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El Espíritu Santo- 10. El don de consejo

El Espíritu Santo- 10. El don de consejo

José María Iraburu, el 8.07.20 a las 6:19 PM

–¿Y cómo se consigue que el don de consejo nos guíe en todas nuestras decisiones?
–Creciendo en la prudencia y en todas las virtudes, venciendo el asimiento a la propia voluntad y otros apegos desordenados, siendo humilde, y sobre todo pidiéndolo al Espíritu Santo: «venga a nosotros tu Reino»

4. El don de consejo

Los lugares de la Biblia, en los que reconocemos al don de consejo, son aplicables en buena medida también a los dones de ciencia, entendimiento y sabiduría. Todos ellos son dones intelectuales, por los que el Espíritu Santo comunica al entendimiento del cristiano una lucidez sobrenatural pasiva, al modo divino, místico. Cuando la sagrada Escritura habla en hebreo o en griego de la sabiduría de los hombres espirituales no usa, por supuesto, términos claramente identificables con cada uno de estos cuatro dones.

–Sagrada Escritura

Dice el Señor por Isaías: «no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (55,8). En efecto, la lógica del Logos divino supera de tal modo la lógica prudencial del hombre que a éste le parece aquélla «escándalo y locura», y solamente para el hombre iluminado por el Espíritu Santo es «fuerza y sabiduría de Dios» (1Cor 1,23-24).

¿Quién, por muy limpio de corazón que fuese, podría estimar la Cruz como un medio prudente para realizar la revelación plena del amor de Dios y para causar la total redención del hombre?… ¿Quién alcanzaría a considerar actos prudentes ciertas conductas de Jesús en su ministerio público?… Hasta sus mismos parientes pensaban a veces: «está trastornado» (Mc 3,21).

Es cierto: como la tierra dista del cielo, así se ve excedida la prudencia del hombre por la sublimidad de los consejos de Dios, «cuya inteligencia es inescrutable» (Is 40,28). En Cristo, lógicamente, se manifiesta esta distancia en toda su verdad. Todo el misterio de redención que Él va desplegando por su palabra, por sus actos, y especialmente por su Cruz, son para judíos y gentiles un verdadero absurdo; y únicamente son fuerza y sabiduría de Dios para «los llamados» (1Cor 1,23-24). Sí, hemos de reconocer que realmente «eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios» (1,27).

«¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!… Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor? O ¿quién fue su consejero?» (Rm 11,31-32); «¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?» (1Cor 2,16)… Y por tanto, «¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios?» (Rm 9,20).

Siendo, pues, tan inmensa la distancia entre el pensamiento de Dios y el de los hombres, se comprende bien que en las páginas antiguas de la Biblia, especialmente en los libros sapienciales y en los salmos, se hallen innumerables elogios del don de consejo, que hace captar con prontitud y certeza los misteriosos designios divinos, en sus aspectos más concretos. Por eso en la Escritura la fisonomía del hombre santo, grato a Dios, es la del hombre lleno de prudencia y de discernimiento, mientras que la figura del pecador es la del hombre imprudente e insensato:

«El buen juicio es fuente de vida para el que lo posee, pero la necedad es el castigo de los necios» (Prov 16,22; +8,12; 19,8). «El que se extravía del camino de la prudencia habitará en la Asamblea de las Sombras» (21,16).

Por tanto, el buen juicio, que permite orientar la propia vida por el misterioso camino de Dios, sin desvío ni engaño alguno, ha de ser buscado como un bien supremo. Y así el padre aconseja al hijo: «sigue el consejo de los prudentes y no desprecies ningún buen consejo» (Tob 4,18). «Escucha el consejo y acepta la corrección, y llegarás finalmente a ser sabio» (Prov 19,20).

El buen consejo ha de ser pedido a Dios humildemente. Si, como hemos visto, es tal la distancia entre los pensamientos y caminos de Dios y los pensamientos y caminos de los hombres, que la virtud de la prudencia –por falta de informaciones, por malentendidos, por inadvertencias, por tantas otras condiciones diferentes, aunque no sean culpables–, no siempre está en condiciones de conocer exactamente la voluntad de Dios. La virtud de la prudencia necesita para la perfección de su ejercicio el auxilio del don del Espíritu Santo, el don de consejo. Sólo como don de Dios será posible al hombre el discernimiento exacto de lo más conforme con la voluntad de Dios providente. Sólo por la oración de súplica y por la docilidad incondicional al Espíritu divino conseguirá el hombre el buen juicio siempre y en todas las cuestiones:

«No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo [humanos que valgan] delante del Señor» (Prov 21,30). «Suyo es el consejo, suya la prudencia» (Job 12,13). Por tanto, supliquemos incesantemente: Señor, «envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada» (Sal 43,3). Señor, «yo siempre estaré contigo, tú has tomado mi mano derecha, me guías según tus planes, y me llevas a un destino glorioso» (73,23-24). Me guía, eso sí, el Señor muchas veces por caminos que ignoro, pues, como dice San Juan de la Cruz, «para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes» (Poesía de la ascensión al Monte Carmelo).

