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Lecturas estivales (I)

Lecturas estivales (I)

Miguel Sanmartín Fenollera, el 9.07.20 a las 9:33 AM

«Lectura de verano». Obra de Karen Hollingsworth (1955-).

«Ver el cielo en verano
Es Poesía, aunque no esté escrito en ningún libro.
Los Verdaderos Poemas huyen»


Emily Dickinson

«En la apacible colina de verano,
Dormido con el fluir de los arroyos»

A. E. Housman

Llega el verano y con él las ansiadas vacaciones. Pero… ¿sabemos realmente hacer un uso sabio y adecuado de este tiempo libre? Porque lo cierto es que desde el pasado siglo XX se ha venido extendiendo, al menos en lo que conocemos como mundo occidental, una idea del ocio como una limitada parcela de tiempo en la que se nos permite alejarnos del tiránico trabajo, y que poco o nada tiene que ver con lo que tendría que significar el ocio para un cristiano, e incluso, para quien no siéndolo, pretende llevar aquello que se conoce como una buena vida.

Josef Pieper, el filósofo católico alemán, tiene todo un libro dedicado a estudiar este asunto: El ocio y la vida intelectual (1962). El ocio tiene su origen en la fiesta, nos dice ––otro concepto desviado de su debido origen y significado, como el del trabajo y el del ocio––, y es este carácter festivo lo que hace que el ocio no sea solo carencia de esfuerzo, sino lo contrario al esfuerzo. El ocio no es un descanso de una actividad o una distracción tal y como hoy las entendemos, sino un estado del alma. Es una actitud contemplativa y espiritual receptiva y abierta al verdadero significado del mundo y a quienes somos realmente. Por ello, el ocio implica el verdadero conocimiento de quiénes somos a la luz del conocimiento de Dios. Y es, al mismo tiempo, el estado espiritual que nace de ese conocimiento y que nos permitirá solazarnos, descansar y permanecer esperanzados sabiendo que somos criaturas, que a pesar de nuestra imperfección fuimos redimidas y que, finalmente, se espera nuestro regreso al «hogar» ––como decía Chesterton–– por toda la eternidad. Este espíritu de ocio debería ser nuestro estado mental propio y natural, estemos trabajando o no. Porque, como ya había dicho Aristóteles «El primer principio de toda acción es el ocio».

Así que, hagamos caso al profesor Pieper, que era un hombre sabio, y tratemos de ser sabios también nosotros junto con nuestros hijos, y ya que uno de los modos de hacer un buen uso de ese tiempo de ocio es leer buenos libros, leámoslos, y un buen momento para hacerlo es este verano que entra. Así que, paso a comentarles algunas obras ––recomendadas para jóvenes y adolescentes–– que pueden ayudar en esta labor.

Historias de aventuras. Una buena opción podría ser El último de los mohicanos (1826) de Fenimore Cooper, la más conocida de las cinco novelas de la serie que sigue la vida, desde la juventud hasta la vejez, del héroe «Calzas de cuero», arquetipo del hombre de la frontera del siglo XVIII. Aventura, acción, amor, amistad, lealtad y sacrificio en medio de las praderas y selvas que rodean los Grandes Lagos, donde Cooper hace honor a las tradiciones de la vida en los bosques, la caza, la supervivencia y los placeres de gozar en libertad de la naturaleza.

Una alternativa interesante es Beau Geste (1924) la primera (y la mejor) de las tres novelas de P. C. Wren, protagonizadas por los hermanos Geste (las otras dos son Beau Sabreur, 1926, y Beau Ideal, 1928, que, además, incorporan nuevos protagonistas). La novela se desenvuelve en una trama llena de arrojo y heroísmo protagonizada por tres hermanos británicos que, por razones que no vienen al caso, se enrolan en el mítico cuerpo militar de la Legión Extranjera francesa, y tiene como escenario preponderante el marco trágico del desierto del Sahara. Se trata de uno de los clásicos de la literatura de aventuras de todos los tiempos, aderezado con una buena dosis de misterio, puesta de manifiesto ya en el comienzo de la novela.

Ilustraciones de N. C. Wyeth (1882-1945) y Helen Mckie (1889-1957), de ambas obras.

