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Tomo I Capítulo 9 a 10: MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

CAPITULO 9 De la virtud de la prudencia de la Santísima Reina del cielo. 533. Como el entendimiento precede en sus operaciones a la voluntad y la encamina en las suyas, así las virtudes que tocan …More
CAPITULO 9

De la virtud de la prudencia de la Santísima Reina del cielo.

533. Como el entendimiento precede en sus operaciones a la voluntad y la encamina en las suyas, así las virtudes que tocan al entendimiento son primero que las de la voluntad. Y aunque el oficio del entendimiento es conocer la verdad y entenderla, y por esto se pudiera dudar si sus hábitos son virtudes –cuya naturaleza consiste en inclinar y obrar lo bueno–, pero es cierto que también hay virtudes intelectuales, cuyas operaciones son loables y buenas, regulándose por la razón y la verdad, que conoce el entendimiento es su propio bien. Y cuando se le enseña y propone a la voluntad para que ella le apetezca y le da reglas para hacerlo, entonces el acto del entendimiento es bueno y virtuoso en el orden del objeto teológico, como la fe, o moral, corno la prudencia, que entendiendo endereza y gobierna las operaciones de los apetitos. Por esta razón la virtud de la prudencia es la primera y pertenece al entendimiento; y ésta es como la raíz de las otras virtudes morales y cardinales, que con la prudencia son loables sus operaciones y sin ella son viciosas y vituperables.

534. Tuvo la soberana reina María esta virtud de la prudencia en supremo grado proporcionado al de las otras virtudes que hasta ahora he dicho y adelante diré en cada una; y por la superioridad de esta virtud la llama la Iglesia Virgen prudentísima. Y como esta primera virtud es la que gobierna, endereza y manda todas las obras de las otras virtudes, y en todo el discurso de esta Historia se trata de las que obraba María Santísima, con eso estará lleno todo el discurso de lo poco que pudiere decir y escribir de este piélago de prudencia, pues en todas sus obras resplandecerá la luz de esta virtud con que las gobernaba. Por esto hablaré ahora más en general de la prudencia de la soberana Reina, declarándola por sus partes y condiciones, según la doctrina común de los doctores y santos, para que con esto se pueda entender mejor.

535. De los tres géneros de prudencia, que al uno llaman prudencia política, al otro prudencia purgatoria y al tercero prudencia del ánimo purgado o purificado y perfecto, ninguno le faltó a nuestra Reina en supremo grado; porque si bien sus potencias estaban purificadísimas o, por decir mejor, no tenían que purificar de culpa ni de contradicción en la virtud, pero tenían que purificar en la natural nesciencia y también caminar de lo bueno y santo a lo más perfecto y santísimo. Y esto se ha de entender respecto de su mismas obras y comparándolas entre sí mismas y no con las de otras criaturas; porque en comparación de los demás santos, no hubo obra menos perfecta en esta ciudad de Dios, cuyos fundamentos estaban sobre los montes santos1; pero en sí misma, como fue creciendo desde el instante de la concepción en la caridad y gracia, unas obras, que fueron en sí perfectísimas y superiores a todas las de los santos, fueron menos perfectas respecto de otras más altas a que ascendía.

536. La prudencia política, en general, es la que piensa y pesa todo lo que se debe hacer y, reduciéndolo a la razón, nada hace que no sea recto y bueno. La prudencia purgatoria o purgativa es la que todo lo visible pospone y abstrae por enderezar el corazón a la divina contemplación y a todo lo que es celestial. La prudencia del ánimo purgado es la que mira al sumo bien y endereza a él todo el afecto para unirse y descansar allí, como si ninguna otra cosa hubiera fuera de él. Todos estos géneros de prudencia estaban en el entendimiento de María santísima para discernir y conocer sin engaño y para dirigir y mover sin remisión ni tardanza lo más alto y perfecto de estas operaciones. Nunca pudo el juicio de esta soberana Señora dictar ni presumir cosa alguna en todas las materias, que no fuese lo mejor y más recto. Nadie alcanzó como ella, ni lo hizo, a posponer y desviar todo lo mundial y visible, para enderezar el afecto a la contemplación de las cosas divinas. Y habiéndolas conocido como las conoció con tantos géneros de noticias, de tal suerte estaba unida por amor al sumo bien increado, que nada la ocupó ni impidió para descansar en este centro de su amor.

537. Las partes que componen la prudencia, claro está que con suma perfección estaban en nuestra Reina. La primera es la memoria, para tener presentes las cosas pasadas y experimentadas; de donde se deducen muchas reglas de proceder y obrar en lo futuro y presente; porque esta virtud trata de las operaciones en particular; y como no puede haber una regla general para todas, es necesario deducir muchas de muchos ejemplos y experiencias; y para esto se requiere la memoria. Esta parte tuvo nuestra soberana Reina tan constante, que jamás padeció el defecto natural del olvido; porque siempre le quedó inmóvil y presente en la memoria lo que una vez entendió y aprendió. En este beneficio transcendió María purísima todo el orden de la naturaleza humana y aun la angélica, porque en ella hizo Dios un epílogo de lo más perfecto de entrambas. Tuvo de la naturaleza humana lo esencial, y de lo accidental lo que era más perfecto y lejos de la culpa y necesario para merecer; y de los dones naturales y sobrenaturales de la naturaleza angélica tuvo muchos, por especial gracia, en mayor alteza que los mismos ángeles. Y uno de estos dones fue la memoria fija y constante, sin poder olvidar lo que aprendía; y cuanto excedió a los ángeles en la prudencia, tanto se aventajó en esta parte de la memoria.

