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Juan de Valdés (Cuenca, 1509-Nápoles, 1541) fue un humanista, erasmista y escritor protestante español

Juan de Valdés (Cuenca, 1509-Nápoles, 1541) fue un humanista, erasmista y escritor protestante español, hermano quizá gemelo del también escritor y secretario real Alfonso de Valdés.

Luis I. Amorós, el 27.02.20 a las 5:22 PM

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Primeros años


Juan de Valdés fue hermano, probablemente gemelo, del notorio erasmista Alfonso de Valdés. Sobre la familia e infancia de ambos, remito al artículo que sobre él escribí en esta misma bitácora. A partir de 1523, anduvo en el séquito del marqués de Villena, Diego López Pacheco, y por su propio testimonio, entregado a la lectura y disfrute de los libros de caballerías durante diez años, de tal suerte que si tomaba en sus manos libros latinos de historiadores verdaderos, no podía acabar de leerlos. Fue la excepción Luciano, autor romano del que aprendió el arte del diálogo literario.

En 1524 fue arrestado por la Inquisición el predicador alumbrado Pedro Ruiz de Alcaraz, protegido del marqués. Algunos han querido ver relación con la discreta salida de Juan de Valdés de la corte del de Villena poco después, aunque no hay pruebas fehacientes de la vinculación entre ambos.

Mientras su hermano medraba en la corte imperial, Juan vivió más oscuramente. Se sabe que estudió en la Universidad Complutense, donde su nombre figura a partir de 1526. Fue brevemente alumno del humanista italiano Pedro Martín de Anglería, y aunque algunos autores contemporáneos le califican de “juriconsulto”, sólo hay seguridad de su sólida formación en las lenguas latina y griega, conociendo además el hebreo, de modo que podía traducir con soltura tanto los salmos como las epístolas de san Pablo de su lengua original. Por medio de su hermano, entró en relación epistolar con Erasmo de Rotterdam, con el que intercambió tres cartas entre 1528 y 1529 de contenido cortés e insignificante.

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El “Diálogo de Mercurio y Caronte”


En 1527 escribió Alfonso su célebre “Diálogo de Lactancio”, en el que muchos especialistas ven la mano, o al menos la corrección de su hermano Juan (aunque sea difícil determinar hasta que punto fue meramente estilística o más doctrinal). Un año más tarde se compuso el “Diálogo de Mercurio y Caronte”, que en todas las ediciones aparece junto al anterior. Unánimemente los autores antiguos se lo adjudicaron a Juan, pero a la inversa que con el Lactancio, hay sospechas de que ambos hermanos pudieron coparticipar en él, o incluso que solo Alfonso es el alma de los dos, dada la unidad de ideas, forma y familiaridad con los negocios de la cancillería imperial que se rastrean en el Mercurio.

Este diálogo, con el larguísimo título de “Diálogo de Mercurio y Caron: en que allende de muchas cosas graziosas y de buena doctrina, se cuenta lo que ha acaescido en la guerra desde el año de mil y quinientos y veinte y uno, hasta los desafíos de los reyes de Francia e Inglaterra hechos al emperador en el año de MDXXVIII”, consta de dos partes muy diferentes. En la primera, confesado el autor su intención de defender el buen nombre del emperador, se describe con bastante gracejo el lamento de un Caronte afligido porque, ante los rumores de guerra y el mucho trabajo transportando almas al otro mundo que se le avecinaba, habíase deshecho de su pequeña barca para emplear todo su patrimonio, y aún tomar préstamos, en la compra de una gran galera, empresa inútil tras la paz entre Carlos V y Francisco I. Mercurio acude a consolarle con los desafíos enviados por los reyes de Francia e Inglaterra al emperador. Y con esta excusa y el desarrollo (prolijo y bien informado) de las reglas del duelo que se había de celebrar entre ellos, aprovecha el autor para ir presentando ejemplos morales, en forma de almas que interrumpen la conversación para ser transportadas a su destino final, en una mezcla entre los mitos paganos y la teología escatológica cristiana que aparece insólita a nuestros ojos, pero no era rara en el Renacimiento.

