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Las reacciones a ‘Querida Amazonia’, más significativas que la exhortación

Las reacciones a ‘Querida Amazonia’, más significativas que la exhortación

Por Carlos Esteban | 13 febrero, 2020
Es significativo que el alivio de tantos y la frustración vociferante de tantos otros ante un documento papal vengan por lo que no se dice.

Lo primero fue lanzar las campanas al vuelo: frente a lo que se temía -no sin razón, porque era lo recogido en el documento final del sínodo- y a lo que, incluso, se filtró en un primer momento por personas de prestigio, Querida Amazonia no contiene la menor referencia a curas casados. Ni siquiera se cita el Cambio Climático o la Pachamama (no directamente, al menos). Incluso se introduce una censura irónica, previamente señalada por el cardenal Sarah, en el sentido de que resulta incongruente que los obispos de los países amazónicos lamenten que no haya sacerdotes para servir en la selva cuando dejan que tantos de sus sacerdotes emigren a países mejor servidos. ¿No sería más lógico animarles a misionar en la Amazonía en lugar de recurrir a experimentos eclesiales en el rito romano?

Hay, sin embargo, quien ha señalado la ‘pega’: el documento no desestima el caso de los sacerdotes casados, sino que se limita a ignorarlo. Y da por bueno el documento final del sínodo en un refrendo ambiguo lo que, siguiendo Episcopalis Communio, lo convertiría en magisterio ordinario. Esa fue la opinión del cardenal Czerny en la presentación ante la prensa de Querida Amazonia, contradicha inmediatamente después por Baldisseri, quien negó que el documento tuviera autoridad magisterial, sino meramente ‘moral’. La escenificación de la confusión.

Pero el tema de fondo no es, creo, la abolición del celibato, la ordenación de mujeres o siquiera la alarmante acogida del paganismo amazónico. Lo que todo esto refleja es la sensación de que los católicos tenemos que esperar de Roma, no la clarificación de nuestra fe, sino sus contenidos.

Quiero citar aquí un tuit leído hoy en una cuenta sedicentemente católica. Puede parecer tramposa o exagerada y que no tiene nada que ver, pero la ofrezco como un ejemplo de la mentalidad a la que me refiero. El tuit se limita a decir que “la Iglesia tiene que de una vez por todas dejar de considerar un pecado las relaciones homosexuales”.

Y no, no tengo la menor intención de perorar sobre la ilicitud de las relaciones homosexuales ni es lo que me importa del comentario. Podría haber sido cualquier otra cosa. Pero lo que expresa es el convencimiento de que la ‘Iglesia’ puede HACERLO, de que la Iglesia puede cambiar pecados y, no casualmente, al paso de lo que piensa el siglo, es decir, la no Iglesia.

Ese es el modo más rápido y seguro de hacer irrelevante la Iglesia. Nadie puede creer que la Iglesia es portadora de la Verdad eterna revelada por el mismo Dios hecho hombre si puede hacer que un pecado deje de serlo, o hacer pecado lo que no lo es. Si puede hacerlo, entonces quizá sea una sociedad más o menos sabia e interesante, pero no sobrenatural en absoluto. Si, además, esos cambios se realizan a la zaga del mundo, cuando el mundo -la opinión dominante, el pensamiento de las élites- ya lo ha hecho tiempo atrás, entonces es, además, redundante y patética.

La Iglesia es la única institución que nos libera de la humillante condición de ‘hijos de nuestro tiempo’, decía Chesterton. Y, naturalmente, así es. Pero la confusión que hoy reina en la jerarquía, de la que las reacciones de alivio o decepción ante la última exhortación papal son un síntoma alarmante, es como un eclipse que nos oculta ese hecho fundamental, el único por el que una persona razonable podría confesarse católico.

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