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Yo estoy dispuesto a morir por la Iglesia: ¿qué hacemos?

Yo estoy dispuesto a morir por la Iglesia: ¿qué hacemos?

Pedro L. Llera, el 2.11.22 a las 11:06 AM

A raíz de mi último artículo, un contacto de Facebook me manda el siguiente mensaje:

Pedro, soy un laico padre de familia, pero estoy dispuesto a morir por la Iglesia. ¿Qué hacemos?

Buena pregunta. Ojalá yo tuviera una respuesta simple a una pregunta así… ¿Qué hacemos?

La Fiesta de Todos los Santos nos trae la respuesta:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».
(Mt 5,3-12)

Ahí tenemos lo que debemos hacer: no se trata de hacer manifestaciones. Se trata de que tú y yo seamos santos. No se trata de activismo ni de voluntarismo, sino de vivir como Dios manda y de dejarnos santificar por Cristo.

La respuesta que nos da el Señor es que seamos bienaventurados; es decir, que seamos santos, por la gracia de Dios.

¿Y qué hay que hacer para ser santos?

1.- Ser pobres de espíritu. ¿Y eso qué es? Eso es saber que nosotros solos no podemos hacer nada. Que somos pobres, limitados. Ser pobre de espíritu es ser humilde. Nosotros, por nuestras solas fuerzas, no podemos cambiar el mundo ni arreglar los problemas de la Iglesia, porque todos nosotros somos pecadores. Y sólo Dios nos puede ayudar, redimir y salvar. Quien puede arreglar la Iglesia y acabar con todos los males, con todos los pecados, de este mundo y de la Iglesia es Cristo.

Pretender que nosotros podemos arreglar las cosas, acabar con el pecado del mundo o solucionar la crisis que padece la Iglesia es un acto de inconsciencia o – lo que sería peor – de soberbia. Los pobres de espíritu, los santos, saben que no pueden cambiar el mundo ni solucionar todos los problemas; saben que ni siquiera pueden cambiarse a sí mismos: nos hace falta humildad. Uno es santo por la gracia de Dios, no por voluntarismo ni por nuestras solas fuerzas. Nosotros solos, sin Cristo, no podemos hacer nada. Pero con Cristo lo podemos todo. «Haced lo que Él os diga», nos dice nuestra Madre. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Y lo que Cristo quiere es que nos amemos los unos a los otros, como Él nos amó. Seamos humildes, amemos y confiemos en Dios.

2.- Ser mansos. Una persona mansa es alguien benigno, alguien bueno. Queridos amigos: seamos buenos y rechacemos el mal. Hagamos todo el bien posible a todos los que podamos siempre que podamos. Hacer el bien es ayudar, consolar, animar, amar… Llorar con quienes lloran y reír con quienes están alegres. Es abrazar, besar, bendecir… Seamos verdaderamente libres: la libertad ha de ir de la mano del bien y de la verdad. Quien ama a Dios, cumple sus mandamientos.

3.- Bienaventurados los que lloran. ¿Ser santo implica llorar? Hay muchos motivos para llorar. Hay tanto mal, tanto pecado en el mundo, que sobran los motivos para llorar. Hay tanta pobreza, tantas guerras, asesinatos, violaciones, abusos… Pero no solo hay mal en el mundo. Hay tanto mal, tanto pecado en mí mismo, que, cómo no llorar. Tenemos que postrarnos a los pies del Señor y regar sus pies con nuestras lágrimas por el dolor de nuestros pecados.

Llorar, por otra parte, también es un don de Dios. Dicen que San Ignacio lloraba constantemente. El P. Laínez comentaba de San Ignacio: «Es tan tierno en lágrimas de cosas eternas y abstractas, que me decía que comúnmente seis o siete veces al día lloraba». El papa Paulo III le había dispensado de recitar el Breviario por las muchas lágrimas que derramaba, con la consiguiente enfermedad de los ojos. En su Diario íntimo anota la efusión de lágrimas hasta unas 175 veces en los primeros cuarenta días, incluso algunas veces van acompañadas de «sollozos». No se da «ejemplo equivalente en la literatura espiritual católica» (J. de Guibert). Las lágrimas del peregrino nos presentan un hecho que sobrepasa todos los análisis que no cuenten con la luz de la fe. Sin embargo, con la ayuda de esta luz, podemos percibir «una vivencia sabrosamente sentida de la última comunicación de Dios a su alma… el eco de la voz de Dios… el rebosar del desbordamiento producido por la catarata de dones particulares» (I. Iparraguirre).