El buen consejo ha de ser buscado en la Palabra divina: «lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 118,105); y también en el discernimiento de los varones prudentes. El Señor, por ejemplo, quiso mostrar su designio a Pablo por medio de Ananías (Hch 9,1-6); y lo mismo en tantos otros casos.

El buen consejo es imposible si los ojos del corazón están sucios por el pecado: «si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras» (Mt 6,22-23). Será, pues, el fuego del Espíritu Santo el que purifique y queme toda escoria en nuestros corazones, y el que los ilumine plenamente con la luz del consejo divino. Sólo así, por el don espiritual de consejo, podremos ser «prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16).

Un hombre bueno, orante y piadoso, puede incurrir en graves errores concretos, cuando sus virtudes no están todavía perfeccionadas en su ejercicio por los dones del Espíritu Santo, concretamente, por el don de consejo. Todos tenemos de ello numerosas experiencias, que a veces resultan sorprendentes: «Pero cómo no se da cuenta de que…?» Pues no, no lo ve.

El don de consejo, el discernimiento de espíritus, que tanto importa para la conducción de uno mismo, es particularmente importante para el gobierno pastoral y para la dirección espiritual de otros. Y así aparece enseñado ya en los primeros escritos apostólicos.

«Pido [a Dios] que vuestra caridad crezca más y más en conocimiento y en toda discreción (aísthesis), para que sepáis discernir lo mejor y seáis puros e irreprensibles en el Día de Cristo» (Flp 1,9-10). «Amadísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus, para saber si proceden de Dios» (1Jn 4,1). Muy pronto el tema adquiere desarrollo en los maestros espirituales, mediante la Escritura y la experiencia. Y así en el siglo II el Pastor de Hermas dedica una considerable atención al discernimiento de los espíritus (Mandamiento VI; XI,7).

Teología

El don de consejo es un hábito sobrenatural por el que la persona, por obra del Espíritu Santo, intuye en las diversas circunstancias de la vida, con prontitud y seguridad sobrehumanas, lo que es voluntad de Dios
, es decir, lo que conviene hacer en orden al fin sobrenatural.

Entre los vicios opuestos al don de consejo se dan, por defecto, la precipitación, la prisa, la impulsividad, que llevan a hacer algo sin pensarlo suficientemente, es decir, sin consultarlo con Dios y sin aconsejarse del prójimo; y la temeridad, nacida de la autosuficiencia y de la presunción. Por exceso, la demasiada exigencia de seguridad, y también la excesiva lentitud, perezosa o cavilosa con un temor indebido, pues hay acciones que si se demoran en exceso, dejan pasar ocasiones favorables, y llegan a hacerse en su tardanza imprudentes o simplemente imposibles.

Solamente en los dones hallan la perfección las virtudes. Pero esta verdad parece manifestarse con especial evidencia por lo que se refiere a la necesidad del don de consejo para que la virtud de la prudencia pueda llegar a su perfecto ejercicio. Sin el don de consejo ¿cómo podrá el hombre, con la rapidez tantas veces exigida por las circunstancias, a veces muy complejas, conocer con seguridad la voluntad divina, sabiendo distinguirla de sus propias inclinaciones intelectuales o temperamentales o de las presiones ambientales? Si vive sujeto a éstas, queda «entregado a los deseos de su corazón» (Rm 1,24).

El sacerdote, por ejemplo, fuertemente inclinado al estudio y escasamente dotado para las relaciones sociales ¿podrá dedicar a las personas concretas la atención debida, si el Espíritu Santo no le asiste con el don de consejo para hacerle ver y realizar en tan importante cuestión la exacta voluntad de Dios? Y al contrario; el que está fuertemente inclinado al trato social y escasamente afecto al estudio ¿podrá dedicar al estudio lo que realmente le conviene, según el plan de Dios, según la verdad de sus posibilidades personales, si no cuenta habitualmente con el don de consejo? La experiencia propia y la ajena nos muestra que no es posible.

