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Adelita
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Ivan Filipovic: de traficante de drogas y mafioso, a sacerdote católico

CONTROLABA EL NARCOTRÁFICO EN FRANKFURT

Ivan se marchó a Alemania con 18 años. Tenía ansias de libertad, aunque no sabía qué significaba y terminó traficando y drogándose con heroína. «Dormía en los mejores hoteles, cambiaba de coches y de chicas cuando quería», confiesa. Hasta que fue a Medjugorje.

Ivan Filipovic fue el amo del narcotráfico en Frankfurt. Durante unos siete años no había garito que no controlara, negocio del que no supiera y marco que se escapara de su control. Hoy, a sus cuarenta años, es sacerdote católico. Su asombrosa historia se puede leer de forma extensa en el libro «Medjugorje» (LibrosLibres). Este es un pequeño extracto.

- Padre Ivan, ¿puede contarnos algo de su vida?
- Desde pequeño he sido un rebelde que andaba en busca de la «libertad». Nunca pude aceptar una manera normal de vida. Escuela, Facultad, mujer, hijos, trabajo, carrera, las vacaciones en la playa… me parecía demasiado estrecho. Así que me fui de casa muy pronto. Con dieciocho me marché a Alemania en busca de esa libertad que tanto ansiaba.

- ¿Qué le esperaba en Alemania?
- En principio nada, la aventura. Allí conocí el mundo criminal, el mundo del dinero y la prostitución. Digamos que todo lo que el mundo te ofrece hoy. Muy pronto prosperé en la calle. Con dieciocho años ya ganaba muchísimo dinero para vivir.

- ¿Cómo?
- Empecé a traficar con droga. Ese dinero luego lo gastaba en discotecas privadas y en una vida que tal vez muchas veces los jóvenes sueñan con tener porque han visto demasiadas películas americanas. Yo dormía en los mejores hoteles, cambiaba de coches y de chicas cuando quería.

- ¿Cuando se empezó a drogar?
- Con catorce o quince años había probado alguna droga blanda. Pero fue cuando empecé a vender la heroína cuando empecé a tomarla yo. Y le digo que la heroína es la ruina.

- Hábleme de su ruina.
- Cuando me drogaba no estaba en estado de trabajar ni de nada más, de verdad. Ese era mi estilo de vida. La música, los conciertos, los clubes… yo tenía mi mundillo. Pero muy pronto llegó el fin a todo eso. Tenía veinticinco años y estaba muy cansado de la vida. Los míos sabían que me drogaba. Yo tenía todo el cuerpo marcado, ¿sabe? Ya no tenía venas, y hoy, quince años después, sigo sin tenerlas.

- ¿Hábleme de su familia?
- Tengo dos hermanos que estuvieron en la guerra de mi país (Yugoslavia). Una noche que yo estaba totalmente drogado, se me acercó uno de ellos y me dijo: «Ivan, tira esas pastillas, coge un fusil y vente conmigo a la guerra. Ya que te vas a matar, al menos muere como un hombre». En ese mismo momento cogí toda la basura que tenía y la tiré. Fue en ese momento cuando decidí hacer algo con mi vida y entré en la Comunità Cenacolo, una comunidad de escuela de vida en la que los chicos abandonamos la droga a través del trabajo y la oración. Cristo es quien nos cura, no hay ni sustitutivos ni medicamentos.

- ¿Cómo conoció la Comunità?
- Teníamos un primo que estaba viviendo en la casa que la Comunidad tiene en Medjugorje. Al principio entré para descansar. Pensé quedarme unos meses. Entonces conocí a sor Elvira, la fundadora de la comunidad.

- ¿Cuándo la conoció?
- A penas dos meses después de entrar en la Comunità, precisamente en la capilla de la casa de Medjugorje, donde habíamos ido de peregrinación. Sor Elvira dio una catequesis.

- ¿Qué ocurrió en aquella catequesis?
-En un momento dado nos preguntó quien quería llegar a ser bueno. Todos a mi alrededor levantaron la mano, pero yo no podía. Me impresionó tanto la hermana Elvira que no tuve coraje de mentir y aquella noche no pegué ojo. Lloré toda la noche. Salio mucha furia, mucha amargura. Aquella noche decidí que quería hacer el programa de la Comunità hasta el final. Creí a sor Elvira. Por fin encontré a una persona a la que creía del todo.

- Algo muy fuerte tuvo que hacer o decir para que una persona como tú, diga que aquella monja italiana fue la primera persona en el mundo a la que creyó de verdad.
- Sor Elvira dijo aquella tarde que nosotros no sabíamos quienes éramos, y eso me hizo daño, como si alguien me hubiera pinchado. Recuerdo que yo pensé: «¿Ésta monja de qué va? Tengo 26 años, ¿cómo que no se quien soy?». Nos dijo entonces que solamente podríamos saber quienes éramos si teníamos el valor suficiente para arrodillarnos ante Jesús en la Eucaristía.

Luego pasé aquella noche llena de lágrimas y al día siguiente fui a la capilla y dije: «Si es verdad lo que dice la hermana, que yo no sé quien soy, y si es verdad que tú estás vivo en la Eucaristía, quiero ver la verdad, quiero saber la verdad sobre mí, sobre quien soy yo». Y le puedo decir que desde aquel día, con la ayuda de Jesús, empecé a mirar en mi corazón y empecé a ver muchas cosas que antes no quería ver. Mis mentiras, injusticia, la sabiduría de la calle que había acumulado a lo largo de los años.