La primera parte transcurre a orillas de la laguna Estigia. Mercurio coteja la doctrina con los hábitos de los cristianos, hallando que se enfrascan en las cosas terrenas, poniendo la confianza en “vestidos, otros en diferencias de manjares, otros en cuentas, otros en peregrinaciones, otros en candelas de cera, otros en edificar iglesias y monasterios, otros en disciplinarse, otros en ayunar, y en todos ellos apenas vio una centella de caridad. En el comer, muy supersticiosos; en el pecar, largos y abundantes. Y si dan alguna limosna o hacen alguna obra pía, luego las armas pintadas o entalladas y los letreros muy luengos, para que se sepa quien la hizo”. Fustiga asimismo los vicios clericales y frailunos, los dineros que reclaman, la profusión de imágenes de sabor casi totémico, y “el incomparable hedor que de Roma salía”, mezclando pecados de la carne, fariseísmo y devociones exteriores genuinas, en un totum revolutum que confunde la buena fe del lector. Resulta llamativo que el puritano Valdés ponga en labios de un demonio pagano el discurso de un predicador reformista: “¡Oh, cristianos, cristianos! ¿Esta es la honra que hacéis a Jesucristo? ¿Este es el galardón que le dais? ¿No tenéis vergüenza de llamaros cristianos, viviendo peor que alárbes y que brutos y animales? ¿Así os queréis privar de la bienaventuranza?”. Es el tono esperable de un erasmista radical, cuál era Juan por entonces: una crítica acerba y cuestionamiento de los rituales exteriores, normas canónicas y obras piadosas de la Iglesia, con la excusa de sus malos usos y desviaciones, so capa de perfeccionamiento cristiano, y sin entrar en honduras teológicas. Un idealismo cristiano muy popular en una época de mundanalización (como tantas otras) de clérigos y fieles.

Vemos desfilar a las ánimas condenadas, arquetipos de malos cristianos: el fraile predicador santurrón y acomodaticio; el cortesano adepto a romerías y rezos, pero que jamás contradecía al príncipe si este obraba mal para no perder su hacienda engordada con malas artes; el noble que únicamente se preocupaba de engordar su hacienda a cualquier coste, y confiaba en haber fundados conventos, cuando en la hora de su muerte, entre preparar testamento y pompa para el entierro, los suyos no hallaron tiempo para su confesión; el obispo mundano preocupado de defender sus rentas, tener muchos criados, otorgar beneficios a sus familiares y amigos y ocupar el tiempo en vanidades como la caza, que muere en un naufragio camino a Roma donde iba a defender no la fe, sino sus pleitos particulares; el cardenal avaricioso que vendía rentas de iglesias y monasterios para aumentar sus dineros e influencia; el arrogante rey tirano (parece que retrata al francés Francisco I), que nada se preocupa de gobernar sus estados en beneficio de sus súbditos, y todo en acercentarlos con conquistas y traiciones; el hipócrita, que abundaba en ayunos, penitencias, y disciplinas, pero no tenía caridad, y que acaba en el infierno pensando ir al cielo (por cierto, que en este punto viene a reconocer la eficacia de las obras si son sinceras, lo cual es bien poco luterano, y le valió una desabrida nota de reprensión de su editor protestante muchos años después, pero es que en estos momentos Juan aún era católico); el teólogo escolástico, experto en sofismas y filosoferías, pero que jamás había leído a los Santos Padres ni los evangelios. Al final viene la única alma que se salva: un laico que no se hizo clérigo por “no tener el día tantas horas para rezar”, que se burla de las supersticiones cristianas, pero que es modélico en su vida: oye misa diaria, endereza su voluntad a cumplir los mandamientos de Cristo, lleva una vida ascética en medio del mundo, reza de mente y de palabra y muere oyendo el Sermón de la Montaña.

La segunda parte del Diálogo es un añadido posterior (el propio autor, en el proemio, dice que un teólogo anónimo le aconsejó que ya que se había recreado mandando al infierno a tantos malos clérigos y seglares, añadiese también buenos ejemplos de los mismos para edificación de los lectores). Es mucho más dogmática y moralizante, y menos polémica que la primera, y nos demuestra un Valdés que cree sinceramente en la reforma de costumbres dentro de la Iglesia católica, aún lejos del protestantismo. Siete ánimas son las que ahora alcanzan el Cielo por sus actos. Entre ellas destaca la de un rey que, tras una vida de ambición e impiedad, se postró ante el Santísimo Sacramento, rogando que le fuese enseñada la ciencia del buen gobierno (al modo de un Salomón) o le fuesen quitados sus reinos para darlos a quien mejor los supiese regir. Llegada su última hora, da a su hijo y heredero sabrosos consejos morales sobre cómo gobernar, auténtico reverso cristiano del tenebroso y popular Maquiavelo, y su hipócrita e impía realpolitik: “busca antes ser buen príncipe que grande”, “como es el príncipe, es el pueblo”, “no se hizo la república [en el sentido clásico de estado] para el rey, sino el rey para la república”, “procura ser antes amado que temido”, “sé tan amigo de la verdad que téngase más fe a tu palabra que al juramento de otros”, “aprende de corrido la doctrina cristiana”, “la diferencia entre el rey y el tirano no es el nombre sino las obras”, “mira que no se pueden tener vicios secretos”, “si no haces cuanto debes a tus súbditos, ellos tampoco estarán obligados a hacer lo que deben contigo”, “no es verdadero príncipe a quien le viene de linaje, sino al que con obras lo procura”, “libre y rey es quien se manda a sí mismo, y siervo quien no se sabe refrenar”, “más vale desigual paz que muy justa guerra”, “la única guerra justa es la defensa frente al infiel, pues de otra suerte perecería la Cristiandad; pero no la hagas por propio interés y egoísmo, y en venciéndoles, procura su conversión con buenas obras y ejemplos”, “escoge buenos privados, pues por cómo sean te considerará el vulgo”, “juzga indigno de un beneficio a quien te lo solicite”, “ama y teme a Dios, y Él te guiará en lo que debieres hacer”. Estos y otros similares consejos, ya presentes en muchos moralistas de la Cristiandad, como Mariana, Quevedo, Saavedra Fajardo o el propio don Juan Manuel, por ceñirnos únicamente a autores hispanos, desmientan la imagen de un Valdés revolucionario o protestante en estos primeros pasos.

