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MEMORIA DEL COMUNISMO. DE LENIN A PODEMOS (I)

MEMORIA DEL COMUNISMO. DE LENIN A PODEMOS (I)

Por Gabriel Calvo Zarraute | 11 octubre, 2019

Federico Jiménez Losantos, La esfera de los libros, Madrid 2018, 759 páginas

El Antiguo Testamento rojo o el socialismo utópico

«El comunismo ha sido para dos generaciones de católicos españoles, como la mía, una teología de sustitución»[1]. Con estas palabras del autor arranca una obra que penetra a fondo en la subversión profunda, intelectual y moral antes que política, que implican la teoría y la praxis de la ideología más sanguinaria de la historia. Está escrito desde la perspectiva de alguien que confiesa haber dejado de creer en Dios cuando aconteció la muerte de su padre, a sus dieciséis años de edad, pero con la perspicacia para entender lo que está en juego. La voluntad de creer que sustituye a la fe perdida se transforma en pura voluntad de poder, ante el cual la verdad se sacrifica a la mentira y el bien al mal. Por eso el comunismo, inequívocamente definido por Lenin como una empresa malvada que traerá alguna vez el bien al mundo, es una religión satánica en cuanto que en su raíz está el culto inconfesado a la fuerza y a la mentira como secreta manifestación interior de esa fuerza exterior que no se confiesa, pero se disfruta.

Nos encontramos ante una voluminosa obra del que es posiblemente el comunicador más culto, pero también polémico, de la España actual: Federico Jiménez Losantos, filólogo y valiente periodista, que en su juventud militó en el comunismo maoísta[2]. Después de largos años de investigación histórica, este volumen se convierte en la obra más lograda del autor y por la que sin duda pasará a la posteridad. Hasta la fecha, las obras canónicas acerca del comunismo eran las de Stephane Courtois, El libro negro del comunismo; y Richard Pipes, La revolución rusa[3]. Se trata de dos textos históricos capitales de obligada referencia, aunque recientemente han visto la luz otros títulos altamente recomendables para todo aquel que desee profundizar[4].

En absoluto la obra de Losantos viene a suplantarlos, pero perfectamente puede incluirse dentro de una especie de trilogía, pues los complementa, al realizar un análisis del pensamiento marxista en profundidad. Dicho análisis no es tan profundo en las otras dos obras antes mencionadas, debido a que son escritos eminentemente históricos mientras que Federico combina el análisis ideológico, que bebe en gran medida del magisterio del filósofo Antonio Escohotado, con la historiografía. Este es el motivo principal que revaloriza en gran medida la obra de Losantos y la hace única en su género: combinar el estudio de la teoría marxista con su puesta en práctica en la historia. Ecuación que nos da como resultado más de cien millones de muertos en algo más de cien años. Puede estarse más o menos de acuerdo con los planteamientos ideológicos del autor o con su modus operandi en la comunicación; no obstante, como enseña la célebre sentencia de Santo Tomás de Aquino, de la que se hace eco el Magisterio: «Toda verdad procede del Espíritu Santo»[5].

Si bien caben sobre el marxismo muy diversos estudios de carácter histórico, político, económico, etc., el estudio radical y el que da sentido a esas perspectivas concretas, es el examen filosófico de los fundamentos del materialismo dialéctico e histórico. Al respecto existen obras que ya tienen cincuenta años de vida pero que no han sido superadas y que además han sido hundidas en el abismo del olvido[6]. La apertura acrítica y suicida de Pablo VI hacia el comunismo, más conocida como Ospolitik, con la negativa, previamente pactada en Metz, del concilio Vaticano II a condenar esa ideología, no produjo ninguna ventaja para la Iglesia y sí sufrimiento y confusión incalculables en las almas con el consiguiente debilitamiento y destrucción de la fe[7]. Estos importantes textos, junto a otros más divulgativos y recientes, deberían tenerse muy presentes ante la actual deriva marxista que se ha alojado en numerosos e importantes dirigentes y fieles de la Iglesia[8].