Algo de ciencia ficción o de literatura de anticipación. Podríamos empezar con El hombre invisible (1897), del ateo y sin embargo amigo de Chesterton, H. G. Wells. En la novela, el protagonista, Griffin, un joven y brillante investigador, descubre en su laboratorio un procedimiento para volverse invisible. Pero, al mismo tiempo, también descubre que no hay mejor disfraz que la invisibilidad y no hay mayor abono de tentación que la impunidad que esa invisibilidad ofrece. Novela que alerta de los peligros, éticos y prácticos, de la ciencia mal utilizada. Una alternativa, en el marco opuesto de creencias, es la obra del sacerdote inglés, converso del anglicanismo al catolicismo, Robert Hugh Benson, titulada El señor del Mundo (1907). Se trata de un thriller esjatológico (como diría el padre Castellani) en el que el autor explora uno de los aspectos del fin de los tiempos, el reinado del anticristo. Por ello su clasificación dentro del género de la ciencia ficción no es en absoluto adecuada; mejor haríamos en incluirlo en la literatura de «anticipación». El mismo Castellani (que lo tradujo), dijo al respecto: «Monseñor Benson inventa una manera de cómo la cosa puede pasar, sabiendo que puede haber otras maneras, lo importante es que la “cosa” va a pasar, de esa manera u otra». Buena historia en todos los sentidos, como ciencia ficción, como visión distópica y como especulación teológica, y, además, tremendamente pedagógico para todo tiempo, pero especialmente este que nos toca vivir, pues Monseñor Benson nos presenta un mundo donde impera la apostasía, parecido al nuestro de hoy; en palabras de Breide Obeid, el autor nos muestra un tiempo en el que «la esperanza se transforma en hedonismo y la caridad en filantropía» y «cómo el catolicismo no es perseguido directamente; sino incorporado y subordinado a la Religión del Hombre». Ayuda a pensar y a estar atento, cosa harto infrecuente en estos tiempos.

Portadas de ambos libros, de Editorial Palabra y de Anaya.

Libros de detectives. Alguno de la serie de la católica Dorothy L. Sayers protagonizados por su exquisito y aristocrático detective Lord Peter Wimsey y su inseparable valet Bunter. Quizá sea recomendable empezar por Misterio en el Belladona Club (1928), o por Veneno mortal (1930), donde Lord Wimsey conoce a la señorita Harriet Vane, de la que se enamora perdidamente, aunque la Vane se resiste a sus propuestas de matrimonio hasta La Noche de Gaudy (1935). También podría acudirse al maravilloso El último caso de Philip Trent (1913) de A. C. Bentley (amigo de Chesterton y Belloc), novela llena de elogios: «una historia de una brillantez y encanto inusuales con una originalidad asombrosa» (Sayers), «una de las tres mejores historias de detectives jamás escritas» (Christie) o «la historia de detectives más refinada de los tiempos modernos» (Chesterton). Finalmente son otra opción, las novelas de una segundona pero que mantiene el nivel, tan blanca como la Christie o la Sayers y muy de su estilo, me refiero a Patricia Wentworth. La serie de la solterona Miss Silver es entretenida, con toques de humor y a menudo historias de amor entre dos jóvenes, lo que acrecienta el atractivo, sobre todo para las jovencitas; están bien La mascara gris (1928) o La colección Brading (1950).

Portadas de Alianza de Editorial de las dos novelas de Hammett.

Cambiando de tercio y para un público algo más maduro, aunque sin salirnos de las novelas policiacas, podríamos cruzar el Atlántico y acercarnos al maestro de lo que allí llaman novela de «private eye», un thriller con detective privado. Me refiero al magnífico Dashiell Hammett, del que, su no menos exitoso colega, Raymond Chandler dijo: «Era sobrio, frugal, duro, pero hizo una y otra vez lo que solo los mejores escritores pueden hacer». Entre sus obras podemos escoger El Halcón Maltés (1930), con el duro San Spade desenredando el misterio del robo de una estatuilla y recorriendo para ello las calles de San Francisco, o El hombre delgado (1934) con la pareja de detectives Nick y Nora Charles, donde Hammett logra mezclar, con humor y tensión, no solo martinis y asesinatos, sino también un matrimonio exitoso y la labor de detective privado en la época de la Ley seca, en Nueva York.

Ambas historias se convirtieron en magníficas películas, la primera (El Halcón Maltés, 1941) protagonizada por Humphrey Bogart y la segunda (La cena de los acusados, 1934, y que dio lugar a una saga de seis filmes), por la pareja divertida formada por William Powell y Mirna Loy.

