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Carta de un sacerdote de la Prelatura Opus Dei desde Lubumbashi (R.D. del Congo), 3-07-2020

Carta de un sacerdote de la Prelatura Opus Dei desde Lubumbashi (R.D. del Congo), 3-07-2020

Muy querida Rigoberta y todos:

Paso a contaros algunas de las vivencias que tuve al poco tiempo de llegar a este hermoso país hace 38 años:

Kimpese: Me acuerdo muy bien de mi primer viaje a Kimpese que era una pequeña ciudad que se encuentra a 220 km de Kinshasa, siguiendo la carretera de Matadi, es decir la del puerto del país. En esta ciudad hay una importante fábrica de cemento. Algunos de los jefes de esta fábrica vivían en una simpática urbanización, en la que había una piscina y una pista de tenis, y que estaba como a 1 km de la fábrica.

Vista actual de la entrada a la cantera de la fábrica de cementos.

En aquel entonces, nuestro amigo Jacques era director de esta fábrica y como en dicha urbanización había dos casas desocupadas nos propuso alquilarlas, para hacer en ellas retiros y convivencias, lo cual fue dicho y hecho. Cuando llegó mi turno de ir a Kimpese, me dijeron que no podía perderme: “no hay más que seguir la carretera y 10 km después de Lukala encontrarás a la derecha un cartel que dice “CINAT”, entra por allí, y ya está.

El pequeño coche en el que fui estaba lleno de cosas y era la primera vez que salía de Kinshasa. Después de pasar Kisantu, cuando llegué a Kasangulu, me entró la duda de si circulaba por la buena carretera, así que paré y le pregunté a un señor si esta era la carretera que va a Matadi. El señor, muy sorprendido me dijo como riéndose de mí: “necesariamente, pues no hay más que esta”.

Sabiendo que en estas nuestras tierras hay ríos por todas partes, me llevé las artes de pesca. Llegué a primeras horas de la tarde, me instalé y rápidamente hice amistad con el cocinero, que era uno de los numerosos angoleños que, por entonces, habitaban esta zona. Muy simpático él. Se llamaba Eduardo. Le pregunté en donde se encontraba el río. Me dijo que el río se llamaba “Lukunga”, que estaba muy cerca de su pueblo y, como estaba a punto de volver a casa, me lo podía enseñar.

Preparé mi caña, y allá nos fuimos. Se trataba de un riachuelo de agua muy limpia. Lancé el anzuelo en una poza, y enseguida pesqué una bonita carpa dorada. Pensé que ese río estaba lleno de peces, pero, aquella tarde, no pesqué más que ése. Mientras volvíamos, me dijo que uno de sus hijos, llamado Pedro, era un excelente pescador y que me lo presentaría cuanto antes.

Como la carpa estaba sucia de arena, al llegar a casa llené el lavabo de agua y la metí allí. Poco tiempo después veo con admiración que el pez, que creía muerto, estaba nadando. Me dije “estos peces africanos son distintos”, tienen siete vidas como los gatos. Con Pedro hicimos muy buenas pescas, tanto en el Lukunga como en otro río, un poco más grande, que llamaban Kwilo. Como ves, Rigoberta, termino siempre hablando de la pesca.

Los alrededores de Kimpese son muy bonitos. Al fondo se ven los “Montes Cristal” que es un macizo montañoso al norte del bajo Ogoué. Es una porción de zócalo cristalino formada por altas superficies monótonas, de altitudes comprendidas entre los 700 y los 800 metros y cortadas por ríos muy encajados. Esta denominación se da a veces a toda la orla de la cubeta congoleña, a ambos lados de las desembocaduras del río Congo. En esas montañas hemos encontrado con frecuencia familias de monos muy desconfiados, si te acercas se largan corriendo.

Catarata de río Lukunga.

En las orillas de río Lukunga hay una selva de mangueros en donde los cazadores esperan a los monos, que vienen a comerse los mangos al caer la tarde. Muy cerca hay una magnífica catarata que se encuentra ya en las guías turísticas de la época de los belgas. Si mal no me acuerdo, se llama “Wampa”. Hemos visitado esta catarata con mucha frecuencia, ya que es un sitio muy agradable para pasar un rato y merendar.