Jiménez Losantos reflexiona sobre el origen, la perversidad y el desarrollo actual del ideario comunista. El texto provee al lector de una amplísima revisión bibliográfica sobre el mayor desastre de la historia: el comunismo, marxismo-leninismo o socialismo real, denominado así por sus mismos creadores. Durante todo el texto, según el método didáctico radiofónico del autor, no deja de hacerse hincapié en la esencia totalitaria, criminal y asesina del comunismo revolucionario en todas sus vertientes: soviética, española, china, cubana, camboyana, etc. Todo ello con la finalidad de mostrar, con gran tino, la naturaleza liberticida, plagada de los rasgos totalitarios leninistas-estalinistas, del ideario que defiende el partido político Podemos.

En el texto se vierte el inconfundible estilo de Federico Jiménez Losantos: apasionado, vehemente, sin complejos políticamente correctos, carente de tapujos y con un lenguaje accesible, directo, con un elevado tono de indignación, pero sin prescindir por ello de rigor académico. Emite un juicio fundamentado apoyándose en una catarata de bibliografía que le hace contundente e inatacable por la doctrina comunista, la ideología que más seres humanos ha ejecutado a lo largo de la historia.

Durante la primera parte del libro se trata extensamente del pensamiento totalitario y de la vida de Vladimir Illich Ulianov, más conocido como Lenin, revolucionario profesional sin escrúpulos y obsesionado por el poder[9]. En absoluto le importaban la libertad, la división de poderes o el Estado de Derecho[10]. El intelectual soviético y sus secuaces conforman la semilla original del totalitarismo moderno[11]. Como sus seguidores después, jugó el «juego de tronos» sin ningún tipo de limitación ética. En el presente artículo nos centraremos primero en el análisis de la doctrina del marxismo-leninismo, dejando para otro estudio posterior los crímenes del comunismo documentados históricamente[12].

Mucho antes de surgir los diversos tipos de socialismo en la modernidad, ya existía cierta idea general socialista, un cierto colectivismo o más propiamente comunismo, pues durante la Revolución francesa ya se predicaba, por parte de «Babeuf, el hijo más explícitamente comunista de Robespierre y el Gran Terror de 1792», la igualdad de posesiones y fortunas, de sistemas de vida comunitaria, aunque todavía no se socialicen los medios de producción[13]. Conocida es la concepción de un régimen de rígida comunidad de bienes enseñado en la República de Platón[14]. En el Renacimiento, por influjo de la filosofía que lo nutrirá, el neoplatonismo, aparecen utopías o proyectos imaginarios de organización igualitaria de la sociedad como los de Tomás Moro, Francis Bacon, Campanella, etc[15].

El socialismo moderno surge con la revolución industrial, que comienza a finales del siglo XVIII en Inglaterra, avivada por la difusión del liberalismo económico que condujo a la depauperización de las masas del proletariado industrial. Los primeros socialismos modernos fueron ulteriormente calificados como utópicos por Marx por no haber asumido que sin la lucha de clases no existe socialismo científico, es decir eficiente[16]. Dichas utopías socialistas serían las de Saint-Simon, Owen el fundador de las colonias colectivistas de New Armony, Fourier que ideara los falansterios (comunas), Cabet, etc. Todos ellos poseen de fondo el mesianismo rousseauniano, materializado en una confianza ilimitada en que estos sistemas serán los que traigan la felicidad a la tierra. La influencia del positivismo de Comte en ellos es también notoria. Son agnósticos, pues piensan que la solución a los problemas del hombre, individual y socialmente considerado, consiste exclusivamente en organizar la vida material, por lo tanto, las realidades espirituales como Dios o el alma, así como los deberes morales del hombre para con Dios y el prójimo no son más que un problema extraño y artificial[17].

El profeta: Proudhon (1809-1865)

Es el más destacado e independiente entre los primeros socialistas franceses, que, por una parte, abre paso al sistema de Marx y, por otra al anarquismo. Estudió a Comte, Rousseau, Adam Smith y los primeros socialistas, fue un autodidacta con una inmensa afición por la lectura, comenzando a publicar en 1839 numerosos artículos y folletos. Su obra ¿Qué es la propiedad? (1840) le reporta una gran fama, y desde entonces se entrega a un trabajo incesante de publicista y agitador social revolucionario. Fue diputado en la Asamblea de 1848, pero después de su primer discurso, en el que proponía un disparatado impuesto de un tercio sobre la renta, no se le permitió hablar más. En lo sucesivo se entrega a una fuerte campaña de agitación social, excitando la revolución con sus folletos y dirigiendo tres periódicos socialistas donde ataca virulentamente a todas las instituciones. Proclama el dogma marxista de que la propiedad es un robo y participa activamente en la Revolución de 1848.

