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¿Prefecto de la Fe sin fe en Jesucristo? Por José Arturo Quarracino

Continuando con el proceso de degradación y putrefacción de la Iglesia institucional, nuestro compatriota obispo de Roma ha nombrado como nuevo prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe al arzobispo de La Plata (Argentina), e íntimo amigo del pontífice, monseñor Víctor Manuel Fernández, considerado uno de los redactores de los textos pontificales de Francisco.

Hay que reconocer al papa Bergoglio que sigue siendo hábil en sus actos para “sacar conejos de la galera”, capacidad demostrada en el nombramiento sorpresivo e inesperado del arzobispo platense, monseñor Víctor Manuel Fernández, como responsable de la custodia de la fe católica para la Iglesia universal.

Sobre todo, ha llamado la atención porque la gran contribución teológica que ha hecho el elegido ha sido la de proponer la salvación del hombre a través del beso, no de la predicación del nombre de Jesucristo y de su aceptación a través de la fe.

A principios de mayo de este año, en una homilía pronunciado en una Misa parroquial, el hasta ahora arzobispo platense hizo un reconocimiento explícito de la doctrinas bergoglianas de la sinodalidad y de la inclusión de la colectividad LGBT+ en la vida eclesial, a tal punto que sostuvo que quien no acepta esta última actitud inclusiva no puede ser catequista en la Iglesia.

Sabemos que hay parroquias e instituciones educativas católicas que permiten que enseñen catequesis personas que están a favor del asesinato prenatal (aborto) y de la anticoncepción. Evidentemente, en esta nueva versión de la eclesialidad lo fundamental es aceptar el homosexismo y sus variantes para poder catequizar, anunciar la fe en Jesucristo es secundario, así como también no es impedimento difundir enseñanzas y doctrinas contrarias a la Revelación para ser catequista.

Acompañando el nombramiento, don Jorge Mario Bergoglio le escribió al designado prefecto una carta personal, con distintas consideraciones o pautas. En la primera de ellas, el pontífice afirma que la finalidad central de la tarea que debe encarar don Víctor es “custodiar la enseñanza de brota de la fe, para ‘dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan’”.

Este sentido, don Jorge le aclara que se trata de una acción muy diferente de la que el Dicasterio acostumbraba a hacer “en otras épocas”, mediante la utilización de “métodos inmorales”, que más que “promover el saber teológico” se ocupaba de “perseguir posibles errores doctrinales”. Aquí está resumida la “Vulgata” bergogliana en todo su esplendor: la Congregación para la Doctrina de la Fe era una institución malvada que actuaba inmoralmente y combatía “posibles errores”.

La verdad es que la Congregación (o Dicasterio como le gusta llamarla el obispo de Roma) produjo numerosas piezas que han promovido el saber teológico y en varios casos combatió en realidad verdaderos horrores doctrinales. Es suficiente visitar la página web del organismo para encontrar allí verdaderos aportes de promoción del saber teológico, fundamentalmente la labor llevada a cabo por el entonces cardenal Joseph Ratzinger en sus 22 años al frente del Dicasterio. aunque el pontífice se autoperciba como el verdadero reformador de la Iglesia católica que viene a poner fin a una época.

En esta misión de corregir la maldad histórica de la Congregación para la Doctrina de la Fe, incluyendo la formidable labor doctrinal, sacramental y jurídica de Joseph Ratzinger, el obispo de Roma le recuerda a su elegido que debe tratar de “aumentar la inteligencia y la transmisión de la fe al servicio de la evangelización, de modo que su luz sea criterio para comprender el significado de la existencia, sobre todo frente a las preguntas que plantean el progreso de las ciencias y el desarrollo de la sociedad”, cuestiones que se convierten en “instrumentos de evangelización”, ya que permiten entrar “en conversación con el contexto actual”.

Todo ello en el marco del crecimiento en la Iglesia “de la interpretación de la Palabra revelada” y en “su comprensión de la verdad”, a través de distintos modos de exponerla, armonizados “por el Espíritu en el respeto y el amor”, crecimiento que “preservará la doctrina cristina más eficazmente que cualquier mecanismo de control” (sic). En este caso, tenemos el sentimiento hippie de Bergoglio -paz, amor y armonía- como motor de la vida de la Iglesia, nada de control ni de señalar errores: “está todo bien”, porque -así lo interpreta el neo prefecto- porque “los errores no se corrigen persiguiendo o controlando, sino haciendo crecer la fe y la sabiduría”.

En realidad, Francisco pretende que se elabore “un pensamiento que sepa presentar de modo convincente un Dios que ama, que perdona, que salva, que libera, que promueve a las personas y las convoca al servicio fraterno”, es decir, no el Dios de Jesucristo como está presente en los Evangelios, sino un Dios etéreo que no juzga, ni premia ni condena, porque es todo dulzura.