Los otros seis ejemplos son de similar jaez: el obispo elegido contra su deseo, que procuró cultivar la honestidad y el decoro en su casa, becar y fundar colegios y hospitales, castigar a los malos clérigos y visitar y reparar muchas iglesias; el predicador que practicó sus propias recomendaciones, confiando solo en la Gracia de Dios (y este es el único pasaje sospechoso de luteranismo en todo el “Diálogo”, puesto que el protagonista rechaza encomendarse a la Virgen o los santos); el fraile devoto que hace una apología de la vida monástica si esta es escogida sinceramente (y en ello Valdés es muy poco Erasmo, que le tenía vivísima antipatía al estado religioso); el cardenal que renuncia a su capelo para retirarse a una abadía; y por último una laica mística y aficionada a leer las Escrituras. Sin haber nada formalmente heterodoxo en este personaje, ciertas expresiones suyas ya anticipan el iluminismo en el que caerá Valdés en años posteriores.

Tal es el “Diálogo de Caronte” de Juan de Valdés, decididamente erasmista en su primera parte, dedicada a criticar a la Iglesia de su tiempo y sus vicios visibles, con proposiciones extremosas y a veces injustas, y acendradamente católica en la mayoría de su segunda, destinada a proveer de soluciones o modelos para los defectos primeros, y que se puede leer con mucho gusto. Más aún, el joven Juan de Valdés es más edificante para el lector católico que el indigesto panegírico imperial del Lactancio de su hermano, que llega a sobrepasar los límites del decoro y la ortodoxia en su afán de defender al emperador a toda costa. En cuanto al estilo literario, Menéndez y Pelayo considera esta obra como la mejor en lengua castellana de todo el reinado de Carlos V, sólo superada por la traducción del “Cortesano” de Boscán. Según el erudito cántabro, habrá que esperar al magno Cervantes para hallar un diálogo literario mejor, el llamado “Coloquio de los perros”.

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Juan de Valdés en Italia


En 1529 publicó en Alcalá de Henares “Diálogo de la doctrina cristiana”. Parece ser que esta obra fue denunciada en secreto a la Inquisición, y secretamente investigada, y con el mismo secreto fue informado Juan de Valdés, que secretamente salió de España y recaló en Italia. Nuevamente no hay pruebas concretas, y el motivo de su viaje sigue sin ser formalmente conocido.

También hay controversia sobre dónde estuvo y con quién en su primera estancia italiana. Algunos creen que marchó acompañando a un cortejo imperial, pero la prueba aducida (aparece citado un tal “Domine Iovanne” en los libros de gastos de la expedición) es débil. Parece que llegó a ser camarero y gentilhombre del papa Médici Clemente VII durante unos dos años. En 1531 fue con una carta de recomendación de su hermano a la casa romana de Juan Ginés de Sepúlveda, que lo recibió con gran amor, por el portentoso parecido físico y espiritual con su amigo Alfonso.