538. En sola una cosa limitó este beneficio misteriosamente la humilde pureza de María santísima; porque habiendo de quedarle fijas en su memoria las especies de todas las cosas, y entre ellas era inexcusable haber conocido muchas fealdades y pecados de las criaturas, pidió al Señor la humildísima y purísima Princesa que el beneficio de la memoria no se extendiese a conservar estas especies, más de en lo que fuese necesario para el ejercicio de la caridad fraternal con los prójimos y de las demás virtudes. Concedióle el Altísimo esta petición, más en testimonio de su candidísima humildad que por el peligro de ella; pues al sol no le ofende lo inmundo que sus rayos tocan, ni tampoco a los ángeles los conturban nuestras vilezas, porque para los limpios todo es limpio2 . Pero en este favor quiso privilegiar el Señor de los ángeles a su Madre más que a ellos y sólo conservar en su memoria las especies de todo lo santo, honesto, limpio y más amable de su pureza y más agradable al mismo Señor; con todo lo cual aquella alma santísima, aun en esta parte, estaba más hermosa y adornada de especies en su memoria de todo lo más puro y deseable.

539. Otra parte de la prudencia se llama inteligencia, que principalmente mira a lo que de presente se debe hacer; y consiste en entender profunda y verdaderamente las razones y principios ciertos de las obras virtuosas para ejecutarlas, deduciendo su ejecución de esta inteligencia, así en lo que conoce el entendimiento de la honestidad de la virtud en general, como de lo que debe hacer en particular quien ha de obrar con rectitud y perfección; como cuando tengo profunda iteligencia de esta verdad: ´A nadie debes hacer el daño que tú no quieres recibir de otro; luego a este tu hermano no debes hacerle agravio particular, que a ti te pareciera real, si contigo lo hiciera él mismo o cualquiera otro.’ Esta inteligencia tuvo María santísima en tanto más alto grado que todas las criaturas, cuanto más verdades morales conoció y más profundamente penetró su infalible rectitud y participación de la divina. En aquel clarísimo entendimiento, ilustrado con los mayores resplandores de la luz divina, no había engaño, ignorancia, ni duda, ni opiniones como en las demás criaturas; porque todas las verdades, especialmente en las materias prácticas de las virtudes, las penetró y entendió en general y en particular, como ellas son en sí mismas; y en este grado incomparable tuvo esta parte de prudencia.

540. La tercera se llama providencia, y es la principal entre las partes de la prudencia, porque lo más importante en la dirección de las acciones humanas es ordenar lo presente a lo futuro, para que todo se gobierne con rectitud; y esto hace la providencia. Tuvo esta parte de la prudencia nuestra Reina y Señora en más excelente grado, si pudiera serlo, que todas las otras; porque, a más de la memoria de lo pasado y profunda inteligencia de lo presente, tenía ciencia y conocimiento infalible de muchas cosas futuras a que se extendía la buena providencia. Y con esta noticia y luz infusa, de tal suerte prevenía las cosas futuras y disponía los sucesos, que ninguno pudo ser para ella repentino ni impensado. Todas las cosas tenía previstas, pensadas y ponderadas en el peso del santuario de su mente, ilustrada con la luz infusa; y así aguardaba no con duda ni incertidumbre, como los demás hombres, todos los sucesos antes que fuesen, pero con certeza clarísima; de suerte que todo hallase su lugar, tiempo y coyuntura oportuna, para que todo fuese bien gobernado.

541. Estas tres partes de la prudencia comprenden las operaciones que con esta virtud tiene el entendimiento, distribuyéndolas en orden a las tres partes del tiempo pretérito, presente y futuro. Pero considerando todas las operaciones de esta virtud en cuanto conoce los medios de las otras virtudes y endereza las operaciones de la voluntad, en esta consideración añaden los doctores y filósofos otras cinco partes y operaciones a la prudencia, que son: docilidad, razón, solercia, circunspección y cautela. La docilidad es el buen dictamen y disposición para ser enseñada la criatura de los más sabios, y no serlo consigo misma, ni estribar en su propio juicio y sabiduría. La razón, que también se llama raciocinación, consiste en discurrir con acierto, deduciendo de lo que se entiende como en general las particulares razones o consejos para las operaciones virtuosas. La solercia es la diligente atención y aplicación advertida a todo lo que sucede, como la docilidad a lo que nos enseñan, para hacer juicio recto y sacar reglas de bien obrar nuestras acciones. La circunspección es el juicio y consideración de las circunstancias que ha de tener la obra virtuosa; porque no basta el buen fin para que sea loable, si le faltaren los circunstancias y oportunidad que se requieren en ellas. La cautela dice la discreta atención con que se deben advertir y evitar los peligros o impedimentos que pueden ocurrir con color de virtud o impensadamente, para que no nos hallen incautos o inadvertidos.

542. Todas estas partes de la prudencia estuvieron en la Reina del cielo sin defecto alguno y con su última perfección. La docilidad fue en Su Alteza como hija legítima de su incomparable humildad; pues habiendo recibido tanta plenitud de ciencia desde el instante de su inmaculada concepción y siendo la maestra y madre de la verdadera sabiduría, siempre se dejó enseñar de los mayores, de los iguales y menores, juzgándose por menor que todos y queriendo ser discípula de los que en su comparación eran ignorantísimos. Esta docilidad mostró toda la vida como una candidísima paloma, disimulando su sabiduría con mayor prudencia que de serpiente3 . Dejóse enseñar de sus padres niña y de su maestra en el templo y de sus compañeras, de su esposo José, de los apóstoles y de todas las criaturas quiso deprender para ser ejemplo portentoso de esta virtud y de la humildad, ce no en otro lugar he dicho4 .

