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Homosexualidad del clero: salir observando la historia

Por Walter Brandmüller

La crisis que vive hoy la Iglesia tiene un precedente importante y el cardenal Walter Brandmüller, uno de los cuatro que firmó los “Dubia”, reconstruye lo que ocurrió en Italia, en los siglos XI-XII cuando fueron los laicos (Movimiento Pataria) quienes llevaron adelante una revuelta que condujo a la necesaria reforma, también con el apoyo de algunos obispos. A continuación presentamos en qué condiciones, hoy como entonces, a partir de la crisis podrá brotar una renovación espiritual.


Enterarse que los abusos sexuales y la homosexualidad se propagan como una epidemia entre el clero e incluso en la jerarquía de la iglesia en Estados Unidos, Australia y Europa, sacude a la Iglesia actual hasta sus cimientos, por no decir que la hizo caer hasta en una especie de estado de shock.
Se trata de un fenómeno que, aunque presente también en el pasado, hasta mediados del siglo XX era desconocido en sus terribles dimensiones actuales.


Se plantea entonces la pregunta sobre cómo se pudo llegar a este punto. En la búsqueda de una respuesta, la mirada cae inmediatamente, más que sobre la sociedad actual caracterizada por un liberalismo extremo, también sobre la teología moral de las últimas décadas y de sus representantes. Entre ellos, algunos líderes de opinión han abandonado la clásica señal del derecho natural y la teología de la revelación y han proclamado nuevas teorías. Una moral autónoma, que no quiere reconocer las normas comúnmente vinculantes; un consecuencialismo, que juzga la calidad ética de una acción según sus consecuencias; o una ética de la situación, que hace depender el bien o el mal según las circunstancias concretas relativas de la acción humana. Todos estos nuevos enfoques en la teología moral han sido defendidos por profesores en las aulas de teología, o bien en los seminarios – y por supuesto también aplicados a la moralidad sexual. Allí, por lo tanto, también se ha podido pintar la homosexualidad como moralmente aceptable y su clara condena por parte de la Sagrada Escritura como ligada al tiempo y, en consecuencia, superada.

En el fondo actuaba la antigua convicción típicamente modernista –se siguió el esquema de la "evolución"– que la dinámica del desarrollo de la humanidad hacia un nivel cultural cada vez más elevado incluía también la religión y la moral. De este modo, alcanzado el nivel posterior de conciencia más elevada, lo que ayer estaba prohibido hoy podría ser permitido. Los nombres que deberían mencionarse aquí son famosos; algunos de ellos incluso han enseñado en las Universidades pontificias sin ser relevados de sus cargos. Las consecuencias de todo esto emergieron muy rápido, cuando algunos seminarios, especialmente en Estados Unidos, se han transformado en incubadoras de homosexualidad. EL ex jesuita Malachi Martin, en su novela en clave La casa azotada por el viento (1996) presentó, a partir del escenario que se había creado de esa manera, un retrato que hoy se ha revelado espantosamente real.

Cuando esta degeneración se hizo evidente, los católicos, tan asustados como indignados, reaccionaron a gran escala, como muestran en forma impresionante los diferentes portales de Internet.

Como consecuencia de ello, el flujo habitual de dinero abundante proveniente de las donaciones de las organizaciones laicas católicas a las arcas vaticanas comenzó a disminuir: quien se hizo cargo y tomó el tema en sus manos no fue el episcopado, sino el laicado. El hecho de negar las habituales ofrendas ricas se ve, no erróneamente, como una protesta contra las carencias de Roma en la crisis actual. Y procediendo de esta manera se siguió -probablemente sin saberlo- un ejemplo histórico de la Alta Edad Media.

La situación es comparable a la de la Iglesia italiana en el siglo XI-XII. El hecho de que en el transcurso del primer milenio el papado, las sedes episcopales, incluso las funciones eclesiales más simples -teniendo en cuenta que los ingresos que garantizaban habían aparecido cada vez más apetecibles- tuvo como consecuencia que se litigaba, se combatía, se comerciaba para hacerse dueño de todo ello. Este mal fue llamado simonía: Simón el mago había ofrecido dinero al apóstol Pedro para que le confiriera los dones del Espíritu Santo. A esto se agregaron después la pretensión de los gobernantes temporales de interferir en la atribución de altos cargos en la Iglesia -la investidura laica- y obviamente también el concubinato de muchos sacerdotes.

