jamacor
29

La inmortalidad y los libros: Swift, Borges, Tolkien y R.A. Rafferty

La inmortalidad y los libros: Swift, Borges, Tolkien y R.A. Rafferty

Miguel Sanmartín Fenollera, el 14.05.22 a las 1:20 AM
«La inmortalidad». Obra de Henri Fantin-Latour (1836-1904).

«Y desde arriba me dio reposo inmortal, y llegué a ser como la tierra que florece y se regocija en sus frutos».

Odas de Salomón,
11,12

«El hecho de que nuestro corazón anhela algo que la tierra no puede proveer es la prueba de que el cielo debe ser nuestro hogar».

C. S. Lewis

Nacemos con el ansia de ser inmortales. Hay en ello una atracción que va más allá de la mera preferencia personal, o de la búsqueda del placer o la satisfacción de un deseo. Es algo orgánico, inmanente, que forma parte de nuestra naturaleza, pero, como también intuimos algunos, igualmente de nuestro telos. Por ello es una idea tan formidable y atractiva. Todos hemos pensado alguna vez en lo bueno que sería ser inmortal. Y aunque estamos destinados a serlo, el momento y el lugar no es ni aquí ni ahora, ni tampoco lo será en la manera en que podemos tratar de imaginarlo. Esta vida terrenal podrá ser calificada quizá como una sala de espera, o un campo de entrenamiento, o un salón de belleza, pero no es, desde luego, lugar para la inmortalidad. No, definitivamente no lo es.

Sin embargo, para fraseando a la poetisa norteamericana Emily Dickinson, ese deseo nos «mordisquea el alma». Nace con nosotros, nos sigue con pegajosa insistencia y, aun tiempo, semeja ser una ilusión, pues, como nos recuerda sordamente la muerte, todo parece acabar un día.

La consecuencia de ello es una angustia existencial. Muchas obras literarias reflejan esta congoja, y por lo tanto, nos hablan del a priori fracaso humano de aspirar a una vida sin fin. Siglo tras siglo, los hombres hemos llevado a cabo innumerables intentos creativos para evitarla, para evadirla, o al menos para posponerla. Pero su mayor obstáculo, la muerte, muestra, una y otra vez, una tozudez inquebrantable, «pues está establecido para los hombres que mueran una sola vez».

A veces, esta desazón aparece reflejada de forma evidente, como en la recopilación de cuentos orientales de Las mil y una noches, donde Scherezade cuenta literalmente historias, noche tras noche, con el único objeto de alargar su vida. Pero normalmente esta aflicción se ha expresado de manera más sutil, pues como reflejó el poeta inglés Keats de forma tan conmovedora en su Oda sobre una urna griega (1820), el arte, en este asunto, se reduce a un modo de expresión, pero no es ––ni puede ser–– la respuesta final al problema:

«La belleza es verdad y la verdad belleza»…
Nada más se sabe en esta tierra y nada más hace falta aquí».


Aun así, incluso asumiendo los límites de nuestras capacidades humanas, seguimos acudiendo al arte y buscamos en él, ya sea como artistas, ya sea como espectadores, la pequeña parte que añoramos merecer en las «intimidades de la inmortalidad» cantadas por el poeta. Y aunque no la encontremos allí ––pues no es ese su lugar––, el arte nos consuela y nos da esperanza, al tiempo que nos aclara algunas cosas.

Porque, ciertamente, el arte puede iluminarnos, aunque sea solamente un poco. Pero precisa de ayuda, una ayuda que se encuentra en cada uno de nosotros; que está en nuestra imaginación. La confluencia de uno y de otra nos ayudará a comprender por qué no solo no sería posible, sino tampoco bueno, ser inmortales aquí y ahora.

Jonathan Swift, Jorge Luis Borges, J. R. R. Tolkien y R. A. Rafferty hacen esa labor cautelar de formas diferentes, aunque igualmente eficaces y amenas. El británico aborda el tema en su famosa obra Los Viajes de Gulliver (1726), cuando nos cuenta la estancia del protagonista en las tierras de los struldbruggs, los hombres inmortales; el escritor argentino lo hace con su cuento titulado, inequívocamente, El inmortal (1947); el profesor inglés lo trata en su opus magnum, El señor de los anillos (1954-55); y el norteamericano R. A. Lafferty, en su relato corto, de extraño nombre, Novecientas abuelas (1970).

En un episodio muy curioso de la tercera parte de Los viajes de Gulliver (la cuestión sería determinar si es que hay alguno que no lo sea en ese libro), durante su estancia en el país de Luggnagg, el protagonista se maravilla de que algunos de sus habitantes hayan nacido en un estado de inmortalidad. Tal descubrimiento le lleva a preguntarse qué haría él mismo si fuera inmortal, lo que provoca la risa de los luggnaggianos, quienes finalmente le explican que un struldbrugg (su palabra para referirse a tales seres) tiene vida perpetua, pero no juventud eterna. Gulliver se hace cargo de la maldición que realmente supone esa inmortalidad cuando conoce personalmente a los struldbruggs, de los que le repugna su deformidad y senilidad, y «cuyo agudo apetito por la perpetuidad de la vida se ha reducido mucho». Además, descubre que los inmortales son «despreciados y odiados por toda clase de personas». Sea cual sea la razón última que Swift tenía en mente al crear en esta concreta sátira (sobre la que persiste una intensa discusión), lo cierto es que la imagen que muestra de la inmortalidad es claramente negativa.

