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La maldición del Papa Francisco (I)

martes, 19 de octubre de 2021

El Papa Francisco tiene una maldición. Así como el rey Midas tenía la maldición de convertir en oro todo lo que tocaba, Bergoglio, en cambio, todo lo que toca queda convertido en cochambre, objetos arruinados, grasosos e inservibles. Los ejemplos se multiplican. Anunció con bombos y platillos al comienzo de su pontificado que modificaría la Curia romana, y nadie podía estar en desacuerdo con tal propósito. Todo lo contrario: la Curia es —y lo ha sido durante siglos—, uno de los problemas más graves de la Iglesia. ¿Y qué tenemos luego de más de más de ocho años de pontificado? La Curia sigue tan corrupta como lo era antes, y cuando se vaya Bergoglio, dejará como único testimonio de su reforma una cárcel más grande. ¡Vaya paradoja que el pontificado de la misericordia se caracterizará por haber ampliado las mazmorras pontificias!
Pero quiero detenerme en dos de los estropicios causados por Francisco: la sinodalidad y el cuidado del medio ambiente.
La Iglesia, aunque siempre fue una institución jerárquica gobernada por los obispos, tenía también una estructura sinodal que cumplió una función fundamental a lo largo de su historia. Podríamos citar muchos casos. El concilio de Elvira, realizado en la primera década del siglo IV, convocó a la iglesia de la Hispania Bética (lo que hoy, a grandes rasgos, sería Andalucía), y reunió a 19 obispos, 26 presbíteros, y con la asistencia de los diáconos y los laicos (“adstantibus diaconibus et omni plebe”). Fue allí donde se dispuso para esas iglesias la indisolubilidad del matrimonio (DzSch 117) y el celibato de los clérigos (DzSch 118). Los sínodos o concilios de Arlés, que reunieron a los obispos de la Galia, fueron muy importante para luchar contra herejías como el donatismo o el catarismo.
Pero más interesante aún, es que los sínodos —sean diocesanos o provinciales—, existieron hasta entrado el siglo XX, y por la sencilla razón de que fueron impuestos por el Concilio de Trento. En efecto, según los cánones de ese concilio, los sínodos diocesanos debían ser anuales, y los concilios provinciales cada cinco años. San Carlos Borromeo, el gran artífice del “espíritu” de Trento, aplicó enseguida esta disposición en su iglesia milanesa, y allí, durante su pontificado, se celebraron seis concilios provinciales y once sínodos diocesanos.
Por otro lado, estas reuniones no eran ficciones de papel pintado. El sínodo de la diócesis de Calahorra de 1698, por ejemplo, convocado por el obispo Pedro de Lepe pide que “sean enviadas como diputados aquellas personas, que se juzgaren, y sean tenidas por más prudentes, de celo, de virtud y letras, según que en cada Partido, Arciprestazgo o Vicaría se pudieren hallar. Han de ser elegidos con ánimo indiferente, sin presión, atendiendo al bien del Obispado y no a miras humanas y partidistas”. Entre las cualidades que se exigen a los diputados destacan, la mansedumbre, la justicia y el celo por el honor de Dios y el bien público. “Han de saber expresar su dictamen en la asamblea sinodal con modestia, paz y compostura, evitando las contiendas, que dañan más que edifican”. Se establece, que por cada Arciprestazgo o Vicaría tomen parte en el Sínodo dos diputados, además del Arcipreste. Además, participan también las dos universidades que había en la diócesis (Calahorra y Vitoria). Y el resultado fue un tomaco editado en Madrid en 1700, que comprende 790 folios y consta, de cinco Libros divididos en Títulos y estos, a su vez, en Constituciones.
Otra característica es que en los sínodos o concilios en los que debían debatirse cuestiones doctrinales o disciplinares, estaban presentes todas las partes. Y cada una de ellas tenía derecho a exponer su postura y a defenderse. Al Concilio de Trento fueron invitados tanto Lutero como Melanchton, por ejemplo.
¿Qué será de los sínodos francisquistas? El Papa ya ha dicho lo que pretende: “El padre Congar, de santa memoria, recordaba: «No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta»”. Los sínodos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia se ordenaban a hacer una iglesia mejor y más católica. Los actuales se ordenan a hacer una iglesia “distinta”. ¿Cuál es la distancia que separa a “una iglesia distinta” de “otra iglesia”?
Las definiciones doctrinales de los sínodos, cuando aparecían, no eran más que explicitaciones de lo que ya estaba contenido en el Depositum fidei, en la Tradición. Es lo que Newman llama “desarrollo de la doctrina cristiana”. ¿Qué ocurrirá con estos nuevos sínodos impuesto por el Papa Francisco a todas las diócesis del mundo? Si el ejemplo es el sínodo alemán, me temo que la iglesia que resultará será tan pero tan distinta que, de hecho, será otra iglesia: una iglesia más preocupada por cuidar a la “madre tierra” que por administrar los sacramentos; tan solícita con los descarriados de cualquier pelaje, que desaparecerán los pecados personales, sobre todo si son contra el sexto mandamiento; tan cuidadosa en “no juzgar” que bendecirá uniones de parejas del mismo sexo y tan ecuménica que, en la práctica, será lo mismo profesar un credo que otro, o no profesar ninguno en absoluto, con tal de ser educado y buen ciudadano del mundo.
En resumen, una institución venerable y enraizada en la tradición de la Iglesia, y capaz de causar el necesario balanceo del poder episcopal, como fue la de los sínodos, será destrozada y desacreditada por la torpeza de Bergoglio.

Una duda: Decíamos que los sínodos siempre eran verdaderamente representativos, participando aún aquellos que eran disidentes del poder episcopal. ¿Ocurrirá lo mismo en esta ocasión? ¿Serán llamados también a sumarse a los sínodos diocesanos los fieles rígidos y semipelagianos? Me pregunto, por ejemplo, si Mons. Marcelo Colombo, tan entusiasta de las iniciativas del Sumo Pontífice, invitará a participar del sínodo de la arquidiócesis de Mendoza a la comunidad parroquial más activa e importante de su territorio, por cantidad de sacerdotes, de fieles, de actividades y de celebración de los sacramentos. Me refiero al priorato de la Fraternidad San Pío X.
Mucho me temo que las sinodalidades, aperturas y acogidas no lleguen a tanto.

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