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Juan Manuel de Prada: «Hay interés claro en que la gente se encanalle y tenga un juicio más esquemático»

Juan Manuel de Prada: «Hay interés claro en que la gente se encanalle y tenga un juicio más esquemático»

Juan Manuel de Prada vuelve a la carga con la novela «Lucía en la noche». En su haber tiene premios como el Nacional de Narrativa y el Biblioteca Breve, y en su conversación fluyen las palabras, las opiniones y los pensamientos como dardos

Juan Manuel de Prada , en un momento de la entrevista, en Madrid - Ignacio Gil



Laura Revuelta
@laura_revuelta1


Actualizado:17/02/2019 15:59h

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) se estrenó en esto de la literatura en 1995 con «Coños». Con «Lucía en la noche» va por su décimo título publicado (de toda clase y condición). Tiene tantas cosas que decir que sobran presentaciones.


¿Qué le divierte más: hablar de literatura o de política?

Hablar de literatura. Lo que pasa es que, desgraciadamente, cada vez es más difícil hablar de literatura, porque ya no hay interlocutores. Al final, en una entrevista, a un escritor se le pregunta de todo menos de literatura. Y, por supuesto, se titula siempre con cosas que nada tienen que ver con la literatura, para obtener más «clics».

Vayamos a la novela, el protagonista es un escritor desengañado... ¿Su «alter ego»?

El personaje sí se alimenta de un momento preciso de mi vida, cuando yo me rompo anímicamente, tras padecer un divorcio, y el momento de mi resurrección, después de conocer a la que ahora es mi mujer.

-Usted se ha confesado en alguna ocasión como un escritor vocacional.

Durante 25 años he mantenido la lealtad a mi vocación. Y pienso que si para algo sirvo es para escribir. Y, claro, te das cuenta de que, en realidad, yo mañana, si dijera que sí a las cosas peregrinas que me ofrecen en televisión, radio…

«Me atrevería a decir que los intelectuales son los grandes traidores del pueblo. Son lacayos del poder»

¿Qué entiende por cosas peregrinas?

Pues eso, ser opinador…

Pero usted participa también de este juego...

Participo muy escasamente.

Bueno...

En una medida infinitesimal. Vivimos en una sociedad tan degenerada o tan degradada, que le concede más valor a eso que a tu trabajo de veinticinco años. Me resulta muy perturbador porque creo que se nos está hablando de una sociedad agónica, muy fanatizada, colonizada ideológicamente, como le gusta decir al Papa Francisco. Y una sociedad que creo está caminando hacia el barranco.

¿Y cómo sobrevive frente a ese fanatismo del que dice no formar parte?

Como me imagino que sobrevive un buen sacerdote viendo la Iglesia degenerada. O como entiendo que sobrevive un abogado probo en medio de la descomposición del imperio de la Ley, y de la corrupción de las estructuras del Estado. Porque crees en algo más alto que la coyuntura presente. Y tienes la esperanza de que debes de mantener una antorcha viva en momentos de oscuridad.

¿Luego, mantiene la esperanza de que esto cambie?

No creo que sea irreversible. Pero en estos momentos, hay un interés muy claro en que la gente renuncie a los beneficios del arte y del pensamiento. Que la gente se encanalle, se fanatice, que tenga un juicio cada vez más esquemático y rudimentario sobre la realidad. Más superficial, también.

«Yo soy tradicional, pero no me gusta la palabra tradicionalista porque en todos los ‘‘ismos’’ hay un fondo ideológico»

¿Quiénes son esos culpables? ¿A quién le interesa?

En términos teológicos al Señor de este mundo: A Satanás, naturalmente. Pero el Mal, el Mal con mayúsculas, se concreta en males parciales. Quiero decir que el Mal actúa desde muy diversos ámbitos. Quienes deciden destruir los vínculos humanos a través de la destrucción de los vínculos familiares primero y luego de los vínculos comunitarios, están al servicio del mal, y exaltan ideologías que enviscan a los hombres contra las mujeres, y que dinamitan las instituciones que son el receptáculo, digamos, del amor. Y cuando no crees en el Demonio, inevitablemente, tienes que creer en demonios de carne y hueso. Y a veces, incluso, al sistema le es muy beneficioso…

¿Esto que me cuenta no es el argumento de una gran novela de esas que tanto se llevan ahora, un «thriller»?

La buena literatura parte del misterio humano que me parece más interesante que esas novelas estúpidas que empiezan contándote grandes conspiraciones, contubernios tecnológicos, financieros, políticos. Eso no me parece literatura.

¿No sería este el tiempo de los intelectuales?

En nuestra época, no nos debemos engañar, los intelectuales, yo me atrevería a decir que son uno de los grandes traidores del pueblo. Porque se han dedicado a defender en primer lugar sus intereses, y luego a defender los paradigmas culturales que al «establishment» le interesaba imponer a los pueblos para someterlos. No veo a escritores hoy en día que tengan el valor para denunciar, por ejemplo, como hacía Chesterton.

Alguien me dijo que Prada es el Chesterton español.

Eso sería muy abusivo. Pero, por ejemplo, Chesterton tuvo la clarividencia, hace un siglo, de darse cuenta que el combate contra el capitalismo y el combate contra los enemigos de la familia y de la vida era el mismo. Hay muchos intelectuales que de forma pinturera se declaran contra el capitalismo, pero luego son favorables al aborto, a la destrucción de la familia, a todos los derechos de bragueta que están creados para que la gente no tenga libertad económica ni libertad política. Veo a muy pocos intelectuales que sean capaces de hacer esta ecuación evidente.

