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Asís, marzo 2020 - «Economy of Francesco»

Asís, marzo 2020 - «Economy of Francesco»

José María Iraburu, el 21.05.19 a las 6:47 AM

–El asunto está difícil…
–Así es. El Papa siempre pide que recemos por él… Oremos, oremos, oremos.

Hace unos días el BOLLETTINO de la Oficina de Prensa de la Santa Sede publicó el texto íntegro del «Mensaje del Santo Padre para el evento “Economy of Francesco” (Asís, Italia, 26-28 de marzo de 2020), 11/05/2019». Estamos aún distantes de la fecha señalada para ese evento, pero por eso mismo parece conveniente ofrecer a la Santa Iglesia, y especialmente al Santo Padre y a quienes más directamente lo preparan, algunas consideraciones sobre ciertas dificultades previsibles. Publico para comenzar algunos fragmentos del

«Mensaje del Santo Padre. A los jóvenes economistas, emprendedores y emprendedoras de todo el mundo

«Queridos amigos,

«os escribo para invitaros a una iniciativa que he deseado tanto: un evento que me permita encontrar a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar y practicar una economía diferente, la que hace vivir y no mata, que incluye y no excluye, que humaniza y no deshumaniza, que cuida la creación y no la depreda. Un evento que nos ayude a estar juntos y conocernos, que nos lleve a hacer un “pacto” para cambiar la economía actual y dar un alma a la economía del mañana.

«¡Sí, necesitamos “re-animar” la economía!… Desgraciadamente, sigue sin escucharse la llamada a tomar conciencia de la gravedad de los problemas y, sobre todo, a poner en marcha un nuevo modelo económico, fruto de una cultura de comunión, basado en la fraternidad y la equidad…

«Frente a esta urgencia, todos, absolutamente todos, estamos llamados a revisar nuestros esquemas mentales y morales, para que puedan estar más en conformidad con los mandamientos de Dios y con las exigencias del bien común. Pero he pensado en invitar de forma especial a vosotros los jóvenes porque, con vuestros deseos de un porvenir hermoso y feliz, ya sois profecía de una economía que se preocupa por la persona y por el medio ambiente.

«Queridos jóvenes, sé que sois capaces de escuchar con el corazón los gritos cada vez más angustiosos de la tierra y de sus pobres en busca de ayuda y de responsabilidad, es decir, de alguien que “responda” y no dé la espalda. Si escucháis a vuestro corazón, os sentiréis portadores de una cultura valiente y no tendréis miedo de arriesgaros y de comprometeros en la construcción de una nueva sociedad. ¡Jesús resucitado es nuestra fortaleza!…

«Vuestras universidades, vuestras empresas, vuestras organizaciones son canteras de esperanza para construir otras formas de entender la economía y el progreso, para combatir la cultura del descarte, para dar voz a los que no la tienen, para proponer nuevos estilos de vida. Mientras nuestro sistema económico y social produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal.
«Por eso deseo encontrarme con vosotros en Asís: para promover juntos, a través de un “pactocomún, un proceso de cambio global que vea en comunión de intenciones no solo a los que tienen el don de la fe, sino a todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de credo y de nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atento sobre todo a los pobres y a los excluidos»…

* * *

Dificultades

El pecado original afecta a todo hombre nacido de mujer. Esta es una realidad muy pronto revelada en la historia de la salvación, de tal modo que Israel tiene claro conocimiento de ella: «pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). Y en Cristo llegamos a un conocimiento más pleno de esa condición humana congénita, como lo explica el Apóstol a los cristianos efesios:

«Vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los que en otro tiempo habéis vivido, siguiendo el espíritu de este mundo [mundo], bajo el príncipe de las potestades aéreas, bajo el espíritu que actúa en los hijos rebeldes [demonio]: entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo, y seguimos los deseos de nuestra carne [carne], cumpliendo la voluntad de ella y sus depravados deseos, siendo por nuestra conducta hijos de ira, como los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia… nos dio vida por Cristo –de gracia habéis sido salvados–», etc. (Ef 2,1-20).