Proudhon carece de especial hondura filosófica, lo que marca su pensamiento es el positivismo de Comte y su consiguiente rechazo de la metafísica[18]. De Comte toma igualmente el postulado de la negación de Dios y de ahí que el culto divino deba ser sustituido por el culto a la humanidad. La constante de su ideología es una actitud crítica, polémica y revolucionaria. Ataca sin cesar a la religión, a la Iglesia y al clero, pero también a los filósofos y sus sistemas, las instituciones del Estado y los gobernantes de turno. Su ideal de sociedad es más bien un socialismo anarquista, como el mismo lo designó. En su labor de agitación revolucionaria, más declamatoria que activa, no desaprueba los métodos violentos, sin embargo, no compartía la lucha de clases y es precisamente ahí donde radica la causa del profundo desprecio de Marx hacia él[19]. Su socialismo fue federalista, contrario al centralismo jacobino, pues era acérrimo partidario de la libertad individual y contrario al estatismo socialista. Combatió siempre la autoridad política y proclamó la anarquía como verdadera forma de gobierno, siendo así uno de los precursores del movimiento anarquista[20].

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La revolución de la Comuna de París en 1871 suele atribuirse al marxismo o comunismo, así lo hizo entonces el mismo Karl Marx. No obstante, es un dato histórico comprobado que entre los dirigentes de la Comuna existía un fuerte espíritu antijacobino, es decir, contrario al estatismo y centralismo jacobino, lo cual los identifica más con la postura anarquista o proudhoniana que con la marxista[21]. En España se dio el caso de Pi y Margall, presidente de la Primera República en 1873, gran lector y traductor de Proudhon, no marxista, pero sí acusadamente federalista, no republicano unitario y un tanto anarquizante[22].

El mesías: Marx (1818-1883)

Los viejos socialismos de la época fueron pronto absorbidos por la rotundidad de las fórmulas marxistas, las cuales aportaron a la ideología socialista un aparente armazón científico y unos métodos políticos concretos y bien definidos. Marx, alemán de origen judío y burgués, asume junto a su compañero y financiador Engels (1820-1895), también perteneciente a la alta burguesía, la comprensión hegeliana de la historia, pero invirtiéndola[23]. La evolución de la historia no se debe a la lucha o dialéctica de las ideas, sino a la lucha en el plano económico y social, es decir a la lucha de clases[24]. De esta inversión de la dialéctica de Hegel, el llamado materialismo dialéctico, Marx hace derivar una serie de consecuencias:

a) La primacía de la praxis

Marx la afirma frente a las ideas de Hegel, no obstante, para Marx, Hegel es el filósofo por antonomasia, pues resume la totalidad de los sistemas del pasado y conduce a la filosofía a su punto de perfección[25]. Lo que queda después por hacer no es continuar la filosofía, intentando construir un nuevo sistema, sino superar la filosofía. En el vocabulario hegeliano, superar significa a la vez suprimir y conservar; éste es el movimiento de la dialéctica, que avanza en sucesivas síntesis superadoras de momentos anteriores[26]. Sin embargo, lo que caracteriza a la filosofía en general, como actitud global del hombre, es el hecho de ser un esfuerzo teórico o especulativo. Para Marx, superar la especulación será, precisamente, realizarla por la acción, de este modo carga contra Feuerbach por considerarlo un idealista hegeliano y por lo tanto no práctico: «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras, de lo que se trata es de transformarlo»[27]. Es decir, que es la vida real la que determina las ideas y no a la inversa.