Otra vista de esta catarata.

Me acuerdo también de recorrer un pueblo llamado “Zanga”, en donde el único congolés era el alcalde; todos los otros eran angoleños. Para hablar con ellos yo utilizaba el castellano y ellos el portugués, y nos entendíamos muy bien.

Bandera del antiguo Congo.

A la entrada de ese pueblo, estaba el cementerio y sobre una de sus tumbas encontré la bandera del antiguo Congo, hecha con azulejos: todo ella azul con una estrella amarilla en el centro.

Bandera del actual Congo.

Sobre una de las casas, vimos varias líneas de palitos clavados en el muro, a unos 40 cm del suelo. Alguien dijo que seguramente era la casa del hechicero. Otros pensaban que era la protección contra los malos espíritus. Mientras hablábamos de eso, llegó un rebaño de cabras, se ponen en fila india. La primera de ellas se acerca a ese muro de los palitos, se rasca por un lado y por el otro y se marcha tan contenta. Todas las otras hicieron lo mismo. Me acuerdo muy bien de haber dicho: la gente de este pueblo es admirable, ya que han pensado en un “rascadero” para el placer de las cabras.

Todos guardamos un muy buen recuerdo de los años de Kimpese, la prueba es que la nueva casa de retiros, que se encuentra en un barrio llamado Kimbondo, se llama Lukunga.

Una vista del Centro de actividades de Lukunga, Kinshasa.

Los militares de Mobutu:
En una ocasión fui a Kimpese en compañía de D. Marino Signorelli. Nos pusimos de acuerdo en que yo conduciría hasta Kisantu y que él lo haría de Kisantu a Kimpese. Cuando llegamos a Kisantu, nos pareció bien estirar un poco las piernas, y nos fuimos hasta el puente para ver el río. Cuando volvimos al lugar donde dejamos el coche, un soldado, bien armado, nos esperaba. Mientras nos apuntaba con un kalashnikov nos dijo: “este puente es un lugar estratégico, y por lo tanto no se puede visitar. Han cometido una falta muy grave y por eso tengo que llevarles a nuestro jefe”. Le pedimos perdón diciendo que ignorábamos esta disposición y que nos excusara. Pero el soldado insistía en que tenía que llevarnos al jefe. Don Signorelli se pone al volante y dice al soldado: “vaya Vd. por delante y nosotros le seguimos”. Pero el soldado dijo que no, que iría en el coche. Como la parte de atrás estaba llena de cosas, el soldado se sentó sobre mis rodillas.

Una vez delante del jefe, el soldado le dice que habíamos estacionado el coche en medio del puente y que habíamos mirado el puente por todos los lados. Además le dijo que lo habíamos tratado de macaco cuando nos interpeló. Le dijimos al jefe que lo que el soldado decía no era verdad. El jefe, muy enfadado nos dijo: “y encima decís que el soldado es un mentiroso. Tendremos que llevarles al comandante en jefe. Así que en marcha. D. Marino dijo a los militares: “vamos allá”, y a mí, en castellano, me dice: “entra en el coche”. Entré en el coche y él, con rápido movimiento, entra `por la otra puerta, arranca y sale a toda velocidad, dejando detrás de él una nube de polvo y los dos militares se quedaron con la boca abierta.

Los saltamontes verdes y de patas largas: Ya sabía yo, Rigoberta, que esos saltamontes eran comestibles, pero no los había probado nunca. Fue en Kimpese en donde por la primera vez tuve la suerte de hincarles el diente.

Los saltamontes verdes y de patas largas.

Nuestro cocinero, por la mañana temprano atrapaba esos insectos los asaba y se los comía. Por las mañanas, esos saltamontes están como dormidos y se puede cogerlos como si fueran frutas. Un día me preguntó si los había probado. Le dije que todavía no. “Pruebe y constatará que son muy sabrosos”, me dijo el cocinero. Qué cosa más deliciosa y crujiente, Rigoberta. Desde entonces, cada mañana fue la fiesta. Me levantaba un poco más temprano, salía al jardín con una botella de plástico en la que metía una buena cantidad de esos saltamontes. El cocinero los preparaba para el desayuno tostándolos en el horno con un poco de sal y polvillo de guindilla.

