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Sudáfrica : La última crónica desde Barkly: ojalá no se nos olvide lo que hemos vivido aquí

Sudáfrica : La última crónica desde Barkly: ojalá no se nos olvide lo que hemos vivido aquí

No os podéis hacer idea de la cantidad de objetos que caben en una maleta. Algunos alumnos han descubierto hoy el espacio infinito del que disponen. Tras el último día de trabajo toca recoger. Pero, ¿cómo meter ahí el resultado de quince días de experiencia africana? Tras un largo viaje, todos tendrán el recuerdo de haber vuelto con un equipaje mayor del que llevaron al partir. Pueden imaginarse muchas de las cosas que traen; otras, en cambio, permanecen desconocidas para aquellos que no han vivido la aventura. He aquí algunas muestras.

Josep vive en el township. Negro, calvo, escuálido y sin dos paletas. Viste con unos vaqueros gigantes y una camiseta gris medio rota. Va sucio y desprende un profundo hedor. Tiene casi 60 años, aunque aparenta muchos más. No recibe ayudas estatales y su hijo le ha abandonado. Es alcohólico. Vive solo. Ayer un grupo fue a pintar su casa. A Rodrigo García le llamó la atención la profunda tristeza que mostraba su rostro. Cuando llevaba ya un rato ahí, decidió hablarle. Le preguntó por su nombre. Junto con Juan González le cantaron canciones. En definitiva, le dieron calidez humana, algo que Josep no experimentaba desde hacía tiempo. Aunque fueron solo unos breves minutos, a Rodrigo se le ha quedado grabada de por vida la sonrisa de felicidad de Josep y su afectuoso saludo de despedida.

En la maleta también caben historias de gratitud, como la de don Juan y Juan Luis hace tan solo dos días. Un hombre negro de 50 años, con forro polar y entrado en carnes, se les acercó. No sabemos su nombre. Calvo y con un rostro afable, quiso agradecerles como ciudadano la excepcional labor y el bien que estábamos haciendo. A esa persona, como a tantas otras, le ha sorprendido que un grupo de blancos venga a ayudar a unos negros. Eso, remarcó, no lo había visto en toda su vida. Les preguntó su religión. Católicos, respondió Juan Luis. El hombre les aseguró que rezaría a Dios por nosotros. Tras andar diez metros se paró, dudó y volvió sobre sus pasos. Les preguntó si conocían la figura de Mandela. La gente solo suele compartir sus mejores vivencias con aquellos que juzgan merecedores de tal privilegio. Fue solo una persona, pero su voz era la voz de un pueblo agradecido.

Otra historia de gratitud la ha vivido Quique Plaza en el hospital. Ahí nuestra labor se ha centrado en limpiar todas las dependencias. Más que el acabado final, el objetivo ha consistido en concienciar a los residentes y a los que trabajan ahí de la importancia de la limpieza. El nivel, tanto en el trato personal como en los servicios ofrecidos, puede mejorar si se cuida la higiene. Tras desinfectar una sala de enfermos, un miembro del personal sanitario le pidió a Quique que por favor no se marcharan. Que volvieran. Eso le conmovió. Quique vio en sus ojos el reconocimiento de la labor que durante varios días hemos realizado.

Pepe del Río ha tenido que añadir una preciada carta a su equipaje. El pasado viernes estaba algo resfriado y se quedó en el colegio donde nos hospedamos. A media mañana, salió, guitarra en mano, al patio del edificio para componer una canción. Pasados unos minutos estaba rodeado por varios estudiantes. De ese encuentro nació una amistad. Snethemba tiene 16 años y es el número uno de su promoción. Tras hablar un rato con él, Pepe descubrió que estaba desmoralizado. Snethemba no tiene padre. Ve poco a su madre y, como duerme en el colegio, no tiene mucho trato con ella. Tan solo tiene un amigo. Duda de que todo el esfuerzo que está invirtiendo en formarse merezca la pena. En Sudáfrica los trabajos dependen del gobierno. Eso implica que la iniciativa individual para formar un negocio es nula. Los ciudadanos están subyugados: sin la ayuda del Estado no saben qué hacer. Pepe le dio varios consejos para salir adelante: ir a la universidad y realizar un Erasmus, no centrarse solo en lo que el gobierno le podía dar, etc. Snethemba quedó conmocionado. A los dos días Pepe se encontró una carta suya en la habitación. Se había ido a casa tras acabar el curso y le agradecía lo mucho que le habían ayudado sus palabras. Acababa recordándole que ahí tenía un amigo.

Hay historias que se guardan para uno mismo por su valor emocional. Otras que se pueden contar. Otras, que se deben contar. Una de éstas es la de don Pedro Marcos y Gonzalo Maortua. En su trabajo en el hospital conocieron a Ryan, blanco de 55 años. Estaba ahí porque tenía un cáncer en la rodilla: en dos semanas se la amputarán. Es católico, aunque no está muy unido con su familia. Para que os hagáis una idea, ha tenido que pedirle al hospital que le den unas horas para poder, en su estado, ir a cuidar a sus gallinas. No se lo puede pedir a su hija. Vive atormentado por su pasado, y quiso contárselo de un modo peculiar. Cogió una hoja y la dobló formando un avión. En la punta iba Jesús; él, en la parte trasera. Explicaba que el centro de su vida había sido Cristo, pero que él había cometido muchos errores. En ese momento arrancó una de las alas de papel. Siguió narrando sus tropiezos de antaño, y rompió el ala que quedaba. Gonzalo, le preguntó: ¿y qué espera de la vida? Ryan respondió: probablemente acabaré en un lugar que nunca conoceréis, y mientras decía eso formó la palabra hell (infierno) con el papel de las alas caídas. Sin embargo, a pesar de todas las adversidades, afirmó Ryan, nunca iba a perder la esperanza en lo que le quedaba de vida porque su guía estaba ahí, y señalando el pico del avión lo desdobló quedando la imagen de la Cruz. Esa historia se la habían explicado hacía tiempo con el deseo de que formara una cadena y la fuera transmitiendo. Eso es lo que han hecho don Pedro Marcos y Gonzalo con su testimonio.

Esta es una parte del valioso equipaje que traemos de vuelta. La otra, la tendrán que descubrir cuando lleguemos y abran nuestras maletas. A todos no ha impactado este campo de trabajo. De un modo u otro, nos ha transformado. Hay ganas de volver a Madrid, sin duda. Pero nos vamos sabiendo algo fundamental: siempre nos quedará Barkly East.
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