Recuerdo que cuando veía mis debilidades me quedaba muy apenado. Sentía un fuerte arrepentimiento y decía: «Jesús, no quiero ser así, perdóname, ayúdame», y vivía la experiencia del perdón de rodillas, tan fuertemente, que muchas veces surgía con lágrimas, con sentimientos y pensamientos que venían del corazón. Aprendí que la oración no es solamente lo que me enseñaron en las clases de religión. Aprendí que a través de la verdad ante mí mismo, a través del arrepentimiento, yo vivía el perdón de Dios. Yo fui perdonado y amado por Dios. Comprendí que la oración influye en la vida. Que la oración tenía mucha influencia en mi relación con las personas de mi entorno, y creí en la oración. Creí en ese Dios que me ha tocado el corazón.

- ¿Quedaron realmente sanadas todas las heridas de su vida pasada
- La droga es un drama de la vida. En la comunidad se pueden vivir grandes experiencias espirituales, pero la droga sigue siendo un gran drama. La droga le hace al hombre muy frágil. Le cuento un ejemplo. Cuando llevaba cuatro años en la comunidad y mucha experiencia espiritual acumulada, sor Elvira me permitió que empezase los estudios y me marché a Pisa. Fui en tren hasta allí y cuando bajé de aquel tren en Pisa, en dos minutos yo tenía una imagen bien clara de la estación. Lo había reconocido todo. Reconocí al policía de paisano, a las prostitutas y a los chulos que las vigilaban, a los traficantes de droga, a los que buscaban la droga y a los que no tenían dinero para comprarla y que necesitaban robar. Todo eso en dos minutos. Llevaba cuatro años fuera del mundo, pero me bastaron solo dos minutos para verlo todo, porque a lo largo de mi vida, las expresiones de la cara, de los ojos, la manera en que las personas cogían el cigarrillo, el paso, los movimientos… todo fue memorizado profundamente en mi interior. Entonces comprendí lo frágil que era, porque todo mi pasado estaba memorizado.

Yo creo que ahí está la fragilidad de un adicto. Nosotros tenemos memorizado cómo huir de los problemas, cómo huir de la cruz hacia un mundo ilusorio. Tenemos memorizado el flash de la cocaína, tenemos memorizado lo que significa tener sexo libre con una mujer… todo eso está en nosotros y esa es la fragilidad de un adicto. Y a pesar de todas mis experiencias espirituales, esa fragilidad sigue existiendo.

Por eso le digo que el adicto nunca puede actuar como un hombre «normal». Cada hombre necesita de Dios. El hombre sin Dios, con el tiempo ya no es hombre, es un animal. Y el adicto necesita más de Dios que los demás. Por ello, Dios, respondió a las necesidades del hombre con una comunidad como ésta. A través de esta comunidad, Dios ha descendido para acoger a los últimos, y únicamente Él es capaz de ello, de pasar por nuestro pasado y convertir la tiniebla en luz, la desesperanza en esperanza, la tristeza en alegría.

A través de oración me reconcilié con mi pasado. Hoy, cuando reflexiono los sucesos de mi pasado, tengo paz. Ya no hay más agitación, ya no hay impulsos negativos, no hay incomodidad, no hay vergüenza, ya no existen esos impulsos grandes y fuertes. Solo hay paz, porque Dios ha atravesado todo ello a través del sacramento de la Confesión. Me ha reconciliado con mi pasado, ha convertido la oscuridad en la luz. Hoy mi pasado es una riqueza de donde saco la sabiduría para ayudar a las personas que están en el camino.


- ¿Entonces cobra sentido la cruz de Cristo?
- Sí. Lo veo así. Pero no soy tonto. La droga es una desgracia y un mal. Yo no me hubiera drogado nunca si pudiera volver al pasado, ahora bien: Dios es muy grande. Dios sabe volver y coger al último marginado. Y si se lo permites, Él puede atravesar tu vida a pesar de lo difícil y dramática que fue. Puede transformar todo eso en la luz.

- ¿Cuando se ordenó sacerdote?
- En 2004, cuando llevaba diez años en la comunidad.

- ¿Cómo sucede el cambio del drogadicto al sacerdote?
- A eso no se puede dar una respuesta si no se menciona el nombre de Jesús.

- Usted, en todos estos años, ha conocido bien Medjugorje. ¿Qué nos puede decir de todo aquello?
- Creo que justamente allí sucedió esa primera inflexión en mi vida. Fue donde yo decidí quedarme dentro de la comunidad. Cada vez que iba a la comunidad de Medjugorje, no volvía a la mía con las manos vacías. Volvía siempre con un corazón lleno de esperanza, de fe. La hermana Elvira sabía de estas cosas y creo que por eso me mandaba a Medjugorje a menudo. Ahora voy a Medjugorje todos los años acompañando peregrinaciones, y nunca he vuelto de Medjugorje sin haber traído algo conmigo. Es difícil de explicar, pero la Virgen María allí está cerca de ti y te ayuda a vivir estas cosas. Luego también he de decir como sacerdote, que en ningún lugar del mundo se confiesa tan hermosamente como en Medjugorje. En ningún lugar del mundo he encontrado a las personas tan sinceras y abiertas a la hora de confesar.

- ¿Por qué?
- Lo más probable es que eso sea un fruto de la presencia de la Virgen María. ¡La gente la siente! No se trata de lo grandes o pequeños que sean sus pecados. Se trata de con qué fervor y con qué verdad la gente se confiesa allí, con qué humildad y con qué arrepentimiento.


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- Lo más probable es que eso sea un fruto de la presencia de la Virgen María. ¡La gente la siente! No se trata de lo grandes o pequeños que sean sus pecados. Se trata de con qué fervor y con qué verdad la gente se confiesa allí, con qué humildad y con qué arrepentimiento.