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Tomo I Capítulo 11 a 12: MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

CAPITULO 11 De la virtud de la fortaleza que tuvo María Santísima. 571. La virtud de la fortaleza, que se pone en el tercer lugar de las cuatro cardinales, sirve para moderar las operaciones que …More
CAPITULO 11

De la virtud de la fortaleza que tuvo María Santísima.

571. La virtud de la fortaleza, que se pone en el tercer lugar de las cuatro cardinales, sirve para moderar las operaciones que cada uno ejercita principalmente consigo mismo con la pasión de la irascible. Y si bien es verdad que la concupiscible –a quien pertenece la templanza– es primero que la irascible, porque del apetecer la concupiscible nace el repeler la irascible a quien impide lo apetecido, pero con todo eso se trata primero de la irascible y de su virtud, que es la fortaleza, porque en la ejecución de ordinario se alcanza lo apetecido interviniendo la irascible, que vence a quien lo impide; y por esto la fortaleza es virtud más noble y excelente que la tem planza, de quien diré en el capítulo siguiente.

572. El gobierno de la pasión de la irascible por la virtud de la fortaleza se reduce a dos partes o especies de operaciones, que son: usar de la ira conferme a razón y con debidas circunstancias que la hagan loable y honesta, y dejar de airarse reprimiendo la pasión cuando es más conveniente detenerla que ejecutarla; pues lo uno y lo otro puede ser loable y vituperable según el fin y las demás circunstancias con que se hace. La primera de estas operaciones o especies se quedó con el nombre de fortaleza, y algunos doctores la llaman belicosidad. La segunda se llama paciencia, que es la más noble y superior fortaleza y la que principalmente tuvieron y tienen los santos, aunque los mundanos, trocando el juicio y los nombres, suelen a la paciencia llamarla pusilanimidad y a la presunción impaciente y temeraria llaman fortaleza; porque aún no alcanzan los actos verdaderos de esta virtud.

573. No tuvo María santísima movimientos desordenados que reprimir en la irascible con la virtud de la fortaleza; porque en la inocentísima Reina todas las pasiones estaban ordenadas y subordinadas a la razón y ésta a Dios, que la gobernaba en todas las acciones y movimientos; pero tuvo necesidad de esta virtud para oponerse a los impedimentos que el demonio por diversos modos le ponía, para que no consiguiese todo lo que prudentísima y ordenadamente apetecía para sí y para su Hijo santísimo. Y en esta valerosa resistencia y conflicto nadie fue más fuerte entre todas las criaturas; porque todas juntas no pudieron llegar a la fortaleza de María nuestra Reina, pues no tuvieron tantas peleas y contradicciones del común enemigo. Pero cuando era necesario usar de esta fortaleza o belicosidad con las criaturas humanas, era tan suave como fuerte o, por mejor decir, era tan fuerte cuanto era suavísima en obrar; porque sola esta divina Señora entre las criaturas pudo copiar en sus obras aquel atributo del Altísimo que en las suyas junta la suavidad con la fortaleza1 . Este modo de obrar tuvo nuestra Reina con la fortaleza, sin reconocer su generoso corazón desordenado temor, porque era superior a todo lo criado; ni tampoco fue impávida y audaz sin moderación; ni podía declinar a estos extremos viciosos, porque con suma sabiduría conocía los temores que se debían vencer y la audacia que se debía excusar, y así estaba vestida como única mujer fuerte de fortaleza y hermosura2 .

574. En la parte de la fortaleza que toca a la paciencia fue María santísima más admirable, participando sola ella de la excelencia de la paciencia de Cristo su Hijo santísimo, que fue padecer y sufrir sin culpa y padecer más que todos los que las cometieron. Toda la vida de esta soberana Reina fue una continuada tolerancia de trabajos, especialmente en la vida y muerte de nuestro Redentor Jesucristo, donde la paciencia excedió a todo pensamiento de criaturas y sólo el mismo Señor que se la dio puede dignamente darla a conocer. Jamás esta candidísima paloma se indignó contra la paciencia con criatura alguna, ni le pareció grande algún trabajo y molestia de las inmensas que padeció, ni se contristó por él, ni dejó de recibirlos todos con alegría y hacimiento de gracias. Y si la paciencia –según el orden del Apóstol– se pone el primer parto de la caridad3 3 su primogénito, si nuestra Reina fue Madre del amor4, también lo fue de la paciencia; y se debe medir con él, porque cuanto amamos y apreciamos el bien eterno sobre todo lo visible tanto nos determinamos a padecer, por conseguirle y no perderle, todo lo penoso que sufre la paciencia; por eso fue María santísima pacientísima sobre todas las criaturas y madre de esta virtud para nosotros, que, acudiendo a ella, hallaremos esta torre de David con mil escudos5 pendientes de paciencia, con que se arman los fuertes de la Iglesia y de la milicia de Cristo nuestro Señor.