Los jóvenes hoy, muchos de ellos, sufren esta triple cautividad –mundo, demonio, carne–, de la que Cristo puede y quiere salvarles por su gracia. En un ambiente de apostasía, escandalizados desde niños, han sido educados frecuentemente en la falsedad y el pecado.

La irreligiosidad, el relativismo nihilista, el secularismo en escuelas, universidades y medios de comunicación, el paro, el libertinaje sexual, la droga, el culto a ídolos deportivos o artisticos, la pornografía omnipresente, la falta de hermanos, son males frecuentes que dañan hoy a no pocos jóvenes, sobre todo en el Occidente apóstata, donde con frecuencia el número de suicidios es muy alarmante. En Estados Unidos, por ejemplo, es la tercera causa de muerte en jóvenes de 15 / 24 años… No es fácil, en general, ver hoy en la juventud «canteras de esperanza».

La historia de la Iglesia en el mundo es un combate permanente. Mientras que los cristianos pedimos a Dios «venga a nosotros tu Reino», son hoy innumerables, sobre todo en las naciones caídas en la apostasía, quienes pretenden lo contrario: «no queremos que él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Estiman que su yugo es férreo y su carga aplastante (cf. Mt 11,29). El concilio Vaticano II expresa con fuerza ese combate:

«Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (Gaudium et spes 13,b)… «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien» (ib. 37b).

Se cumple lo que ya el Señor había profetizado: «Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros… Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,18-20). Cuando San Juan profetiza en el Apocalipsis la historia de la Iglesia la describe como una guerra permanente entre los que adoran la Bestia mundana, aceptando su sello en la frente y en la mano –en pensamientos y acciones–, y los que guardan los mandamientos de Dios y permanecen en el testimonio de Jesucristo (14,8-13 et passim).

Según esto, ¿será posible que perseguidos y perseguidores elaboren juntos un «pacto común» capaz de «poner en marcha un nuevo modelo económico, fruto de una cultura de comunión, basado en la fraternidad y la equidad»? ¿Podrá conseguir ese objetivo una colaboración entre los que aceptan el sello de la Bestia mundana y los que prefieren morir antes que aceptarlo?…

El apóstol Pablo, que tantas naciones encendió en el fuego de la fe en Cristo, lo ve claro: «No os unáis en yunta desigual con los infieles. ¿Qué consorcio hay entre la justicia y la maldad?, ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?, ¿qué concordia puede haber entre Cristo y Belial?, ¿qué pueden compartir el fiel y el infiel?, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos?» (2Cor 6,14-16).

Esta realidad histórica pro-Cristo y anti-Cristo se hace visible hoy no sólo en la orientación de la educación, el arte y la cultura, las ideologías de moda y las costumbres, sino también en el mundo edificado por las leyes y por los grandes Organismos internacionales. ¿Quién domina en el mundo?… «El mundo entero yace bajo el Maligno» (1Jn 5,19). Podemos verlo significado con un ejemplo:

-Cuando el terrorismo asesina en París a una docena de periodistas blasfemos de la revista satírica Charlie Hebdo (2015), que tantas veces se ha reído de Dios y de su Cristo, inmediatamente se juntan en manifestación de protesta más de un millón de ciudadanos, presididos por un centenar de líderes políticos y Jefes de Estado de Europa y de otras naciones. Nunca se han producido macro-duelos semejantes cuando centenares de cristianos han sufrido matanzas, a veces estando reunidos en iglesias. Esto, a lo más, ocasionará una noticia periodística poco resaltada. Ya es sabido que actualmente el grupo humano más perseguido en este mundo son los cristianos. Normal.

