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La Beata Emmerich cuenta con detalle como la Virgen creó el Vía Crucis

VIA CRUCIS. Práctica santa inaugurada por la Augusta Virgen María, que conservaba con tanto esmero en su corazón las palabras y acciones de Jesús. (Lucas 2,19). ¡Con qué fervor la excelsa Reina de …More
VIA CRUCIS. Práctica santa inaugurada por la Augusta Virgen María, que conservaba con tanto esmero en su corazón las palabras y acciones de Jesús. (Lucas 2,19). ¡Con qué fervor la excelsa Reina de los mártires recorrería aquel camino santo, empapado con la sangre aún humeante de su Hijo divino, y le humedecería de nuevo con su propio llanto!

Ved cómo nos lo refiere la venerable Ana Catalina Emmerich:

Después del doloroso encuentro de la Santísima Virgen con su Hijo cargado con la Cruz, fue llevada de aquel sitio sin conocimiento por sus amigos: el amor, el ardiente deseo de estar cerca de Jesús y de no abandonarle, le dieron una fuerza sobrenatural. Marcharon a casa de Lázaro, donde se encontraban las otras santas mujeres, y de allí partieron en número de diez y siete para seguir el camino de la Pasión. Yo las vi cubiertas con sus velos llegar hasta el foro sin atender a las injurias del populacho, besar la tierra en el sitio en que Jesús cargó con la Cruz, y después seguir el camino que Él mismo había seguido.

María buscaba las huellas de sus pies; iluminada interiormente, contaba todos sus pasos e indicaba a sus compañeras los lugares consagrados por alguna dolorosa circunstancia. De esta manera es como la más tierna devoción de la Iglesia fue en un principio escrita en el corazón maternal de María con la espada predicha por el anciano Simeón; pasó de su sagrada boca a sus compañeras, y de estas hasta nosotros. Así se perpetúa desde el corazón de la Madre al corazón de los hijos la tradición de la Iglesia. En todos tiempos los judíos han venerado los lugares consagrados por alguna acción santa: allí ponían piedras para ir en peregrinación a adorarlas. Así el culto del VIA-CRUCIS nació bajos los pies de Jesús, gracias al amor de la más tierna de las Madres, y en vista de las miras de Dios para con su pueblo.

Y más adelante prosigue:

María en Éfeso.

A alguna distancia detrás de su casa, en el camino que conducía a la montaña, había dispuesto la Santísima Virgen una especie de VIA-CRUCIS. Cuando habitaba en Jerusalén no había dejado nunca, desde la muerte de su Hijo, de seguir su camino doloroso y de regar con sus lágrimas los sitios en que había sufrido. Entonces había medido paso por paso todos los intermedios, y su amor le impelía a la contemplación incesante de esta vía dolorosa.

A poco de su llegada a Éfeso, yo la vi diariamente entregarse a las meditaciones de la Pasión, siguiendo el camino que lleva hasta el alto de la montaña. Al principio iba sola, y medía con el número de pasos que tantas veces había contado, la distancia entre los diversos lugares donde había ocurrido algún incidente de la Pasión del Salvador.

En cada lugar de estos, erigía una piedra, o si allí había un árbol le hacía una señal. El camino conducía hasta un bosque en donde una altura representaba el Calvario; y una gruta en otra altura, el Santo Sepulcro. Cuando hubo dividido en doce estaciones este Via-Crucis (al indicar doce estaciones, entiendo que han de ser otros tantos sitios consagrados con algún suceso de la Pasión de Jesús; y añadiendo otros dos, uno por el acto de tener la Señora a su Hijo difunto en sus brazos, y otro por el Sepulcro, resultan las catorce estaciones), lo seguía en compañía de su sirvienta, sumergida en silenciosa contemplación. Se sentaban en cada sitio que recordaba un episodio de la Pasión, meditando en sus corazones su significación misteriosa, dando gracias al Señor por su amor y vertiendo lágrimas de compasión. Después arregló mejor las estaciones. La vi escribir con un punzón en cada una de las piedras la indicación de lugar que representaba, el número de pasos y otras cosas semejantes. También la vi limpiar la gruta del Santo Sepulcro y disponerla de manera que se pudiera orar cómodamente.

No vi en las estaciones imágenes ni cruces fijas. Eran sencillamente piedras conmemorativas con inscripciones. Más adelante todo esto fue mejor ordenado y colocado: aún después de la muerte de la Santísima Virgen, este camino fue frecuentado por los cristianos que se prosternaban y besaban la tierra. El amado Evangelista San Juan, las santas mujeres y los fieles de la primitiva Iglesia, acompañarían a Nuestra Señora en este piadoso camino.

Más tarde vinieron a recorrerlo el P. San Jerónimo, Santa Paula y su hija, Santa Brígida, San Juan Cancio, San Ignacio de Loyola, y tantos otros, que anduvieron aquella VIA SACRA, hechos los ojos fuentes de lágrimas, y exhalando el corazón dulces suspiros de amor.

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