Join Gloria’s Christmas Campaign. Donate now!
Clicks25
jamacor

El oscuro lugar donde mora el pecado

El oscuro lugar donde mora el pecado

Miguel Sanmartín, el 22.10.19 a las 11:04 AM

Duality. Diseño de Capn–Crush–A–Lot.

«Mas veo otra ley en mis miembros que repugna a la Ley de mi mente y me sojuzga a la ley del pecado que está en mis miembros».

Romanos, 7, 23

«“El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no tiene que ver con pócimas ni personalidades dobles, sino solo con el cielo y el infierno».

G. K. Chesterton

Stevenson no escribió El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde (1886) sumido en una nube de opio y medio enajenado, como había hecho algún compatriota suyo (sí, estoy refiriéndome a de De Quincey). No, por supuesto que no, pero lo parecería, tal es la aparente oscuridad de la historia. Y digo aparente, porque creo que se trata de una novela de clara inspiración paulina, como pasaré a exponer.

De entrada, como sabemos y cuenta Borges, «la escena de la transformación le fue dada a Stevenson por un sueño», un sueño que quizá encontró alimento en las viejas lecturas bíblicas que el pequeño Robert Louis escuchó frente al fuego del hogar, en el seno de su ferviente y devota familia presbiteriana.

Como saben, gracias a su popularización a través del cine, circula por ahí una versión de la historia tan errónea como extendida y no muy alejada de lo que tendríamos por un manido cliché de comic de segunda: la historia de un científico loco que bebe una poción para convertirse en un ser monstruoso y depravado. A vuela pluma, quienes así piensan no estarían muy lejos de lo que en la superficie se cuenta. Sin embargo, la novela posee mucha mayor hondura: algunos han subrayado que Stevenson trató de reflejar en su relato el conflicto entre el bien y el mal, otros la oposición entre la razón y la bestialidad; ciertas lecturas abundan en destacar su preocupación por los impulsos animales del hombre y los peligros que se esconden en los límites, muchas veces difusos, de nuestro frágil estado civilizado, y no sigo para no aburrirles. Estamos ante un pequeño libro en el que se han encontrado un número de lecturas y significados que supera con mucho el de sus páginas.


Ilustraciones de Charles R. Macauley (1871-1934).

Pero, donde quiero centrarme es en el aspecto cristiano de la historia, que ciertamente existe. Chesterton señaló al respecto que «aunque la fábula pueda parecer una locura, la moral es muy sana; de hecho, la moral es estrictamente ortodoxa». Y esa moral ortodoxa a que se refería Chesterton es, ni más ni menos, que la enseñanza sobre el pecado contenida en la carta de San Pablo a los Romanos. Allí, el apóstol presta atención a la naturaleza pecaminosa del hombre, a las terribles agonías del pecado y la angustiosa conciencia de su existencia en nuestro interior, y a cómo afrontar nuestra lucha contra él.

Stevenson refleja en su historia el peligro del pecado si nos abandonamos a él o si tratamos de combatirlo solos, con nuestras propias fuerzas, y el fatal error de tratar de emancipar al yo malo del bueno como si fueran dos personas distintas. Este es el error del Dr. Jekyll.

Esta influencia paulina fue percibida casi desde el momento mismo de la publicación del libro. Ya en 1912, el reverendo John Kelman decía: «La religión popular adoptó la alegoría [de Jekyll y Hyde] en parte porque era un eco moderno de las palabras de san Pablo a los romanos».

Stevenson nos presenta a un Dr. Jekyll pecador que, en lugar de reconocer su falta («los vicios furtivos y embarazosos de Jekyll», a decir de Chesterton, difuminados ambiguamente en la historia), arrepentirse e intentar abandonar su pecado volviéndose hacia Dios, intenta solventar su defecto con sus propias fuerzas. Pero este mismo acto de soberbia, apartándose de cualquier redención, en lugar de alejar el mal, lo genera, pues si bien «donde abunda el pecado, hay abundancia de gracia», el solo pecado no engendra sino pecado. La maldad no solo está en Mr. Hyde ––esto es evidente––, sino que persiste en Jekyll y se multiplica en él, conformando su destino fatal, «pues el salario del pecado es la muerte».


Ilustraciones de Edmund J. Sullivan (1869-1933) y de William Hole (1846-1917).

Vladimir Nabokov ve igualmente el mal en Jekyll y en Hyde; según él, «la transformación de Jekyll, más que una completa metamorfosis, implica una concentración del mal preexistente en él. Jekyll no es bien puro, y Hyde (pese a las aseveraciones de Jekyll) no es puro mal; porque del mismo modo que los componentes del inaceptable Hyde moran en el interior del aceptable Jekyll, así, sobre Hyde flota un halo de Jekyll que se horroriza ante la iniquidad de su otra mitad». Y eso es así porque no es posible dividir a un hombre en dos, como decía Chesterton. Es más ––continúa el «Gordo»––, lo que la historia nos cuenta, no es solo eso, que también, sino que los dos hombres son uno solo y por tanto que mal y bien están en lucha permanente en su interior («mis dos caras eran igualmente sinceras. Era yo mismo, tanto cuando, abandonado todo freno, me sumía en el deshonor y la vergüenza, como cuando me aplicaba a la vista de todos a profundizar en el conocimiento y a aliviar la tristeza y el sufrimiento», confiesa Jekyll, parafraseando a San Pablo, en Romanos 7, 14-23).

Siguiendo esta línea, Chesterton señala que uno de los puntos centrales de la historia es que «un hombre no puede apartarse de su conciencia. Se trata de una operación quirúrgica de fatales consecuencias; una amputación en la cual ambas partes mueren». La historia no es el relato del primero de muchos experimentos de dislocación, de extirpación del mal, sino la advertencia de que deberá ser el último. Y deberá serlo porque tales experimentos necesariamente saldrán mal, como se refleja en el desenlace de la historia. Se trata, en suma, del combate contra el pecado: no es posible una extirpación; solo es posible luchar contra él con ayuda de la gracia.

Algunas ediciones en idioma español de la novela.

Al decir de Chesterton, este fracaso fatal es «el momento supremo que se repite en cada historia de un hombre que compra el poder del infierno; el momento en el que encuentra el defecto fatal del pacto. Un momento así le llega a Macbeth, a Fausto y a otros cien (…). La moraleja es que el diablo es un mentiroso, y más específicamente, un traidor; que es más peligroso para sus amigos que para sus enemigos». Es también la constatación de que «todo el que comete pecado, esclavo es del pecado» (Jn, 8, 34). Y esta moraleja, como señaló Andrew Lang, es «el cuento mismo, su alma natural, y tan inseparable de este como Hyde resulta inseparable de Jekyll».

Se trata de una pequeña, pero magistral novela, magníficamente escrita (como todas las de Stevenson), que aconsejo vivamente den a leer a sus hijos una vez hayan cumplido su primer quindenio. Les aseguro que les entusiasmará (como le ocurrió a mi hija mayor) y, a un tiempo, que extraerán de su lectura valiosas y sanas enseñanzas.

Fuente