575. No tuvo jamás nuestra pacientísima Reina ademanes afeminados de flaqueza, ni tampoco de ira exterior, porque todo lo tenía prevenido con la divina luz y sabiduría; aunque ésta no excusaba dolor, antes le añadía, porque nadie pudo conocer el peso de las culpas y ofensas infinitas contra Dios, como las conoció esta Señora. Mas no por eso se pudo alterar su invencible corazón; ni por las maldades de Judas, ni por las contumelias y desacatos de los fariseos, jamás mudó el semblante y menos el interior. Y aunque en la muerte de su Hijo santísimo todas las criaturas y elementos insensibles parece que quisieron perder la paciencia contra los mortales, no pudiendo sufrir la injuria y ofensa de su Criador, sola María estuvo inmóvil y aparejada para recibir a Judas y a los fariseos y sacerdotes, si después de haber crucificado a Cristo nuestro Señor se volvieran a la Madre de piedad y misericordia.

576. Bien pudiera la mansísima Emperatriz del cielo indignarse y airarse con los que a su Hijo santísimo dieron tan afrentosa muerte y no pasar en esta ira los límites de la razón y virtud, pues el mismo Señor ha castigado justamente este pecado. Estando yo en este pensamiento me fue respondido que el Altísimo dispuso cómo esta gran Señora no tuviese estos movimientos y operaciones, aunque pudiera debidamente, porque no quería que ella fuese instrumento y como acusadora de los pecadores, porque la eligió por medianera y abogada suya y madre de misericordia, para que por ella viniesen a los hombres todas las que el Señor quería mostrar con los hijos de Adán, y hubiese quien dignamente moderase la ira del justo Juez, intercediendo por los culpados. Sólo con el demonio ejecutó la ira esta Señora, y en lo que fue necesario para la paciencia y tolerancia, y para vencer los impedimentos que le pudo oponer este enemigo y antigua serpiente para el bien obrar.


577. A la virtud de la fortaleza se reducen también la magnanimidad y la magnificencia; porque participan de estas condiciones en alguna cosa, dando firmeza a la voluntad en la materia que las toca. La magnanimidad consiste en obrar cosas grandes a quienes sigue la honra grande de la virtud; y por eso se dice que tiene por materia propia los honores grandes, y de que le nacen a esta virtud muchas propiedades que tienen los magnánimos, como aborrecer las lisonjas y simuladas hipocresías –que amarlas es de ánimos apocados y viles– no ser codiciosos, ni interesados, ni amigos de lo más útil, sino de lo más honesto y grande; no hablar de sí mismo con jactancia; ser detenidos en obrar cosas pequeñas, reservándose para las mayores; ser más inclinados a dar que recibir; porque todas estas cosas son dignas de mayor honra. Mas no por esto es contra la humildad esta virtud, que una no puede ser contraria de otra; porque la magnanimidad hace que con los dones y virtudes se haga el hombre benemérito de grandes honras, sin apetecerlas ambiciosa y desordenadamente; y la humildad enseña a que las refiera a Dios y se desestime a sí mismo por sus defectos y por su propia naturaleza. Y por la dificultad que tienen las obras grandes y honrosas de la virtud, piden especial fortaleza, que se llama magnanimidad, cuyo medio consiste en proporcionar las fuerzas con las acciones grandes, para que ni las dejemos por pusilánimes, ni las intentemos con presunción ni desordenada ambición ni con apetito de gloria vana; porque todos estos vicios desprecia el magnánimo.

578. La magnificencia también significa obrar grandes cosas, y en esta significación tan extendida puede ser común virtud, que en todas las materias virtuosas obra cosas grandes. Pero como hay especial razón o dificultad en obrar y hacer grandes gastos, aunque sea conforme a razón, por esto se llama magnificencia especial la virtud que determinadamente inclina a grandes sumptos, regulándolos por la prudencia, para que ni el ánimo sea escaso cuando la razón pide mucho, ni tampoco sea profuso cuando no conviene, consumiendo y talando lo que no debía. Y aunque esta virtud parece la misma con la liberalidad, pero los filósofos las distinguen; porque el magnífico mira a cosas grandes sin atender más y el liberal mira al amor y uso templado del dinero; y alguno podrá ser liberal sin llegar a ser magnífico, si se detiene en distribuir lo que tiene más grandeza y cantidad.

