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Desde lo hondo a ti grito, Señor

Desde lo hondo a ti grito, Señor

María Arratíbel, el 23.01.19 a las 12:44 PM

Ante el testimonio de fidelidad de los cristianos perseguidos, nos preguntamos a menudo cómo pueden resistir, por qué no se resiente su fe, cómo llegan a abandonarse, de dónde sale esa llamativa confianza, qué fuerza invisible les dibuja sonrisas en medio del despojamiento absoluto, qué pudo transformar algunos corazones de piedra cuya recién estrenada carne perdona hoy al asesino de los suyos…

- Dios mío, yo quiero elegirte a ti y quiero regalarte las obras – Thuan ya no necesitó ningún esfuerzo para traducir lo que sentía su corazón-. Tú sabes lo que necesitamos antes de que te lo pidamos. Si tengo que quedarme aquí, ya no me importa. Con forma de gusano, sin sentencia, para siempre… No sé si estoy volviéndome loco. Pero lo único que me importa ya eres tú. Quédate conmigo. Necesito tu presencia en esta oscuridad. Ahora todo es distinto. Ninguna celda, ninguna tortura, ningún tirano, ninguna enfermedad ni demencia, tampoco la soledad extrema…podrán separarme de ti, si tú permaneces conmigo.

El velo de las tinieblas se había rasgado, y ahora, en la negrura, titilaba de nuevo una esperanza indestructible. A pesar de que la humedad sofocante de la celda le recordase, terca, que una amenaza pendía sobre su vida.

Teresa Gutiérrez de Cabiedes – “Van Thuan, libre entre rejas”

Al hilo de los testimonios se adivina un abismo en el que, de pronto, se enciende una luz que a veces es casi imperceptible. Es ese abismo de dolor, soledades, complejos y miserias, en el que nuestro yo, despojado de sí mismo, desnudo de falsas seguridades, sólo puede gritar el deseo absoluto de Dios, la necesidad del Padre Todopoderoso y tierno.

En el extremo contrario, la autosuficiencia. La planificación, la excesiva confianza en nuestras fuerzas, la confianza puesta en lo humano desde una posición acomodada que, en realidad, se asienta sobre el miedo al martirio.

A partir del momento en que el obispo se dedica a callar la verdad para no disgustar a las autoridades de turno, y a querer conformarse como sea a los caprichos de la moda para gustar a su entorno; a partir de ese instante es su fe la que está mermada: su fe en Cristo muerto y resucitado, ¡su fe en la misión que le ha sido confiada! A partir de ese preciso instante, todos los compromisos y todas las renuncias son posibles.

(…) Sí, el día en que sacerdotes y obispos hayan dejado de tener miedo a la prisión y la tortura, la Iglesia se sostendrá mejor, ¡y el mundo con ella!
Obispo Tchidimbo – “Noviciado de un obispo. Cautividad bajo Sékou Touré.”

¿Dónde vino Cristo a buscarnos? ¿A nuestra suficiencia? ¿No es cierto que descendió a los infiernos y que cada día se abaja para acudir a la hondura de nuestra impotencia, de donde nos quiso rescatar? ¿Acaso hay algo que no hayamos recibido? ¿De veras hemos hecho nuestras las tan sobadas bienaventuranzas? Los pobres, los que tienen sed de justicia, los perseguidos, los que lloran…

Díganme, desde lo hondo, ¿qué experimentan ustedes cuando les predican pretendiendo imponerles esa especie de obligatoria sonrisa con la que pretenden “vender la fe” a los alejados? ¿Se puede predicar un Evangelio sin cruz? Lo siento mucho, señores expertos en el marketing del Evangelio, debo confesarles que a veces sólo soy un arrugado molusco pegado a la Roca.Y que mi espalda se resiente por los embates de las tempestades. Les confieso que en el dolor entregado de los perseguidos veo la actualización de la soledad, las lágrimas y el sudor sangriento de Getsemaní. Y veo a Dios consolando, y prometiendo la eternidad. Y percibo, a pesar de mis limitaciones, pecados y dolores –o precisamente gracias a mis limitaciones, pecados y dolores- un rincón de ardiente consuelo: el Sagrado Corazón de Jesús. Hoguera de Amor, calidez inmensa, sosiego del solo, el enfermo, el perseguido, el huérfano. “En Vos confío”. Confiar hasta dar la vida. Por pura gracia. Y, desde el martirio, al cielo.

