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El modo de la concepción de Cristo, según explica s. Tomás de Aquino

El modo de la concepción de Cristo

Eudaldo Forment, el 16.05.22 a las 9:04 AM

La encarnación del Verbo en una mujer[1]

Al tratar «la concepción del Salvador en sí misma»[2], además de estudiar la genealogía de Jesús, Santo Tomás lo hace también sobre el papel que tuvo la Santísima Virgen en la concepción de Cristo por obra del Espíritu Santo. En primer lugar, establece que, aunque la concepción de Cristo fuera sobrenatural, el Hijo de Dios se encarnó en una mujer. Así se afirma en la Escritura, pues: «está lo que San Pablo dice: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4)»[3].

Asimismo da tres razones sobre la idoneidad del modo como lo hizo Dios, porque: «aunque el Hijo de Dios hubiera podido tomar carne humana de cualquier materia que hubiese querido, fue sin embargo convenientísimo que la tomase de una mujer».

La primera, porque: «de este modo fue ennoblecida toda la naturaleza humana» tanto en el sexo masculino como el femenino, Cristo tomó la naturaleza humana en el primero, y, como dice San Agustín, puesto que: «la liberación del hombre debió manifestarse en los dos sexos (…) era también conveniente que se hiciese patente la liberación del sexo femenino, naciendo tal varón de una mujer» (Ochent. y tres cuest., c. 11)» .

La segunda, para que al tomar el Verbo un cuerpo humano en el seno de una mujer «se confirmará la verdad de la Encarnación». Añade Santo Tomás que: «dice San Ambrosio en el libro Sobre la Encarnación: «Hallarás en ella muchas cosas conformes con la naturaleza, y muchas también por encima de ella. Pues fue conforme a la condición de la naturaleza el haber estado en el seno de una mujer; pero estuvo por encima de la condición natural el que una virgen concibe y da a luz, para que creyeras que era Dios el que renovaba la naturaleza, y que era hombre el que, según la naturaleza, nacía de un ser humano» (c. 6)».

También seguidamente agrega: «Y San Agustín, en la Epístola a Volusiano, dice: «Si Dios omnipotente hubiera creado un hombre, formándole de cualquier otra manera que del seno materno, y de repente lo hubiese ofrecido a las miradas de los hombres, ¿no hubiera confirmado una opinión errónea? ¿no hubiera dado lugar a creer que no había tomado la verdadera a naturaleza humana y obrando maravillas hubiera destruido lo que hizo con tanta misericordia? En cambio, ahora, de tal manera se presenta como mediador entre Dios y el hombre, para que, juntando en la unidad de persona ambas naturalezas, sublimase lo ordinario con lo insólito y moderase lo insólito con lo ordinario» (Epist. 137, c. 3)»[4].

Reconoce Santo Tomás que: «Dios podía ciertamente haber formado el Cuerpo de Cristo del barro de la tierra o de cualquier otra materia, como formó el cuerpo del primer padre; pero esto no había sido conveniente para la restauración de la naturaleza humana pues el Hijo de Dios tomó carne para salvarnos»[5].

La razón de esta conveniencia está en que: «la naturaleza humana no podía ser reparada ni por Adán ni por ningún otro puro hombre, no sólo porque ningún individuo tenía en la naturaleza una existencia preeminente, sino también porque ningún hombre, por más santo que fuera, podía ser causa de la gracia». Por el mismo motivo, tampoco podía ser un ángel.

Por consiguiente: «sólo Dios podía llevar a cabo tal reparación». Sin embargo, por una parte: «si Dios hubiera reparado al hombre sólo con su voluntad y su poder, no se habría observado el orden de la justicia divina, que exige una satisfacción por el pecado». Además: «en Dios no podía haber ni satisfacción ni mérito, porque esto es propio de un ser sometido a otro; y, por consiguiente, Dios no podía satisfacer por el pecado de toda la naturaleza humana». Por otra, porque: «tampoco podía hacerlo un puro hombre», porque, después del pecado original, que dañó a toda la naturaleza humana, y supuso la perdida la gracia, que no había adquirido el hombre por sus méritos, no podía merecerla y recuperarla por ninguna obra buena.