La virtud de la prudencia juzga laboriosamente a la luz de la razón y de la fe lo que en cada momento conviene hacer, teniendo en cuenta cien datos y complejas circunstancias. Pero tantas veces, aunque sea de forma inculpable, su discernimiento prudencial se ve condicionado por el temperamento propio, por informaciones lentas o inexactas acerca de las circunstancias, y es en todo caso discursivo, lento y no poco vulnerable al error.

Por el don de consejo, la persona, por el contrario, iluminada y movida inmediatamente por el Espíritu Santo, intuye en cada caso lo que conviene, con rápido y seguro discernimiento, con toda facilidad, sin apenas discurso. Y entonces, la substancia de su acto procede de la virtud operativa de la prudencia, es cierto; pero la manera de su ejercicio es ya al modo divino por el don de consejo.

Pensemos en tantas decisiones concretas que, con frecuencia, han de ser tomadas rápidamente, en el mismo curso de los acontecimientos, y que pueden tener consecuencias graves. Discute un padre con su hija adolescente, que le pide permiso para asistir a una fiesta de condicion dudosa, y no se ponen de acuerdo. Sin el don de consejo, ¿cómo podrá discernir el padre si conviene aplicar entonces a su hija una severidad exigente, que la conforte en el bien, o si es más prudente una benignidad comprensiva, que más tarde, en cambio, le permita exigirle, es decir, darle más verdad y bien? Es prácticamente imposible que acierte en su decisión, dócil a la voluntad de Dios, si el don de consejo, por obra del Espíritu Santo, no lo libra del influjo de su propio criterio o temperamento, duro o débil.
Pensemos en la confesión o en la dirección espiritual. Muchas veces el sacerdote se ve en la necesidad de ejercitar discernimientos, sobre cuestiones graves, con toda rapidez. Dejar la decisión en suspenso puede ser a veces prudente, pero en otras ocasiones puede ser imprudente callar o no actuar. Y en esos discernimientos y consejos improvisados, ¿cómo será posible neutralizar completamente las inclinaciones personales del carácter, del estado de ánimo circunstancial o del ambiente?…

Conviene señalar aquí que en los cristianos que tienen autoridad –padres, profesores, obispos, párrocos, priores– se da con frecuencia una falsa fe en «la gracia de estado», como si por su cargo y condición fueran infalibles. No tienen temor de sí mismos, ni imploran continuamente al Espíritu, pidiéndole por pura gracia el don de consejo para hacer el bien a los otros o, al menos, para hacerles el menor daño posible. Parecen ignorar, al menos de hecho, que no pocos padres, párrocos, abades, obispos o profesores han causado verdaderos desastres en las comunidades cristianas que el Señor les había confiado. Basta abrir los ojos y mirar la historia o el presente.

Santa Catalina de Siena, por ejemplo, afirma con seguridad y apasionamiento: «de todos estos males y de otros muchos son culpables [principales] los prelados, porque no tuvieron los ojos sobre sus súbditos, sino que les daban amplia libertad o ellos mismos los empujaban, haciendo como quien no ve sus miserias» (Diálogo III,2,125). Es cierto, sí, que las autoridades tienen gracia de estado para servir prudentemente a las personas y al bien común; pero la gracia quiere moverles ante todo a verse a sí mismos con toda humildad, a saberse capaces de grandes atrocidades por acción o por omisión, a dejarse aconsejar por los buenos, y a pedir a Dios siempre el don de consejo para hacer el bien y no causar daños.

Notemos, por otra parte, que basta con que la prudencia no sea perfecta para que la persona, por acción o por omisión, pueda causar en sí misma o en otros –aunque sea involuntariamente– no pequeños males. Los ejemplos ilustrativos podrían multiplicarse indefinidamente.

La imperfección de la prudencia, por ejemplo, puede causar que una persona se case con quien no debe. Toda la familia y los amigos se lo havían desaconsejado, avisándole unánimes de que seria un desastre, como así fue; pero prefirió atenerse a su juicio. Otro caso: una prudencia temerosa, imperfecta, puede demorar indefinidamente la decisión de un cristiano tímido que se sabe llamado por Dios al sacerdocio ministerial, pero que llega a demorar tanto la aceptación de la llamada, que de hecho la transforma en negativa. Al primero le faltaba humildad, y al segundo los dones de consejo y de fortaleza.

