierta modernización, pero negando al pueblo la capacidad de decidir, incurriendo en la típica corrupción de las minorías en la sombra y envolviendo su proyecto de dictadura con alegatos de carácter populista. Los resultados no pudieron ser más amargos.
[Todo esto, adolece de una curiosísima omisión, inconcebible en alguien supuestamente experto en masonería hasta el punto de haber escrito dos libros sobre ella: el hecho de que la masonería, lejos de ser algo exclusivo o propio de las naciones católicas ha sido y es infinitamente más poderosa en los países anglosajones que en los países católicos. Veamos, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos. Unos cuatro de los cinco millones de masones que existen actualmente son estadounidenses. Nueve de los padres fundadores de los Estados Unidos fueron masones: Benjamin Franklin, William Ellery, John Hancock, Joseph Hewes, William Hooper, Robert Paine, Richard Stockton, George Walton y William Whipple (más otros diez que probablemente lo eran también, aunque no tenemos datos que lo demuestren sin lugar a dudas). Una buena parte de los presidentes norteamericanos han sido masones reconocidos. George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos fue masón, también lo fueron James Monroe, Andrew Jackson, James Polk, James Buchanan, Andrew Johnson, James Garfield, William McKinley, Theodore Roosevelt, Howard Taft, Warren Harding, Franklin Roosevelt, Harry Truman o Gerald Ford. Harry S. Truman fue Gran Maestre de la Gran Logia de Missouri y consideraba ese puesto “el mayor honor que he recibido y que nunca podría recibir". Otros presidentes solicitaron entrar en la masonería pero por diversas circunstancias no llegaron a perseverar en ella, como Lincoln o Lyndon Johnson. De otros muchos se sospecha que eran masones, aunque no lo afirmaron públicamente. El primer Presidente del Tribunal Supremo, John Marshall, fue masón. La mayoría de los altos oficiales del Ejército Continental eran masones y miembros de las logias militares. Una buena parte de los símbolos nacionales norteamericanos son masónicos. ¿Por qué, entonces, se afirma que la masonería es un dato fundamental para entender la Historia de las naciones hispanas en contraste con las protestantes, como Estados Unidos, como si estas últimas estuvieran libres de influencia masónica, cuando la realidad es la contraria?
También omite D. César otro dato fundamental: La masonería es en gran parte un invento protestante. Los redactores de las primeras Constituciones masónicas fueron clérigos protestantes ingleses, James Anderson (presbiteriano) y J. T. Desaguliers (anglicano). Aún hoy en día, una gran proporción de los pastores protestantes son masones. Por ejemplo, Geoffrey Francis Fisher, Arzobispo de Canterbury hasta 1961, era un masón reconocido. También el último obispo anglicano nombrado el año pasado para dirigir a los anglocatólicos (después de que los anteriores entraran en la Iglesia Católica), Jonathan Baker, obispo anglicano de Ebbsfleet, era un masón de alto grado. La masonería sueca exige a sus miembros ser protestantes. Tengo en casa una “Biblia masónica”. No es una biblia en sentido metafórico, sino literalmente una biblia: la típica versión protestante inglesa del Rey Jaime. Eso sí, se trata de la biblia de un masón y como apéndices incluye una historia de la masonería, el nombre de la logia, los principios masónicos (totalmente incompatibles con el cristianismo, por cierto), etc. Estas biblias son muy frecuentes en Estados Unidos (basta consultar la sección de segunda mano de ebay.com y se encuentran cientos de ellas en venta en cualquier momento). La misma biblia utilizada por Washington para jurar su cargo era la de su logia masónica y luego ha sido utilizada por muchos otros presidentes. Estos detalles muestran que, para la mayoría de los protestantes, no existe ninguna contradicción entre ser cristiano y masón, una consecuencia lógica del libre examen que constituye la base del protestantismo. ].