543. La razón prudencial o raciocinación de María santísima se infiere mucho de las veces que dice de ella el evangelista san Lucas5 que guardaba en su corazón y confería lo que iba sucediendo en las obras y misterios de su Hijo santísimo. Esta conferencia parece obra de la razón, con que careaba unas cosas primeras con otras que iban ocurriendo y sucediendo y las confería entre sí mismas, para hacer en su corazón prudentísimos consejos y aplicarlos en lo que era conveniente para obrar con el acierto que lo hacía. Y aunque muchas cosas conocía sin discurso y con una simplicísima vista o inteligencia que excedía a todo discurso humano, pero, en orden a las obras que había de hacer en las virtudes, podía raciocinar y aplicar con el discursa las razones generales de las virtudes a sus propias operaciones.

544. En la solercia y diligente advertencia de la prudencia también fue la soberana Señora muy privilegiada; porque no tenía el peso grave de las pasiones y corrupción, y así no sentía descaecimientos ni tardanza en las potencias, antes estaba fácil, pronta y muy expedita para advertir y atender a todo lo que podía servir para hacer recto juicio y sano consejo en obrar las virtudes en cualquier caso ocurrente, atendiendo con presteza y velocidad al medio de la virtud y su operación. En la circunspección fue María santísima igualmente admirable; porque todas sus obras fueron tan cabales, que a ninguna le faltó circunstancia buena, y todas tuvieron las mejores, que , las pudieran levantar de punto. Y como eran la mayor parte de sus obras ordenadas a la caridad de los prójimos, y todas tan oportunas, por eso en el enseñar, consolar, amonestar, rogar o corregir, siempre se lograba la eficaz dulzura de sus razones y agrado de sus obras.

545. La última parte, de la cautela para ocurrir a los impedimentos que pueden estorbar o destruir la virtud, era necesario que estuviese en la Reina de los ángeles con más perfección que en ellos mismos; porque la sabiduría tan alta, y el amor que le correspondía, la hacían tan cauta y advertida que ningún suceso ni impedimento ocurrente la pudo topar incauta, sin haberle desviado para obrar con suma perfección en todas las virtudes. Y como el enemigo, según adelante diré6 , se desvelaba tanto en ponerle impedimentos exquisitos y extraños para el bien, porque no los podía mover en sus pasiones, por esto ejercitó la prudentísima Virgen esta parte de la cautela muchas veces con admiración de todos los ángeles. Y de esta discreción cautelosa de María santísima, le cobró el demonio una temerosa rabia y envidia, deseando conocer el poder con que le deshacía tantas maquinaciones y astucias como fraguaba para impedirla o divertirla, y siempre quedaba frustrado, porque siempre la Señora de las virtudes obraba lo más perfecto de todas en cualquiera materia y suceso.

546. Conocidas las partes de que la prudencia se integra y compone, se divide en especies según los objetos y fines para que sirve. Y como el gobierno de la prudencia puede ser consigo mismo o con otros, por eso se divide según que enseña a gobernarse a sí y a otros. La que sirve a cada uno para el gobierno de sus propias y especiales acciones, creo se llama enárquica; y de ésta no hay que decir más de lo que arriba queda declarado del gobierno que la Reina del cielo tenía principalmente consigo misma. La que enseña el gobierno de muchos se llama poliárquica; y ésta se divide en cuatro especies, según las diferencias de gobernar diversas partes de multitud: la primera se llama prudencia regnativa que enseña a gobernar los reinos con leyes justas y necesarias, y es propia de los reyes, príncipes y monarcas y de aquellos donde está la potestad suprema; la segunda se llama política, determinando este nombre a la que enseña el gobierno de las ciudades o repúblicas; la tercera se llama económica, que enseña y dispone lo que pertenece al gobierno doméstico de las familias y casas particulares; la cuarta es la prudencia militar, que enseña a gobernar la guerra y los ejércitos.

547. Ninguno de estos linajes de prudencia faltó a nuestra gran Reina; porque todos se le dieron en hábito en el instante que fue concebida y santificada juntamente, para que no le faltase gracia, ni virtud, ni perfección alguna que la levantase y hermosease sobre todas las criaturas. Formóla el Altísimo para archivo y depósito de todos sus dones, para ejemplar de todo el resto de las criaturas y para desempeño de su mismo poder y grandeza, y que se conociese enteramente en la Jerusalén celestial lo que pudo y quiso obrar en una pura criatura. Y no estuvieron ociosos en María santísima los hábitos de estas virtudes, porque todas las ejercitó en el discurso de su vida en muchas ocasiones que se le ofrecieron. Y de lo que toca a la prudencia económica, sabida cosa es cuán incomparable la tuvo en el gobierno de su casa con su esposo José y con su Hijo santísimo, en cuya educación y servicio procedió con tal prudencia, cual pedía el más alto y oculto sacramento que Dios ha fiado de las criaturas; de que diré lo que entendiere y pudiere en su lugar7 .

548. El ejercicio de la prudencia regnativa o monárquica tuvo como Emperatriz única en la Iglesia, enseñando, amonestando y gobernando a los sagrados apóstoles en la primitiva Iglesia, para fundarla y establecer en ella las leyes, ritos y ceremonias más necesarios y convenientes para su propagación y firmeza. Y aunque les obedecía en las cosas particulares y preguntaba especialmente a san Pedro como vicario de Cristo y cabeza, y a san Juan como a su capellán, pero juntamente la consultaban y obedecían ellos y los demás en las cosas generales y en otras del gobierno de la Iglesia. Enseñó también a los reyes y príncipes cristianos que la pidieron consejo; porque muchos la buscaron para conocerla después de la subida de su Hijo santísimo a los cielos8; especialmente la consultaron los tres reyes magos, cuando adoraron al Niño, y ella les respondió y enseñó todo lo que debían hacer en su gobierno y de sus estados, con tanta luz y acierto que fue su estrella y guía para enseñarles el camino de la eternidad; y volvieron a sus patrias ilustrados, consolados y admirados de la sabiduría, prudencia y dulcísima eficacia de las palabras que habían oído a una tierna doncella. Y para testimonio de todo lo que en esto se puede encarecer, basta oír a la misma Reina que dice9 : Por mí reinan los Reyes, mandan los Príncipes y los autores de las leyes determinan lo que es justo.