Las ratas de campo: Fue también en Kimpese en donde por primera, y última vez participé en una cacería de ratas de campo con los muchachos del pueblito de al lado. En primer lugar hay que quemar una buena superficie de esas hierbas altas y secas que se encuentran por todas partes. Después se recorre la zona buscando los agujeros en los que las ratas se escondieron. Agujero visto, no hay más que cavar hasta encontrar la rata. Cazamos no pocos de esos roedores, cuya carne es muy sabrosa.

La Misión de Kimpese: Con frecuencia iba a visitar a los Misioneros Redentoristas que se ocupaban de esta zona y cuya Misión estaba casi en el centro de la ciudad. Había allí un misionero italiano muy simpático que bromeaba diciendo: “Nosotros los Redentoristas somos los misioneros que más viajan, y es lógico ya que somos ``Reden- turistas´´. Tenían varios coches todo terreno del mismo modelo. Me explicó que de esta manera las piezas son intercambiables.

Una foto reciente de parte de la Misión de los Redentoristas.

Tenían en el huerto algunas parras con racimos de uvas que, según él no llegaban a madurar completamente.

Me contó una vez que antes la Santa Misa dominical duraba una hora, pero que un día vinieron a verle un grupo de aldeanos, que habitaban en los Montes Cristal, para decirle: “Nosotros, para venir a Misa, hacemos 3 horas de marcha y otras tantas para volver y tú liquidas la Misa en una hora. Eso no es nada justo”.
Desde entonces, La Santa Misa dura por lo menos 2h y 30 minutos.

El parque Forrest: Según dicen, en esta hermosa ciudad de Lubumbashi tenemos ya más de 30 contaminados de coronavirus, pero el parque está lleno de deportistas cada mañana y también por la tarde. Las autoridades no consiguen echarlos. El resto del día el parque está casi vacío. Pero hay siempre gentes exóticas: un día encontré un señor con una barba impresionante. Después de saludarlo a la musulmana y de escuchar la respuesta correcta, le pregunté si era verdaderamente un hijo de Mahoma. Ahí te va, Rigoberta, su respuesta: “soy cristiano, pero hace años conocí a un libanés que quiso ayudarme en mis estudios. Me envió a África del Sur, a Durban en concreto, y a vivir en casa de su hermana, con la intención de hacer los estudios de ingeniero en construcción, en una Escuela en la que se estudiaba en francés. Como agradecimiento hacia ese señor y su familia me dejé la barba y empecé a frecuentar la mezquita. En estos momento tengo una pequeña empresa de construcción y de musulmán no tengo más que el aspecto”.

Un ejemplar de "rottweiler”, perro muy agresivo.

Encontré también en este parque a un mozo muy simpático que vino de Kinshasa hace 6 meses para buscar trabajo en esta ciudad. Me dijo que era músico, compositor, cantante, y bailarín. Estaba acompañado de un perro enorme, un "rottweiler” muy agresivo. Me contó que en estos momentos, como la música no da dinero, trabaja con un amigo veterinario que cría, vende y compra perros de raza. “este perro que tengo aquí, me decía, ha sido comprado en Zambia, y ha costado 750 dólares”. Me dijo que era domador de perros, pero tengo para mí que su trabajo es pasearlos.

El Swahili: Si un día, Rigoberta, te dejas caer por este rincón del mundo y perdiste la maleta con toda tu ropa, ahí te van algunas palabras que pueden servirte: Sombrero=kofia, camisa=shati, chaqueta=koti, pantalón=suruali, sandalia=makubazi.

Un muy fuerte y tropical abrazo. Mario
Lubumbashi, 3-VII-20

Centre Culturel Universitaire Tabora

Tél. +243 (0) 814 745 988
E-mail : ccutabora@gmail.com
Lubumbashi