579. Estas dos virtudes de magnanimidad y magnificencia estuvieron en la Reina del cielo con algunas condiciones que no pudieron alcanzar los demás que las tuvieron. Sólo María purísima no halló dificultad ni resistencia en obrar todas las cosas grandes; y sola ella las hizo todas grandes, aun en las materias pequeñas, y sola ella entendió perfectamente la naturaleza y condición de estas virtudes como de todas las demás; y así pudo darles la suprema perfección, sin tasarla por las contrarias inclinaciones, ni por ignorar el modo, ni por acudir a otras virtudes, como suele suceder a los más santos y prudentes que, cuando no lo pueden todo, eligen y obran lo que les parece mejor. En todas las obras virtuosas fue esta Señora tan magnánima, que siempre hizo lo más grande y digno de honor y gloria; y mereciéndola de todas las criaturas fue más magnánima en despreciarla y posponerla refiriéndola sólo a Dios, ‘y obrando en la misma humildad lo más grande y magnánimo de esta virtud; y estando las obras de la humildad heroica como en una divina emulación y competencia con lo magnánimo de todas las demás virtudes, vivían todas juntas como ricas joyas que a porfía con su hermosa variedad adornaban a la hija del Rey, cuya gloria toda se quedaba en lo interior, como lo dijo David su padre6.

580. En la magnificencia también fue grande nuestra Reina; porque si bien era pobre, y más en el espíritu sin amor alguno a cosa terrena, con todo eso de lo que el Señor le dio dispensó magníficamente, como sucedió cuando los reyes magos le ofrecieron preciosos dones al niño Jesús, y después en el discurso que vivió en la Iglesia, subido el Señor al cielo. Y la mayor magnificencia fue que, siendo Señora de todo lo criado, lo destinase todo para que magníficamente, cuanto era de su afecto, se gastase en el beneficio de los necesitados y en el honor y culto de Dios. Y esta doctrina y virtud enseñó a muchos, para ser maestra de toda perfección en obras que, tan a pesar de las viles costumbres e inclinaciones, hacen los mortales, sin llegar a darles el punto de prudencia que deben. Comunmente desean los mortales, según su inclinación, la honra y gloria de la virtud y ser tenidos por singulares y grandes; y como esta inclinación y afecto van desordenados, y tampoco enderezan esta gloria de la virtud al Señor de todo, desatinan con los medios y, si llega la ocasión de hacer alguna obra de magnanimidad o magnificencia, desfallecen y no la hacen, porque son de ánimos abatidos y viles. Y como por otra parte quieren juntamente parecer grandes, excelentes y dignos de veneración, toman para esto otros medios engañosamente proporcionados y verdaderamente viciosos, como hacerse iracundos, hinchados, impacientes, ceñudos, altivos y jactanciosos; y como todos estos vicios no son magnanimidad, antes dicen poquedad y bajeza de corazón, por eso no alcanzan gloria ni honra entre los sabios, sino vituperio y desprecio; porque la honra más se halla huyendo de ella que solicitándola, y con obras, más que con deseos.

Doctrina de la Reina del cielo.

581. Hija mía, si con atención procuras, como yo te lo mando, entender la condición y necesidad de esta virtud de la fortaleza, con ella tendrás a la mano la rienda de la irascible, que es una de las pasiones que más presto se mueven y conturban la razón. Y también tendrás un instrumento con que obrar lo más grande y perfecto de las virtudes como tú lo deseas, y con que resistir y vencer los impedimentos de tus enemigos que se te oponen para acobardarte en lo más difícil de la perfección. Pero advierte, carísima, que como la potencia irascible sirva a la concupiscible para resistir a quien la impide en lo que su concupiscencia apetece, de aquí procede que, si la concupiscible se desordena y ama lo que es vicioso y sólo bien aparente, luego la irascible se desordena tras ella y en lugar de la fortaleza virtuosa incurre en muchos vicios execrables y feos. Y de aquí entenderás cómo del apetito desordenado de la propia excelencia y gloria vana, que causan la soberbia y vanidad, nacen tantos vicios en la irascible, cuales son las discordias, las contenciones, las riñas, la jactancia, los clamores, impaciencia, pertinacia, y otros vicios de la misma concupiscible, como son la hipocresía, mentira, deseo de vanidades, curiosidad y parecer en todo más de lo que son las criaturas y no lo que verdaderamente les toca por sus pecados y bajeza.