Fue conveniente, por ello, que: «Dios se hiciera hombre para que así fuese uno y el mismo el que a la vez reparase y satisficiese. Esta es la causa de la Encarnación divina, tal como la presenta el Apóstol, cuando dice: «Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15)»[6].

Para ello, convenía que fuese concebido en la naturaleza humana, porque: «la naturaleza del género humano, que procedía de nuestro primer padre y estaba necesitada de curación, no habría sido restablecida en su honor primitivo, si el vencedor del demonio y el triunfador de la muerte hubiera tomado un cuerpo por otro medio para rescatar al género humano, cautivo del demonio y de la muerte por causa del pecado del primer hombre».

Observa, además, que: «Las obras de Dios son perfectas y de tal modo hace perfecto lo que quiere reparar, que siempre da más de lo que se había perdido, según aquello del Apóstol: la gracia de Dios por Cristo fue más abundante que el pecado de Adán (cfr. Rm 5, 15 y 20). Fue, pues, conveniente que Cristo tomara un cuerpo propagado en la naturaleza a partir de Adán»[7].

La tercera razón fue para que: «de esta manera se completaran todos los modos de la generación humana, pues el primer hombre fue producido del limo de la tierra (Gen 2,7), sin varón ni mujer. Eva fue hecha del hombre sin la mujer (Gen 2,22). Los demás hombres son engendrados por el hombre y la mujer. De donde quedaba un cuarto modo como propio de Cristo: el nacer de la mujer sin el varón»[8].

La concepción del cuerpo de Cristo

En segundo lugar, para determinar el papel de la Santísimas Virgen en la concepción de Cristo, indica Santo Tomás que, aunque en ella no intervino el hombre, cuyo concurso lo suplió el Espíritu Santo, todo el cuerpo de Cristo tuvo su origen en la Virgen María. De manera que su concepción en el orden natural fue como la de las otras mujeres, Escribe, por ello, «como dice San Juan Damasceno: «El Hijo de Dios se formó para sí una carne animada de alma racional de la casta y purísima sangre de la Virgen» (Fe ortod. III, 2)»[9].

Para explicarlo, recuerda que, como ha dicho en el artículo anterior: «en la concepción de Cristo fue conforme al orden natural nacer de una mujer», pero además «fue sobre el orden natural nacer de una virgen». A diferencia de las otras generaciones, ningún varón proporcionó su principio activo, porque: «la mujer que concibe de varón no es virgen».

De manera que: «en la generación de Cristo el modo sobrenatural estuvo en el principio activo», propio del varón», que «fue la virtud sobrenatural divina». En cambio «pertenece al modo natural de su generación que la materia de que fue concebido su cuerpo sea conforme a la materia que suministran las demás mujeres para la concepción de la prole. (…) Y de tal materia fue concebido el cuerpo de Cristo»[10].

Establecido que Cristo nació de mujer y que la Virgen María intervino en la formación de su cuerpo, queda probado que era humano, que tenía una naturaleza humana como los demás hombres. La Santísima Virgen fue su madre como todas las mujeres lo son de sus hijos, pero además por ser en su concepción natural la única que intervino en su generación, la unión con su hijo fue superior al de las otras madres. Como consecuencia, la comprensión de los sentimientos, de los sufrimientos, y de toda la interioridad de su hijo, fue completa. Podría decirse que entre madre e hijo había un intenso amor y profunda comunicación afectiva, que producían una transferencia anímica única.

La función del Espíritu Santo

En la formación del Cuerpo de Cristo de la Santísima Virgen hubo una intervención sobrenatural, porque, según lo dicho: «si la formación del cuerpo del hombre se opera naturalmente por el semen viril, de cualquier modo que se haya formado el cuerpo de Cristo, debió formarse de un modo sobrenatural». Asimismo, como: «sólo Dios es el Autor de la naturaleza y, como tal, puede obrar de un modo sobrenatural en las cosas naturales; de aquí se deduce que sólo Dios formó milagrosamente este cuerpo de la materia de la naturaleza humana»[11].

La fecundación de la Virgen María no fue obra de hombre, sino por el poder del Espíritu Santo, tal como ha revelado Dios, se profesa en el Credo y ha definido la Iglesia. Sobre la concepción de Cristo en el orden sobrenatural, explica Santo Tomás que: «la concepción del cuerpo de Cristo es obra de toda la Trinidad, pero se atribuye al Espíritu Santo»[12].