¿Quién no ha llorado al confesarse, en el momento de la consagración o al comulgar? ¿Quién no se ha visto rebosado de Dios y desbordado de su amor hasta las lágrimas? Lloramos por el dolor de nuestros pecados; y lloramos también por el amor de Dios que nos sobrepasa como una catarata incontenible que se desborda en lágrimas. Llorar por el mal del mundo, llorar por nuestros propios pecados, llorar de amor de Dios… Pero las lágrimas no se fuerzan ni se buscan: se las da Dios a los que Él quiere. Nada que ver el don de lágrimas con el emotivismo sensiblero del que gustan los modernistas. La fe no viene de la experiencia ni de las lágrimas, sino que, porque tenemos fe, el Señor nos da su gracia siempre que Él quiera y sin forzar nada ni a nadie. Y nos da su consuelo cuando Él quiere.

La situación del mundo es para llorar. La impiedad y el desprecio a Dios dan ganas de llorar. La situación de la Iglesia es para llorar. Pues lloremos e imploremos que Cristo venga cuanto antes y acabe con tanto pecado y tanta impiedad. Lloremos ante el Santísimo, ante el sagrario. Lloremos, si Dios nos concede esa gracia. Porque es Dios quien nos hace santos. Porque solo el Señor es Santo: sólo Tú, Altísimo Jesucristo.

4.- Son santos los que tienen hambre y sed de justicia. Claro que tenemos hambre y sed de justicia. Queremos que el bien triunfe y que el mal sea derrotado. Queremos un mundo donde no haya explotadores ni explotados; un mundo sin pecados. Queremos un mundo sin abortos, sin eutanasias, sin corrupción, sin ladrones, sin mujeres explotadas por la prostitución o la pornografía; un mundo sin niños abusados; un mundo donde habite la justicia. Tenemos hambre del cielo, sed de Dios. Vivimos exiliados de nuestra verdadera patria, que es el cielo. Porque Dios nos creó para Él. Y estamos ansiosos por volver a Él; ansiosos de que Él vuelva, de que venga a nosotros su Reino y haya un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. Claro que tenemos hambre y sed de justicia. Tenemos hambre y sed de Dios.

5.- Son santos los misericordiosos. Misericordioso es quien se conduele de los trabajos y miserias ajenas. ¿Cómo no hacerlo? Si uno ve sus propios pecados, ¿cómo no se va a doler con los sufrimientos y los pecados de los demás?

Misericordioso es quien da de comer al hambriento y de beber al sediento; quien visita a los enfermos y a los presos; quien entierra a los muertos; quien viste al desnudo y acoge al peregrino.

Es misericordioso quien enseña al que no sabe, quien da consejo al que lo necesita; quien corrige al que se equivoca y perdona a quien le ofende. Es misericordioso quien consuela al que está triste, quien sufre con paciencia los defectos del prójimo y quien reza por los vivos y por los muertos.

Quien es misericordioso ejerce la caridad y vive en gracia de Dios. Así son los santos y así queremos ser nosotros, por la gracia de Dios. Nuestra felicidad es Dios: es vivir en gracia de Dios. Es dejarse llenar de Dios para amar a todos siempre. Para bendecir a todos; para rezar por todos; para consolar a todos. No estamos para juzgar ni para condenar, sino para amar como Cristo nos amó: hasta la muerte, si fuera preciso.

Yo también quiero morir por Cristo. Y sería feliz muriendo por la Iglesia. Pero eso es una gracia de Dios. De momento, recemos, amemos; seamos humildes y compasivos. Mantengámonos firmes en la fe y combatamos contra los impíos, contra los idólatras, contra los enemigos de Dios.

Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales.

Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes.

¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno.
Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos.


6.- Los santos son pacíficos. Y ser pacíficos consiste en estar tranquilos y sosegados. No confundamos pacífico con «pacifista». La vida del cristiano es combate contra el mundo, contra el demonio y contra la carne; es combate contra el pecado. Y ese combate solo acaba con la muerte. Ser pacífico es permanecer tranquilo en medio de la tribulación. Porque sabemos que nuestra vida y la historia del mundo están en manos de Dios. Dios tiene siempre la última palabra. Y la última palabra de Dios es una palabra de vida y de justicia. Las almas de los justos están en las manos de Dios. Pueden matarnos, pero nosotros sabemos que la muerte no es el final. Nuestra esperanza está colmada de inmortalidad. Vivamos en paz. Confiemos en Dios. Dios es más grande que nosotros. Nosotros no vemos solución a lo que está pasando; pero Dios, sí. Mantengamos firmes en la fe y en la esperanza. Y vivamos la caridad. Vivamos en el amor de Dios para amar al prójimo.

