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Gracias, cardenal Kasper

Gracias, cardenal Kasper

Bruno, el 14.01.20 a las 4:51 PM

Ahora que ha pasado el tiempo navideño, creo que conviene retomar un tema poco apropiado para las festividades, pero que no debe caer en el olvido, porque se trata de uno de esos sucesos que pueden abrir los ojos sobre lo que está pasando. Además, confieso que hace que me sienta agradecido al cardenal Kasper, algo que no ocurre todos los días.

Mi agradecimiento al cardenal Kasper viene de que se ha molestado en conceder una entrevista a José Manuel Vidal (algo que tiene su mérito y que debería descontarle al menos un par de siglos de purgatorio) con el único y exclusivo fin de demostrar que en InfoCatólica teníamos razón en todo lo que dijimos sobre el Sínodo de la Familia. Bueno, no sé si era su fin único y exclusivo, pero sin duda eso es lo que ha conseguido y yo se lo agradezco de todo corazón.

En la entrevista, el director de Religión Digital, con la malicia que es marca de la casa, le pregunta al card. Kasper “¿cómo explicar a la gente de hoy que la mujer en la Iglesia no puede acceder al altar?”. Hace unos años, probablemente, la respuesta habría sido evasiva, pero los tiempos han cambiado y el cardenal, ni corto ni perezoso, le responde esto:

“Es difícil hoy explicar eso, pero pienso que se trata de una tradición milenaria, que mantenemos junto a las Iglesias orientales. Pero pienso que, con el tiempo, se les abrirán las puertas. Además, hay ya muchos ministerios en la Iglesia para los que no se necesita la ordenación”.

Es triste, la verdad, ver a un cardenal negar expresamente y con toda naturalidad la enseñanza infalible de la Iglesia. La doctrina de que la Iglesia no está facultada para ordenar mujeres ha sido enseñada siempre por el Magisterio, sigue el ejemplo del mismo Cristo y es parte de la fe católica y de la Tradición con mayúscula. Recogiendo una larga sucesión de textos magisteriales sobre el mismo tema, San Juan Pablo II enseñó que:

“Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis)

Por si eso fuera poco, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró un año después que “la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres” y que esa verdad, “exige un asentimiento definitivo”, está “basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio”, “se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe” y “ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal” (Congregación para la Doctrina de la Fe, respuesta a dubia del 28 de octubre de 1995).

Uno diría que un gran “teólogo de rodillas” como el cardenal Kasper debería entender palabras como “infalible”, “definitivo”, “Palabra de Dios”, “Tradición” y “depósito de la fe”, pero se ve que ese día faltó a clase y que Teología de Rodillas es, más bien, una ligera exageración propagandística para algo que, estrictamente hablando, quizá debería llamarse Ateología Mundana. En cualquier caso, como señalábamos al principio, esta triste afirmación que ha hecho en la entrevista tiene un lado bueno: deja completamente claro lo que en realidad estaban defendiendo el cardenal Kasper y sus partidarios en el Sínodo de la Familia, como entonces ya señaló InfoCatólica.

El cardenal, en efecto, nos da la razón cuando dijimos que el objetivo del cardenal Kasper era abrir una brecha en la muralla de la doctrina, sin importar cuál fuera el tema, porque después por esa brecha ya podría colarse cualquier cosa. Ya advertimos, y el cardenal Kasper ha tenido la gentileza de confirmarlo, que todos esos cambios tenderían por su propia naturaleza a sobrepasar cualquier límite teórico que se pusiera a los mismos, porque lo importante no es si los cambios son pequeños o grandes, sino cuál es su naturaleza.

Una vez que se consigue quebrar la muralla de la fe católica, la ciudad de la Iglesia está perdida. ¿Será este el sentido de esa extraña predilección actual por los puentes y el odio a los muros? Parece evidente que esa brecha se ha abierto, porque el cardenal, que hace quince o diez años no se habría atrevido a negar abiertamente la fe de la Iglesia sobre el sacerdocio, ahora lo hace en público y sin el menor problema ni miedo a la corrección.

El cardenal también insistía en aquellos tiempos en que la comunión a los divorciados era un tema “pastoral” y no “doctrinal”. Ya entonces resultaba evidente que se trataba de una afirmación absurda y sin sentido, pero ahora entendemos el verdadero significado: si se pudo cambiar la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio con la excusa de la pastoral, ¿por qué no vamos a cambiar la doctrina sobre el sacerdocio exactamente con la misma excusa? Y, por supuesto, donde decimos la doctrina sobre el sacerdocio podríamos decir la doctrina sobre cualquier otra cosa, desde la Trinidad para favorecer el diálogo interreligioso hasta el matrimonio entre un hombre y una mujer para ser más modernos o los milagros de Cristo para que no haga falta tener fe para ser católico. Si una enseñanza infalible se puede cambiar, cualquier enseñanza infalible se puede cambiar, porque la Revelación se ha convertido en una ideología más, cambiante y sin ninguna relación con la verdad.

También señalamos, y también se ha confirmado, que las afirmaciones del propio cardenal y sus aliados a favor de la comunión de los divorciados eran excusas más que razonamientos y pensaciones más que argumentos o cuando indicamos que el único argumento que en realidad utilizaban parecía ser… que querían lo que querían y ya estaba, como un niño pequeño que tiene ganas de comer y llora y llora hasta que le dan lo que desea. Ahora quieren el fin del celibato y el sacerdocio de la mujer y están dispuestos a llorar, protestar e intrigar lo que haga falta para conseguirlo, porque lo quieren y ya está, sin importar lo que diga la fe de la Iglesia, como ha confirmado amablemente el cardenal. Es inevitable pensar, como ya dijimos que, en su campaña, han sustituido la Escritura y la Tradición custodiadas por el Magisterio por otros tres aliados fundamentales y, a sus ojos, mucho más contundentes: el mundo, la carne y compañía.

En definitiva, se demuestra que la diferencia entre las diversas propuestas del Cardenal y la práctica tradicional de la Iglesia es la diferencia entre pretender que Dios haga mi voluntad y querer lo que Dios quiere, entre mantenerse en rebeldía contra Dios y convertirse. Ahora, una vez más, el cardenal prescinde de lo que Dios ha revelado, en este caso sobre el sacerdocio, y pretende que sea Dios quien haga su voluntad, que casualmente coincide en todo con la voluntad del Mundo.

Por supuesto, el cardenal no está solo. Hemos visto cosas similares o peores defendidas públicamente por la Civiltà Cattolica, los nuevos miembros del Instituto Juan Pablo II o los obispos alemanes, entre otros muchos. Al principio, intentaban disimular un poco, pero ahora ya niegan la fe desvergonzadamente, sin miedo a Dios ni a los hombres. Eso, por una parte, es señal de lo mal que están las cosas. Por otra parte, sin embargo, hace que todo esté mucho más claro. Quizá el puesto de este pontificado en el plan de Dios sea hacer que salga a la luz la podredumbre que antes procuraba mantenerse escondida, como el pus tiene que salir de una herida infectada antes de que pueda sanarse. Dios lo quiera.
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