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Tomo I Capítulo 6 a 8: MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

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Capítulo 6 De la virtud de la fe y su ejercicio que tuvo María Santísima. 488. En breves razones comprendió Santa Isabel, como lo refiere el evangelista San Lucas (Lc., 1,45), la grandeza de la fe de María Santísima, cuando la dijo: Bienaventurada eres por haber creído; que por esto se cumplirán en ti las palabras y promesas del Señor. Por la felicidad y bienaventuranza de esta gran Señora y por su inefable dignidad se ha de medir su fe; pues fue tal y tan excelente que por haber creído llegó a la grandeza mayor después, del mismo Dios. Creyó el mayor sacramento de los sacramentos y misterios que en ella se habían de obrar. Y fue tal la prudencia y ciencia divina de María nuestra Señora para dar crédito a esta verdad tan nueva y nunca vista, que trascendió sobre todo el humano y angélico entendimiento y sólo en el Divino se pudo fraguar su fe, como en la oficina del poder inmenso del Altísimo, donde todas las virtudes de esta Reina se fabricaron con el brazo de Su Alteza. Yo me hallo siempre atajada y torpe para hablar de estas virtudes y mucho más para las anteriores; porque es grande la inteligencia y luz que de ellas se me ha dado, pero muy limitados los términos humanos para declarar los conceptos y actos de fe engendrados en el entendimiento y espíritu de la más fiel de todas las criaturas, o la que fue más que todas juntas; diré lo que pudiere, reconociendo mi incapacidad para lo que pedía mi deseo, y mucho más el argumento. 489. Fue la fe de María Santísima un asombro de toda la naturaleza criada y un patente prodigio del poder Divino; y porque en ella estuvo esta virtud de la fe en el supremo y perfectísimo grado que pudo tener, en gran parte y por algún modo satisfizo a Dios la mengua que en la fe habían de tener los hombres. Dio el Altísimo a los mortales viadores esta excelente virtud, para que sin embarazo de la carne mortal tuviesen noticia de la Divinidad y sus misterios y obras admirables, tan cierta, infalible y segura en la verdad como si le vieran cara a cara, así como le ven los Ángeles bienaventurados. El mismo objeto y la misma verdad que ellos tienen patente con claridad, esa creemos nosotros 161 debajo del velo y obscuridad de la fe. 490. Este grandioso beneficio, mal conocido y peor agradecido de los mortales, bien se deja entender —volviendo los ojos al mundo— cuántas naciones, reinos y provincias le han desmerecido desde el principio del mundo; cuántas le han arrojado de sí infelizmente, habiéndoselo concedido el Señor con liberal misericordia; y cuántos fieles, habiéndolo recibido sin merecerlo, le malogran y le tienen como de burlas, ocioso y sin provecho ni efecto para caminar con él a conseguir el último fin adonde los endereza y guía. Convenía, pues, a la Divina equidad, que esta lamentable pérdida tuviese alguna recompensa y que tan incomparable beneficio tuviese adecuado y proporcionado retorno, en cuanto fuese posible a las criaturas, y que entre ellas se hallase alguna en quien estuviera la virtud de la fe en grado perfectísimo, como en ejemplar y medida de todos los demás. 491. Todo esto se halló en la gran fe de María Santísima y sólo por ella y para ella, cuando fuera sola esta Señora en el mundo, convenientísimamente hubiera Dios criado y fabricado la virtud excelente de la fe; porque sola María Purísima desempeñó a la Divina Providencia para que, a nuestro modo de entender, no padeciera mengua de parte de los hombres, ni quedara frustrada en la formación de esta virtud y en la corta correspondencia que en ella le habían de mostrar los mortales. Este defecto recompensó la fe de la soberana Reina, y ella copió en sí misma la Divina idea de esta virtud con la suma posible perfección; y todos los demás creyentes se pueden regular y medir por la fe de esta Señora y serán más o menos fieles cuanto más o menos se ajustaren con la perfección de su fe incomparable. Y para esto fue elegida por maestra y ejemplar de todos los creyentes, entrando los Patriarcas, Profetas, Apóstoles y Mártires y todos cuantos con ellos han creído y creerán los artículos de la fe cristiana hasta el fin del mundo. 