582. De todos estos vicios tan feos estarás libre, si con fuerza mortificas y detienes los movimientos inordenados de la concupiscible con la templanza, de que dirás luego. Pero cuando apeteces y amas lo justo y conveniente, aunque te debes ayudar para conseguirlo de la fortaleza y de la irascible bien ordenada, sea de manera que no excedas; porque siempre tiene peligro de airarse con celo de la virtud quien está sujeto a su propio y desordenado amor; y tal vez se disimula y solapa este vicio con capa de buen celo, y se deja engañar la criatura airándose por lo que ella apetece para sí, y queriendo que se entienda es celo de Dios y del bien de sus prójimos. Por esto es tan necesaria y gloriosa la paciencia que nace de la caridad y se acompaña con la dilatación y magnanimidad, pues el que ama de veras al sumo y verdadero bien fácilmente sufre la pérdida de la honra y gloria aparente, y con magnanimidad la desprecia como vil y contentible; y aunque se la den las criaturas, no la estima, y en los demás trabajos se muestra invencible y constante; con que granjea cuanto puede el bien de la perseverancia y tolerancia.


CAPITULO 12

De la virtud de la templanza que María Santísima tuvo.

583. De los dos movimientos que tiene la criatura en apetecer el bien sensible y retirarse del mal, este último se modera con la fortaleza, que –como he dicho– sirve para que por la irascible no deje vencerse la voluntad, antes ella venza con audacia, padeciendo cualquier mal sensible por conseguir el bien honesto. Para gobernar los otros movimientos de la concupiscible sirve la templanza, que es la última virtud de las cardinales y la menor; porque el bien que consigue no es tan general como el que miran las otras virtudes, antes la templanza inmediatamente mira al bien particular del que la tiene. Consideran los doctores y maestros a la templanza en cuanto dice una general moderación de todos los apetitos naturales, y en este sentido es virtud general y común, que comprende a todas las virtudes que mueven el apetito conforme a razón. No hablamos ahora de la templanza en esta generalidad sino en cuanto sirve para gobernar la concupiscible en la materia del tacto, donde el deleite mueve con mayor fuerza, y consiguientemente en otras materias deleitables que imitan a la declectación del tacto, aunque no con tanta fuerza.

584. En esta consideración tiene la templanza el último lugar de las virtudes, porque su objeto no es tan noble como en las otras; pero con todo eso se le atribuyen algunas excelencias mayores, en cuanto desvía de objetos y vicios más feos y aborrecibles, cuales son la destemplanza en los deleites sensitivos comunes a los hombres y a los brutos irracionales. Y por esto dijo David1 que fue hecho el hombre semejante al jumento, cuando se dejó llevar de la pasión del deleite. Y por la misma razón el vicio de la destemplanza se llama pueril; porque un niño no se mueve por la razón sino por el antojo del apetito, ni se modera si no es con castigo; como también le pide la concupiscible para refrenarse en estos deleites. De este deshonor y fealdad redime al hombre la virtud de la templanza, enseñándole a gobernarse no por el deleite mas por la razón; y por esto mereció esta virtud que se le atribuyese a ella cierta honestidad y decoro o hermosura, que nace en el hombre de conservarse en el estado de la razón contra una pasión tan indómita, que pocas veces la escucha ni obedece; y por el contrario, al sujetarse el hombre al deleite animal, se le sigue gran deshonor por la similitud bestial y pueril.