Francia tuvo su propia revolución, pero no inspirada en el pesimismo antropológico del protestantismo que exigía una división de poderes [Como ya vimos en los artículos anteriores, en realidad D. César confunde la visión católica con la protestante, con consecuencias devastadoras para su tesis], sino en el optimismo antropológico de la masonería a la que pertenecieron sus grandes dirigentes desde Mirabeau [Gran amigo de Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, también masones, que influyeron grandemente en su pensamiento] a Danton [Se convirtió al catolicismo justo antes de morir] pasando por Lafayette [Llama la atención que D. César no sepa que el masón Lafayette luchó en el ejército norteamericano, con el rango de general de división durante la guerra de independencia norteamericana y fue un factor esencial en el apoyo de Francia a la revolución norteamericana. En cualquier caso, estos fueron masones igual que una gran parte de los revolucionarios americanos, como hemos visto]. El resultado fue, ciertamente, el final del Antiguo Régimen y una extraordinaria modernización llevada a cabo a partir del gobierno de Napoleón. Sin embargo, la democracia resultó inexistente hasta la caída de Luis Napoleón en 1870. En el trágico ínterin, Francia –con claros paralelos en España– se vio desgarrada por el enfrentamiento entre el absolutismo monárquico apoyado por la iglesia católica y la masonería que creó regímenes oligárquicos desde los que proceder a la iluminada educación del pueblo francés[Hombre, el sistema norteamericano tiene bastantes ventajas, pero no caben muchas dudas de que tiende bastante a la oligocracia en su vertiente plutocrática]. El inicio del siglo XX todavía contemplaría el último enfrentamiento entre el estado ya democrático [No dejó por ello de ser masón. Basta citar la tradición seguida por Giscard D’Estaing, Miterrand y la mayoría de sus ministros], pero secularista, y la iglesia católica así como el triunfo total del primero. Es dudoso que se tratara de un modelo digno de ser imitado, pero así lo vieron no pocos al sur de los Pirineos.
En el caso de Italia, esta distribución de fuerzas significó una sucesión de guerras civiles que concluyeron con la unificación italiana [Exactamente igual que en cualquier otro país, como Alemania, Gran Bretaña, España, Suiza, etc.], la práctica desaparición de los Estados pontificios –el gran obstáculo para la unidad nacional como había señalado Maquiavelo– y la creación de un estado liberal, aunque dudosamente democrático sólo en el último tercio del siglo[Antes que en la protestante Prusia, por ejemplo. ¿Qué tendrá esto que ver con la religión?].
En el caso de Hispanoamérica, los cuartelazos de uno y otro signo se fueron alternando durante el siglo XIX sin crear un solo modelo verdaderamente democrático e incurriendo ya a inicios del siglo XX en algunos estados medularmente masónicos y anticlericales como fue el caso del México posterior a la revolución [¿También tiene la culpa la Iglesia de los sistemas medularmente católicos y anticlericales, que combatió con sangre y mártires, como los cristeros mexicanos?].
En el caso de España, las guerras carlistas fueron el intento continuo de mantener la alianza del trono absolutista y el altar católico frente a una modernización del estado que, por razón natural, habría significado un recorte de los privilegios de la iglesia católica [En realidad, el carlismo tuvo poco de absolutista en el sentido ilustrado del término, pero no vamos a pedir a D. César que conozca la Historia de España, claro. También vamos viendo cómo la “modernización”, para D. César, lo que significa es “recorte de los privilegios” de la Iglesia. Es su obsesión y nada más importa].
En todos y cada uno de los casos, se trató de experiencias nacionales dramáticas, con enfrentamientos armados evitables y, con aisladas excepciones, con conclusiones lejanas de una democratización y una madurez de la sociedad [¿No fueron “experiencias nacionales dramáticas” y “enfrentamientos armados evitables” la guerra de la independencia americana contra Inglaterra, los levantamientos irlandeses contra los ingleses, las guerras coloniales británicas, la guerra de los boers, las tres guerras angloholandesas para acabar con la libertad de comercio, las guerras del opio para convertir en adictos a los chinos y un larguísimo etcétera en el caso de la protestante Inglaterra? ¿Por qué entonces se habla de los conflictos españoles como si fueran algo único de España debido a su carácter católico?]. Por supuesto, menudearon los conflictos de carácter regionalista cuando no separatista, algo que merece la pena recordar en la España de inicios del siglo XXI. No fue el caso español peor que el de Argentina o México si así se quiere ver. Incluso se pueden señalar los parecidos con Italia, pero estuvo a enorme distancia de Inglaterra, Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda y los Estados Unidos [¿De verdad D. César no sabe nada de Historia? ¿No conoce, por ejemplo, las guerras que hemos citado de Inglaterra? ¿No fueron separatistas sus conflictos con Escocia, Irlanda o las colonias americanas? ¿La terrible guerra de secesión (=separatista) de Estados Unidos no cuenta? ¿Desconoce las constantes guerras de Suecia en los siglos XVII-XVIII contra Polonia, Rusia, Sajonia, Dinamarca y los intentos secesionistas de Noruega? ¿La separación de Bélgica no fue “separatista”? La enorme distancia para D. César es, me temo, religiosa más que otra cosa.]