Por su parte, Jorge Luis Borges, trata del asunto en su narración, El inmortal. Es sabido que en el escritor argentino el concepto de infinito es un tema recurrente, que se muestra en su obra, una y otra vez, como sujeto a un eterno retorno, semejando una suerte de obsesión. Los relatos titulados El libro de la Arena, El Aleph, y La biblioteca de Babel, son solo unos pocos ejemplos. Pero esta inquietud alcanza un punto álgido con el relato que nos ocupa. En él, el escritor porteño anuda el problema de la inmortalidad con otro de sus temas obsesivos igualmente conectado con el del tiempo: la memoria. El inicio del cuento contiene una referencia a una sentencia de Francis Bacon, que a su vez se refiere a otra de Platón en la que el filósofo clásico afirma que todo conocimiento es memoria. El relato recoge el guante a través de la presencia reiterativa de una palabra clave: recuerdo. Basándose en él, Borges muestra el tranquilo horror que la inmortalidad ofrece a sus partícipes. Las siguientes palabras expresan bien la pesadilla:

«Entre los lnmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales».

Y es que, en un lapso de tiempo infinito, a un hombre le sucederían todas las cosas, lo que difumina la identidad, la individualidad, y el concepto de humanidad mismo, y reduce todo al absurdo y al misterio: «Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres».

Tolkien, en su grandiosa obra, El señor de los anillos, como no, trata también el tema. En una de sus cartas lo reconoce explícitamente:

«(…) trata de la muerte y el deseo de inmortalidad. ¡Lo que apenas es más que decir que se trata de un cuento escrito por un hombre!».

Y como casi siempre, el autor británico nos habla de forma indirecta, y en cierto modo, como a través de un espejo. Nos muestra la mortalidad como un gran regalo, y a su aceptación por el hombre como la gran prueba de fuego de su virtud. Sus grandes personajes, Aragorn y Frodo, se resignan a su tiempo limitado en la tierra y parten, con esperanza, a la hora señalada, pues para Tolkien:

«Un divino castigo es también un divino don si se lo acepta, pues su objetivo es la bendición final, y la suprema inventiva del Creador hará que los castigos produzcan un bien no alcanzable de otro modo: un hombre mortal tiene probablemente (diría un Elfo) un destino más alto, si bien no revelado, que un ser longevo».

Más, frente a ello, los malvados se resisten, buscando formas siempre nuevas de prolongar su control sobre la vida y, por tanto, ansiando obtener la inmortalidad. Recordemos que la forja de uno de los Anillos de Poder tiene como objetivo lograr para los hombres una vida sin fin. Pero se trata de una longevidad eterna, corruptora y falsa, cuya insana búsqueda es el motivo, tanto de la caída de Númenor, como de la depravación de Gondor. Y así nos lo recuerda Tolkien:

«Intentar por algún recurso o “magia” recuperar la longevidad es, pues, la suprema locura y maldad de los mortales. La longevidad o la falsa «inmortalidad» (la verdadera inmortalidad está más allá de Eä) es el principal anzuelo de Sauron: convierte a los pequeños en un Gollum, y a los grandes en un Espectro de los Anillos».

Por último, el escritor católico de ciencia ficción, R. A. Lafferty, aborda el asunto en su cuento de título cuantitativamente entrañable, Novecientas abuelas. En él nos habla del descubrimiento por parte de un grupo de expedicionarios galácticos, de un tipo de seres, los cordiales proavitois, habitantes del gran asteroide Proavitus, cuya más destacada cualidad es, al menos para los hombres que dan con ellos, su inmortalidad. El autor inicia el relato haciéndonos ver la reacción de los exploradores ante tal hallazgo. La mayoría de los expedicionarios, encabezados con el líder de la misión, piensan en el poder que les atribuiría poseer el secreto de esa inmortalidad, pero uno de ellos, Celan, parece tener una preocupación muy distinta:

«–¡Pero si los primeros viven todavía, entonces es posible que sepan cuál fue su origen! ¡Sabrán cómo empezó todo!».

Hete aquí dos aspectos del mismo afán. Uno, evidente, el poder en el que piensan la mayoría de los expedicionarios, y el otro, más borroso, el del conocimiento que esgrime el protagonista. Un afán común que no es otra cosa que el deseo de ser como dioses. Lo curioso es que ninguno de ellos, ni tan siquiera Celan, se interroga al respecto de lo que supondría para el hombre la inmortalidad. Sin embargo, el autor, probablemente inspirado –al igual que Swift–, en el relato clásico de la sibila de Cumas contado por Ovidio, nos lo muestra con la descripción del mundo somnoliento y capitidisminuido de los inmortales proavitois, reducidos sin cesar a tamaños más diminutos y a una actividad vital que va menguando con el paso del tiempo, sumida en el sueño y, por tanto, cada vez menos humana.

Quizá por todo ello lo mejor será olvidarnos del asunto en esta vida, pues, como nos recuerda Emily Dickinson, siendo como es un secreto –y uno de los más grandes–, no nos corresponde a nosotros desvelarlo:

«Que todo charlatán

De sus labios sellados tome ejemplo,

El único secreto que guardamos
Es la Inmortalidad».


Categorías : Sin categorías