Los hombres golpean a golpes redoblados, las mujeres agarran las cabezas para golpearlas contra el suelo, otro se divierte haciendo pasar bajo el mentón de las mujeres una oreja ensangrentada, un marinero abre un vientre con una navaja…Una mujer grita: “Esto vale más que el agua bendita”. Los cadáveres son después arrastrados por el muelle, soportando siempre cantidad de golpes: “Un tal Lionet blandía con sarcasmo pedazos de carne y un crucifijo”. Todos los sacerdotes tienen la cabeza cortada, pinchada en horcas y paseada a través de la ciudad. El acta de defunción lleva la increíble mención: “curas muertos víctimas de una emoción popular”.
Secher, Reynald, La Vendée-Vengé. (Citado por Alberto Bárcena en “La guerra de la Vendée”)

Desde lo hondo a ti grito, Señor…Señor, escucha mi oración…no quede yo nunca defraudado…
Ese abismo del despojado de todo es lugar precioso de encuentro con Dios. ¿Puede alguien afirmar que no tiene en el fondo del alma ese pequeño o gran abismo de soledades y dolor? No somos tan distintos y, sin embargo, nosotros creemos que nosotros somos algo. Tenemos tanto, tantísimo que aprender de esa fe analfabeta de los que sufren por Cristo en tantos lugares del mundo. ¿Aprenderemos a ser uno? ¿Sabremos agradecer la entrega hasta el martirio de esos miembros heridos del Cuerpo de Cristo? ¿Nos daremos cuenta de hasta qué punto su sangre vivifica las venas de la decadente y cobarde Iglesia occidental? No les hablo desde un pedestal: yo soy también esa Iglesia cobarde…

Después de diez años de campos y destierro, el padre Oreste Hurlevich vuelve a casa. No tarda en conseguir vasos sagrados y ornamentos litúrgicos y empieza a recibir visitas de antiguos parroquianos que se mudaron a Lviv, o de sus hijos. Hablan del pasado, del presente. El padre Oreste es discreto sobre lo que ha vivido desde 1945. Sus interlocutores parecen intimidados, dan vueltas alrededor del asunto y las horas pasan. Finalmente se atreven a preguntar: “¿Sigue usted siendo sacerdote?” Para el sacerdote es la hora de la verdad. Si responde “sí” y se tratara de provocadores, arriesga acabar en Siberia. Además, su mujer está agotada por el trabajo, sus nervios enfermos. Y el último de sus hijos todavía es pequeño. ¿Sobreviviría a otra deportación, siendo quince años más viejo? Pero cada vez, su sentido sacerdotal y espiritual le empuja: “Sí, soy todavía sacerdote, y sacerdote católico”.
Didier Rance – “Un siglo de testigos. Los mártires del Siglo XX”.

¡Cuántos y cuántas veces han querido matar a Dios, enterrar al mismísimo Jesucristo en una fosa común repleta de cadáveres! Esparcidos los pedazos de los mártires para evitar incómodas visitas a las tumbas, vuelan ya sus almas a encontrarse con el Padre. ¡Dos mil años de mártires! Y la fe sigue viva. Gracias sean dadas a Dios Nuestro Señor por cada gota de sangre derramada, por cada testigo vivo, por cada mísera vida entregada a Su causa, a la causa del Evangelio, a la esperanza del cielo. Señor, regálanos la perseverancia…y danos la confianza.

“Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la última oración de nuestro Señor, de nuestro Bien Amado. Si pudiera ser la nuestra… Si fuera no solamente la de nuestro último instante, sino la de todos nuestros instantes: Padre mío, me pongo en tus manos; Padre mío, me confío a Ti; Padre mío, me abandono a Ti; Padre mío, haz conmigo lo que quieras; hagas lo que hagas te doy las gracias; gracias por todo, estoy dispuesto a todo, acepto todo; te doy las gracias por todo; con tal de que Tu Voluntad se haga en mí, Dios mío, con tal de que Tu Voluntad se cumpla en todas tus criaturas, en todos Tus hijos, en todos aquellos a los que ama Tu Corazón…no deseo nada más, Dios mío; pongo mi alma entre Tus manos; te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque es una necesidad de amor el darme, el ponerme en Tus manos sin medida; me pongo en Tus manos con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.”
Charles de Foucauld