La apostasía de las naciones antes cristianas de Occidente deja a los hombres especialmente cautivos del mundo, del diablo y de la carne: los tres enemigos del Reino del Dios en la humanidad. Corruptio optimi pessima. Y la misma cautividad maligna afecta a los jóvenes, tantas veces educados desde niños en la falsedad anticristiana. Ni de ellos ni de los mayores que rechazan a Jesucristo, «el Salvador del mundo» (2Jn 4,14), cabe esperar ningún cambio personal, y menos aún colectivo. Profesan la negación de Dios y de su culto, no admiten la ley natural, confiesan devotamente la ideología del género, el derecho a la anticoncepción y al aborto, a la fornicación cada vez más temprana, a la homosexualidad y a la pederastia, a la opresión de las naciones pobres, al adulterio, a la eutanasia, etc.

Todos estos horrores son fomentados por el mundo de modo gradual y sistemático, y los Poderes de la Bestia mundana los van acrecentando mediante una red inmensa de «pactos» culturales, sociales y económicos, que son tácitos o incluso obligatorios por las leyes, reforzándose unos a otros entre sí. Por eso la posibilidad de introducir en el mundo actual «un “pacto” común, un proceso de cambio global que vea en comunión de intenciones no solo a los que tienen el don de la fe, sino a todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de credo y de nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad» es una posibilidad mínima, o por mejor decir, inexistente.

Un «pacto común» producido entre muchos colectivos, creyentes o infieles, no tiene capacidad alguna para dar lugar a un «cambio global», a un nuevo humanismo mejor y más noble, más verdadero y justo… Sólo el Nuevo Adán, Jesús, puede crear en el mundo una nueva humanidad, a un tiempo terrena y celestial. Sólo Él puede comunicar al mundo un Espíritu Santo que «renueve la faz de la tierra», iluminando «a los que están sentados en tinieblas y en sombras de muerte» (Lc 1,79). Sólo reconociendo a Jesús como Salvador puede la humanidad recibir una salvación temporal y eterna, pues en ningún otro nombre hay salvación (Hch 4,12). Sin Cristo, y mucho más si es contra Cristo, no pueden los hombres superar los horrores que atormentan a la humanidad (Jn 15,5). Solo Cristo puede vencer los males del mundo (133-134).

Por eso, si se paraliza prácticamente el celo misionero evangelizador, reduciéndolo al diálogo interreligioso y a la beneficencia material, los males del mundo perdurarán y crecerán. Ésta es palabra profética, porque es palabra del Señor.

La Iglesia ha sido enviada por Cristo al mundo para procurar la gloria de Dios (208) y la salvación temporal y eterna de los hombres. Para cumplir «esta» misión cuenta con la fuerza salvadora de Cristo, al que le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Pero la Iglesia no tiene ni luz, ni fuerza, ni misión, para pretender unos fines de fraternidad universal que son diferentes a los centrados en Cristo Salvador.

No parece que hoy la Iglesia tenga el prestigio necesario para convocar «a los jóvenes economistas, emprendedores y emprendedoras de todo el mundo». La Iglesia, con la pérdida numerosa de sus miembros, sus fuertes divisiones internas, el aumento de los bautizados no practicantes, la nupcialidad y la natalidad minimizadas, las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras muy escasas, el escándalo de ciertos abusos sexuales, la ausencia o el silencio frecuente de los intelectuales católicos, etc. no parece, como digo, que esté en momento apropiado para encabezar un «pacto común» que genere unas renovaciones importantes en economía y sociedad, cultura y leyes.

Tampoco parece que haya en el mundo de hoy una actitud receptiva hacia Cristo, pues precisamente es un mundo consciente y deliberadamente configurado anti Cristo. Es un mundo que en muchos casos pretende borrar toda huella de cristianismo en pensamiento y costumbres. «No queremos que reine sobre nosotros»… La hostilidad del mundo de hoy contra la Iglesia, aunque en ocasiones guarde discretamente las formas, es total (165). Solamente da ciertos signos de aparente benevolencia cuando algunos miembros de la Iglesia se mundanizan en su doctrina y modos de vida.