La necesidad del don de consejo resulta muy patente, por otra parte, cuando se dan situaciones en que el orden de la naturaleza y de la gracia se ve profundamente trastornado, y ésta es la situación actual. Incluso dentro de una Iglesia local se dan con relativa frecuencia criterios y decisiones claramente imprudentes. Se acepta, por ejemplo, la moda de considerar progresos las enseñanzas que son contrarias a la Tradición católica, abundan los prejuicios, humanamente insuperables, contra la verdad contraria. Se trata allí con severidad a los buenos y con suma suavidad a los malos; se respira una cultura de rebeldía, alérgica a la obediencia de las autoridades legítimas; se menosprecia la fuerza orientadora de las normas y leyes, etc.. En esa situación concreta tan lamentable, es patente que para el cristiano es imposible mantenerse en la verdad y el bien sin el auxilio del don de consejo, y mejor todavía si es ayudado por todos los dones intelectuales del Espíritu Santo, consejo, ciencia, entendimiento y sabiduría. Sólo así puede alcanzar ser libre en el mundo y en una Iglesia local descristianizada.

Santos

San José
. El Evangelio asegura que José es «un varón justo», lo que significa que abundan en él la sabiduría y la prudencia. Y sin embargo, después de mucho pensar y orar, viendo a María encinta, «toma la decisión de repudiarla en secreto». Horror… He aquí un hombre de altísima santidad que, tras muchas reflexiones y oraciones, está a punto de cometer un grave error: «repudiar a su esposa María» (!), es decir, alejar de sí a la santa Madre Virgen, y frenar la encarnación del Hijo de Dios. Pues bien, es solamente la acción del Espíritu Santo la que, por mediación de un ángel mensajero, endereza la conducta de José por el camino luminoso de la verdad de Dios (Mt 1,18-25).

Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo pudo el alma humana de Cristo considerar prudente la aceptación de la cruz –esa síntesis siniestra de injusticia, absurdo e ignominia– sin la acción sobrehumana de las Personas divinas en su conciencia? ¿Cómo hubiera podido de otro modo discernir en la horrible cruz el designio del Padre amado? Es por la docilidad al Espíritu divino como Cristo conoce y realiza la extrema obediencia sacrificial de la cruz.

Desde muy antiguo en la historia de la Iglesia, concretamente en el monacato primitivo, se codifica por primera la doctrina del discernimiento de espíritus en orden a la perfección evangélica. Como reacción, quizá, a ciertos excesos procedentes del entusiasmo y de la ignorancia, la discreción de espíritus (diákrisis) viene a ser considerada con suma veneración, y se entiende que es propia del monje espiritual y perfecto. Por eso las reglas para el discernimiento de espíritus son formuladas ya con gran exactitud por los primeros maestros monásticos.

Orígenes (+253) trata largamente del tema en su obra De principiis. San Atanasio (+273), en su obra Vida de San Antonio, escribe que el Padre de los monjes considera que «son necesarias la oración continua y la ascesis para recibir, por obra del Espíritu, el don del discernimiento de espíritus» (22,3). «Si Dios lo concede, es fácil y posible distinguir la presencia de los malos espíritus y de los buenos» (35,3). Y ciertamente Antonio da las señales del discernimiento espiritual positivas –paz, gozo, alegría, etc.– y de muestra libre de las negativas –ruido, inquietud, perturbación, ansiedad– (35-36). Son las señales que, en el siglo V, enseñarán los grandes maestros espirituales, como Diadoco de Fótice o Juan Casiano (Collationes, ocho últimos cap. de I parte y toda la II), las mismas que mucho después da San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios (169-189, 313-336, 346-370).

–El Espíritu Santo concede sus dones inmediata o mediatamente

Conviene señalar, por último, que el Espíritu Santo actúa el don de consejo muchas veces con la mediación de varones prudentes, padres, superiores, confesores, directores espirituales, familiares, amigos buenos; pero algunas veces lo hace sin apenas mediación alguna. Lo primero nos muestra que no ha de verse contrariedad alguna entre el impulso exterior de los superiores y la íntima moción del Espíritu Santo, que obra al modo divino por ciertas gracias actuales y por el don habitual de consejo.

Suele recordarse en esto el ejemplo de Santa Teresa de Jesús, que, habiendo recibido tantas y tan altísimas luces del Señor, sometía sus asuntos más íntimos y personales a los confesores, y en caso de conflicto, se atenía más a ellos que a sus luces interiores: «Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le obedeciese. Después su Majestad le volvía para que me lo tornase a mandar» (Vida 26,5). Y si algún confesor le mandaba a Teresa menos-preciar las pretendidas apariciones del Señor, el mismo Jesucristo le mandaba que lo obedeciera sin dudarlo: «me decía que no se me diese nada, que bien hacía en obedecer, mas que Él haría que entendiese la verdad» (29,6). Por eso en adelante, cuando el Señor le mandaba algo, primero lo consultaba al confesor, sin decirle que el Señor se lo había mandado, y sólo actuaba si el confesor lo aprobaba. Era ésta su norma en todo, también en los negocios exteriores, pues, como confiesa, «no hacía cosa que no fuese con parecer de letrados» (36,5).