De esta manera, el pensamiento queda suprimido en cuanto actitud puramente especulativa, pero es conservado en cuanto alma de la actividad práctica. La intención profunda de Marx no es contemplar sino actuar y subordinar el pensamiento a la acción. Lo cual no significa que desconsidere el pensar, por el contrario, lo exige del todo la praxis. De hecho, desde hace más de medio siglo, la mayoría de los intelectuales europeos han sido marxistas[28].

Un fenómeno interesante del siglo XX ha sido el de vincular la condición de intelectual con un posicionamiento político concreto: el llamado progresismo izquierdista. Raymond Aron analiza en su obra El opio de los intelectuales el papel que los intelectuales franceses han tenido a lo largo del siglo XX en el desarrollo de algunos de los grandes dogmas sobre los cuales se ha asentado el pensamiento llamado de izquierdas. El antiamericanismo, la condescendencia con las dictaduras de izquierdas, la crítica feroz al capitalismo o el elitismo cultural son algunas de las señas de identidad del intelectual[29].

b) La lucha de clases, un eufemismo de la envidia

Se trata de transformar el mundo por la vía de la praxis, en concreto por la lucha de clases por motivos estrictamente económicos o materiales. Nada es verdad o mentira, moral o amoral, justo o injusto, estas categorías son «prejuicios burgueses», los restos de las antiguas convicciones todavía no superadas[30]. Todo debe supeditarse a la praxis que conduzca al triunfo de la revolución en la historia o, dicho de otro modo: «el odio y la violencia son el motor de la historia»[31]. Lo cual significa la consagración del rencor. Por ello, en la primera parte de su Manifiesto comunista (1848), Marx no tiene inconveniente alguno en elevar un canto de agradecimiento a la burguesía, aunque pase a repudiarla a continuación, a causa de su materialismo que supeditó las ideas al fin de su enriquecimiento. Así ha sido la histórica demoledora del orden social tradicional y sin cuya acción no sería posible el triunfo del comunismo[32].

c) Las alienaciones

De Hegel toma Marx el concepto de «alienación» o enajenación[33]. Para Hegel, la Idea que se hace consciente en el hombre está llamada, por evolución dialéctica, a negarse a sí misma o desalienarse para dar paso a la antítesis y así progresar permaneciendo en un inmovilismo ideológico o pensamiento reaccionario[34]. Marx, en cambio, sitúa el combate contra la alienación, no en el plano de la conciencia o del pensamiento, sino en el de la existencia humana, la cual se cumple en la satisfacción de las necesidades fundamentales del hombre, que son las económicas[35]. Precisamente, lo que aparta al hombre y le impide concentrarse en esta tarea esencial del logro de sus satisfacciones fundamentales, son otras tantas alienaciones de las que es preciso liberarle.

Para Marx, la alienación es el mal radical, el que afecta al hombre en toda su existencia[36]. Pone como alienación fundamental el trabajo asalariado: el hombre no trabaja para sí, sino para otro, que se apropia de la plusvalía; es decir, la diferencia entre el valor que el capitalista obtiene por el trabajo del asalariado y el valor de los costos que paga el contratante. De esta primera alienación hace derivar Marx todas las demás: la social, por las oposiciones de clase; la política, el Estado como creación política de la burguesía con la finalidad de perpetuar su dominio; la filosofía, como saber propiamente teórico y especulativo es considerada como alienadora porque no se supedita a la praxis y, en concreto, al proyecto de construcción de la sociedad marxista; y la alienación religiosa[37].

d) La alienación religiosa: la religión es el «opio del pueblo»

En el pensamiento Marx la religión es pura alienación. Educado en un ambiente de indiferentismo religioso, formado en la filosofía idealista alemana, ya en 1841, en su Tesis doctoral sobre Epicuro y Demócrito, se declaraba abiertamente ateo[38]. En el mismo prólogo de su tesis doctoral, Marx se siente Prometeo y exalta su figura en contraposición con la de los dioses: «Yo odio, como Prometeo, a todos los dioses del cielo y de la tierra que no reconocen como suprema divinidad la conciencia que el hombre tiene de sí mismo»[39].