A partir de 1532, Juan de Valdés se estableció en Nápoles (donde nuevamente otros le hacen secretario del virrey, don Pedro Álvarez de Toledo, marqués de Villafranca, sin pruebas). Parece que se puede situar en este lugar y momento su conocimiento de la doctrina de la justificación por la fe a través de la obra “Lugares Comunes” de Melanchton. Entre 1535 y 1537 compuso y publicó en la bella Parténope “Diálogo de la Lengua”, obra destilada a partir de auténticos diálogos con sus amigos italianos (citados con seudónimo) que deseaban poder expresarse y escribir correctamente en lengua castellana, la de la corte más poderosa de la Cristiandad en su tiempo. No podemos detenernos en este magnífico tratado de la lengua castellana y sus reglas, por apartarse del objeto teológico de este artículo; base decir que Valdés merecería por esta obra, para Menéndez y Pelayo, el título de “padre la filología castellana”, de no haber publicado antes Antonio de Nebrija su célebre “Gramática, ortografía y vocabulario”, tal es la síntesis, amplitud y riqueza de observaciones gramaticales que el autor realiza. La obra no fue publicada hasta 1737 por Mayans, y aún este con una edición tan poco cuidada, que no permitió acceder a las delicias del original hasta una correcta revisión bien entrado el siglo XIX.

Diversos testimonios nos describen al Juan de Valdés que a partir de 1535 se establece en Nápoles: hermoso de aspecto, dulce de modales, hablar suave, profundos conocimientos de literatura y Sagradas Escrituras, y poseedor de un cierto ascetismo personal, que no podía sino despertar simpatía en las almas más elevadas de una ciudad en la que se daban, y con gran profusión, todo tipo de sensualidades mundanas, tanto espirituales como carnales. Sus prendas personales y noble cuna le granjearon pronto un círculo de influyentes amigos, italianos y españoles, a los que instruyó en la doctrina de la justificación luterana, tema principal, y casi único, de sus desvíos teológicos. Ciertamente, tanto el cabecilla como los corifeos seguían practicando los usos sacramentales católicos, y trataban de aquellos temas con gran discreción, motivo por el cual no despertaron sospechas inicialmente.

Formaban parte de la congregación gente principal, como el agustino Lorenzo Romano, el franciscano Juan Motalcino, el poeta Marco Antonio Flaminio, monseñor Pietro Carnesecci (protonotario de la sede apostólica), Galeazzo Caracciolo, marqués de Vico y chambelán imperial, su amigo Juan Francisco de Aloys, Bernardo Cuesta, Marco Antonio Magno, o el humanista genovés Jacobo Bonfadio. Pero los principales seguidores fueron fray Bernardino Ochino, general de la Orden de los franciscanos Capuchinos (junto a algunos de su religión), hombre austero que vivía pidiendo limosna y predicaba con gran ardor (llegando a merecer el elogio del propio emperador, que escuchó sus sermones en diversas ocasiones), y el canónigo florentino Pedro Mártir Vermigli, abad de Espoleto, erudito escolástico y admirador de Savonarola, que se convirtió al luteranismo leyendo a Bucero y Zuinglio y escuchando a Valdés.
El conquense mantuvo amistad y correspondencia religiosa con buen número de prelados: los obispos de Catania, La Cava, San Felice, Nola y Policastro, y los arzobispos de Sorrento y Regio. En realidad, únicamente del arzobispo de Otranto consta respaldo o efusividad en la defensa de las prédicas de Valdés. Falange numerosas formaban sus amistades con nobles damas italianas, entre las que destacan por su linaje Isabel Briceño o Catalina Cibo, duquesa de Camerino, y sobre todo sus íntimas amigas, la princesa Julia de Gonzaga, y Victoria Colonna, marquesa de Pescara, la mayor poetisa italiana de su tiempo y musa de Miguel Ángel Buonarotti. Según Caracciolo, el grupo contaba con más de tres mil seguidores, aunque posiblemente exagerara un tanto.

Los propios autores protestantes reconocen que los seguidores de Valdés se centraban casi exclusivamente en la doctrina luterana de la justificación por la fe y no por el mérito de las obras. El resto de enseñanzas del ex-agustino no tenían eco entre ellos, e incluso algunos de los más conspicuos miembros del grupo criticaban duramente a Lutero por la ruptura que había provocado en la Iglesia en Alemania. Ellos mismos, en palabras de Carnesecci, limitaban las enseñanzas y especulaciones al grupo de iniciados (al modo de las sectas gnósticas), pues, de haberlas propagado al vulgo, se hubiesen producido “los escándalos y licencia que de su libre predicación habían nacido en Alemania”.

