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Un ruego a obispos y vicarios episcopales

Un ruego a obispos y vicarios episcopales

Jorge, el 22.02.19 a las 12:26 PM

Desde ayer muchos estamos viviendo esta cumbre romana sobre el tema de los abusos con gran interés y una enorme expectación. Simplemente quería tocar, en este asunto, un aspecto que, como sacerdote, me preocupa y podría ser una de las claves en este asunto. Una clave, no la clave ni la única, ni la peor, mejor o regular. Simplemente un aspecto más. Me refiero a la soledad que viven muchos sacerdotes en su relación con el obispo o sus superiores.

Una de las preocupaciones más urgentes de los obispos y de sus vicarios es la provisión de parroquias. Algunas son deseadas y ambicionadas. Otras regulín regulán y otras para las que es difícil encontrar un sacerdote que las acepte y por múltiples razones. Quizá porque se trata de una parroquia de ciudad especialmente problemática o con antecedentes nada recomendables, o un puñadito de aldeas rurales lejos de la capital y perdidas en medio de la nada.

Pero también ahí alguien tiene que ir, y los sacerdotes, por más que llamados a la santidad, seguimos siendo humanos. En ocasiones a esas parroquias pueden acabar yendo sacerdotes de especial fragilidad que no tienen ni fuerza ni recomendaciones para estar en otro sitio. Piensen en un sacerdote que ha tenido problemas con diversos compañeros y al que se le dice: mira no puedo mandarte a otra parroquia de ciudad, lo único que te hagas cargo de las aldeas de… Es decir, un sacerdote con problemas de relación que se encuentra en la nada. O ese recién llegado de Hispanoamérica, por ejemplo, que aterriza en una diócesis en la que no conoce a nadie, ni tiene un compañero amigo cerca, y al que, como recién llegado, se le hace comenzar por los últimos lugares.

A esto me refiero con lo de la fragilidad. Sacerdotes especialmente vulnerables por choque social y cultural, por su propio carácter, por sus debilidades humanas, y que se encuentran en ocasiones en parroquias complicadas, poco gratificantes y solos. No nos extrañemos si se meten en redes sociales, se arriman más de la cuenta a una amistad o simplemente se dejan querer hasta llegar a traspasar límites como nunca hubieran llegado a imaginar.

Sacerdotes que quizá en algún momento se dirigieron al obispo exponiendo sus dificultades para estar en esas parroquias y que recibieron como respuesta la necesidad de rezar más, de ofrecer sus sacrificios al Señor y de tener paciencia, quizá porque es lo que necesitan, lo que se necesita, quizá porque para el obispo es un problema tener que buscar otro sacerdote para esas parroquias.

Con esto, lo único que quiero apuntar es que, en la cosa de los abusos, el quebranto de la castidad o el echarse a perder un cura en esto, en el alcohol o en su desidia, puede darse una parte de cuidado pastoral que tengo que poner en la responsabilidad del obispo. Me pregunto si de verdad los obispos y sus vicarios saben cómo estamos los sacerdotes, cómo vivimos, especialmente los más frágiles, es decir, enfermos, venidos de otras diócesis o de órdenes y congregaciones religiosas, sin familia, con, tal vez, un carácter especial o algunas manías propias. En esta situación de posible vulnerabilidad hay mayor facilidad para caer en comportamientos del todo inadecuados.

No es mi situación ni lo ha sido, para que no haya dudas, pero en caso de que me lea algún obispo, algún vicario, simplemente le pediría que se preguntara cuánto tiempo hace que no habla tranquilamente, personalmente con sus curas. Solo eso.

No digo que esta sea la causa de los abusos ni mucho menos. Simplemente, que también se piense en ello.