Resulta significativo de la actitud vital de Marx su alusión a la famosa tragedia de Esquilo Prometeo encadenado: el titán que ha robado el fuego del cielo en favor del hombre. Por ello, el dios Zeus le encadena a una roca. Hermes, servidor de Zeus se acerca a Prometeo para liberarle, sin embargo, el titán rechaza todo auxilio porque antes que someterse a la voluntad de los dioses prefiere seguir encadenado[40].

Primacía de la praxis, materialismo dialéctico y ateísmo, o más exactamente antiteísmo práctico son esenciales en el marxismo[41]. Si la negación de Dios va ligada, como hacía Feuerbach, a la atribución de predicados divinos a otra realidad, aunque esta sea la naturaleza humana todavía no se ha conseguido superar el desdoblamiento de la conciencia. De ahí que considere que la desalienación propugnada por Feuerbach sea aún insuficiente pues proclama que el hombre es lo divino. Para superar la alienación religiosa se necesita destruir en la conciencia toda idea de Dios, incluida la que Feuerbach atribuye al hombre religioso por caer en la cuenta de que dios es él mismo y no el anteriormente imaginado creador del mundo[42]. En su obra La Sagrada Familia (1844), Marx insiste, contra Feuerbach, que se necesita en cambio revolucionar y destruir, en odio a «la familia celeste», toda idea o noción de divinidad en la «familia terrestre»[43]. De ahí el afán del marxismo, y todos sus posteriores derivados como la social democracia, en la destrucción de la familia natural[44].

e) Fundación de la Primera Internacional (1864)

Marx dirigía desde 1843 un periódico en Colonia, La Gaceta renana, y de allí marcha pronto a París donde entra en contacto con algunos movimientos socialistas y conoce a Frederick Engels, con el que trabajará siempre a partir de entonces, dependerá económicamente de él y será su jefe. Con él marchará a Inglaterra cuando Engels sea enviado por su padre a dirigir en Manchester una fábrica de su propiedad, será aquí donde escribirá el gran número de sus obras. En Londres participará en la fundación de la Primera Internacional en 1864 a la que pronto se le une el ruso Mijaíl Bakunin. Marx, como dirigente principal de la Internacional se centra enseguida en la lucha contra las desviaciones, o «herejías», de la ortodoxia socialista. Sus ataques estaban dirigidos especialmente contra los anarquistas Proudhon y Bakunin, además de contra el socialismo de Lasalle, su más activo propagador en Alemania[45].

En el congreso de La Haya de 1872 consigue la expulsión de los anarquistas, y el traslado de la sede de la Internacional a Nueva York. A partir de 1873, Marx lleva una vida retirada, dedicada a continuar El Capital, muriendo en Londres en 1883. Aunque sus ideas fundamentales no han podido resistir juicios muy certeros, su sistema ofrecía un arma poderosa para disgregar y aniquilar la vida nacional y económica de los Estados. El marxismo introdujo el concepto de lucha de clases, la filosofía del materialismo dialéctico, la organización política internacional de los obreros y la conquista del poder de forma violenta[46]. Y es que el marxismo nunca ha alcanzado el poder democráticamente en ningún país. Estas ideas se popularizaron y guiaron la acción subversiva de las masas europeas hasta la actualidad[47].

f) El mesianismo o milenarismo marxista

A la principal obra de Marx, El Capital, se le han dirigido siempre críticas sobre sus profundos desaciertos y se ha planteado el interrogante de cómo el marxismo, pese a esto, ha tenido tal impacto y repercusión en la historia[48]. Especialmente antiguos marxistas como Federico Jiménez Losantos, Pío Moa, Antonio Escohotado o Herman Tertsch[49]. El motivo se debe a su carga mesiánica. «La mayor aportación de Marx a la cuestión social del siglo XIX fue la idea mesiánica de que el proletariado era la casta elegida para regenerar el mundo pervertido por el capitalismo y la burguesía»[50].