549. Tampoco le faltó el uso de la prudencia política, enseñandó a las repúblicas y pueblos, y a los de los primitivos fieles en particular, cómo habían de proceder en sus acciones públicas y gobierno y cómo debían obedecer a los reyes y príncipes temporales, y en particular al Vicario de Cristo y cabeza de la Iglesia, y a sus prelados y obispos, y cómo se debían disponer los concilios, definiciones y decretos que en ellos se hacían. La prudencia militar tuvo también su lugar en la soberana Reina; porque fue consultada también sobre esto de algunos fieles, a quienes aconsejó y enseñó lo que debían hacer en las guerras justas con sus enemigos, para obrarlas con mayor justicia y beneplácito del Señor. Y aquí pudiera entrar el valeroso ánimo y prudencia con que venció esta poderosa Señora al príncipe de las tinieblas y enseñó a pelear con él con suprema sabiduría y prudencia, mejor que David con el gigante y Judit con Holofernes ni Ester con Amán. Y cuando para todas estas acciones referidas no sirvieran estas especies y hábitos de prudencia en la Madre de la sabiduría, convenía que los tuviese todos, a más del adorno de su alma santísima, para ser medianera y abogada única del mundo; porque habiendo de pedir todos los beneficios que Dios había de conceder a los mortales, sin venir alguno que no fuese por su mano e intercesión, convenía que tuviese noticia y perfecto conocimiento de las virtudes que pedía para los mortales y que se derivasen de esta Señora como de original y manantial después del mismo Dios y Señor, donde están como en principio increado.

550. Otros adminículos se le atribuyen a la prudencia, que son como instrumentos suyos, y les llaman partes potenciales con que obra. Estos son, la fuerza o virtud en hacer sano juicio y se llama synesis, y la que endeza y forma el buen consejo y se llama ebulia, y la que en algunos casos particulares enseña a salir de las reglas comunes y se llama gnome, y ésta es necesaria para la epiqueya o epiquía, que juzga algunos casos por reglas superiores a las leyes ordinarias. Con todas estas perfecciones y fuerza estuvo la prudencia en María santísima; porque nadie como ella supo formar el sano consejo para todos en los casos contigentes, ni tampoco pudo nadie, aunque fuese el supremo ángel, hacer tan recto juicio en todas las materias. Y sobre todo alcanzó nuestra prudentísima Reina las razones superiores y reglas de obrar con todo acierto en las casos que no podían venir las reglas ordinarias y comunes, de que sería muy largo discurso quererlos referir aquí; muchos se entenderán en el progreso de su vida santísima. Y para concluir todo este discurso de su prudencia, sea la regla por donde se ha de medir, la prudencia del alma santísima de Cristo Señor nuestro, con quien se ajustó y asimiló en todo respectivamente, como formada para coadjutora, semejante a él mismo en las obras de la mayor prudencia y sabiduría que obró el Señor de todo lo criado y Redentor del mundo.

Doctrina de la Reina del cielo.


551. Hija mía, todo lo que en este capítulo has escrito y lo que has entendido, quiero que sea doctrina y advertencia que te doy para el gobierno de todas tus acciones. Escribe en tu mente y conserva la memoria fija del conocimiento que te han dado de mi prudencia en todo lo que pensaba, quería y ejecutaba; y esta luz te encaminará en medio de las tinieblas de la humana ignorancia, para que no te confunda y turbe la fascinación de las pasiones y mucho más la que con suma malicia y desvelo trabajan tus enemigos por introducir en tu entendimiento. El no alcanzar todas las reglas de la prudencia, no es culpable en la criatura; pero el ser negligente en adquirirlas, para estar advertida en todo como debe, ésta es grave culpa y causa de muchos engaños y errores en sus obras. Y de esta negligencia nace que se desmanden las pasiones, que destruyen e impiden la prudencia; particularmente la desordenada tristeza y deleite, que pervierten el juicio recto de la prudente consideración del bien y del mal. Y de aquí nacen dos peligrosos vicios, que son la precipitación en obrar sin acuerdo de los medios convenientes, o la inconstancia en los buenos propósitos y obras comenzadas. La destemplada ira o el indiscreto fervor, entrambos precipitan y arrebatan en muchas acciones exteriores que se hacen sin medida y sin consejo. La facilidad en el juicio y el no tener firmeza en el bien son causa de que el alma imprudentemente se mueva de lo comenzado; porque admite lo que en contrario le ocurre y se agrada livianamente ahora del verdadero bien y luego del aparente y engañoso que las pasiones piden y el demonio representa.

552. Contra todos estos peligros te quiero advertida y prudente, y seráslo si atiendes al ejemplar de mis obras y conservas los documentos y consejos de la obediencia de tus padres espirituales, sin la cual nada debes hacer para proceder con consejo y docilidad. Y advierte que por ella te comunicará el Altísimo copiosa sabiduría, porque le obliga sobremanera el corazón blando, rendido y dócil. Acuérdate siempre de la desdicha de aquellas vírgenes imprudentes y fatuasque por su inadvertida negligencia despreciaron el cuidado y sano consejo, cuando debían tenerle; y después cuando le buscaban hallaron cerrada la puerta del remedio. Procura, hija mía, con la sinceridad de paloma juntas la prudencia de serpiente y serán tus obras perfectas.


CAPITULO 10

De la virtud de la justicia que tuvo María Santísima.

