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Ateo visita la Conferencia Episcopal y empieza a creer en el infierno

Ateo visita la Conferencia Episcopal y empieza a creer en el infierno

Cavernicola, el 17.01.19 a las 8:33 PM

(ECOS de la CAVERNA) La época de las grandes discusiones entre ateos y cristianos para encontrar la Verdad no ha terminado. Al menos eso es lo que piensan dos buenos amigos, Rosendo y Anacleto, uno ateo y otro cristiano, que se conocieron a través de su mutua afición a los bailes regionales (ver foto). Cuando descubrieron que sus creencias sobre el sentido de la vida eran opuestas, comenzaron una discusión que se ha prolongado durante años.

No dejaba de darle la lata en ningún momento, según aquello que dice San Pablo de ‘leña a los ateos hasta que pidan piedad’”, explica el joven apologeta cristiano, Sr. Anacleto Pelín Mamotreto. “Habíamos discutido sobre muchos temas y creo que empezaba a acercarse a nuestra postura. Todo iba bien hasta que salió el tema del infierno”.

“No podía creer en el infierno”, reconoció D. Rosendo Boy Callendo. “¿Cómo podía existir algo tan terrible? Y, sobre todo, eterno. ¡Eterno! Estaba claro que era imposible que el infierno existiera”.

Aun así, el entregado apologeta se mantuvo firme en la brecha y siguió discutiendo con él hasta encontrar un nuevo obstáculo, aparentemente aún más insuperable: el ateo quería conocer la Conferencia Episcopal “de primera mano” y escuchar a sus obispos.

“Entonces sí que me desesperé”, confiesa Anacleto. “¿Cómo iba a convertirse Rosendo después de escuchar a la Conferencia Episcopal? Incluso cristianos pata negra como yo sentimos que nuestra fe se tambalea cuando pensamos en la Conferencia Episcopal o, por usar su nombre teológico, el misterium iniquitatis”.

Resignado, Anacleto llevó a su amigo a la sede de la Conferencia de la calle Padrastro, para asistir como espectadores a una sesión plenaria, que empezaba a las once de la mañana. En cuanto uno de los obispos comenzó su discurso, el efecto en Rosendo fue inmediato y portentoso. “Fue como entrar en coma”, describió el interesado.

Cuando habían pasado unos diez mil años, D. Rosendo, desesperado, miró su reloj y descubrió que eran las once y dos minutos. Uno o dos eones después, perdió toda noción del tiempo e intentó entretenerse calculando mentalmente cuántos granos de arroz tendría si ponía uno en la primera casilla de un tablero de ajedrez, dos en el segundo, cuatro en el tercero y así sucesivamente. Después repitió el experimento, pero con un tablero en ocho dimensiones y casillas fluctuantes en el espacio-tiempo. Volvió a mirar el reloj y eran las once y siete minutos.

La experiencia cambió por completo la perspectiva de Rosendo. “En ese momento, me replanteé todas mis creencias. Mi orgullo, que con tanto cuidado había cultivado como buen ateo, se derrumbó como un castillo de naipes y me postré a los pies de mi amigo para rogarle, con lágrimas en los ojos, que me sacara de allí”.

“Por supuesto, accedí a su petición, porque yo también estaba deseando irme”, señaló Anacleto, “pero no sin antes hacerle prometer que rezaría conmigo una novena a San Expedito y me acompañaría descalzo en una peregrinación a Lourdes”.

“Ahora puedo decir que creo porque he visto y oído”, explicó Rosendo, que desde entonces no deja de santiguarse a la menor ocasión. “Ya no tengo la más mínima duda de que el infierno existe. Lo he experimentado en primera persona y llevaré toda mi vida las cicatrices psicológicas correspondientes. Solo espero que exista el cielo para compensarlo”.

Anacleto está muy contento y no solo por su amigo. “Yo también he aumentado mi fe”, afirmó, con una sonrisa de oreja a oreja. “Toda mi vida preguntándome para qué diantres creó Dios las conferencias episcopales y por fin lo he comprendido”.