585. Contiene la templanza en sí a las virtudes de abstinencia y sobriedad, contra los vicios de la gula en la comida y de la embriaguez en la bebida, y en la abstinencia se contiene el ayuno; y son las primeras, porque al apetito lo primero se le ofrece la comida, objeto del gusto, para conservación de la naturaleza. Tras de estas virtudes se siguen las que moderan el uso de la propagación natural, que son castidad y pudicicia, con sus partes virginidad y continencia, contra los vicios de lujuria e incontinencia y sus especies. A estas virtudes, que son las principales en la templanza, se siguen otras que moderan el apetito en otros deleites menores; y las que moderan el sentido del olfato, oído y vista reducen a las del tacto. Pero hay otras semejantes a ellas en diferentes materias: éstas son la clemencia y mansedumbre, que gobiernan la ira y el desorden en castigar contra el vicio de la crueldad inhumana o bestial a que pueden declinar. Otra es la modestia, que contiene en sí cuatro virtudes: la primera es la humildad, que contra la soberbia detiene al hombre para que no apetezca desordenadamente la propia excelencia; la segunda es la estudiosidad, para que no apetezca saber más de lo que conviene y como conviene contra el vicio de la curiosidad; la tercera es la moderación o austeridad para que no apetezca el superfluo fausto y ostentación en el vestido y aparato exterior; la cuarta es la que modera el apetito desmedido en las acciones lusorias, como son juegos, movimientos del cuerpo, burlas, bailes, etc., y, aunque no tiene particular nombre esta virtud, es muy necesaria y se llama generalmente modestia o templanza.

586. Para manifestar la excelencia que tuvieron estas virtudes en la Reina del cielo –y lo mismo he dicho de las otras -siempre me parece que vienen cortos los términos y palabras comunes con que hablamos de las virtudes de otras criaturas. Mayor proporción tuvieron las gracias y dones de María santísima con las de su dilectísimo Hijo, y éstas con las perfecciones divinas, que todas las virtudes y santidad de los santos con la de esta soberana Reina de las virtudes; y así viene a ser muy desigual cuanto podemos decir de ella con las palabras que significamos las gracias y virtudes de los demás santos; donde por más consumadas que fuesen, estaban en sujetos imperfectos y sujetos a pecado y desordenados por él. Y si de éstas dijo el Eclesiástico2 que no había digna ponderación para la excelencia del continente ¿qué diremos de la templanza de la Señora de las gracias y virtudes y de la hermosura que tenía su alma santísima con el colmo de todas ellas? Todos los domésticos3 de esta mujer fuerte estaban guarnecidos con duplicadas vestiduras, porque sus potencias estaban adornadas con dos hábitos o perfecciones de incomparable hermosura y fortaleza: el uno, el de la justicia original, que subordinaba los apetitos a la razón y gracia; el otro, el de los hábitos infusos, que añadía nueva hermosura y virtud para obrar con suma perfección.

587. Todos los demás santos que en la hermosura de la templanza se han señalado, llegarían hasta sujetar la concupiscencia indómita, reduciéndola al yugo de la razón, para que nada apeteciese sin modo, que después había de retractar con el dolor de haberlo apetecido; y el que a esto se adelantase llegaría a negar al apetito todo aquello que se le puede substraer a la naturaleza humana sin destruirla; pero en todos estos actos de templanza sentiría alguna dificultad que retardaría el afecto de la voluntad, o a lo menos le haría tanta resistencia que no pudiese conseguir su deseo con toda plenitud; y se querellase con el Apóstol de la infeliz carga de este pesado cuerpo4. En María santísima no había esta disonancia; porque sin remurmurar los apetitos y sin adelantarse a la razón dejaban obrar a todas las virtudes con tanta armonía y concierto que, fortaleciéndola como ejército de escuadrones bien ordenados5, hacían un coro de celestial consonancia. Y como no había desmanes de los apetitos que reprimir, de tal manera ejercitaba las operaciones de la templanza, que no pudo caer en su mente especies ni memoria de movimiento desordenado; antes bien imitando a las divinas perfecciones eran sus operaciones como originadas y deducidas de aquel supremo ejemplar, y se convertían a él como a única regla de su perfección y como fin último en que se terminaban.

588. La abstinencia y sobriedad de María santísima fue admiración de los ángeles; porque siendo Reina de todo lo criado y padeciendo las naturales pasiones de hambre y sed, no apeteció jamás los manjares que a su poder y grandeza pudieran corresponder, ni usaba de la comida por el gusto mas por sola necesidad; y ésta satisfacía con tal templanza, que ni excedía ni pudo exceder sobre lo ajustado para el húmido radical y alimento de la vida; y éste recibía dando primero lugar al padecer el dolor del hambre y sed, y dejando algún lugar a la gracia junto con el efecto natural del escaso alimento que recibía. Nunca padeció alteración de corrupción por la superfluidad de la comida o bebida, ni por esta causa sintió más necesidad, ni la tuvo un día más que otro, ni tampoco sintió estas alteraciones por defecto de alimento; porque si le moderaba algo de lo que el calor natural pedía, suplíalo la divina gracia, en que vive la criatura, y no en solo pan6 . Bien pudo el Altísimo sustentarla sin comida ni bebida, pero no lo hizo; porque no fue conveniente ni para ella dejar de merecer en este uso de la comida y ser ejemplar de templanza, ni para nosotros que nos faltase tanto bien y merecimientos. De la materia de su comida que usaba y de los tiempos en que la recibía, se dice en diferentes lugares de esta Historia 7. Por su voluntad nunca comió carne, ni más de sola una vez cada día, salvo cuando vivió con su esposo José o cuando acompañaba a su Hijo santísimo en sus peregrinaciones,que en estas ocasiones, por la necesidad de ajustarse a los demás, seguía el orden que el Señor le daba; pero siempre era milagrosa en la templanza.