Marx era judío, también lo eran Bakunin, Lenin, Trostky así como todos los principales dirigentes de la revolución bolchevique de 1917 a excepción de Stalin[51]. Y es que «el milenarismo judío es el precedente del marxismo. Este milenarismo judaizante se ha transformado. La plena secularización inmanentista de la historia del reinado terreno ya anticristiano, antiteístico es “la forma política de un mesianismo secularizado intrínsecamente perverso”»[52]. Marx hace del pueblo y el proletariado, el mesías que ha de traer la redención, la justicia a la humanidad. Esta esperanza mesiánica, animará a multitudes como algo tan cierto que un día advendrá por la progresiva concentración del mundo capitalista y la definitiva expropiación de sus bienes por las masas productoras. En toda la historia solamente ha existido otro caso de una difusión fulminante similar: la del milenarismo islámico[53]. El mesías judaico, esperado líder humano adoptado por Dios, que un día ha de implantar la justicia y la verdad en la tierra, tiene su trasunto islámico en el «mahdi»[54]. Y significativamente su trasunto ateo contemporáneo más patente en «la clase obrera» o «justos» de Karl Marx; de esta forma, el proletariado estaría destinado a redimir a la humanidad de sus males, iluminado y convencido por influjo bíblico invertido de que su triunfo universal y fututo es inexorable.

Así se comprueba como la negación de la divinidad de Jesucristo, corazón del dogma católico, común al judaísmo y al islam, lleva inevitablemente a concebir al mesías esperado, no como el que trae una redención sobrenatural al liberar a los hombres del pecado[55]. Sino de limitaciones o dominaciones históricas contingentes, es decir, una salvación inmanente, puramente humana, materialista.

[1] Cf. Federico Jiménez Losantos, Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos, La esfera, Madrid 2018, 15.

[2] Cf. Jonathan Spence, Mao Zedong, Ediciones Folio, Madrid 2003, 127.

[3] Stephane Courtois, El libro negro del comunismo. Crímenes, terror, represión, Ediciones B, Barcelona 2010; Richard Pipes, La revolución rusa, Debate, Barcelona 2016.

[4] Sigfredo Hillers de Luque, El socialismo, Palibrio, Madrid 2014; Sean McMeekin, Nueva historia de la revolución rusa, Taurus, Barcelona 2017; Mira Milosevich, Breve historia de la Revolución rusa, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2017; Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad, vol. III, Espasa, Madrid 2016; Adriano Dell´asta-Marta Carletti-Giovanna Parravicini, Rusia 1917. Un sueño roto de un mundo nunca visto, Encuentro, Madrid 20017.

[5] S Th, I-II, q. 109, a. 1, ad 1; Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1998, n. 44.

[6] Cf. Jean Ousset, El marxismo-leninismo, Speiro, Madrid 1967; José Miguel Ibáñez Langlois, El marxismo: visión crítica, Rialp, Madrid 1975; Fernando Ocáriz, El marxismo. Teoría y práctica de una revolución, Rialp, Madrid 1977; Carlos Valverde, El materialismo dialéctico. El pensamiento de Marx y Engels, Espasa, Madrid 1979.

[7] Cf. Ricardo de la Cierva, Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada, Fénix, Toledo 1995, 665; La hoz y la cruz. Auge y caída del marxismo y de la teología de la liberación, Fénix, Toledo 1996, 12; Historia de la Iglesia Católica en el siglo XX. Asalto y defensa de la roca, Fénix, Madrid 1997, 89; Los signos del Anticristo, Fénix, Toledo 1999, 153; La infiltración, Fénix, Toledo 2008, 561; José Orlandis, La Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XX, Palabra, Madrid 1998, 126; Ralph M. Wiltgen, El Rin desemboca en el Tiber. Historia del concilio Vaticano II, Criterio, Madrid 1999, 312.

[8] Cf. Joseph Ratzinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 1985, 209; Philip Trower. Confusión y verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX, El Buey Mudo, Madrid 2010, 357; Antonio Caponnetto, No lo conozco. Del iscariotismo a la apostasía, Detente, Buenos Aires 2017, 204; Roberto de Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, Homolegens, Madrid 2018, 410.

[9] Cf. Francisco Díez del Corral, Lenin. Una biografía, Ediciones Folio, Madrid 2003, 313; Carlos Canales, Tormenta roja. La revolución rusa 1917-1922, Edaf, Madrid 2016, 52.

[10] Cf. Ernst Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalismo y bolchevismo, Fondo de Cultura Económica, Madrid 2017, 75.