Lo mismo valía para el papado, que en los siglos noveno y décimo se había convertido en el núcleo de la discordia entre las familias nobles de los Crescenzi y de los Tuscolo. Éstos, por lo tanto, ponían –no importa cómo– a uno de los respectivos hijos o parientes como Papa. Entre ellos también había hombres muy moralmente desenvueltos, que se sentían más dueños del patrimonio de Pedro que los pastores supremos de la Iglesia.

Sobre la estela de estos desarrollos creció- no se sabe por qué- también la homosexualidad entre el clero. Lo hizo de tal modo que san Pedro Damián entregó en 1049 al neo-electo papa León IX su Liber Antigomorrhianus, redactado en forma epistolar, en el que exponía este peligro para la Iglesia y para la salvación del alma de muchos. El título de la exposición hace referencia a la ciudad de Gomorra que, según Génesis 18 y ss., había sido condenada por Dios a la destrucción junto con la ciudad de Sodoma, a causa de sus pecados.

Probablemente Damiani esperaba de ese Papa, conocido como reformador celoso, una intervención eficaz contra el pecado generalizado. Escribió: "la inmundicia sodomítica se insinúa como un cáncer en el orden eclesiástico, de hecho, como una bestia sedienta de sangre y rugiente en el redil de Cristo con libre audacia, dado que la salvación de las almas de muchos es más segura bajo el yugo de la servidumbre de los laicos, que con el acceso voluntario al servicio de Dios bajo la férrea ley de la tiranía de Satanás” que reinaba entre el clero.

Es más bien digno de destacar que casi contemporáneamente se haya constituido un movimiento laico, dirigido no sólo contra la inmoralidad del clero y el concubinato de los sacerdotes, sino también contra el apoderamiento de los oficios eclesiásticos por parte de los poderes laicos, o bien la posibilidad de adquirirlos. Fue precisamente así que entre el clero se habían insinuado elementos que no tenían ni la capacidad ni la voluntad de llevar una vida conforme al estado clerical. Para los señores laicos, tener vasallos leales en las sillas episcopales era a menudo más importante que el bien de la Iglesia.

El que se levantó contra todo esto fue el vasto movimiento popular llamado "pataria", conducido por miembros de la nobleza milanés, y también por algunos miembros del clero, pero apoyado por el pueblo. Colaborando estrechamente con los reformadores cercanos a Pedro Damián, y después con Gregorio VII, con el obispo Anselmo di Lucca, importante canonista que posteriormente llegó a ser el papa Alejandro II, y con otros también, los patarinos reclamaron, recurriendo también a la violencia, la realización de la reforma que a continuación tomó el nombre de Gregorio VII: por un celibato del clero vivido fielmente, contra la ocupación de diócesis por parte de poderes laicos y contra la simonía.

El aspecto interesante es que aquí el movimiento reformador se desató casi simultáneamente en los máximos ambientes jerárquicos en Roma y entre la amplia población laica lombarda, en respuesta a una situación considerada insostenible.

Pero esta unión de intereses no duró mucho. De hecho, cuando a continuación se formaron las diversas ramificaciones del movimiento pauperístico, pero sin retomar el impulso voluntariamente eclesiástico-jerárquico de los primeros franciscanos, sino desafiando con predicaciones espontáneas y no autorizadas la resistencia de una jerarquía que no comprendía los signos de los tiempos, no pocos de los "pobres de Cristo", con su rechazo de la jerarquía fundada en el sacramento, se deslizaron hacia la herejía y la desobediencia. Nacieron así los movimientos pauperísticos ramificados, que sólo gracias a la pastoral visionaria de Inocencio III pudieron ser reintegrados en gran parte en la Iglesia.