Precisa que: «la obra de la concepción es ciertamente común a toda la Trinidad, pero bajo ciertos aspectos se atribuye a cada una de las Personas. Al Padre se atribuye la autoridad sobre la persona del Hijo que, por la concepción tomó la humana naturaleza; se atribuye al Hijo la propia asunción de la carne; pero se atribuye al Espíritu Santo la formación del cuerpo que es asumido por el Hijo. El Espíritu Santo es, pues, el Espíritu del Hijo, como dice San Pablo: «Envió Dios el Espíritu de su Hijo» (Gal 4, 6)»[13]. Se dice que el Espíritu es del Hijo, porque el Espíritu Santo procede no sólo del Padre sino también del Hijo.

En el artículo de la Tercera parte de la Suma teológica, que dedica a esta afirmación da tres razones. La primera: «porque así convenía a la causa de la Encarnación, considerada por parte de Dios. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo (Véase. I, q.37, a. 1), Y del supremo amor de Dios proviene el que su Hijo tomase carne en un seno virginal. Por eso se dice en la Escritura: «De tal modo amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16)»[14].

En el Compendio de Teológica, expone el mismo motivo del siguiente modo: «Aunque toda la operación de Dios en la criatura sea común a las tres Personas, sin embargo, por razón de cierta conveniencia, la formación del cuerpo de Cristo se atribuye al Espíritu Santo», porque: «El espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, mediante el cual se aman mutuamente y, al mismo tiempo, nos aman a nosotros. Dios como dice el Apóstol a los de Efeso, estableció que su Hijo se encarnase por el sumo amor que nos profesa (cfr. Ef 2, 4). Fue conveniente, pues, que la formación de la carne se atribuyera al Espíritu Santo, que es el Amor»[15].

Segunda, porque esto es lo conveniente a la causa de la Encarnación, considerada por parte de la naturaleza asumida», porque si «la naturaleza humana fue asumida por el Hijo de Dios en unidad de persona no fue por mérito alguno de aquélla, sino de la sola gracia, que se atribuye al Espíritu Santo (…) Por lo que dice San Agustín: «Ese modo de nacer Cristo del Espíritu Santo nos manifiesta la gracia de Dios, por la que el hombre, sin méritos anteriores de ninguna clase, desde el mismo momento en que su naturaleza comienza a existir, fue unido al Verbo de Dios en tan estrecha unidad de persona, que él mismo fuese el Hijo de Dios» (Man. fe, esp. y car., c. 40)»[16].

La misma razón se presenta en el Compendio de Teología con esta argumentación: «El Espíritu Santo es el autor de todas las gracias, porque en Él se nos dan primeramente y gratis todos los dones. Fue una gracia superabundante la asunción de la naturaleza humana en la unidad de la Persona divina. Luego, para mostrar que fue algo gratuito se atribuye al Espíritu Santo la formación del Cuerpo de Cristo»[17].

La tercera razón es porque: «esto conviene al término de la Encarnación. La Encarnación tenía por término que el hombre que era concebido fuera santo e Hijo de Dios. Y ambas cosas se atribuyen al Espíritu Santo. Por El se convierten los hombres en hijos de Dios, según palabras de San Pablo: «Porque sois hijos de Dios, envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, que clama: Abba, Padre» (Gal 4, 6). Y Él mismo es «Espíritu de santificación» (Rom 1, 4)».

Puede así concluirse que: «como los otros son espiritualmente santificados por el Espíritu Santo para que sean hijos adoptivos de Dios, así Cristo fue concebido en santidad por el Espíritu Santo a fin de que fuese Hijo de Dios por naturaleza»[18].

En el Compendio de teología da esta otra razón: «También se dice que el Espíritu Santo formó el cuerpo de Cristo, por analogía a partir del conocimiento que tenemos del verbo humano y del espíritu del hombre». Sabemos que: «el verbo humano, al existir en el corazón, es semejante la Verbo eterno, que existe en el Padre».

En el hombre, el verbo o el concepto es lo concebido interiormente por su entendimiento, y que después es expresado con la palabra. De manera que el verbo o palabra mental se manifiesta con el verbo o palabra oral. La concepción, que es significada con la voz, se llama «verbo del corazón», porque es el verbo interior que está en la interioridad del hombre, que lo concibe por el entendimiento.