589. De la pureza virginal y pudor de la Virgen de las vírgenes no pueden hablar dignamente los supremos serafines; pues en esta virtud, que en ellos es natural, fueron inferiores a su Reina y Señora; pues con el privilegio de la gracia y poder del Altísimo estuvo María santísima más libre de la inmunidad del vicio contrario que los mismos ángeles, a quienes por su naturaleza no puede tocarles. No alcanzamos los mortales en esta vida a formar el concepto debido de esta virtud en la Reina del cielo, porque nos embaraza mucho el pesado barro con que a nuestra alma se le oscurece la candidez y cristalina luz de la castidad. Túvola nuestra gran Reina en tal grado, que pudo dignamente preferir a la dignidad de Madre de Dios, si no fuera ella quien más la proporcionaba con esta inefable grandeza. Pero midiendo la pureza virginal de María con lo que ella la apreció y con la dignidad a que la levantó, se conocerá en parte cuál fue esta virtud en su virgíneo cuerpo y alma. Propúsola desde su inmaculada concepción, votóla desde su natividad, y observóla de suerte que jamás tuvo acción, ni movimiento, ni ademán en que la violase, ni tocase en su pudor. Por eso no habló jamás a hombre sin voluntad de Dios; ni a ellos, ni a las mujeres mismas miraba al rostro, no por el peligro sino por el mérito, por el ejemplo nuestro y por la superabundancia de la divina prudencia, sabiduría y amor.

590. De su clemencia y mansedumbre dijo Salomón que la ley de la clemencia estaba en su lengua8; porque nunca se movió que no fuese para distribuir la gracia que en sus labios estaba derramaba9. La mansedumbre gobierna la ira y la clemencia modera el castigo. No tuvo ira que moderar nuestra mansísima Reina, ni usaba de esta potencia más de –como en el capítulo pasado dije 10– en los actos de fortaleza contra el pecado y el demonio, etc.; pero contra las criaturas racionales no tuvo ira que se ordenase a castigarlas, ni por suceso alguno se le movió ira, ni perdió la perfectísima mansedumbre con inmutable e inimitable igualdad interior y exterior; sin que jamás se le conociese diferencia en el semblante, en la voz, ni movimientos que testificasen algún interior movimiento de ira. Esta mansedumbre y clemencia tuvo el Señor por instrumento de la suya, y libró en ella todos los beneficios y efectos de las eternas y antiguas misericordias; y para este fin era necesario que la clemencia de María Señora nuestra fuese proporcionado instrumento de la que el mismo Señor tiene con las criaturas. Considerando atenta y profundamente las obras de la divina clemencia con los pecadores y que de todas fue María santísima el idóneo instrumento con que se disponían y ejecutaban, se conocerá en parte la clemencia de esta Señora. Todas sus reprensiones fueron más rogando, amonestando y enseñando, que castigando; y esto pidió ella al Señor, y su providencia lo dispuso así, para que en esta sobreexcelsa Reina es tuviese la ley de la clemencia11 como en original y en depósito, de quien Su Majestad se sirviese, y los mortales deprendiesen esta virtud con las demás.