. No extraña, pues, que con una población dividida entre el sometimiento absolutamente acrítico a la iglesia católica [Aparte de la ya conocida mezquindad de escribir Iglesia Católica con minúsculas, nadie que haya leído un solo libro de Historia hablaría de “sometimiento acrítico” a la Iglesia. La Historia de la Iglesia está llena de conflictos entre el poder religioso y el político, reflexiones teológicas y filosóficas sobre la autoridad eclesial, tensiones, contrapesos, etc. Las caricaturas tienen poco de históricas.] o a la masonería los proyectos constitucionales fracasaran uno tras otro. Fracasó la primera constitución democrática española que nació de la revolución de 1868 quizá porque el pueblo español, mantenido en la minoría de edad durante siglos por la iglesia católica, fue incapaz de trasegar esa libertad sin emborracharse con el cantonalismo o sin burlarse del imperio de la ley [Claro, hombre. La Iglesia Católica tiene la culpa de absolutamente todo. Si llueve, es por la Iglesia Católica. Si hay sequía, es por la Iglesia Católica. Si los enemigos de la Iglesia asolan el país y crean un régimen de opereta que destruye a España, es culpa de la Iglesia]. Amadeo de Saboya, rey masón, pero cargado de buenas intenciones [Está claro, los verdaderamente malos eran los católicos. Los masones no eran perfectos, pero tenían “buenas intenciones”… a diferencia de los malvados católicos], acabó abandonando España desesperado y convencido de que los españoles no eran aptos para un sistema constitucional [Bueno, las afirmaciones de Amadeo de Saboya para justificar su incapacidad de gobernar no parecen ser una buena prueba de nada, sobre todo teniendo en cuenta que en cuanto se fue de España, se aprobó una constitución que duró cincuenta y cinco años, bastante más de lo que ha durado por ahora la constitución actual]. Sobre lo que esa actitud significó en sufrimiento para su dignísima esposa es mejor no detenerse [Entre otras cosas, por ser irrelevante para el tema tratado].
Duró más, pero, con escasa eficacia, la constitución de la Restauración del último cuarto del siglo XIX [Como hemos visto, duró más de medio siglo, es decir, dos décadas más que la edad de la constitución actual]. Pero ¿podía salir bien a la larga un experimento político que no dependía de la voluntad popular expresada en las urnas sino que pactaba el “pucherazo” de los partidos conservador y liberal de acuerdo con sus intereses? A decir verdad, sorprende que a partir de 1898 siguiera dando tumbos el sistema sin que se desplomara antes de 1931. Quizá quepa atribuirlo a esa capacidad de los sistemas políticos españoles que espacian considerablemente el tiempo entre su muerte y su sepultura efectiva. Por último, la constitución de la Segunda República (1931) fue redactada desde sus inicios con la intención no de implantar un régimen democrático sino de llevar a cabo los deseos de fuerzas políticas incompatibles entre sí, con un peso extraordinario de la masonería en su redacción y con una carga anticlerical innegable[Cierto, aunque se queda cortísimo. No había simplemente una “carga anticlerical”, sino el deseo expreso de acabar con la Iglesia como fuera, por un odio anticatólico del que parece ser heredero el propio César Vidal. Se cuenta la expulsión de la Compañía de Jesús, como si fuera una anécdota, sin hablar de la quema de más de un centenar iglesias de 1931, con la aquiescencia del gobierno, la secularización de los cementerios católicos, “derecho” de veto sobre los nombramientos de cargos eclesiásticos, cierre de los centros de enseñanza católicos, prohibición a los religiosos de cualquier tipo de actividad industrial, comercial o de enseñanza, sometimiento de procesiones y actos externos de culto a la autoridad municipal (con impuestos en multitud de lugares por tocar las campanas o tener imágenes religiosas y prohibición de entierros católicos o procesiones)”. Todo esto sin entrar en los bárbaros asesinatos de la Revolución de Asturias y del año 1936 y siguientes, en los que fueron martirizados más de cinco mil sacerdotes, religiosos y monjas]. Por una de esas paradojas en que tan pródiga es la Historia –no sólo la de España– esa misma constitución que significaba la expulsión de la Compañía de Jesús, como ya había hecho Carlos III en el siglo XVIII, trajo, sin embargo, la libertad religiosa plena a las minorías religiosas no-católicas, una libertad de la que no volverían a disfrutar hasta la Constitución de 1978 [Claro, hombre, libertad para los dos mil protestantes que debía de haber en España y el paredón, la cárcel o la marginación para millones de católicos. Es como si dijéramos que el Nazismo cometió excesos pero fue muy favorable a los vegetarianos. ¡Por favor!].
