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Apostillas a Gaudete et exsultate, n.1

Apostillas a Gaudete et exsultate, n.1

Alonso Gracián, el 7.09.18 a las 9:56 PM

Comenzamos con este post una serie de apostillas (comentarios) a la exhortación apostólica Gaudete et exsultate. La cita del texto va en cursiva, y a continuación la glosa que realizamos de ella.

En esta ocasión nos centramos en el punto 1 de la exhortación apostólica.

Apostilla 1

«[1] El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada.»

El texto parece iniciar con tópicos voluntaristas, en sintonía tal vez con ese tipo de predicación semipelagiana que ha sido y es tan frecuente en el posconcilio: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es…». Como si la Causa Primera pudiera pedir algo a la causa segunda (el ser humano) que ésta pudiera darle por sí sola.

—Es lugar común de la homilética personalista contemporánea centrar la santificación en una supuesta autonomía de la libertad humana, y no en la soberanía de Dios, como si la libertad humana no dependiera de la moción divina, y Dios se limitara a observar, esperar, invitar, proponer y ofrecer.

El tópico alcanza, incluso, a suponer que el Creador tiene expectativas respecto a lo que la causa segunda puede hacer por sí sola, si se lo propone; como si Dios mismo confiara en una hipotética autarquía humana: «no espera que nos conformemos […]» Por eso es justo preguntarnos si es metafísicamente correcta una pastoral que acostumbra, desde hace decenios, a presentar a Dios como deudor de la libertad humana.

Apostilla 2

«[1]En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: “Camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1).»

Cabe preguntarse, en base a lo dicho anteriormente, si ese “llamado” a la santidad de que habla el texto, se basa en la generosidad divina, o si por el contrario se apoya en una supuesta generosidad humana independiente y autodeterminada, de la cual Dios es mero observador.

Más bien parece esto segundo, porque a continuación, el “llamado” a la santidad es presentado como una propuesta de Dios, en sintonía con la pastoral humanista ya mencionada: «[1] Así se lo proponía el Señor a Abraham». Proponer, como sabemos, es manifestar un proyecto o una idea a un superior o principal, para que éste la acepte si lo estima conveniente. El papel protagonista, en la propuesta, no es del que propone, sino del que acepta la propuesta. Por eso al hablar así, y en este contexto concreto, el protagonismo parece dársele al hombre y no a Dios. ¿Cuántas veces, en todos estos años, hemos escuchado glorificar la respuesta humana, el sí del hombre a Dios, como si fuera un sí independiente?

Aunque es común también, en la predicación personalista contemporánea, mitigar esta sensación de protagonismo antropocéntrico y de voluntarismo en general, con afirmaciones contrarias, a menudo exportadas del protestantismo, para hacer contrapeso.

No es una idea novedosa, como decimos, sino un lugar común de la pastoral hodierna. ¡Cuántas veces hemos escuchado eso de “Dios respeta nuestra libertad“, “Dios nos pide” o “Dios cree en nosotros“, o “Dios apuesta por el hombre", “Dios se la juega con nosotros, de tanto que respeta nuestra libertad"! Etc., etc.

No olvidemos que en la predicación personalista de los últimos cincuenta o sesenta años, ha sido y es frecuente relativizar el señorío divino con verbos de perfil bajo, que minimicen la soberanía de Dios y maximicen la autonomía de la persona humana.

Está el católico de hoy tan acostumbrado al sobreoptimismo antropológico, que ya no le rechinan las falsas esperanzas. Necesita urgentemente recuperar el sentido de la total dependencia de Dios, reencontrarse con su carácter deudor y no acreedor.

Hay una gran diferencia entre mandar y proponer. Dios manda, y cuando el hombre obedece, ha sido con la obediencia libre que Él mismo le ha dado. Pero Dios no propone como si al proponer se hiciera deudor de nuestra libertad. Somos nosotros los que le debemos, incluso, la respuesta libre a su gracia. Por eso el ser humano no es el protagonista de su santificación, no es causa primera sino segunda. No tiene el papel principal en la película. No es Dios el que depende de nuestra generosidad, sino nosotros de la suya.

David Glez Alonso Gracián