Puede decirse, por tanto, que: «Así como el verbo humano toma una voz para darse a conocer sensiblemente a los hombres, así también el Verbo de Dios tomó carne para aparecer visiblemente a los hombres». El verbo interior del hombre para revelarse lo hace con las palabras sensibles, que pueden ser conocidas por los demás con el significado que de este modo incluyen. Análogamente, el Verbo de Dios asumió un cuerpo humano para revelarse a los hombres. Por consiguiente, si: «la voz humana es formada por el espíritu del hombre, la carne del Verbo debió ser formada por el Espíritu del Verbo»[19].

El inefable misterio de la Encarnación

Sobre las palabras del ángel a la Santísima Virgen: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá la virtud del Altísimo. Por eso el que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35), comentaba el tomista Torras y Bages: «El Espíritu Santo, le dice, vendrá sobre Ti, cubriéndote con su virtud, de manera que lo Santo que nacerá de Ti no tendrá padre según la carne, no tendrá más Padre que Dios, será Hijo de Dios e Hijo tuyo, pues que en tu vientre se vestirá de carne y allí recibirá la vida»[20].

Explica seguidamente el docto obispo de Vic: «Iluminada interiormente María comprendió el gran misterio de la Encarnación, vio la dignidad a que Dios la exaltaba, sintióse pequeña al lado de la grandeza de Dios que iba a venir a sus entrañas, y humillándose ante el acatamiento divino, con sentimientos de inefable reverencia, pronunció el «sí» de su desposorio con la Divinidad con aquellas santísimas palabra: «He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra»[21].

Añade que: «Los santos caen de rodillas al considerar estas palabras que salen de la boca de María. Con ellas comienzan unos nuevos tiempos. La reconciliación entre Dios y los hombres principia; el Salvador ha hecho su entrada en el mundo; en el casto seno de María se alberga un Dios que viene a reparar los inmensos quebrantos de la naturaleza humana, el demonio va a ser vencido, el pecado borrado, la justicia divina completamente satisfecha; y de la naturaleza humana, fecundada por el Espíritu divino, ha brotado aquel Vástago que es su honra y salvación».

Termina este comentario al misterio de la Encarnación y el Espíritu Santo con esta acertada y práctica exhortación: «Levanta tu voz y únela a la del arcángel San Gabriel, y repite sus palabras para saludar a la Virgen soberana. Díla que es la llena de gracia, la que trajo al mundo al autor de la gracia, que tu estás necesitado de ella, y ya que es celestial tesorera, que mire tu pobreza y necesidad y la remedie»[22].

Eudaldo Forment

[1] La imagen es de la pintura La Anunciación, de Fray Angélico, O.P. (1395-1455).

[2] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 31, intr.

[3] Ibíd., III, q. 31, a. 4, sed c.

[4] Ibíd., III, q. 31, a. 4, in c.

[5] ÍDEM, Compendio de Teología, c. 217.

[6] Ibíd., c. 200.

[7] Ibíd., c. 217.

[8] ÍDEM, Suma teológica, III, q. 31, a. 4, in c.

[9] Ibíd., III, q. 31, a. 5, sed c.

[10] Ibíd., III, q. 31, a. 5, in c.

[11] ÍDEM, Compendio de teología, c. 219.

[12] ÍDEM, Suma teológica, III, q, 32, a. 1, in c.

[13] Ibíd., III, q, 32, a. 1, ad 1..

[14] Ibíd., III, q, 32, a. 1, in c.

[15] ÍDEM, Compendio de teología, c. 219.

[16] ÍDEM, Suma teológica, III, q, 32, a. 1, in c.

[17] ÍDEM, Compendio de teología, c. 219.

[18] ÍDEM, Suma teológica, III, q, 32, a. 1, in c.

[19] ÍDEM, Compendio de teología, c. 219.

[20] JOSEP TORRAS I BAGES, El Rosario y su mística filosofía, en ÍDEM, Obres completes, vol. I-VIII, Barcelona, Editorial Ibérica, 1913-1915, IX y X, Barcelona, Foment de Pietat, 1925 y 1927, vol. VII, pp. 141-276, p. 223.

[21] Ibíd.,, pp. 223-224.

[22] Ibíd., p. 224.

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