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Oración y Fe para la vida real. II

Oración y Fe para la vida real. II

José Luis Aberasturi, el 15.06.21 a las 11:32 AM

Sigo dándole vueltas al tema de la vida de oración auténtica, la verdadera Vida Interior, frente a lo que el Santo Padre ha calificado, con absoluta razón, de “ritualismo". Las intenciones que haya podido tener para hacerlo, se nos escapan a todos, pues no las declara.

El “ritualismo”, como el “sacramentalismo” en otro orden de cosas, son dos manifestaciones de lo mismo: sacar de “su” realidad a la PIEDAD, en ambos casos; y a la Gracia propia y especifica de cada Sacramento, en el segundo. En los dos ámbitos “se mata” lo que esas cosas son en sí mismas, pues se les sustrae su ser y su finalidad.

Como es lógico, todo esto está perfectamente explicado y denunciado por el mismo Jesucristo. En concreto, en la “parábola del fariseo y del publicano“; y, por tanto, viene recogido en los Santos Evangelios: Lc 18, 9-14.

Los dos hombres ha subido al Templo a orar, pues el Templo era el lugar por excelencia de la piedad, de la liturgia y de toda la vida religiosa del pueblo Judío, por mandato expreso de Yahweh-Dios.

El primero, el fariseo, se planta en medio del lugar sagrado, del lugar del encuentro del hombre judío con Dios, de pie -que se le vea perfectamente: mal principio para ponerse a rezar con autenticidad-, y se dirige a Dios con una actitud -oraba para sus adentros-, y con unas palabras que, desde fuera, y a distancia de más de dos mil años, nos resultan increíbles:

“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, y pago el diezmo de todo los que poseo”.

Como se ve, tanto por su actitud como por sus íntimos pensamientos está absolutamente fuera de la realidad; de la realidad de su misma vida -no soy como los demás hombres…-, de la realidad en la que está inmerso en el plano religioso -escrupuloso en el cumplimiento de lo material de la religión: ayuno, diezmos-, y hasta de la realidad de Dios: te doy gracias… por la falsedad en la que me se ha instalado, muy lejos del mandato del amor -mira a todos por encima del hombro-, que resume la Ley y los Profetas. Un ritualista de libro, y con Máster por alguna universidad pontificia o asimilada.

Le pasó lo mismo al joven rico, personaje real -no sale en ninguna parábola-, que, a primera vista, da la impresión de tener unas ansias infinitas de Dios y, en consecuencia, de Salvación: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna? Y cuando el Maestro bueno se lo dice: Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme, ahí se le acabaron todas sus infinitas ganas de Dios y de Cielo.

Todo su cumplimiento de los Mandamientos -eso afirma-, no le han servido para su vida real: su entrega total y absoluta al Señor. Y le da la espalda. Otro “esquizofrénico espiritual", que se ve que abundan.

Por contra, el publicano -escoria para los fariseos, los “oficialistas con pedigrí” de la religión judía-, lleno de la realidad de su vida y de la realidad de Dios en relación a él mismo, acude a orar, y lo hace con una actitud y unas palabras que son un canto a la REALIDAD de la propia vida, y una enseñanza directa respecto a lo que es la oración verdadera, grata a Dios, que sube hasta el Cielo, y consigue lo que ni siquiera soñaba. Reza así este hombre, todo empapado de realidad:

El publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador".

El publicano se sabe pecador -es realista-; ni siquiera se atrevía a levantar su mirada a lo alto: sigue anclado en el realismo. Se golpeaba el pecho, lleno de compunción y arrepentimiento, en una actitud que le honra a los ojos de Dios: realista a tope. Y exclama, desde lo más hondo de su alma: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador! Nunca ha perdido de visto la realidad de su vida en su totalidad, y menos en su relación con Dios, ni a perdido de vista a su Dios.

Y Jesús que, como muy bien dice de Sí mismo, ha venido a salvar no a los justos sino a los pecadores, nos dirá a todos para que lo entendamos y lo practiquemos: Os digo que este bajó justificado a su casa, y aquel no. Y lo mandó para casa bien perdonado y limpio de todo pecado: que es lo que significa “justificado", en boca del Señor.

El publicano está en las antípodas del “ritualismo", de la perversión del verdadero trato con Dios: es piadoso -va a rezar-; se sabe pecador -lo dice expresamente-; se arrepiente -se da golpes de pecho-, y acude al Señor implorando su misericordia: Oh Dios, ten compasión de mí. Todo perfecto. Y le sale de maravilla: volvió justificado a su casa.

Esto es lo que significa que la vida de oración, y el buscar la Gracia en los Sacramentos, sea y sirva para la vida real en relación a Dios: para buscar la conversión de corazón, y ser más de Dios; para vivir conforme a nuestra condición de hijos de Dios, cortando y dejando lo que en nuestra vida no es de Él, porque es, directamente, PECADO.

Esto es lo que significa que “el tema de mi oración es el tema de mi vida". Esto es lo que significa no caer en la “esquizofrenia espiritual" -nada que ver con ninguna enfermedad de tipo médico-: esa ruptura entre la vida real de uno y su trato con Dios. Porque este trato, o nos sirve para nuestra vida real, o solo nos sirve para ser unos fariseos de “tomo y lomo”: con pedigrí certificado por la Casa Blanca.

Esto es la VIDA CRISTIANA, y se llama SANTIDAD.

En esto, Jesús es muy claro: “Consagraos a Mí, sí, (…), pero en espíritu y en verdad, no con falsa palabrería, retórica y letra al fin, que impresa en un papel, no significa anda para Mí. yo quisiera que cada uno grabara en su corazón las letras de las Consagraciones que me leéis públicamente, ¡a fuego!, y las cumpliera, so pena de perder su propia vida para no saltarse ni una sola de sus promesas.

Yo me inmolo por vosotros en fidelidad para los siglos. Pido esto de vosotros.

Esta Devoción no es como aprenderse una serie de fórmulas y recitarlas de carrera. que nadie se engañe, no engañéis. (…)

Esta Devoción es para los que están dispuestos a derramar la última gota de su sangre por el Amado, por Mí, su Amado, su Rey, el Lote de su Heredad”
[en “Dictados de Jesús a Marga”, p. 144].

Esta “esquizofrenia espiritual” es la que se está consolidando en la vida de la Iglesia Católica, desde la misma Jerarquía. El ejemplo más clamoroso es la Amoris laetitia, donde, de una tacada, se arrasa con todos los Sacramentos; es decir, con la REALIDAD de la misma Iglesia.

La sacrílega “Communicatio in sacris”, publicitada para más burla y escarnio, es otro ejemplo demoledor también de la Iglesia en su mismo SER.

Y lo que está pasando con el lobby gay en la Iglesia, es otro mojón en este mismo camino. Hay más ejemplos, por supuesto.

Claro que hay otras formas de hacer oración, y otros temas que llevar a la oración. Pero NUNCA sin perder de vista la propia vida y su único fin: la Gloria de Dios.

Espero que, con este post, se hayan aclarado todas las dudas, a los que las tuvieran al respecto y que han manifestado en sus comentarios.

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