591. En las otras virtudes que contiene la modestia, especialmente en la humildad, y en la austeridad o pobreza de María santísima, para decir algo dignamente fueran necesarios muchos libros y lenguas de ángeles. De lo que yo puedo alcanzar a decir está llena toda esta Historia, porque en todas las acciones de la Reina del cielo resplandeció sobre todas las virtudes su incomparable humildad. Mucho temo agraviar la grandeza de esta singular virtud; queriendo ceñir en breves términos el piélago que pudo recibir y abrazar al Incomprensible y sin términos. Todo cuanto han alcanzado a conocer y a obrar los santos y los mismos ángeles con esta virtud de la humildad, no pudo llegar a lo menos de la que tuvo nuestra Reina. ¿A quién de los santos ni de los ángeles pudo llamar Madre el mismo Dios? Y ¿quién, fuera de María y del eterno Padre, pudo llamar Hijo al Verbo humanado? Pues si la que llegó en esta dignidad a ser semejante al Padre, y tuvo las gracias y dones convenientes para ella, se puso en su estimación en el último lugar de las criaturas y a todas las reputaba por superiores ¿qué olor, qué fragancia daría al gusto del mismo Dios este humilde nardo12 , comprendiendo en su pecho al supremo Rey de los reyes?

592. Que las columnas del cielo se encojan13 y estremezcan en presencia de la inaccesible luz de la Majestad infinita, no es maravilla, pues a su vista tuvieron la ruina de sus semejantes, y ellos fueron preservados con beneficios y razones comunes a todos. Que los más fuertes e invencibles santos se humillasen, abrazando el desprecio y abatimiento, conociéndose por indignos de cualquier mínimo beneficio de la gracia, y aun del mismo obsequio y, socorro de las cosas naturales, todo esto era justísimo y consiguiente; porque todos pecamos y necesitamos de la gloria del mismo Dios14 ; y ninguno fue tan santo ni tan grande, que no lo pudiese ser mayor, ni tan perfecto que no le faltase alguna virtud, ni tan inculpable que no hallasen los ojos de Dios qué reprender en él; y cuando en todo fuera alguno perfectamente consumado, todos se quedaban en la esfera de la común gracia y beneficios, sin que nadie fuese superior a todos en todo.

593. Pero en esto fue sin ejemplo y sin segunda la humildad de María purísima, que siendo autora de la gracia, principio de todo el bien de las criaturas, la suprema de ellas, el prodigio de las perfecciones divinas, el centro de su amor, la esfera de su omnipotencia, la que le llamó Hijo y se oyó llamar Madre del mismo Dios, se humilló al más inferior lugar de todo lo criado. Y la que gozando de la mayor excelencia de todas las obras de Dios en pura criatura, no le quedaba otra superior en ellas a que levantarse, se humilló juzgándose por no digna de la menor estimación, ni excelencia, ni honra que se le pudiera dar a la mínima de todas las criaturas racionales. No sólo se reputaba indigna de la dignidad de Madre de Dios y de las gracias que en esto se encerraban, pero del aire que respiraba, de la tierra que la sufría, del alimento que recibía y de cualquier obsequio y oficio de las criaturas, de todo se reputaba indigna y lo agradecía como si lo fuera. Y para decir mucho en pocas razones, el no apetecer la criatura racional la excelencia que absolutamente no le toca, o que por algún título le desmerece no es tan generosa humildad, aunque la infinita clemencia del Altísimo la admita y se dé por obligado de quien así se humilla; pero lo admirable es que se humille más que todas juntas las criaturas aquella que, debiéndosele toda la majestad y excelencia, no la apeteció ni buscó; pero estando en forma de digna Madre de Dios, se aniquiló en su estimación, mereciendo con esta humildad ser levantada como de justicia al dominio y señorío de todo lo criado15 .

594. A esta humildad incomparable correspondían en María santísima las otras virtudes que se encierran en la modestia; porque el apetito de saber más de lo que conviene, de ordinario nace de poca humildad o caridad; y siendo vicio sin provecho, viene a ser de mucho daño, como le sucedió a Dina16 , que con inútil curiosidad saliendo a ver lo que no le era de provecho, fue vista con tanto daño de su honor. De la misma raíz de soberbia presuntuosa suele originarse la superflua ostentación y fausto en el vestido exterior y las desordenadas acciones y gestos o movimientos corporales que sirven a la vanidad y sensualidad, y testifican la liviandad del corazón, según que dijo el Eclesiástico17 : El vestido del cuerpo, la risa de la boca y los movimientos del hombre nos avisan de su interior. Todas las virtudes contrarias a estos vicios estaban en María purísima intactas y sin reconocer contradicción ni movimiento que las pudiese retardar o inficionar; antes, como hijas y compañeras de su profundísima humildad, caridad y pureza, testificaban en esta soberana Señora ciertos asomos más de criatura divina que de humana.

