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Del banquero pródigo

Del banquero pródigo

Padre Federico, el 22.11.19 a las 7:41 AM

Viajando hacia el Himalaya tuve una escala obligada en Indochina, donde debía estar muchas horas. Para convertir la espera en misión, llamé a un hombre pagano que vivía cerca del aeropuerto. Era un banquero rico que maneja vehículos de lujo. Había hablado una vez con él (con ocasión de que «casualmente» me lo había cruzado dos veces en pocos minutos) y esta fue la segunda vez que lo vi en mi vida.

Pensé que no me iba a responder, pero aceptó con agrado mi propuesta y me pasó a buscar por el aeropuerto con su magnífico auto.

Me preguntó cuánto tiempo me quedaba y le dije que sólo iba a estar unas horas. Entonces, se lamentó ya que, me dijo, no íbamos a tener tiempo para «visitar a las prostitutas»…

Mientras comíamos, me preguntó si yo tenía novia, le dije que no y, en voz baja, le expliqué el motivo: «soy sacerdote». No sabía cómo se lo iba a tomar, pero manifestó una mezcla de sorpresa y agrado al enterarse. La revelación marcó un giro en el curso del amistoso diálogo y hablamos sobre los misioneros que salvaron a multitudes de taiwaneses hambrientos, de la diferencia entre el Catolicismo y la Protesta, de la peligrosidad del Islam, del desprecio hindú a los pobres y de la carnal astucia judía.

Luego de almorzar, fuimos a su banco, que está por ser inaugurado, y entonces le ofrecí bendecir las oficinas. Como no respondía nada, le expliqué qué es lo que era una bendición, luego de lo cual él no me dijo nada, pero me pareció entender que la consideraba sencillamente innecesaria.

Al rato, la jefa del banco entra a la oficina y él espontáneamente le cuenta que yo era sacerdote y que les ofrecía bendecir las oficinas. Me sorprendí enormemente. La jefa aceptó y entonces les pedí agua y sal, saqué mi misal (que tiene un apéndice de bendiciones), exorcicé el agua y la sal, las bendije y bendije las oficinas. Luego, les enseñé la señal de la cruz. La aprendieron contentos y, acto seguido, espontáneamente, la gerente y el sub-gerente volvieron a santiguarse, ensayando una vez más «el signo de los cristianos», como si fuesen niños de catecismo. Les prediqué que Jesús los amaba, les enseñé a santiguarse con agua bendita (dándoles, a la vez, una fuente de agua), les regalé unas estampas del Salvador -que agradecieron y guardaron-, los bendije y me despedí.

Fue un apostolado al paso, sencillo y bendecido gracias a las oraciones de quienes nos apoyan con sus plegarias.

Del vil deseo prostibulario, nuestro amigo pagano, pasó a alegrarse por Jesús.

Ya me dijo que nos visitará al Himalaya. Oremos por él. Llamémoslo «Pedro». Que la tan cacareada «opción preferencial por los pobres», no nos haga olvidar que las almas de muchos ricos irán al infierno si nadie les predica («es más difícil que un camello pase por la cabeza de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos»).

¡Qué Dios los bendiga!

Padre Federico, S.E.

Misionero in partibus infidelium

20-XI-19


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