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Obras de Valdés en Nápoles


De su amistad con la bella y mística Julia Gonzaga, nacería el “Alfabeto Cristiano”, publicado en 1535, a modo de diálogo entre ambos a propósito de una prédica del padre Ochino, sobre la salvación, la fe y las obras. Valdés pondera la superioridad del camino espiritual formado por la luz natural, el Antiguo Testamento y las enseñanzas de Cristo, por encima del [falso] dilema que siente Julia entre el cumplimiento de la ley y doctrina cristiana, y el amor del mundo y su gloria. Juan recomienda la meditación “experimentada” con la lectura de las Sagradas Escrituras y la humildad de espíritu para alcanzar la perfección espiritual. Hay pues, indicios de misticismo y de religiosidad interior (de conciencia), pero Valdés, en esta obrita (poco sistematizada teniendo en cuenta su título), más allá de su fideísmo y una vaga secularización, no se aparta sustancialmente de la enseñanza católica, y de hecho aconseja a Julia la confesión frecuente, en lo que, evidentemente, no podemos ver luteranismo alguno.

Juan de Valdés tiene el mérito de ser, en el “Comentario ”, el primer traductor y comentador a lengua castellana de las cartas de san Pablo (salvo la de los Hebreos) desde el original griego. Siendo correcta en su mayor parte, fía mucho de la traducción desde el latín de Erasmo de Rotterdam para consultar sus dudas, cayendo en los yerros de aquel. En los comentarios, hace gala de no haber seguido ningún otro comentario previo, sino solo a la “oración y consideración”, lo cual conviene a un maestro de doctrina herética, pero no a un teólogo serio. Pero se rastrean evidentes influencias de Lutero, Bucero y Melanchton en la interpretación de las “obras de la ley” del apóstol de los gentiles, lo cual convierte a esta obra en la más rasamente protestante de Valdés. El año es desconocido, y no fue publicada hasta 1567 en Ginebra por el calvinista Juan Pérez.

Fue también autor Valdés de una hermosa traducción del los salmos (el “Salterio”) del hebreo al castellano un año antes de los “Comentarios”. Son considerados un tesoro de la lengua, pioneros en la traducción al romance del texto hebreo, que Valdés maneja con soltura (aunque no domine), procurando mantener la literalidad del original, pero sin renunciar a la belleza estilística de la obra final.

Otras obras menores atribuidas a su pluma son el Tratado sutilísimo del beneficio de Cristo que contiene sus principales ideas (a veces palabra por palabra), pero que no es suyo, sino de un discípulo, fray Benedetto de Mantua.

Escribió también un tratadito sobre la educación cristiana de los niños, a modo de pequeño catecismo, que conoció traducciones e incluso plagios, pero hoy perdido, y aparentemente de escaso valor. Lo mismo vale decir de un Modo de tener, enseñar y predicar el principio de la religión cristiana, de sólo 13 páginas, e incluido en el índice de libros prohibidos por el Santo Oficio.

Varios siglos después se descubrió un Comentario al Evangelio de san Mateo de su autoría. Asimismo se conservan diversas epístolas, muchas de ellas con contenido teológico ya presente en sus obras mayores; otras de índole personal muestran su cariño hacia su hermano Alfonso.

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Las “consideraciones divinas”


Con el nombre completo de “Ciento y diez consideraciones divinas”, es la obra cumbre de la teología de Juan de Valdés, donde queda resumido a perfección todo su pensamiento. El manuscrito castellano original, perdido durante siglos, fue llevado a Suiza por Pedro Pablo Vergerio, el apóstata obispo de Capodistria. Allí, traducido al italiano, fue publicado en Basilea por el editor Celio Segundo Curión en 1550, cuya versión es la empleada comúnmente.

Como su nombre indica, la obra consta de ciento diez reflexiones espirituales, la mayoría brevísimas. En el preámbulo, el autor rechaza explícitamente la doctrina (lo que denomina la “lección”) para conocer la proposición del Génesis “creó Dios al hombre a su imagen y semejanza”; empleando el discernimiento (según él, inspirado por Dios), concluye que Adán es la imagen de Dios misericordioso, benigno, inmortal e impasible, que perdió por el pecado.

Los ejes centrales de la teología valdesiana son la justificación por la fe y la iluminación interior. Estas enseñanzas se transmiten a modo de catarismo, distinguiendo entre los iniciados, llamados “Hijos de Dios” (que obtienen la inhabitación del Espíritu de Dios en sus almas por medio de la fe en Jesucristo), de los no iniciados, a los que llama “Hijos de Adán” (que se guían de la prudencia humana en lo material, y de la ley de Dios y la doctrina de los Apóstoles en lo espiritual). Los primeros conocen que Cristo, por sus méritos y su justicia, justificó a todo el género humano. El conocimiento de Jesucristo es el conocimiento de Dios, y tanto la razón natural como el Antiguo Testamento son modos imperfectos de conocerle.

Así por ejemplo, se niega que la razón sea capaz de ver nada de Dios por sí misma (“sin el sol no se puede ver el sol, ni llegar al conocimiento de Dios por la sola razón”), proponiéndose la anulación de la propia voluntad, por ser esta obstáculo y no vehículo para el conocimiento de Dios. El irracionalismo fideísta aquí está tomado muy cercanamente de Lutero.