Como en tantos episodios de la Historia de España, los mencionados [¿Los mencionados? Parece que esto enlaza con lo dicho hace tres párrafos sobre los carlistas. Yo diría que se ha abusado un poco del “recorta y pega”] abundaron en héroes y villanos, en gente noble y en locos de atar, en idealistas y carreristas. Sin embargo, la heroicidad de los carlistas en el campo de batalla no desmiente lo más mínimo que su proyecto era totalmente liberticida y medieval [Sólo un ignorante de la Historia y el pensamiento usa el término “medieval” con tinte despectivo. Por otra parte, lo de “liberticida” es un infundio. Los carlistas defendían, por ejemplo, las libertades concedidas por los antiguos fueros a diversas zonas de España, contra el absolutismo centralista ilustrado, del que se aprovecharon los liberales para introducir a la fuerza en la población sus doctrinas], cosa que, por otra parte, poco les importaba ya que sus prioridades no eran ni lejanamente las de una democracia que modernizara España sino la de una Arcadia católica que nunca existió, pero en la que creían [Eso es lo que no les perdona Vidal, su catolicismo]. Algo similar, por supuesto, podía decirse de los masones empeñados en modernizar una España que necesitaba desesperadamente la modernización desde hacía siglos[Me molesta un poco lo de “modernización” tan repetido durante todo el texto, pero nunca definido. Me da la impresión de que, para D. César, “modernización” es, ante todo, la desvinculación del catolicismo. Todo lo que lleve a eso es moderno y todo lo que se aparte de ese plan es “medieval”, “liberticida”, “minoría de edad”, “acrítico”, etc.], pero que no estaban dispuestos a compartir semejante carga con otros segmentos sociales. Con todos los matices que se quiera y con escasas y minoritarias excepciones, así llegó el pueblo español a la Segunda República. De todos es sabido que el experimento republicano de inicios de los años treinta acabó desembocando en una guerra civil a la que siguió una dilatada dictadura [De nuevo, una significativa omisión de D. César: esa “modernización” de España de la que hablaba, se dio, de hecho, en el buen sentido, durante el franquismo. Por otra parte, si hablamos de estabilidad y duración de los sistemas políticos, el del franquismo duró cuatro décadas, trajo al país una prosperidad y una época de paz sin precedentes, introdujo sistemas fiscales, viarios, administrativos e industriales modernos en España y dio lugar a una transición pacífica a otro sistema de gobierno muy diferente. Sin embargo, al tratarse de un gobierno católico, es uno de los hechos innombrables que hay que ocultar porque estropean la tesis]. Dicho sea de paso, con una convicción en ambos bandos de que el pueblo español era una criatura menor de edad a la que había que embridar para que siguiera a sus dirigentes naturales que, según el caso, podían enarbolar un crucifijo o la hoz y el martillo. Pero para llegar a esa cuestión, tenemos que detenernos en algo que también es diferente en la Historia de España: la izquierda. [En realidad, lo único que prueba todo esto es que la masonería, acertadamente, nunca ha considerado que los diversos grupos protestantes sean enemigos a combatir. La masonería nació del protestantismo, se nutrió de su espíritu sustancialmente relativista y enseguida descubrió que el protestantismo no veía ningún problema en mantener a la vez doctrinas cristianas y otras masónicas totalmente contradictorias. Por todo ello, en efecto, su oposición ha estado siempre dirigida a la Iglesia Católica].
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Entregas anteriores de la serie:
César Vidal y el prejuicio anticatólico (IX): Iglesia y masonería
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VIII): La Constitución de los Estados Unidos
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VII): La separación de poderes
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VIb): Asombrosa conspiración descubierta
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VI): La mentira y el robo
César Vidal y el prejuicio anticatólico (V): El imperio de la ley
César Vidal y el prejuicio anticatólico (III): La educación
César Vidal y el prejuicio anticatólico (II): La prosperidad económica
César Vidal y el prejuicio anticatólico (I): El trabajo
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*Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo, además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M. Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.
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