553. La gran virtud de la justicia es la que más sirve a la caridad de Dios y del prójimo, y así es la más necesaria para la conservación y comunicación humana; porque es un hábito que inclina a la voluntad a dar a cada uno lo que le toca; y tiene por materia y objeto la igualdad, ajustamiento o derecho que se debe guardar con los prójimos y con el mismo Dios. Y como son tantas las cosas en que puede el hombre guardar esta igualdad o violarla con los prójimos, y esto por tan diversos modos, por lo cual la materia de la justicia es muy dilatada y difusa y muchas las especies o géneros de esta virtud de justicia; en cuanto se ordena al bien público y común, se llama justicia legal; y porque a todas las otras virtudes puede encaminar a este fin, se llama virtud general; aunque no participe de la naturaleza de las demás; pero cuando la materia de la justicia es cosa determinada, y que sólo toca a personas particulares entre quienes se le guarda a cada una su derecho, entonces se llama justicia particular y especial.

544. Toda esta virtud, con sus partes y géneros o especies que contiene, guardó la Emperatriz del mundo con todas las criaturas sin comparación de otra ninguna; porque sola ella conoció con mayor alteza y comprendió perfectamente lo que a cada uno se le debía. Y aunque esta virtud de la justicia no mira inmediatamente a las pasiones naturales, como lo hacen la fortaleza y templanza, según adelante diré, pero muchas veces y de ordinario sucede que, por no estar moderadas y corregidas las mismas pasiones, se pierde la justicia con los prójimos, como lo vemos en los que por desordenada codicia o deleite sensual usurpan lo ajeno. Pues como en María santísima ni había pasiones desordenadas ni ignorancia para no conocer el medio de las cosas en que consiste la justicia, por eso la cumplía con todos obrando lo justísimo con cada uno, enseñando a que todos lo hiciesen cuando merecían oír sus palabras y doctrina de vida. Y en cuanto a la justicia legal, no sólo la guardó cumpliendo las leyes comunes, como lo hizo en la purificación y en otros mandatos de la ley, aunque estaba exenta como Reina y sin culpa, pero nadie, fuera de su Hijo santísimo, atendió como esta Madre de misericordia al bien público y común de los mortales, enderezando a este fin todas las virtudes y operaciones, con que pudo merecerles la divina misericordia y aprovechar a los prójimos con otros modos de beneficios.

555. Las dos especies de justicia, que son distributiva y conmutativa, estuvieron también en María purísima en grado heroico. La justicia distributiva gobierna las operaciones con que se distribuyen las cosas comunes a las personas particulares; y esta equidad guardó Su Alteza en muchas cosas que por su voluntad y disposición se hicieron entre los fieles de la primitiva Iglesia; como en distribuir los bienes comunes para el sustento y otras necesidades de las personas particulares; y aunque nunca distribuyó por su mano el dinero, porque jamás lo trataba, pero repartíase por su orden y otras veces por sus consejos; pero en estas cosas y otras semejantes siempre guardó suma equidad y justicia, según la necesidad y condición de cada uno. Lo mismo hacía en la distribución de los oficios y dignidades o ministerios que se repartían entre los discípulos y primeros hijos del evangelio en las congregaciones y juntas que para esto se hacían. Todo lo ordenaba y disponía esta sapientísima Maestra con perfecta equidad, porque todo lo hacía con especial oración e ilustración divina, a más de la ciencia y conocimiento ordinario que de todos los sujetos tenía. Y por esto acudían a ella los apóstoles para estas acciones, y otras personas que gobernaban le pedían consejo; con lo cual todo cuanto por ella era gobernado se hacía y disponía con entera justicia y sin acepción de personas.

556. La justicia conmutativa enseña a guardar igualdad recíprocamente en lo que se da y recibe entre las particulares personas; como dar dos por dos, etc., o el valor de una cosa guardando igualdad en ello. De esta especie de justicia tuvo la Reina del cielo menos ejercicio que de las otras virtudes, porque ni compraba ni vendía cosa alguna por sí misma, y si alguna era necesario comprar o conmutar, esto lo hacía el santo patriarca José, cuando era vivo, y después lo hacían san Juan evangelista o algún otro de los apóstoles. Pero el Maestro de la santidad que venía a destruir y arrancar la avaricia, raíz de todos los males1, quiso alejar de sí mismo y de su Madre santísima las acciones y operaciones en que se suele encender y conservar este fuego de la codicia humana. Y por esto su providencia divina ordenó que ni por su mano ni por la de su Madre purísima se ejerciesen las acciones del comercio humano de comprar y vender, aunque fuesen cosas necesarias para conservar la vida natural. Mas no por eso dejaba de enseñar la gran Reina todo lo que pertenecía a esta virtud de justicia conmutativa, para que la obrasen con perfección los que en el apostolado y en la Iglesia primitiva era necesario que usasen de ella.

557. Tiene otras acciones esta virtud que se ejercitan entre los prójimos, cuales son juzgar unos a otros con juicio público y civil o con juicio particular; de cuyo contrario vicio habló el Señor por san Mateo cuando dijo2 : No queráis juzgar y no seréis juzgados. En estas acciones de juicio se le da a cada uno lo que se le debe, según la estimación del que juzga; y por esto son acciones justas si se conforman con la razón y si desdicen de ella son injusticia. Nuestra soberana Reina no ejerció el juicio público y civil, aunque tenía potestad para ser juez de todo el universo; pero con sus rectísimos consejos en el tiempo de su vida, y después con su intercesión y méritos, cumplió lo que está de ella escrito en los Proverbios3 : Yo ando en los caminos de la justicia y por mí determinan los poderosos lo que es justo.