[11] Cf. John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, Siglo XXI, Madrid 2016, 31; Carlos Taibo, Historia de la unión soviética. De la revolución soviética a Gorbachov, Alianza, Madrid 2017, 281.

[12] Cf. Michael H. Lessnoff, Historia de la Filosofía política en el siglo XX, Akal, Madrid 2001, 216.

[13] Cf. Federico Jiménez Losantos, Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos, La esfera, Madrid 2018, 628; Pierre Gaxotte, La Revolución francesa, Áltera, Barcelona

[14] Cf. Platón, Diálogos, Gredos, Madrid 2015, vol. IV, 247.

[15] Cf. Teófilo Urdanoz, Historia de la Filosofía. Siglo XIX: socialismo, materialismo, y positivismo. Kierkegaard y Nietzsche, BAC, Madrid 1975, vol. V, 4.

[16] Cf. Raymond Aron, El marxismo de Marx, Siglo XXI, Madrid 2010, 61.

[17] Cf. Jaime Vicens Vives, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1971, vol. II, 411-413; Teófilo Urdanoz, Historia de la Filosofía. Siglo XIX: socialismo, materialismo, y positivismo. Kierkegaard y Nietzsche, BAC, Madrid 1975, vol. V, 3-10.

[18] Cf. Giovanni Reale-Dario Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico. Del Romanticismo hasta hoy, Herder, Barcelona 2010, vol. III, 167.

[19] Cf. Gregorio Rodríguez de Yurre, Marxismo y marxistas, BAC, Madrid 1978, 38.

[20] Cf. Teófilo Urdanoz, Historia de la Filosofía. Siglo XIX: socialismo, materialismo, y positivismo. Kierkegaard y Nietzsche, BAC, Madrid 1975, vol. V, 16-31.

[21] Cf. Bertier de Sauvigny, Historia de Francia, Rialp, Madrid 2009, 339-341.

[22] Cf. Melchor Fernández de Almagro, Historia política de la España contemporánea (1868-1875), Alianza, Madrid 1969, 172; José Luis Comellas, Historia de España contemporánea, Rialp, Madrid 2008, 242.

[23] Cf. Giovanni Reale-Dario Antiseri, Historia de la Filosofía. Del Romanticismo al Empirocriticismo, Herder, Barcelona 2010, vol. III, tomo 1, 175.

[24] Cf. Teófilo Urdanoz, Historia de la Filosofía. Siglo XIX: socialismo, materialismo, y positivismo. Kierkegaard y Nietzsche, BAC, Madrid 1975, vol. V, 67-79 y 79-84.

[25] Cf. Miguel Poradowski, ¿Por qué el marxismo combate al tomismo?, Speiro, Madrid 1974, 10; Roger Verneaux, Historia de la Filosofía. Curso de Filosofía tomista, Herder, Barcelona 1989, 226

[26] Cf. J. Luis Fernández-Mª Jesús Soto, Historia de la Filosofía moderna, EUNSA, Pamplona 2012, 333.

[27] Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach, en Francisco Canals, Textos de los grandes filósofos. Edad contemporánea, Herder, Barcelona 1974, 22; Clemente Fernández, Los filósofos modernos, BAC, Madrid 1976, vol. II, 205.

[28] Cf. Gustavo Bueno, El mito de la izquierda, Zeta, Barcelona 2006, 211; Pío Moa, Ensayos polémicos. España en la encrucijada, Fajardo el bravo, Murcia 2013, 209.

[29] Cf. Raymond Aron, El opio de los intelectuales, Página indómita, Barcelona 2018, 363.

[30] Cf. Rafael Gambra, Historia sencilla de la Filosofía, Rialp, Madrid 2016, 259

[31] Cf. Fernando Ocáriz, El marxismo. Teoría y práctica de una revolución, Palabra, Madrid 1978, 83.

[32] Cf. Karl Marx, La ideología alemana, en Francisco Canals, Textos de los grandes filósofos. Edad contemporánea, Herder, Barcelona 1974, 13; Clemente Fernández, Los filósofos modernos, BAC, Madrid 1976, vol. II, 207.