Pero veamos, por el otro lado, un ejemplo de cómo a veces el Espíritu Santo actúa sus más preciosos dones sin mediación humana. Santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo, no recibe apenas la ayuda de la dirección espiritual, y sin embargo, sabe conducirse a sí misma y, como buena maestra de novicias, sabe conducir a otras. Lo uno y lo otro, desde luego, sólo es posible «por obra del Espíritu Santo».

Ella es muy joven, y no tiene ni experiencia, ni muchos estudios. Y es que, como ella misma declara, «Jesús no quiere darme nunca provisiones. Me alimenta instante por instante con un manjar recién hecho. Lo encuentro en mí sin saber cómo ni de dónde viene. Creo, sencillamente, que es Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobrecito corazón, quien obra en mí, dándome a entender en cada momento lo que quiere que yo haga» (A76r). Está claro: obra en ella el Espíritu Santo, por el don de consejo: «Nunca le oigo hablar, pero sé que está dentro de mí. Me guía y me inspira en cada instante lo que debo decir o hacer. Justamente en el momento que las necesito [no antes: no hay «provisiones»], me hallo en posesión de luces de cuya existencia ni siquiera habría sospechado. Y no es precisamente en la oración donde se me comunican abundantemente tales ilustraciones; las más de las veces es en medio de las ocupaciones del día» (A83v). Por eso, cuando le confían el cuidado de las novicias, inmediatamente comprende y declara: «la tarea era superior a mis fuerzas» (A20r; ). Pero le pide al Señor que él le vaya dando lo que ella debe dar a estas hermanas suyas pequeñas (A22r-v)..

Desde entonces, dice, «nada escapa a mis ojos. Muchas veces yo misma me sorprendo de ver tan claro» (23r). En una ocasión, una hermana que sonreía, aunque estaba angustiada, se ve descubierta por su santa Maestra, y queda asombrada de ello tanto la novicia como la Maestra: «Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas, y por eso me sorprendía más haber dado tanto en el clavo. Sentí que Dios estaba allí muy cerca y que, sin darme cuenta, había dicho yo, como un niño, palabras que no provenían de mí sino de él» (26r).

El don de consejo, como vemos, sirve para orientar con sobrehumana prudencia sea la conducta propia o sea la de aquellos otros que están confiados a nuestra dirección. La virtud de la prudencia halla así en el don de consejo una atmósfera, un modo divino, que permite al cristiano discernir la verdad y el bien, por obra del Espíritu Santo, siempre y en todo lugar, con toda seguridad y rapidez, con una certeza de modalidad divina, sin laboriosas y lentas operaciones intelectuales falibles.

–Disposicione receptivas

El don de consejo se pide al Espíritu Santo, que es el único que puede darlo; pero también se procura bajo la asistencia de la gracia, especialmente por la virtud de la prudencia, cuyo ejercicio ha de ser perfeccionado por el don de consejo.

1. La oración continua. El que vive en la presencia de Dios es el único que puede pensar, discernir, hablar y obrar siempre desde Él, sean cuales fueren las circunstancias.

2. La abnegación absoluta de apegos desordenados en juicio, conductas, relaciones, actitudes. Los apegos consentidos, aunque sean mínimos, oscurecen necesariamente los discernimientos del alma.

3. La humildad. Ella nos libra de imprudencias, prisas, miedos, temeridades, nos hace capaces de atender a razones, e incluso nos lleva a pedir consejo a Dios y a los hombres prudentes.

4. Leer vidas de santos. Leyéndolas, llegamos a conocer, al menos de oídas y en otros, cómo se ejercita la virtud de la prudencia cuando, por obra del Espíritu Santo, se ve sobrehumanamente perfeccionada por el don de consejo. Eso nos facilita acoger sin dudas y temores las mociones del Espíritu, aun cuando ellas sean estimadas como «escándalo y locura» por nuestro propio hombre viejo malviviente y por los mundanos.

5. La obediencia. Sin ella no puede actuar el don de consejo, pues la desobediencia frena necesariamente la obra interior del Espíritu Santo.

Es impensable que el Espíritu Santo actúe normalmente el don de consejo en aquél que habitualmente no guarda las reglas a que está obligado, contradice el Magisterio apostólico, menosprecia la disciplina eclesial en la liturgia o en otras cuestiones, nunca pide consejo a personas fidedignas, y actúa a escondidas de sus superiores o en contra de ellos.

El Beato papa Pío IX incluyó en las Letanías lauretanas del rosario la antigua advocación Madre del Buen Consejo.

José María Iraburu, sacerdote

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