Recordar esos desarrollos en el presente contexto es útil, porque también hoy es posible reconocer algunos de esos elementos cuando laicos demasiado “comprometidos” se dirigen contra sacerdotes y obispos.
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Hoy como entonces nacen los conflictos entre un episcopado involucrado en las instituciones y en la burocracia –incluyendo la curia romana– y los movimientos laicos que se sienten abandonados, si no directamente traicionados, por los pastores y los maestros de la Iglesia, por los sucesores de los apóstoles. Para superar la pérdida de confianza que se ha creado entre los fieles, servirá un esfuerzo no indiferente por parte de la jerarquía y del clero. Por supuesto, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado documentos de teología moral, como por ejemplo Persona humana (1975). Además, a dos profesores les fue revocada, respectivamente en 1972 y 1986, la licencia para enseñar a causa de errores teológicos y algunos libros sobre la moral sexual fueron confrontados. Pero los herejes verdaderamente importantes, como el jesuita Josef Fuchs, que desde 1954 a 1982 fue profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana, y Bernhard Häring, quien enseñó en el Instituto de los Redentoristas en Roma, y el influyente teólogo moral de Bonn, Franz Böckle, o Alfons Auer, de Tubinga, bajo la mirada de Roma y de los obispos, pudieron difundir sin ser molestados la semilla del error.

La actitud de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y también la de los obispos, en estos casos, visto retrospectivamente, es simplemente incomprensible. Se vio llegar al lobo y todos se quedaron mirándolo mientras irrumpía en medio de la grey. La encíclica Esplendor Veritatis de Juan Pablo II –la contribución que dio también Joseph Ratzinger aún no ha sido debidamente reconocida– ha indicado con gran claridad los fundamentos de la enseñanza moral de la Iglesia, pero se ha encontrado con el amplio rechazo de los teólogos. Tal vez porque fue publicada sólo cuando la decadencia teológico-moral ya estaba demasiado avanzada.

Dado que por un lado es incomprensible y deplorable el fracaso de la jerarquía, y por otro lado es necesario y loable el compromiso de los laicos (en la situación actual): en ambas actitudes y comportamientos es posible identificar elementos significativos de riesgo. Si el comportamiento ilustrado por encima de la llamada "Iglesia institucional", que se preocupa más de las finanzas y la administración, causa el creciente abandono de la Iglesia por parte de poblaciones que alguna vez fueron católicas, un laicado que es demasiado seguro de sí mismo corre el peligro de no reconocer la naturaleza fundada en el Orden Sagrado de la Iglesia y, en la protesta contra el fracaso de la jerarquía, corre el riesgo de deslizarse hacia un cristianismo comunitario evangélico.

Dado que el laicado conscientemente católico que se está formando, sobre todo en el catolicismo norteamericano, no sólo es comprendido, sino también reconocido y alentado en su protesta contra la degeneración sexual entre sacerdotes, obispos e incluso cardenales, sin embargo no se puede perder de vista el significado constitutivo del ministerio sacerdotal y pastoral, fundado en el Sacramento del Orden, mucho menos el hecho de que la mayoría de los sacerdotes vive fielmente según su propia vocación.

Mientras tanto, la tensión existente entre los dos polos podría llegar a ser útil para superar la crisis actual. Sin embargo, deberemos estar atentos y evitar en Estados Unidos una nueva edición del conflicto entre los obispos y los laicos “trustee” [administradores], respecto a la soberanía sobre las finanzas eclesiásticas, surgido a mediados del siglo XIX, y que más tarde siguió siendo virulento aún más tarde.

Más bien, sería bueno recordar al beato John Henry Newman, quien hizo maravillosamente homenaje al rol importante que revistió el testimonio de los fieles “en cuestiones de doctrina”, o sea, en materia de doctrina. Lo que escribió en 1859 debería ser aplicado también hoy, también en las "cuestiones de economía", o de "moral", es decir, en las cuestiones económicas y morales. Justo cuando –como en las luchas cristológicas del siglo IV– el episcopado durante largos tramos permanece inactivo. El hecho de que se lo pueda constatar también en la crisis actual de los abusos puede depender del hecho de que la iniciativa personal y la conciencia de la propia responsabilidad personal de pastor por parte del obispo individual se han hecho más difíciles por las estructuras y por los aparato de las conferencias episcopales, con el pretexto de la colegialidad o de la sinodalidad.

Sin embargo, tanto más los obispos logren sentirse apoyados por la firme voluntad de los fieles de renovar y de revivir la Iglesia, tanto más les será fácil meter mano a un trabajo de auténtica reforma de la Iglesia.

Es en la colaboración de obispos, sacerdotes y fieles laicos, en el poder del Espíritu Santo, que la crisis actual puede y debe convertirse en el punto de partida de la renovación espiritual –y por lo tanto también de la nueva evangelización– de una sociedad post-cristiana.

Publicado originalmente en italiano el 6 de noviembre del 2018, en lanuovabq.it/it/omosessualita-d…

Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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