[33] Cf. Alfredo Cruz Prados, Historia de la Filosofía contemporánea, EUNSA, Pamplona, 2007, 51.

[34] Cf. Walter Brugger, Diccionario de Filosofía, Herder, Barcelona 2000, 349.

[35] Cf. Frederick Copleston, Historia de la Filosofía. De la filosofía kantiana al idealismo, Ariel, Barcelona 2011, vol. III, 273.

[36] Cf. Anthony Kenny, Breve historia de la Filosofía occidental, Paidós, Barcelona 2018, 382.

[37] Cf. Roger Verneaux, Historia de la Filosofía contemporánea, Herder, Barcelona 1975, 8-28; Jaime Vicens Vives, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1971, vol. II, 414.

[38] Cf. Gregorio Rodríguez de Yurre, El marxismo, BAC, Madrid 1976, 46-93.

[39] Ibíd., 59.

[40] Cf. René Martin, Diccionario de mitología griega y romana, Espasa, Madrid 1996, 396; Robin Hard, El gran libro de la mitología griega, La esfera, Madrid 2008, 141; Pierre Commelin, Mitología griega y romana, La esfera, Madrid 2017, 100; Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Barcelona 2018, 520; Esquilo, Tragedias, Gredos, Madrid 2014, 325.

[41] Cf. José Guerra Campos, Lecciones sobre ateísmo contemporáneo, Fe católica, Madrid 1978, 58.

[42] Cf. Gianfranco Morra, Marxismo y religión, Rialp, Madrid 1979, 54.

[43] Cf. Rafael Gómez Pérez, El humanismo marxista, Rialp, Madrid 1977, 129.

[44] Cf. José Mª Petit Sullá, La destrucción de la familia por el marxismo, en Obras Completas. Al servicio del Reinado de Cristo, Tradere, Barcelona 2011, t. I, vol. II, 833.

[45] Cf. Jaime Vicens Vives, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1971, vol. II, 414.

[46] Cf. Francois Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Fondo de Cultura Económica, Madrid 1995, 85.

[47] Cf. Nicolás Márquez-Agustín Laje, El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural, Unión editorial, Madrid 2016, 63; Roger Scruton, Pensadores de la nueva izquierda, Rialp, Madrid 2017, 317

[48] Cf. Isaiah Berlin, Karl Marx, Alianza, Madrid 2018, 149; Michael Heinrich, Crítica de la economía política. Una introducción a El Capital de Marx, Guillermo Escolar Editor, Madrid 2018, 71; ¿Cómo leer el Capital de Marx? Indicaciones de lectura y comentario del comienzo de El Capital, Guillermo Escolar Editor, Madrid 2018, 119.

[49] Cf. Pío Moa, De un tiempo y un país. La izquierda violenta (1968-1978), Encuentro, Madrid 2002, 337; Contra la mentira. Guerra Civil, izquierda, nacionalistas y jacobinismo, Libros libres, Madrid 2003, 138-139.

[50] Cf. Jaime Vicens Vives, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1971, vol. II, 415.

[51] Cf. Maximilien Rubel, Stalin, Biblioteca ABC, Madrid 2004, 49; Joshua Rubenstein, León Trostky. El revolucionario indomable, Península, Barcelona 2015, 61; Catherine Merridale, El tren de Lenin. Los orígenes de la revolución rusa, Crítica, Barcelona 2017, 120; Federico Jiménez Losantos, Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos, La esfera, Madrid 2018, 303.

[52] Cf. Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y reino de Dios, Scire, Barcelona 2005, 133; CEC n. 675; DS 3839; Pío XI, Divini Redemptoris, 1937, n. 15.

[53] Cf. Gregorio Rodríguez de Yurre, El marxismo, BAC, Madrid 1976, 46-93.

[54] Cf. Cristóbal Cuevas, El pensamiento del islam, Itsmo, Madrid 1972, 215.

[55] Cf. CEC, 442-455; S. Th., III, q. 7, a. 1; q. 3, a. 8; q. 43, a. 4; Columba Marmión, Jesucristo vida del alma, Editorial litúrgica española, Barcelona 1960, 152.

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