Los “hijos de Dios” (que recuerdan poderosamente a los “perfectos” de la secta albigense) o iniciados, no necesitan la oración aprendida, les basta el libro de su propia alma. Tienen “su propia doctrina y ley”, que es la posesión de la “luz interior” de origen divino, a la que se llega suspendiendo la razón natural y su libertad para escoger entre lo bueno y lo malo. El iluminado debe detenerse hasta que el Espíritu le infunda un nuevo movimiento (quietismo molinosista), y estar atento únicamente a la voluntad de Dios, que se manifiesta al elegido con el sentimiento de justificación de sus actos por la fe que da paz a su espíritu. Los “perfectos” de Valdés son escogidos por la perfección de su fe, mientras los de los cátaros lo eran la perfección de su gnosis (conocimiento).

Olvidando (como Lutero) la afirmación de Nuestro Señor en Mateo 5, 17, Valdés deshecha completamente la Antigua Ley, que considera de servidumbre, mientras que la ley de Cristo es de libertad: frente al premio a los buenos y el castigo a los malos, aparece el premio a los creyentes y el castigo a los incrédulos (¡pero los demonios también creen, y tiemblan!).

Dado que la base para pertenecer a los iluminados es el sentimiento de justificación que sobreviene cuando el espíritu divino quiere, pero no antes de haber suspendido todo juicio de la razón natural, toda la doctrina valdesiana se apoya sobre un sentimentalismo subjetivo. No se puede pues sistematizar una moral objetiva para el iluminado (siempre sujeto a las inspiraciones divinas), y esta queda reservada para los cristianos medios, los “Hijos de Adán”, evidentemente inferiores a los iluminados en el conocimiento de Dios, liberados de tales ataduras por su relación directa con la divinidad. Valdés aconseja, no obstante, a los iluminados, mantener socialmente el respeto a las doctrinas de la Iglesia para “no provocar escándalo” en los hermanos menores. El cumplimiento externo de los suyos se trata pues de una impostura condescendiente. Es por ello que, contra Lutero, aconseja el uso de imágenes religiosas (al igual que la lectura de las Escrituras) para los no iniciados, como “alfabeto” para la piedad.

Hay otras proposiciones de Valdés que se siguen de las anteriores:

1) la predestinación de tipo calvinista: “Yo sé (debe decir el cristiano) que Dios no llama a sí sino a los que ha conocido y predestinado; sé que a los que llama los justifica y glorifica, y estoy cierto de que me ha llamado y predestinado; luego las promesas de Dios se cumplirán en mí”.

2) el ascetismo severo: “consiste la vida cristiana en morir para el mundo y vivir para Dios, volviendo las espaldas a todo honor y estimación, refrenando los afectos y apetitos, a lo menos en aquellas cosas exteriores en las cuales se puede refrenar, por ejemplo, en no ver lo que deleita tus ojos, en no oír lo que da placer a tus oídos”. Nada hay anticristiano en ello, si no fuera porque no clama desde una cueva en el desierto, sino en una amable villa en uno de los golfos más hermosos del mediterráneo, mientras departe con sus nobles y refinados amigos (y amigas), objetos todos ellos que deleitan cualquier ojo u oído.

3) Como luterano pleno, rechaza Valdés todas las obras de la carne no redimida por Cristo. La sabiduría de los filósofos gentiles es error y vicio, y nada se puede aprovechar de ella (proposición que contradice su formación erasmiana).

4) Yerra , como Molinos, en la distinción entre la inclinación por los afectos (que se satisfacen interiormente) y la de los apetitos (que se satisfacen exteriormente), considerando peores los primeros que los segundos, y llegando a afirmar que si no fuese para no dar mal ejemplo a los espirituales, se entregaría a satisfacer apetitos en la seguridad de que con ellos acabaría con los afectos que les acompañan y que son más dañinos. Ese antimaterialismo casi gnóstico le hace pues caer en el fariseísmo, como a los perfectos de algunas sectas cátaras, que se entregaban a todo exceso de la carne para mejor purificar el espíritu de su afecto, o el pecca fortiter, sed crede fortius luterano.

5) De Melanchton toma la negación del libre albedrío: de su consecuencia, el pecado y lo por tal tenido son obra también de Dios. Así nace el fatalismo cristiano: el Iscariote no podía hacer otra cosa que vender a Cristo, ni san Pedro otra que predicarle.