La apostasía ha llevado al mundo al fracaso y a la perdición (202). El mundo apóstata es sin duda peor que el pagano, porque a diferencia de muchas sociedades y religiones naturales, ha hecho de la negación de Dios un fundamento principal de su ser.

* * *

La Doctrina Social de la Iglesia

En el Mensaje pontificio que convoca al evento de Asís-2020 no se alude a la Doctrina Social de la Iglesia. El hecho admite varias interpretaciones, y en consecuencia no aventuro ninguna. Pero creo oportuno indicar que si la Iglesia pretende en ese encuentro conseguir «un pacto común» para «cambiar la economía actual y dar un alma a la economía del mañana», parece que sería conveniente encuadrar el diálogo de ese encuentro en la Doctrina Social de la Iglesia, que asistida por el Espíritu Santo, ha dado lugar a documentos realmente grandiosos. Todos ellos han pretendido re-animar la economía, y dar por Jesucristo un alma nueva a la familia y el trabajo, a la economía, la sociedad y la cultura.

León XIII, Libertas praestantissimum, Rerum novarum; Pío XI, Quadragesimo anno; Pio XII, La solenità; Juan XXIII, Mater et Magistra, Pacem in terris; Pablo VI, Populorum progressio, Octogesima adveniens; Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus y tantos otros textos luminosos. Citaré aquí solamente algunas enseñanzas de la encíclica Mater et Magistra (15-05-1961).

Mater et Magistra

Los graves males del mundo presente se producen porque «al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar a un acuerdo pleno y seguro» (205). «Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo» (208). «Sin embargo, no faltan hoy quienes afirman que, gracias al extraordinario florecimiento de la ciencia y de la técnica, pueden los hombres, prescindiendo de Dios y solamente con sus propias fuerzas, alcanzar la cima suprema de la civilización humana». Por el contrario, las mismas cuestiones suscitadas por el progreso «solamente pueden resolverse si los hombres reconocen la debida autoridad de Dios, autor y rector del género humano y de toda la naturaleza» (209).

«La teoría más falsa de nuestros días es la que afirma que el sentido religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o mera imaginación, la cual debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria en absoluto al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización» (214). «El hombre, separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes, porque las relaciones humanas exigen de modo absoluto la relación directa de la conciencia del hombre con Dios, fuente de toda verdad, justicia y amor» (215).
«La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamente indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios, y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es, obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios» (217).

–Asís-2020

Si la invitación pontificia al evento de Asís-2020 logra una respuesta numerosa de jóvenes economistas y emprendedores procedentes de todo el mundo, formados en muy diversos credos religiosos o en sistemas filosóficos y económicos contradictorios, será imposible alcanzar un «pacto común», un «cambio global», capaz de «poner en marcha un nuevo modelo económico, fruto de una cultura de comunión, basado en la fraternidad y la equidad». No será posible lograr un acuerdo entre los asistentes que creen en Dios y la otra parte –una gran parte– que consideran las religiones como el obstáculo mayor para una fraternidad universal. Agua y aceite.

Sin previa evangelización de los asistentes ateos o agnósticos –operación improbable–, el próximo evento de Asís podría recordar el encuentro de San Pablo con los griegos en el ágora de Atenas: Francisco, «ya te oiremos hablar de todo eso en otra ocasión» (Hch 17,32). En esta visita del Apóstol a la capital intelectual del mundo antiguo sólo llegaron a la fe Dionisio, Dámaris «y algunos más»: cuatro gatos. De la Iglesia en Atenas no se vuelve a mencionar nada en el Nuevo Testamento.

Dios quiere la evangelización de los pueblos paganos y la reevangelización de los que fueron cristianos y cayeron en la apostasía. ¿Y cómo hemos de entender la «evangelización»? Como Cristo la entendió al enviar a San Pablo:

«Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,28).

José María Iraburu, sacerdote

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