«Vivo al margen de las redes sociales. Todas las calumnias contra mí me dan igual»

¿A quién lee Prada?

De todo, soy un lector voraz. Pero no veo en la generación presente a un Unamuno, pongamos por caso.

¿Lo necesitamos?

Lo necesitaríamos más que, me atrevería a decir, en tiempos de Unamuno. El nivel de destrucción del tejido comunitario, de la comunidad política que había hace un siglo, era infinitamente menor. Hoy a la mayor parte de los intelectuales los veo convertidos en lacayos de esta amalgama de poder.

-¿Se considera escritor e intelectual a partes iguales?

Me considero un hombre de letras. He consagrado toda mi vida a mi vocación de escritor, a la lectura, al estudio. El término «intelectual» me parece un término peligroso, precisamente porque yo creo que los intelectuales son, junto a otros, los grandes traidores de nuestra época.

Sigo con las dualidades: ¿tradicional o conservador?

-El conservador quiere mantener la cáscara, mientras el meollo lo cambia. Como decía Chesterton, el error de los progresistas es que quieren adaptar las almas a las condiciones que impone el progreso. Mientras que la gente tradicional queremos que el progreso adapte sus condiciones a las almas. Yo soy tradicional. Pero no me gusta la palabra tradicionalista porque en todos los «ismos» hay un fondo ideológico.

¿No le agota vivir a contracorriente?

Sobrevivo. Esto lo he aprendido de mi maestro Leonardo Castelani, sobrevives convirtiéndote en un eremita urbano.

«Como escritor, creo que me quedaría con Alberto Ruiz-Gallardón. Me parece el político más dotado que ha habido en España en toda la democracia»

Ya veo. Tiene un móvil que ya ni existe… una antigualla.

Vivo al margen de las redes sociales, y de Internet. Totalmente desconectado. De tal manera que toda la mierda que echen contra mí, todas las calumnias, me dan igual. No me entero de nada. Luego, tienes que tener una vida espiritual muy profunda. O sea, una vida de meditación o de oración, por un lado. Una vida de fortalecer tu espíritu. Y luego, rodearte de aquellas personas y cosas que verdaderamente te dan sustento y te nutren. He llegado a tener una vida muy poco preocupada por la percepción externa que se pueda tener de mí.

Usted es capaz de reunir a su alrededor personajes de lo más variopinto y distantes, de Íñigo Errejón a Cándido Méndez o Álex de la Iglesia.

Creo que el pensamiento tradicional resulta muy atractivo porque tiene una visión alternativa, una visión muy profundamente enfrentada con las ideologías. A veces es verdad que pueda dar la sensación que una persona tradicional en su pensamiento económico puede parecer de izquierdas y en su pensamiento antropológico, de derechas. Bueno, de lo que fue la derecha, porque la antropología de la derecha ya es la misma que la de la izquierda.

¿De políticos, a quién salva?

Como escritor, yo creo que me quedaría con Alberto Ruiz-Gallardón. Me parece el político más dotado que ha habido en España en toda la democracia. El más brillante. El hombre cuya trayectoria política es la más literaria: representa el ascenso y la caída. La incomprensión y la animadversión de los suyos. En su partido, que fundamentalmente es un conciliábulo de mediocres, siempre conspiraron contra él. Y, entre los actuales, indudablemente, Pablo Iglesias.

¿Diría que Pablo Iglesias tiene algo de épico?

-Sí, casi épico. Con mucha gente en su contra. También su sagacidad, es decir, cómo supo transformar un movimiento transversal de cabreo y de hastío por parte de mucha gente... Y luego, el proceso de fagocitación... Al final, tiene algo de tragedia shakespeariana.

«Lo de Cataluña es una tragedia nacional que a cualquier patriota le tiene que preocupar muy gravemente»

¿Y lo de Cataluña es un sainete?

No, yo creo que lo de Cataluña es una tragedia nacional que a cualquier patriota le tiene que preocupar muy gravemente. Más allá de que haya comportamientos sainetescos, yo creo que hay un fondo terrible de desamor a España, producto de muchos errores sucesivos que se remontan en la historia, pero durante la democracia se han agudizado. Chesterton decía que la única forma real era la democracia de los muertos, en la que nuestro parecer tenía que ser contrastado con el parecer de nuestros padres, abuelos...

La tradición, de nuevo.

Y yo añadiría la democracia de los no nacidos. Es decir, la democracia de nuestros hijos, que todavía no existen. De nuestros nietos, de nuestros bisnietos. Y una generación adanista como la nuestra no tiene derecho a determinar la existencia de una realidad histórica. La única salvación de España es volver a su tradición, porque la ideología liberal y sus sucedáneos nos conducen inevitablemente a la disgregación. Del mismo modo que tú te desprendes de tu mujer, te desprendes de tus lealtades personales... inevitablemente, en política, te desprendes de toda tu historia, de todos tus vínculos…

¿Imagina un futuro sin periódicos, sin sus artículos?

Los poderes políticos y económicos están logrando destruir la prensa libre. Se equivocan. Mientras la sociedad quiera tener baluartes de resistencia, más le vale mantener viva la prensa.

(Al final, apenas hablamos de literatura. Más bien de realismo, en absoluto mágico. Su voz atronadora aún resuena en mi cabeza).

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