Algún libro sobre la educación sentimental: ya saben, el amor y la vida, familias, romances, amistades, matrimonios. Alguna de las novelas de Georgette Heyer podría servir a este propósito, pero no las de detectives (menos afortunadas), sino aquellas que reproducen fielmente el ambiente y escenario de la nobleza británica de la época de la Regencia. Una Jane Austen en pequeñito, pero con una más detallada ambientación histórica, innecesaria para la maestra Austen, al escribir historias de su propio tiempo, pero precisa para quien, como Heyer, escribe casi 150 años después del tiempo histórico de la novela. Lo cierto es que la autora, sin ser historiadora profesional, era una de las personas de Inglaterra que mayores conocimientos poseía sobre la Regencia, y eso se nota. Buenas costumbres, virtudes y amores blancos, con calidad literaria y fidelidad histórica. Por ejemplo, Arabella (1949), Frederica (1965) o La indomable Sophia (1950).

Portadas de los libros, editados por Palabra.

Otra opción, esta vez llena de humor fino y a veces deliciosamente absurdo, es la clásica Los Gyurkovics, que reúne dos libros, Las hermanas Gyurkovics, escrita en 1893, y Los hermanos Gyurkovics de 1895. Se trata de las obras más conocidas de Ferenc Herczeg (1863-1954), uno de los autores húngaros más importantes del siglo XX, y que mejor retrató a la nobleza magiar de provincias de finales del XIX, de la que esta novela es una buena muestra. En esta novela el autor encadena una sucesión de divertidas y entretenidas historias con los avatares y tribulaciones de la amorosa y disfuncional familia Gyurkovics en el mundo que habitan ––el Imperio austrohúngaro y sus nobles familias en sus últimos brillos–– que divertirán, y mucho, a los jóvenes lectores.

Algo de humor nunca viene mal. Dejádselo a Psmith (1923) del siempre genial P. G. Wodehouse, sería una elección acertada. Psmith es probablemente el personaje más atractivo del escritor inglés. Humor a raudales, amores y enredos en manos del maestro. Y con un aliciente adicional, al menos para mis hijas adolescentes: uno de los más conseguidos romances del autor, que ya es decir; basta pensar en las parejas de Gussie-Bassett, Tuppy-Angela o Bingo-Banks para darnos cuenta del nivel, pero, al menos en mi casa, la historia romántica de Psmith y la señorita Eva Halliday las supera a todas. Y es que el cortejo de Psmith es a la vez majestuoso y sinfónico. Otra historia interesante, a pesar de no ser una obra de madurez, es la de Jim de Picadilly (1917). Igualmente, un romance memorable ––el del protagonista, Jim, con Ann Chester–– en medio de una trama vertiginosa, en la que las suplantaciones de las suplantaciones se concatenan y hacen que, finalmente, Jim acabe fingiendo ser él mismo. En todo caso, como pueden suponer, las cosas se complican antes de poder desenredarse, lo que, como también intuyen, termina sucediendo. Esta historia fue llevada al cine tres veces, una de ellas, en 1936, protagonizada por Robert Montgomery y Madge Evans.

Ilustración de Psmith y «La visión de Juana de Arco» de Pierre Fritel (1853-1942).

Por último, alguna biografía. Por ejemplo, Juana de Arco (1896) del muy ateo, y a pesar de ello, enamorado y admirado por la figura de la santa francesa, Mark Twain. Esta sorpresiva fascinación dio lugar a un libro maravilloso e inesperado que algunos han calificado de «enigmático acto de devoción». Twain escribió poco antes de su muerte, «es lo mejor que he hecho; Lo sé perfectamente bien. Y además, me proporcionó siete veces más placer que cualquiera de los otros libros; doce años de preparación y dos años de escritura. Los otros no necesitaban preparación y no la obtuvieron», e insistió en su autobiografía: «Escribí el libro por amor, no por dinero». Se trata de un libro atípico para él y que le llevó a viajar a Francia y, como nos ha dicho, a más de una década de investigación y preparación. En cada página encontramos la admiración total del autor por la niña santa/guerrera. Twain, como buen escéptico, acudió a los hechos, lo que le llevó a examinar con detenimiento, en la misma Francia, los documentos del famoso y nefasto juicio y condena de santa Juana y los del posterior proceso de rehabilitación. Lo que de allí emergió para Twain fue una santa con todos sus milagros, profecías y visiones. Todo lo cual es plasmado magistralmente por el escritor norteamericano en su libro, dando como resultado un testimonio que apunta inequívocamente al poder de Dios. Es como si el compromiso de Twain con el realismo hubiera derrotado a su personal escepticismo. Aquellos que lean esta biografía encontrarán el coraje, la ternura, el misticismo y la sencillez de una niña santa contados por un maestro de la pluma, cuyo corazón fue una conquista más de la aguerrida santa francesa.

P. D. En las dos próximas entradas me centraré en los más pequeños de la casa.

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