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Autodetermínate

Autodetermínate

por Juan Manuel de Prada

ABC, 13 febrero 2019


Siempre me ha admirado la desfachatez olímpica de esos liberales de pata negra que se refieren al «derecho de autodeterminación» que reclaman los independentistas catalanes como un resabio de una «sociedad tribal» y «anclada en la Edad Media». Cuando lo cierto es que el concepto de autodeterminación es plenamente moderno e inequívocamente liberal. Sólo la contaminación ideológica que tupe las meninges de nuestros contemporáneos explica que no perciban una evidencia tan gigantesca.

Fue Hegel quien acuñó el concepto de autodeterminación, que es la última estación de la voluntad humana, convertida ya en praxis en estado puro que no reconoce límite exterior alguno. Esta autodeterminación, erigida en «libertad absoluta» para la que «el mundo es simplemente su voluntad», es piedra angular del pensamiento político liberal. Frente a la libertad aristotélica, que es obrar como se debe (apoyando nuestro discernimiento sobre el orden del ser), la libertad liberal permite a los hombres abandonar el orden del ser para desenvolverse en el orden del devenir, donde el hombre tiene libertad absoluta para autoafirmarse, para autodefinirse, para construir su biografía sin otras reglas o límites que su propia voluntad. Así el hombre (¡y la mujer!) podrá, por ejemplo, romper su familia cuando le pete, dejando al otro cónyuge en la estacada y a sus hijos en soledad y llanto, si su «libertad del querer» lo exige (o sea, si su bragueta está inquieta). Así, la mujer podrá liberarse del hijo que crece en sus entrañas y arrojarlo a una trituradora, para que hagan con él albóndigas. Así, incluso, el hombre o la mujer podrán cambiarse de sexo como quien se cambia de camisa.

Esta autodeterminación típicamente liberal que no acepta el orden del ser y se proyecta sobre el devenir también ha amparado procesos políticos lastimosos, como por ejemplo las independencias de las naciones de la América hispánica (nutridas con la ideología liberal de las logias). Pues la autodeterminación siempre ha sido irrestricta y no le ha importado causar infinitos quebrantos y desgracias: no le importan las familias rotas ni los niños hechos albóndigas ni el jaleo penevulvar ni, en fin, la destrucción de la comunidad política, como ha probado cada vez que ha favorecido procesos políticos «emancipatorios» o favorecido el desmembramiento de naciones históricas.

La autodeterminación no es, pues, el resabio nostálgico de una «sociedad tribal» ni «anclada en la Edad Media», sino la apoteosis de una sociedad envenenada de liberalismo. Cuando Cataluña no estaba infectada por esta ideología no era una «sociedad tribal», sino muy refinadamente organizada, que amaba y defendía sus tradiciones, a la vez que acataba y se cobijaba bajo la autoridad consentida (y, por lo mismo, limitada) de un rey. Esta Cataluña todavía no corrompida por nefastas ideas liberales regía su vida política por el pactisme, que vertebraba la sociedad con una red de pactos que hundían su fundamento en la naturaleza familiar y social del hombre, a la vez que reconocían un orden del ser (su integración en Aragón, después en España) que garantizaba el bien común. Por eso, mientras Cataluña rigió su vida por el pactisme, fue leal a sus reyes. Así, Tirso de Molina pudo escribir que Cataluña, «si en conservar sus privilegios es tenacísima, en servir a sus reyes es sin ejemplo extremada».

Luego, el liberalismo corrompería el ser de Cataluña. Resulta, en verdad, hilarante que los causantes de esta catástrofe tengan el morrazo de erigirse en sus sanadores. Pero ellos saben bien que con las masas cretinizadas (¡autodeterminadas!), que ya no saben obrar como se debe, se puede hacer lo que se quiere.