558. En los juicios particulares nunca pudo haber injusticia en el corazón purísimo de María santísima; porque jamás pudo ser liviana en las sospechas, ni temeraria en los juicios, ni tuvo dudas; ni cuando las tuviera las interpretara con impiedad en la peor parte. Estos vicios injustísimos son propios y como naturales entre los hijos de Adán, en quienes dominan las pasiones desordenadas de odio, envidia y emulación en la malicia, y otros vicios que como esclavos viles los supeditan. De estas raíces tan infectas nacen las injusticias, de las sospechas del mal con leves indicios y de los juicios temerarios y de atribuir lo dudoso a la peor parte; porque cada uno presume fácilmente de su hermano la misma falta que en sí mismo admite. Y si con odio o envidia le pesa del bien de su prójimo y se alegra de su mal, ligeramente le da el crédito que no debía, porque se lo desea, y el juicio sigue al afecto. De todos estos achaques del pecado estuvo libre nuestra Reina, como quien no tenía parte en él; toda era caridad, pureza, santidad y amor perfecto lo que en su corazón entraba y salía; en ella estaba la gracia de toda la verdad4 y camino de la vida. Y con la plenitud de la ciencia y santidad nada dudaba ni sospechaba; porque todos los interiores conocía y miraba con verdadera luz y misericordia, sin sospechar mal de nadie, sin atribuir culpa a quien estaba sin ella; antes remediando a muchos las que tenían y dando a todos y a cada uno con equidad y justicia lo que le tocaba y estando siempre dispuesta con benigno corazón para llenar a todos los hombres de gracias y dulzura de la virtud.

559. En los dos géneros de justicia, conmutativa y distributiva, se encierran muchas especies y diferencias de virtudes, que no me detengo a referirlas; pues todas las que convenían a María santísima las tuvo en hábito y en actos supremos y excelentísimos. Pero hay otras virtudes que se reducen a la justicia, porque se ejercitan con otros y participan en algo las condiciones de justicia, aunque no en todo; porque no alcanzamos a pagar adecuadamente todo lo que debemos, o porque, si podemos pagarlo, no es la deuda y obligación tan estrecha como la induce el rigor de la perfecta justicia conmutativa o distributiva. De estas virtudes, porque son muchas y varias, no diré todo lo que contienen; pero por no dejarlo todo, diré algo en compendio brevísimo para que se entienda cómo las tuvo nuestra soberana y muy excelsa Princesa.

560. Deuda justa es dar culto y reverencia a los que son superiores a nosotros; y según la grandeza de su excelencia y dignidad, y los bienes que de ellos recibimos, será mayor o menor nuestra obligación y el culto que les debemos, aunque ningún retorno sea igual con el recibo o con la dignidad. Para esto sirven tres virtudes, según tres grados de superioridad que reconocemos en los que debemos reverencia. La primera es la virtud de la religión, con la que damos a Dios el culto y reverencia que le debemos, aunque su grandeza excede en infinito y sus dones no pueden tener igual retorno de agradecimiento ni alabanza. Esta virtud entre las morales es nobilísima por su objeto, que es el culto de Dios, y su materia tan dilatada cuantos son los modos y materias en que Dios puede inmediatamente ser alabado y reverenciado. Compréndense en esta virtud de religión las obras interiores de la oración, contemplación y devoción, con todas sus partes y condiciones, causas, efectos, objetos y fin. De las obras exteriores se comprende aquí la adoración latría, que es la suprema y debida a sólo Dios con sus especies o partes que la siguen, como son el sacrificio, oblaciones, décimas, votos y juramentos y alabanzas externas y vocales; porque con todos estos actos, si debidamente se hacen, es Dios honrado y reverenciado de las criaturas y por el contrario con los vicios opuestos es muy ofendido.

561. En segunlo lugar está la piedad, que es una virtud con que reverenciamos a los padres, a quienes después de Dios debemos el ser y educación, y también a los que participan esta causa, como son los deudos y la patria, que nos conserva y gobierna. Esta virtud de la piedad es tan grande, que se debe anteponer, cuando ella obliga, a los actos de supererogación de la virtud de la religión, como lo enseñó Cristo Señor nuestro por san Mateo5, cuando reprendió a los fariseos que con pretexto del culto de Dios enseñaban a negar la piedad con los padres naturales. El tercero lugar toca a la observancia, que es una virtud con que damos honor y reverencia a los que tienen alguna excelencia o dignidad superior de diferente condición que la de los padres o natural patria. En esta virtud ponen los doctores la dulía y la obediencia como especies suyas. Dulía es la que reverencia a los que tienen alguna participación de la excelencia y dominio del supremo Señor, que es Dios, a quien toca el culto de la adoración latría. Por esto honramos a los santos con adoración o reverencia dulía, y también a las superiores dignidades, cuyos siervos nos manifestamos. La obediencia es con la que rendimos nuestra voluntad a la de los superiores, queriendo cumplir la suya y no la nuestra. Y porque la libertad propia es tan estimable, por eso esta virtud es tan admirable y excelente entre todas las virtudes morales, porque deja más la criatura en ella por Dios que en otra ninguna.

562. Estuvieron estas virtudes de religión, piedad y observancia en María santísima con tanta plenitud y perfección que nada les faltó de lo posible a pura criatura. ¿Qué entendimiento podrá alcanzar la honra, veneración y culto con que esta Señora servía a su Hijo dilectísimo, conociéndole, adorándole por verdadero Dios y Hombre, Criador, Reparador, Glorificador y Sumo, Infinito, Inmenso en ser, bondad y todos sus atributos? Ella fue quien de todo conoció más entre las puras criaturas y más que todas ellas, y a este paso daba a Dios la debida reverencia y la enseñó a los mismos serafines. En esta virtud fue maestra de tal suerte que sólo verla despertaba, movía y provocaba con oculta fuerza a que todos reverenciasen al supremo Señor y Autor del cielo y tierra y sin otra diligencia excitaba a muchos para que alabasen a Dios. Su oración, contemplación y devoción, y la eficacia que tuvo, y la que siempre tienen sus peticiones, todos los ángeles y bienaventurados la conocen con admiración eterna y todos no la podrán explicar. Débenle todas las criaturas intelectuales el haber suplido y recompensado, no sólo lo que ellos han ofendido, pero lo que no han podido alcanzar, ni obrar, ni merecer. Esta Señora adelantó el remedio del mundo y, si ella no estuviera en él, no saliera el Verbo del seno de su eterno Padre. Ella transcendió a los serafines desde el primer instante en contemplar, orar, pedir y estar devotamente pronta en el obsequio divino. Ofreció sacrificios cual convenía, oblaciones, décimas, y todo tan acepto a Dios que por parte del oferente nadie fue más acepta después de su Hijo santísimo. En las eternas alabanzas, himnos, cánticos y oraciones vocales que hizo fue sobre todos los patriarcas y profetas y, si los tuviera la Iglesia militante, como se conocerán en la triunfante, fuera nueva admiración del mundo.

