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Instituto Juan Pablo II: una nominación cargada de sentido

Instituto Juan Pablo II: una nominación cargada de sentido

Por INFOVATICANA | 16 abril, 2021

Informábamos el mes pasado del nombramiento de Monseñor Philippe Bordeyne, abiertamente crítico de la Humanae Vitae, como presidente del Instituto Teológico Pontificio Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia. A las numerosas reacciones a esta decisión se suma un artículo del filósofo y ensayista Thibaud Collin, aparecido en L’Homme Nouveau de 10 de abril de 2021, que reproducimos a continuación:

“El Instituto Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia de Roma tendrá nuevo presidente el próximo mes de septiembre en la persona de Mons. Philippe Bordeyne, sacerdote de la diócesis de Nanterre y rector del Instituto Católico de París. Este nombramiento es a la vez lógico y deplorable. Lógico ya que confirma el cambio radical de dirección querido por Mons. Paglia, su canciller, nombrado por el Papa Francisco. Deplorable porque significa la victoria, por no decir la venganza, de una amplia corriente de moralistas críticos con el magisterio de San Juan Pablo II. Digámoslo claramente, saber que Mons. Philippe Bordeyne, antiguo alumno de Xavier Thévenot, va a instalarse en la sede de Mons. Carlo Caffarra, es para nosotros fuente de sufrimiento real cuyo sentido providencial todavía se nos escapa.

La aportación de Juan Pablo II ocultada

Bordeyne, como muchos de los teólogos moralistas franceses actuales, nunca ha captado realmente desde el interior la profundización doctrinal que San Juan Pablo II aportó a la moral conyugal y sexual, expuesta por San Pablo VI en la encíclica Humanæ vitæ (1968). Recordemos que esta profundización está presente en tres textos principales: la exhortación apostólica Familiaris consortio (1981), las catequesis sobre la “teología del cuerpo” (1979-1984) y la encíclica Veritatis splendor (1993). Con estos textos fundamentales, San Juan Pablo II trata de responder a la mentalidad contraceptiva en su dimensión antropológica y moral. Si la encíclica Humanæ vitae ha sido rechazada, o simplemente ignorada, por muchos teólogos y pastores impresionados por el ruido de los medios de comunicación y la incomprensión de algunos fieles, es porque ha sido recibida como el enunciado de una norma extrínseca a la vida de los esposos.

Como mucho, se puede considerar el camino expuesto por San Pablo VI como un ideal de vida que se puede aconsejar pero en ningún caso como un precepto que obliga en conciencia. Así aparece como presupuesto de esta no-recepción toda una concepción distorsionada de la ley moral y de la noción de acto intrínsecamente malo, pero también de la castidad conyugal y de la verdad del amor esponsal. Transcurridos más de veinte años desde de la publicación de Veritatis Splendor, Mons. Bordeyne aborda, en un volumen colectivo encargado por la Conferencia Episcopal Francesa en el momento de los sínodos sobre la familia de 2014-2015, la cuestión de la regulación de la natalidad. Allí escribe:

«La Iglesia podría admitir una pluralidad de caminos para responder a la llamada general a mantener la apertura de la sexualidad a la trascendencia y al don de la vida. (…) El camino de los métodos naturales que implica la continencia y la castidad podría ser recomendado como un consejo evangélico, practicado por parejas cristianas o no, capaces del autodominio durante la abstinencia periódica. El otro camino, cuya licitud moral podría admitirse y cuya elección se confiaría a la sabiduría de los cónyuges, consistiría en el uso de métodos contraceptivos no abortivos. Si deciden introducir este medicamento en la intimidad de su vida sexual, los esposos serían invitados a redoblar su amor mutuo. Esto es lo único que puede humanizar el uso de la técnica, al servicio de una ecología humana del engendramiento» (1).

Se podría decir mucho sobre estas líneas, ¡especialmente la dimensión ecológica de la contracepción química! Contentémonos con señalar que Mons. Bordeyne manifiesta aquí, aunque se exprese en tiempo condicional, su incomprensión de las razones del mal intrínseco que es la contracepción, razones que se inscriben en una adecuada antropología de la persona sexuada.

Un ataque a la castidad

La disociación de los dos significados del acto conyugal, procreativo y unitivo, reduce objetivamente a los cónyuges a sus solos valores sexuales. La contracepción es un ataque a la castidad, virtud guardiana del amor, y por lo tanto hiere gravemente la dignidad del amor de los esposos. Mons. Bordeyne revela que no percibe desde el interior la unidad sustancial de la persona cuyo cuerpo sexuado puede ser así signo e instrumento del don de sí misma. La técnica anticonceptiva da la ilusión de la unión de las personas ya que están como amputadas de su poder de transmitir la vida y su amor se encierra de hecho en el placer, aunque sea recíproco. En resumen, si la contracepción es un mal objetivo y no puede nunca ser considerada como un mal menor, es porque niega la verdad y la bondad del plan de Dios para el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza. Este contrasentido tan frecuente sobre la recepción de la enseñanza moral de la Iglesia sobre la regulación de los nacimientos es pues como la punta de un iceberg. Presupone una serie de tesis que simplemente impiden el acceso a esta luz. En esto, Mons. Bordeyne es en esto heredero del Padre Xavier Thévenot (2), sacerdote salesiano (1938- 2004) que enseñó teología moral durante muchos años en el Instituto Católico de París.

Un gran vacío

Fuertemente influido por las ciencias humanas y el psicoanálisis, el padre Thévenot pasó mucho tiempo escuchando a personas que sufrían y participando en los debates sociales de los años 1980/2000 intentando aportarles la luz de la moral cristiana. Pero cuando uno se adhiere a una concepción freudiana y kantiana de la ley moral, considerada como aspiración de universalidad formal y, por lo tanto, camino de humanización, la confrontación con las experiencias singulares vividas no puede dejar de provocar un gran vacío. Si la ley moral no es más que una aspiración, ¿lo más importante no será emprender ese camino? El razonamiento práctico se reduce entonces a menudo a un compromiso sobre el mal menor, calificado como lo «mejor posible» a la vista de las circunstancias, pero al ser este mejor posible en realidad un mal intrínseco, nunca puede ser correctamente aconsejado y practicado. En realidad, la ley moral natural no es exterior a las personas que actúan. Ella indica un verdadero bien hacia el que somos orientados y por cuya realización alcanzamos la felicidad. Sólo la adquisición y la práctica de las virtudes fundadas y sostenidas por la gracia y los sacramentos pueden actualizar en nosotros el bondadoso plan del Creador.”

(1) Sínodo sobre la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo, 26 teólogos responden, Bayard, pp. 197-198.

(2) Monseñor Bordeyne prologó la reedición de tres libros de Xavier Thévenot reunidos en un solo volumen bajo el título Éthique pour un monde nouveau, Salvator, 416 p., 38 €.