7.- Los santos sufren persecución: son insultados y despreciados por causa de Cristo. ¿Esperábamos otra cosa? Es lo normal. Lo que tendría que mosquearnos es que pretendamos ser santos y que todo el mundo te aplauda y te dé palmaditas en la espalda. Quien sigue a Cristo, tiene que tomar la cruz. Lo santos son perseguidos, insultados, maltratados, calumniados y despreciados.

Hoy en día, ser de Cristo significa la persecución inmediata: todas las ideologías de este mundo son impías y odian a Cristo. Defender públicamente la fe hoy significa convertirse en un apestado: ultracatólico, meapilas, rígido, reaccionario, medieval, antiguo, fascista… Salid a defender la vida, a defender la fe… Es fácil. La persecución viene sola.

Pero también llegará la persecución si defiendes la fe de siempre dentro de la propia Iglesia, porque el modernismo ha tomado al asalto las más altas cumbres de la jerarquía. Los herejes pretenden cambiar la liturgia, la doctrina, la fe, los sacramentos, la moral… Quieren dinamitar la Iglesia: destruirla. Quieren crucificar a Cristo otra vez. Porque la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Destrozar a la Iglesia es volver a crucificar a Cristo. Lo quieren matar. Quieren cambiar la Palabra de Dios. Quieren enmendarle la plana a Dios y pretenden manipular al Espíritu Santo para anunciar una nueva revelación al gusto del mundo y del demonio. Pero no prevalecerán. Cristo ha vencido ya. No tienen nada que hacer.

Hoy casi todos adoran a la bestia y blasfeman contra Dios.

Abrió su boca la Bestia en blasfemias contra Dios, blasfemando de su nombre y de su tabernáculo, de los que moran en el cielo.

Le fue otorgado hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y le fue concedida autoridad sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación.

La adoraron todos los moradores de la tierra cuyo nombre no está escrito, desde el principio del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado.

Si alguno tiene oídos, que oiga.
Si alguno está destinado a la cautividad, a la cautividad irá; si alguno mata por la espada, por la espada morirá. En esto está la paciencia y la fe de los santos.


Si estamos destinados a la cárcel, vayamos a la cárcel. Si hemos de morir y sufrir por Cristo, bendito sea Dios… Hágase la voluntad de Dios. A la Bestia le fue otorgado derrotar a los santos y dominar toda la tierra. ¿Verdad que suena al Nuevo Orden Mundial?

Aquí está la paciencia de los santos: aquellos que guardan los preceptos de Dios y la fe de Jesús.

Oí una voz del cielo que decía: Escribe: Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, pues sus obras los siguen.

¿Quién no te temerá, Señor y no glorificará Tu Nombre? Porque Tú solo eres Santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán delante de Ti.

Pelearán con el Cordero y el Cordero los vencerá, porque es el Señor de señores y Rey de reyes, y también los que están con Él, llamados y escogidos, y fieles.

Babilonia caerá. Del vino de la cólera de su fornicación bebieron todas las naciones y con ella fornicaron los reyes de la tierra y los comerciantes de toda la tierra se enriquecieron con el poder de su lujo.

Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe, porque éstas son las palabras fieles y verdaderas.

Díjome: hecho está. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed le daré gratis de la fuente de agua de vida.

El que venciere heredará estas cosas y seré su Dios y él será mi hijo.

Los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.

Bienaventurados los que lavan sus túnicas para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas que dan acceso a la ciudad.
Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira.


Guardemos los Mandamientos de Dios y la fe en Jesucristo. Tengamos paciencia y fe. Aferrémonos a Cristo. Oremos y pidamos a Dios a tiempo y a destiempo que nos haga santos. Recemos los unos por los otros. Seamos buenos, humildes, caritativos y piadosos. Recemos el rosario, confesémonos y comulguemos con frecuencia. Y supliquemos que Dios tenga escrito nuestro nombre en el Libro de la Vida del Cordero Degollado. Dios quiere que todos nos salvemos. Pidamos a Dios que nos cuente entre sus elegidos y que nos haga santos e irreprochables ante sus ojos.

Que así sea.


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