6) Dado que la prudencia humana (y su instrumento, la razón) son indignas de juzgar el bien o el mal determinado por Dios, sus criaturas racionales son irresponsables.

7) El irracionalismo conduce a otra conclusión: el deseo de conocimiento y de ciencia es un vicio, pues Adán comió del árbol de la ciencia del Bien y del Mal, y pecó de soberbia. Por tanto, el saber humano conduce a la arrogancia, la insolencia y la incredulidad.

8) Por último, en línea con Lutero, considera la fe un patrimonio de la conciencia, y por ende personal e intransmitible. Es la puerta abierta al personalismo y el secularismo religioso que provocará la herida protestante en la Cristiandad, y a la larga a su destrucción y sustitución por el pensamiento modernista.

El subjetivismo y sentimentalismo de la religiosidad de Valdés se resume perfectamente en la proposición 73: «El conocimiento verdadero y eficaz consiste en ciertos sentimientos y nociones del propio ser de Dios, que adquieren las personas piadosas, cuál más, cuál menos, unas con más evidencia, otras con menos, según la voluntad de Dios…, de los cuales sólo pueden testificar las que los han gustado, porque para todos los demás es ininteligible este lenguaje». Para llenarse del Espíritu de Dios hay que despreciarse a uno mismo, no al modo de renunciar a nuestros afectos desordenados para volver nuestro ser al Creador, que es doctrina sana y bien cristiana, sino directamente odiando y despreciando la propia naturaleza humana, como si esta fuese incompatible de por sí con el amor de Dios. El pecado original ha destruido por completo la naturaleza humana, que ya no tiene remedio, ni siquiera por el poder de Dios.

Menéndez y Pelayo sospechó del antitrinitarismo de Valdés en su primera edición de los “Heterodoxos españoles”, porque citaba profusamente a Jesucristo, apenas como Dios, y ello aún en forma de “imagen de Dios”, “retrato de Dios” o “semejanza de Dios”, equiparando con frecuencia a Jesucristo como enmienda de aquel primer Adán, de un modo tan paralelo que hace sospechar que lo tiene por igual humano que aquel. No obstante, lo que reina en la obra es la ambigüedad. Es cierto que Cristo es habitualmente presentado como “camino a Dios” o títulos similares, pero también hay aquí y allá esparcidas algunas expresiones ortodoxas. El propio Valdés parece evitar pronunciarse taxativamente sobre el tema, y tan es así que cuando se publicó la segunda edición, en 1565, muchos calvinistas la criticaron agriamente precisamente por resabios de antitrinitarismo, y en cambio socinianos y anabaptistas la alabaron como antecedente de sus propias sectas. Posteriormente, el insigne erudito santanderino suavizó algo su posición, sobre todo tras conocer la existencia del “Comentario al evangelio de san Mateo”, en el que constan varias consideraciones divinas del Hijo, llegando a conclusión de que no se podía afirmar el unitarismo de Valdés, más allá de su vaguedad en el tratamiento de la divinidad de Cristo, vaguedad probablemente deseada por el propio autor.

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Fin de Valdés y destino de los miembros de su secta


Murió en el verano de 1541, dejando desconsolada a su numerosa parroquia de amigos y discípulos, a los que inspiraba no menos con su vida personal sencilla y piadosa que con sus elegantes y suaves prédicas a favor de la vida espiritual y sus yerros teológicos.

Precisamente por aquellos años el virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo, en cumplimiento del severo edicto del emperador Carlos V en 1536, que prohibía con graves castigos todo trato con herejes, combatía con dureza la heterodoxia, quemando libros sospechosos, mandando a célebres predicadores su impugnación pública, prohibiendo la importación de obras teológicas extranjeras y cerrando varias academias que bajo pretexto de la difusión literaria, daban cabida a las ideas protestantes.

Al año siguiente, sintiéndose vigilados por el virrey, los cabecillas (muerto el fundador) Pedro Mártir y Ochino, con la ayuda de la duquesa de Ferrara, Renata de Francia (gran simpatizante y protectora de calvinistas), huyeron al norte. Pedro Mártir Vermigli tuvo una larga carrera como hugonote y fautor de la reforma inglesa durante 20 años, muriendo en Zurich en 1562. Más azarosa fue la vida de Bernardino Ochino, fundador de la iglesia italiana de Ginebra, donde se casó al poco de llegar, y que acabó sus días como antitrinitario y defensor de la poligamia, execrado de católicos y protestantes.

Marco Antonio Flaminio se convenció con el tiempo del yerro de la justificación únicamente por la fe, gracias a la labor apostólica de su amigo el cardenal Polo, muriendo en el seno de la Iglesia católica.

