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Ernesto Cardenal: nada que perdonar

Por Carlos Esteban | 18 febrero, 2019

Durante el gran fiasco del breve director de Comunicación vaticana, Edoardo Viganò, a propósito de una carta escrita por Benedicto XVI que se mutiló y falseó, la finalidad de todo aquel ridículo ejercicio fue demostrar la armoniosa continuidad entre el pontificado de Francisco y el de sus inmediatos predecesores.

Ya hemos dicho que fue un desastre, y que, leída en su integridad, la carta de Benedicto parecía sugerir lo opuesto. Comentando la inclusión de algunos nombres de la colección que pretendía resumir el pensamiento de Francisco, el Papa Emérito lamentaba con agria cortesía que algunos de los autores se habían destacado, no solo por sus opiniones abiertamente heterodoxas, sino por su enfrentamiento personal con el propio Benedicto cuando era prefecto para la Doctrina de la Fe y luego en su pontificado.

A estas alturas, querer ver continuidad alguna, salvo la inevitable cuando hablamos del Papado, es directamente risible. No es que el Papa reinante tenga un estilo y unas prioridades eclesiales marcadamente diferente de las de sus predecesores; es que en ocasiones se diría que se complace ensalzando figuras que los Papas anteriores sancionaron o censuraron.

Lo vimos, muy señaladamente, en el caso del ex cardenal, ahora en su provecta ancianidad reducido al estado laical tras meses de clamorosa presión pública, Theodore McCarrick. Fue el punto fuerte del Testimonio Viganò y casi su razón de ser, y aunque los perros de presa de este papado se han alargado las filacterias hasta el hartazgo a cuenta de si era o no una sanción formal la que le impuso Benedicto en su día, el relato central ha sido confirmado incluso por los llamados a desmentirlo, como el cardenal Ouellet: el Papa Ratzinger pidió a McCarrick que llevara una vida de oración y penitencia, alejado de los focos, y Francisco lo recuperó para delicadas operaciones diplomáticas vaticanas.

Hoy mismo hemos sabido que el Vaticano ha restablecido las funciones sacerdotales a Ernesto Cardenal, de 94 años de edad, quien fuera suspendido a divinis por el Papa San Juan Pablo II en 1984 por participar en el gobierno sandinista de Nicaragua, algo prohibido por el derecho canónico que regula a la Iglesia.

Bueno, Francisco se anuncia como ‘el Papa de la Misericordia’, y todos andamos muy necesitados de ella. ¿Quién podría criticarlo? Pero hay dos problemas, ya inocultables a estas alturas.

El primer problema se refiere a la naturaleza misma del perdón. Dios perdona siempre, y la Iglesia debe imitar a su Esposo y Maestro en esto como en cualquier otra cosa. Pero el perdón, incluso el perdón de Dios, solo es eficaz cuando existe arrepentimiento, cuando se rectifica, que es el modo real de aceptar ese perdón.

Pero no es el caso, como puede leerse en la misma noticia. El 19 de enero de 2017, entrevistado por el periodista argentino Enrique Vázquez, Ernesto Cardenal afirmó que solo Miguel D’Escoto recibió el levantamiento de la suspensión impuesta en 1984 y que él no quería recibir esa gracia. “¡Eso es falso, solo fue así en el caso de Miguel D’Escoto! Nunca me levantaron la suspensión sacerdotal y no me interesa que me la levanten”, dijo.

Así las cosas, la devolución de las facultades sacerdotales deja de ser una gracia hija de la misericordia y se convierte en la condonación, en la sanción oficial con el sello papal de la actitud ilícita de Cardenal. Pura y simplemente. Se transforma en un acto arbitrario en el que se señala que lo que un predecesor vio ilícito, el nuevo Papa lo considera lícito. Me recuerda poderosamente al aforismo de Chesterton según el cual el moderno perdona fácilmente los pecados porque no encuentra pecados que perdonar.

El segundo problema, directamente relacionado con la frase chestertoniana, es que en este como en todos los casos anteriores de misericordia vaticana, la compasión siempre parece ejercerse en una determinada dirección.

No puede ignorarse ya, a seis años del cónclave, que la misma Santa Sede que realiza sonoros despliegues de comprensión e indulgencia con unos, puede ser tajantemente justiciera con otros, por así decirlo. Los ‘misericordiados’, un eufemismo que ha sido necesario crear para hablar de la alambicada eutanasia vaticana, aumentan por meses, sin apelación y con celeridad pasmosa.

Y si uno se molesta en hacer la lista de los objetos de la ternura papal y otra de los que incurren en su enojo eficaz, le saltará en seguida a la vista que las diferencias no están en la mayor o gravedad de las faltas alegadas, sino simple o llanamente en su sintonía ideológica con el Papa reinante. Dicho crudamente, son malos tiempos para fundar una congregación con veleidades tradicionales o discurrir en pública a partir de una visión ‘rígida’ de la doctrina perenne de la Iglesia, y los mejores para desplegar las cansinas disidencias que se arrastran al menos desde los años sesenta.

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Por eso la Beata Emmerich señala en sus profecías que la anti iglesia esta llena del pecado de presunción.
(La falsa iglesia) está llena de orgullo y de presunción, y con eso destruye y conduce al mal con toda clase de buenas apariencias. Su peligro está en su inocencia aparente (AA.II.89)
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Bergoglio rehabilita a los apostatas marxistas y depredadores homosexuales.
El cardenal Ouellet: "el Papa Ratzinger pidió a McCarrick que llevara una vida de oración y penitencia, alejado de los focos, y Francisco lo recuperó para delicadas operaciones diplomáticas vaticanas."
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