En última instancia, lo que el designado Fernández debe hacer en su nuevo cargo es “verificar que los documentos del propio Dicasterio y de los demás tengan un adecuado sustento teológico”, es decir, que sean “coherentes con el rico humus de la enseñanza perenne de la Iglesia y a la vez acojan el Magisterio reciente” (sic). En otras palabras, adosar, acoplar e integrar, vaya a saber cómo, la Tradición católica con los “aportes” teológicos de las novedades francisquistas, tarea en principio imposible de cumplir. Aunque don Bergoglio crea que su “pontificado” constituye una novedad que anula los dos mil años de historia eclesial.

Dos cosas llaman poderosamente la atención en la esquela del obispo de Roma: por un lado, son 11 las citas que acompañan el breve texto, 10 de ellas citas autorreferenciales, extraídas de documentos de Bergoglio, ignorando así la tradición y memoria históricas de la Congregación para la Doctrina de la Fe; y por otro lado, la ausencia de toda referencia y mención explícita de Nuestro Señor Jesucristo, que es en realidad el dueño de la Iglesia, no Bergoglio.

Esta ausencia cristológica le calza como anillo al dedo a don Víctor Manuel Fernández, tal como lo muestra una entrevista concedida a un medio digital español a fines de abril de 2020, apenas iniciada la pandemia y el régimen carcelario impuesto a causa de ella.

En esa entrevista el entonces arzobispo platense pronunció 1.155 palabras, en las cuales no hizo una sola mención a Nuestro Señor Jesucristo. En este sentido, llama poderosamente la atención que un obispo, como sucesor de los apóstoles, hable de evangelización, de fe y de la Iglesia, pero sin mencionar para nada a la Cabeza de la Iglesia.

Pero si no habló de Jesucristo, ¿de qué habló el arzobispo? En primer lugar, de lo que la Iglesia hace en el plano de la asistencia social en los tiempos del coronavirus, de la colaboración con el Estado, de la participación eclesiástica en acciones de la sociedad civil, con “el mensaje de una presencia discreta, humilde y a la vez colaborativa y generosa”, es decir, habló de la Iglesia en sí misma, no de su jefe y fundador.

En segundo lugar, habló del “diálogo con las nuevas necesidades espirituales de las personas”, buscando “un lenguaje existencial que responda mejor a las nuevas sensibilidades”, y después del “aspecto encarnatorio de la espiritualidad católica”. Es decir, no habló de la Encarnación, del Dios hecho hombre en Jesucristo, sino del aspecto corpóreo de la espiritualidad.

En tercer lugar, habló de “la pérdida de interés en los ritos funerarios” y de las celebraciones de la Misa a través de Internet, con los riesgos y limitaciones que ello representa, al impedir “la cercanía sensible, la presencia física”.

En cuarto lugar, hizo mención al desafío que afronta “la Iglesia de Francisco” de “empoderar a los laicos”, “distribuyendo el poder a través de nuevos ministerios y funciones laicales ‘dotadas de autoridad’” (sic).

Es muy llamativo que los partidarios de la “Iglesia en salida” piensen que el desafío para la Iglesia de Jesucristo sea el de “dar poder a los laicos” por parte de la jerarquía sacerdotal. Parece que monseñor Fernández olvida que la misión de los laicos no es la de ocupar espacios de poder dentro de la institución eclesial sino la de llevar a Jesucristo y su mensaje al mundo, y que ese es el poder laical, no para su ejercicio ad intra sino ad extra: ser sal de la tierra y luz del mundo.

Por lo menos en esta entrevista el arzobispo platense olvidó o ignoró que la Iglesia de Cristo está conformada por jerarquía y laicos, no sólo por aquélla, y que ambos deben ser en unidad lumen Gentium, luz de las naciones, y sólo pueden serlo en unidad: la jerarquía al servicio de los laicos, y los laicos al servicio de Cristo en el mundo.

Al final de la entrevista don Víctor presentó la frutilla del postre, cuando enfatiza que lo fundamental en la Iglesia es ella misma, y no su fundador que se hace siempre presente en la celebración de la Eucaristía, en especial en el mismo día que se conmemora su resurrección: “Hay cosas que a veces creemos inmutables y en realidad no lo son.

El precepto dominical, por ejemplo, no es indispensable y es algo que podría caer”. El Domingo es el “Día del Señor”, el “dies Domini”, el día que Jesucristo resucitó de entre los muertos, es “el día en que actuó el Señor”, día de “gozo y alegría”, reza la Liturgia, pero para el arzobispo y neo prefecto la Eucaristía es solamente un precepto, una orden o mandato impuesto por una autoridad, razón por la cual puede llegar a caer, transformarse o desaparecer.

Como se puede apreciar, para el nuevo custodio y guardián de la Fe, íntimo y devoto del papa Francisco, JESUCRISTO NO ES el principio y fundamento del Cuerpo místico de Cristo, su culto no es indispensable y puede llegar a desaparecer. Para mayor gloria del Nuevo Orden Mundial satánico y antihumanista. ¿Pastores con olor a ovejas? Más bien, mercenarios con olor a cerdos. Dios se apiade de sus almas.

José Arturo Quarracino
3 de julio de 2023
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la verdad prevalece
La secta anticatólica de Bergoglio pretende usurpar a la Iglesia Desafiar y expulsar a Cristo