El antiguo protonotario papal Pedro Carnesecci se convirtió en uno de los más activos protestantes de Italia. Consta que auxilió a muchos correligionarios a huir, a otros a abrir escuelas disimuladas de protestantismo, introdujo y trató de imprimir en Venecia diversos libros heréticos (incluyendo varios prohibidos de Valdés). Fue el más firme valdesiano de todos, defendiendo exclusivamente la justificación por la fe entre todos los desvíos luteranos, y llegando a declarar que no veía la diferencia entre lo que el conquense y el concilio de Trento habían enseñado. Compareció a declarar en Roma frente al papa Paulo III en 1546 y por Paulo IV en 1557. Resistente a los suaves ruegos, fue finalmente excomulgado por contumacia, aunque apeló, logrando sentencia absolutoria en 1561. En tiempos de San Pío V fue nuevamente procesado por la Inquisición en Roma. La hoguera del luteranismo se había convertido ya en incendio que consumía la Cristiandad, y el tribunal fue considerablemente más duro: hallado culpable de herética pertinacia, fue condenado y relajado al brazo secular, que en septiembre de 1567 le decapitó, y posteriormente mandó quemar su cadáver.

Por cierto que en el último proceso se hallaron en su posesión varias cartas de Julia de Colonna que exponían claramente su heterodoxia. Pero la anciana princesa había muerto en un convento un año antes, y en atención a la claridad de su linaje, se decidió no proceder contra su memoria, como sí se había hecho con otros.

El marqués Galeano Caracciolo conoció el protestantismo en sus viajes acompañando al cortejo imperial por Alemania. Se hizo furibundo luterano, y trató de convencer sin éxito a sus compañeros de secta de romper abiertamente con la Iglesia. Abandonando honores, familia y posesiones, acabó sus días oscuramente en Ginebra.

Francisco Romano abjuró públicamente de los errores de Valdés en dos ocasiones a requerimiento de la investigación eclesiástica.

Los teatinos (Orden de los clérigos regulares) predicaron mucho contra los errores luteranos en el reino, y junto al jesuíta Alfonso Salmerón, combatieron con energía la doctrina de la justificación por la fe. En marzo de 1564 se armó un importante proceso en Nápoles contra los valdesianos que quedaban: dos cabecillas, Juan Francisco d’Aloisio y Juan Bernardino de Gargano, fueron detenidos y comprometieron a otros, acabando sus días decapitados públicamente. Muchos discípulos fueron reconciliados tras abjurar, y otros huyeron.

Para la mayoría de autores luteranos, los sectarios de Valdés eran flojos, elitistas y fríos, pues aunque habían iniciado el camino de la enseñanza protestante en la justificación por la fe, se negaban a abandonar el catolicismo y sus ritos, y las más de las veces tenían poco ardor con el nuevo credo, excepto aquellos que, escapados a Suiza o Alemania, entraban plenamente en el partido de los rupturistas.

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Conclusiones


El propio Menéndez y Pelayo no se formó un juicio concreto sobre la doctrina de este original hereje. Aparentemente, era luterano estricto en los aspectos de la justificación por la fe, posiblemente arriano en la naturaleza de Cristo, iluminista y místico alemán (véanse las ideas de Eckart, Taulero o Suso) en espiritualidad, y vagamente católico en conceptos más secundarios. El insigne cántabro concluye su estudio proponiendo que Valdés sea considerado nada menos que un antecedente de los cuáqueros.

En realidad, cabe decir, lo mismo que hacíamos sobre el primer ilustre hereje de esta serie, Prisciliano, que admitida la libre interpretación de las Escrituras, no se puede sujetar dentro de límite alguno, y que cada heresiarca formaría su propia secta con sus particulares inspiraciones. No debe sorprender por ello que las enseñanzas de Valdés estén formadas, a modo de monstruo de Frankenstein, por retales de diversas y aún opuestas escuelas protestantes, y que contengan originalidades propias.

Juan de Valdés, hombre amable, carismático y de vida personal irreprochable, dióse a la especulación, probablemente tras leer algunos libros de reformados alemanes en su etapa italiana, y evolucionó desde el inicial erasmismo de su hermano Alfonso, hasta el luteranismo (e incluso más allá) de sus últimos años. Murió en paz sin ser molestado, pero en años posteriores, tanto sus obras como el cenáculo de sus seguidores sufrieron la investigación y en ocasiones la persecución del Santo Oficio, empeñado en extirpar la raíz de la herejía del reino de Nápoles. Nos quedarán siempre sus máximas moralizantes del “Mercurio y Caronte”, así como su magnífico “Diálogo de la Lengua”, para vindicar legítimamente a este notorio protestante español.

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