563. Las virtudes de piedad y observancia tuvo Su Majestad como quien más conocía la deuda a sus padres y más sabía de su heroica santidad. Lo mismo hizo con sus consanguíneos, llenándolos de especiales gracias, como al Bautista y a su madre santa Isabel, y a los demás del apostolado. A su patria, si no lo hubiera desmerecido la ingratitud y dureza de los judíos, la hubiera hecho felicísima, pero, en cuanto la divina equidad permitió, la hizo muy grandes beneficios y favores espirituales y visibles. En la reverencia de los sacerdotes fue admirable, como quien sola pudo y supo dar el valor a la dignidad de los cristos del Señor. Esto enseñó a todos; y después a reverenciar los patriarcas, profetas y santos, y luego a los señores temporales y supremos en la potestad. Y ningún acto de estas virtudes omitió que en diferentes tiempos y ocasiones no los ejercitase y enseñase a otros, especialmente a los primeros fieles en el origen y principio de la Iglesia evangélica, donde obedeciendo, no ya a su Hijo santísimo ni a su Esposo presencialmente pero a los ministros de ella, fue ejemplo de nueva obediencia al mundo; pues entonces con especiales razones se la debían todas las criaturas a la que en él quedaba por Señora y Reina que los gobernase.

564. Restan otras virtudes que también se reducen a la justicia, porque con ellas damos lo que debemos a otros con alguna deuda moral, que es un honesto y decente título. Estas son: la gratitud, que se llama gracia, la verdad o veracidad, la vindicación, la liberalidad, la amistad o afabilidad. Con la gratitud hacemos alguna igualdad con aquellos de quienes recibimos el beneficio, dándoles gracias por él, según la condición del beneficio, y también según el estado y condición del bienhechor; que a todo esto se debe proporcionar el agradecimiento y se puede hacer con diversas acciones. La veracidad inclina a tratar verdad con todos, como es justo que se trate en la vida humana y conversación necesaria de los hombres, excluyendo toda mentira –que en ningún suceso es lícita– toda engañosa simulación, hipocresía, jactancia e ironía. Todos estos vicios se oponen a la verdad; y si bien es posible y aun conveniente declinar en lo menos cuando hablamos de nuestra propia excelencia o virtud, para no ser molestos con exceso de jactancia, pero no es justo fingir menos con mentira, imputándose lo que no tiene de vicio. La vindicación es virtud que enseña a recompensar y deshacer con alguna pena el daño propio o el del prójimo que recibió de otro. Esta virtud es dificultosa entre los mortales, que de ordinario se mueven con inmoderada ira y odio fraternal, con que se falta a la caridad y justicia; pero cuando no se pretende el daño ajeno sino el bien particular o público, no es ésta pequeña virtud, pues usó de ella Cristo nuestro Señor cuando expelió del templo a los que le violaban con irreverencia6 ; y Elías y Elíseo pidieron fuego del Cielo7 para castigar algunos pecados; y en los Proverbios se dice8: Quien perdona la vara del castigo, aborrece a su hijo. La liberalidad sirve para distribuir conforme a razón el dinero o semejantes cosas, sin declinar a los vicios de avaricia y prodigalidad. La amicicia o afabilidad consiste en el decente y conveniente modo de conversar y tratar con todos, sin litigios ni adulación, que son los vicios contrarios de esta virtud.

565. Ninguna de todas éstas –y si hay otra alguna que se atribuya a la justicia– faltó a la Reina del cielo; todas las tuvo en hábito y las ejercitó con actos perfectísimos, según ocurrían las ocasiones, y a muchas almas enseñó y dio luz con que las obrasen y ejerciesen con perfección, como Maestra y Señora de toda santidad. La virtud de la gratitud con Dios ejercitó con los actos de religión y culto que dijimos, porque éste es el más excelente modo de agradecer; y como la dignidad de María purísima y su proporcionada santidad se levantó sobre todo entendimiento criado, así dio el retorno esta eminente Señora, proporcionándose al beneficio, cuanto a pura criatura era posible; y lo mismo hizo en la piedad con sus padres y patria, como queda dicho. A los demás agradecía la humildísima Emperatriz cualquier beneficio, como si nada se le debiera, y, debiéndosele todo de justicia, lo agradecía con suma gracia y favor; pero sola ella supo dignamente y alcanzó a dar gracias por los agravios y ofensas, como por grandes beneficios, porque su incomparable humildad nunca reconocía injurias y de todas se daba por obligada; y como no olvidaba los beneficios, no cesaba en el agradecimiento.