595. Era estudiosísima sin curiosidad; porque estando llena de sabiduría sobre los mismos querubines, deprendía y se dejaba enseñar de todos como ignorante. Y cuando usaba de la divina ciencia o inquiría la divina voluntad, era tan prudente y con tan altos fines y debidas circunstancias, que siempre sus deseos herían el corazón de Dios y le atraían a su ordenada voluntad. En la pobreza y austeridad fue admirable; pues quien era Señora de todo lo criado y lo tenía a su disposición; dejó tanto por la imitación de su Hijo santísimo cuanto el mismo Señor puso en sus manos; porque así como el Padre puso todas las cosas en manos18 del Verbo humanado, así las puso este Señor todas en manos de su Madre y ella, para hacer lo mismo, las dejó todas con afecto y efecto por la gloria de su Hijo y Señor. De la modestia de sus acciones y dulzura de sus palabras y todo lo exterior, bastara decir que, por la inefable grandeza que con ellas descubría fuera tenida por más que humana, si la fe no enseñara que era pura criatura, como lo confesó el sabio de Atenas, san Dionisio19

Doctrina de la Reina del cielo.

596. Hija mía, de la dignidad de esta virtud de la templanza has dicho algo por lo que de su excelencia has entendido y de la que yo ejercitaba; aunque de todo dejas mucho que decir para que se acabase de entender la necesidad tan precisa que los mortales tienen de usar en sus acciones de la templanza. Pena del primer pecado fue perder el hombre el perfecto uso de la razón, y que las pasiones, inobedientes contra ella, se rebelasen contra quien se había rebelado contra su Dios, despreciando su justísimo precepto. Para reparar este daño fue necesaria la virtud de la templanza, que domase las pasiones, que refrenase sus movimientos deleitables, que les diese modo, y restituyese al hombre el conocimiento del medio perfecto en la concupiscible y le enseñase e inclinase de nuevo a seguir la razón como capaz de la divinidad y no a seguir su deleite como uno de los brutos irracionales. No es posible, sin esta virtud, desnudarse la criatura del hombre antiguo, ni disponerse para los dones de la gracia y sabiduría divina; porque ésta no entra en el alma del cuerpo sujeto a pecados20 . El que sabe con la templanza moderar sus pasiones, negándoles el inmoderado y bestial deleite que apetecen, éste podrá decir y experimentar que le introduce el rey en las oficinas de su regalado vino21 y tesoros de la sabiduría y espirituales carismas; porque esta virtud es una oficina general, llena de las virtudes más hermosas y fragantes al gusto del Altísimo.

597. Y si bien quiero que trabajes mucho por alcanzarlas todas, pero singularmente considera la hermosura y buen olor de la castidad, la fuerza de la abstinencia y sobriedad en la comida y bebida, la suavidad y efectos de la modestia en las palabras y obras y la nobleza de la pobreza altísima en el uso de las cosas. Con estas virtudes alcanzarás la luz divina, la paz y tranquilidad de tu alma, la serenidad de tus potencias, el gobierno de tus inclinaciones y llegarás a ser toda iluminada con los resplandores de la divina gracia y dones; y de la vida sensible y animal serás levantada a la conversación y vida angélica, que es la que de ti quiero y lo que tú misma deseas con la virtud divina. Advierte, pues, carísima, y desvélate en obrar siempre con la luz de la gracia y nunca se muevan tus potencias por solo deleite y gusto suyo; pero siempre obra por razón y gloria del Altísimo en todas las cosas necesarias para la vida, en el comer, en el dormir, en el vestir, en hablar, en oír, en desear, en corregir, en mandar, en rogar; todo lo gobierne en ti la luz y el gusto de tu Señor y Dios y no el tuyo.

598. Y para que más te aficiones a la hermosura y gracia de esta virtud, atiende a la fealdad de sus vicios contrarios y pondera con la luz que recibes cuán feo, abominable, horrible y monstruoso está el mundo en los ojos de Dios y de los santos por la enormidad de tantas abominaciones como los hombres cometen contra esta amable virtud. Mira cuántos siguen como brutos animales el horror de la sensualidad, otros la gula y embriaguez, otros el uso y vanidad, otros la soberbia y presunción, otros la avaricia y deleite de adquirir hacienda y todos generalmente el ímpetu de sus pasiones, buscando ahora sólo el deleite, en que para después atesoran eternos tormentos y el carecer de la vista beatífica de su Dios y Señor.