566. En la verdad que trataba María Señora nuestra, todo cuanto se puede decir será poco; pues quien estuvo tan superior al demonio, padre de la mentira y engaño, no pudo conocer en sí tan despreciable vicio. La regla por donde se ha de medir en nuestra Reina esta virtud de la verdad es su caridad y sencillez columbina, que excluyen toda duplicidad y falacia en el trato de las criaturas. Y ¿cómo pudiera hallarse culpa ni dolo en la boca de aquella Señora que con una palabra de verdadera humildad trajo a su vientre al mismo que es verdad y santidad por esencia? En la virtud que se llama vindicación tampoco le faltaron a María santísima muchos actos perfectísimos, no sólo enseñándola como maestra en las ocasiones que fue necesario en los principios de la Iglesia evangélica, pero por sí misma celando la honra del Altísimo y procurando reducir a muchos pecadores por medio de,la corrección, como lo hizo con Judas muchas veces, o mandando a las criaturas –que todas le estaban obedientes– castigasen algunos pecados para el bien de los que con ellos merecían eterno castigo. Y aunque en estas obras era dulcísima y suavísima, mas no por eso perdonaba al castigo cuando y con quien era medio eficaz de purificar el pecado; pero con quien más ejercitó la venganza, fue contra el demonio, para librar de su servidumbre al linaje humano.


567. De las virtudes de liberalidad y afabilidad tuvo asimismo la soberana Reina actos excelentísimos; porque su largueza en dar y distribuir era como de suprema Emperatriz de todo lo criado y de quien sabía dar la estimación a todo lo visible e invisible dignamente. Nunca tuvo esta Señora cosa alguna, de las que puede distribuir la liberalidad, que juzgase por más propia que de sus prójimos; ni jamás a nadie las negó, ni aguardó que les costase el pedirlas, cuando esta Señora pudo adelantarse a darlas. Las necesidades y miserias que remedió en los pobres, los beneficios que les hizo, las misericordias que derramó, aun en cosas temporales, no se pueden contar en inmenso volumen. Su afabilidad amigable con todas las criaturas fue tan singular y admirable que, si no la dispusiera con rara prudencia, se fuera todo el mundo tras ella, aficionado de su trato dulcísimo; porque la mansedumbre y suavidad, templada con su divina severidad y sabiduría, descubrían en ella en tratándola, unos asomos de más que humana criatura. El Altísimo dispuso esta gracia en su Esposa con tal providencia que, dando algunas veces indicios a los que la trataban del sacramento del Rey que en ella se encerraba, luego corría el velo y lo ocultaba, para que hubiese lugar a los trabajos, impidiendo el aplauso de los hombres; y porque todo era menos de lo que se le debía, y esto ni lo alcanzaban los mortales, ni atinaran a reverenciar como a criatura a la que era Madre del Criador, sin exceder o faltar, mientras no llegaba el tiempo de ser ilustrados los hijos de la Iglesia con la fe cristiana y católica.

568. Para el uso más perfecto y adecuado de esta virtud grande de la justicia le señalan los doctores otra parte o instrumento, que llaman epiqueya, con la cual se gobiernan algunas obras que salen de las reglas y leyes comunes; porque éstas no pueden prevenir todos los casos ni sus circunstancias ocurrentes, y así es necesario obrar en algunas ocasiones con razón superior y extraordinaria. De esta virtud tuvo necesidad y usó la Reina soberana en muchos sucesos de su vida santísima, antes y después de la ascensión de su Hijo unigénito a los cielos, y especialmente después, para establecer las cosas de la primitiva Iglesia, como en su lugar diré9 , si fuere servido el Altísimo.

Doctrina de 1a Reina del cielo.

569. Hija mía, en esta dilatada virtud de la justicia, aunque has conocido mucho del aprecio que merece, ignoras lo más por el estado de la carne mortal, y por eso mismo no alcanzarán tampoco las palabras a la inteligencia; pero en ella tendrás un copioso arancel del trato que debes a las criaturas y también al culto del Altísimo. Y en esta correspondencia te advierto, carísima, que la majestad suprema del Todopoderoso recibe con justa indignación la ofensa que le hacen los mortales, olvidándose de la veneración, adoración y reverencia que le deben; y cuando alguna le dan, es tan grosera, inadvertida y descortés, que no merecen premio sino castigo. A los príncipes y magnates del mundo reverencian profundamente y los adoran, pídenles mercedes y las solicitan por medios y diligencias exquisitas, y danles muchas gracias cuando reciben lo que desean y se ofrecen a ser agradecidos toda la vida; pero al supremo Señor que les da el ser, vida y movimiento, que los conserva y sustenta, que los redimió y levantó a la dignidad de hijos y les quiere dar su misma gloria y es infinito y sumo bien, a esta Majestad, porque no le ven con los ojos corporales, la olvidan y, como si de su mano no les vinieran todos los bienes, se contentan cuando mucho con hacer un tibio recuerdo y apresurado agradecimiento; y no digo ahora lo que ofendan al justísimo Gobernador del universo los que inicuamente rompen y atropellan con todo el orden de justicia con sus prójimos, como quien pervierte toda la razón natural, queriendo para sus hermanos lo que no quieren para sí mismos.

570. Aborrece, hija mía, tan execrables vicios y cuanto pueden tus fuerzas recompensa con tus obras lo que deja de ser servido el Altísimo con esta mala correspondencia; y pues por tu profesión estás dedicada al divino culto, sea ésta tu principal ocupación y afecto, asimilándote a los espíritus angélicos, incesantes en el temor y culto suyo. Ten reverencia a las cosas divinas y sagradas, hasta los ornamentos y vasos que sirven a este ministerio. En el oficio divino, oración y sacrificio, procura estar siempre arrodillada; pide con fe y recibe con humilde agradecimiento; y éste le has de tener con todas las criaturas, aun cuando te ofendieren. Con todos te muestra piadosa, afable, blanda, sencilla y verdadera, sin ficción ni doblez, sin detracción ni murmuración, sin juzgar livianamente a tus prójimos. Y para que cumplas con esta obligación de justicia, lleva siempre en tu memoria y deseo hacer con tus prójimos lo que tú quieres que se haga contigo misma; y mucho más te acuerda de lo que hizo mi Hijo santísimo, y yo a su imitación, por todos los hombres.