492. Alguno podría dificultar cómo se compadecía que la Reina del Cielo ejercitase la fe, supuesto que tuvo muchas veces visión clara de la Divinidad y muchas más la tuvo abstractiva, que también hace evidencia de lo que conoce el entendimiento, como queda dicho arriba (Cf. supra n. 229 y 237) y adelante repetiré muchas veces (Passim). Y la duda nacerá de que la fe es la sustancia de las cosas que esperamos y argumento de las que no vemos, como lo dice el Apóstol (Heb. 11, 1), que es decirnos cómo de las cosas que ahora esperamos del último fin de la bienaventuranza no tenemos otra presencia, ni sustancia o esencia, mientras somos viadores, más de la que contiene la fe en su objeto creído oscuramente y por espejo; si bien, la fuerza de este hábito infuso con que inclina a creer lo que no vemos y la certeza infalible de lo creído hacen un argumento infalible y eficaz para el entendimiento y para que la voluntad segura y sin temor crea lo que desea y espera. Y conforme a esta doctrina, si la Virgen Santísima en esta vida llegó a ver y tener a Dios —que todo es uno— sin el velo de la fe oscura, no parece que le quedaría oscuridad para creer por fe lo que había visto con claridad cara a cara, y más si en su entendimiento permanecían las especies adquiridas en la visión clara o en la evidente de la Divinidad. 493. Esta duda no sólo no impide la fe de María Santísima, pero antes la engrandece y levanta de punto, pues quiso el Señor que su Madre fuese tan admirable en el privilegio de esta virtud de la fe —y lo mismo es de la esperanza— que trascendiese a todo el orden común de los otros viadores y que su excelente entendimiento, para ser maestra y artífice de estas grandes virtudes, fuese ilustrado unas veces por los actos perfectísimos de la fe y esperanza, otras con la visión y posesión, aunque de paso, del fin y objeto que creía y es- 162 peraba, para que en su original conociese y gustase las verdades que como maestra de los creyentes había de enseñar a creer por virtud de la fe; y juntar estas dos cosas en el alma santísima de María era fácil al poder de Dios; y siéndolo era como debido a su Madre Purísima, a quien ningún privilegio por grande desdecía, ni le debía faltar. 494. Verdad es que con la claridad del objeto que conocemos no se compadece la oscuridad de la fe con que creemos lo que no vemos, ni con la posesión la esperanza, ni María Santísima, cuando gozaba de estas visiones evidentes, ni cuando usaba de las especies que con evidencia, aunque abstractiva, le manifestaban los objetos, ejercitaba los actos oscuros de la fe, ni usaba de su hábito, sino de solo el de la ciencia infusa. Mas no por esto quedaban ociosos los hábitos de las dos virtudes teologales, fe y esperanza; porque el Señor, para que María Purísima usase de ellos, suspendía el concurso o detenía el uso de las especies claras y evidentes, con que cesaba la ciencia actual y obraba la fe oscura, en cuyo perfectísimo estado quedaba a tiempos la soberana Reina, ocultándose el Señor para todas las noticias claras; como sucedió en el misterio altísimo de la encarnación del Verbo, de que diré en su lugar (Cf. infra p. II n. 119, 133). 495. No convenía que la Madre de Dios careciera del premio de estas virtudes infusas de la fe y esperanza; y para alcanzarle había de merecerle y para merecerle había de ejercitar sus operaciones proporcionadas al premio; y como éste fue incomparable, así lo fueron los actos de fe que obró esta gran Señora en todas y en cada una de las verdades católicas; porque todas las conoció y creyó explícitamente con altísima y perfectísima creencia como viadora. Y claro está que cuando el entendimiento tiene evidencia de lo que conoce no aguarda para creer al consentimiento de la voluntad, porque antes que ella se lo mande es compelido de la misma claridad a dar asenso firme; y por eso aquel acto de creer lo que no puede negar no es meritorio. Y cuando María Santísima asintió a la embajada del Arcángel, fue digna de incomparable premio, porque en el asenso de tal misterio mereció; y lo mismo sucedió en los otros que creyó, cuando el Altísimo disponía que usase de la fe infusa y no de la ciencia, aunque también con ésta tenía su mérito, por el amor que con ella ejercitaba, como en diferentes lugares he dicho (Cf. supra n. 231, 380, 383). 496. Tampoco le dieron el uso de la ciencia infusa cuando perdió al Niño, a lo menos para conocer aquel objeto dónde estaba, como con aquella luz conocía otros muchos; ni tampoco usaba entonces de las especies claras de la Divinidad; y lo mismo fue al pie de la cruz, que suspendía el Señor la vista y operaciones que en el alma santísima de su Madre habían de impedir el dolor; porque entonces convenía que le tuviese y obrase la fe sola y la esperanza. Y el gozo que tuviera con cualquiera vista o noticia, aunque fuera abstractiva, de la Divinidad, naturalmente impidiera al dolor, si no hacía Dios nuevo milagro para que estuviesen juntos pena y gozo. Y no convenía que Su Majestad hiciera este milagro, pues con el padecer se compadecían en la Reina del Cielo el mérito e imitación de su Hijo Santísimo con las gracias y excelencia de Madre. Por esto buscó al Niño con dolor (Lc. 2, 48), como ella lo dijo, y con fe viva y esperanza; y también las tuvo en la pasión y resurrección de su único y amado Hijo, que creía y esperaba; permaneciendo en ella sola esta fe de la Iglesia, como reducida entonces esta virtud a su Maestra y Fundadora. 497. Tres condiciones o excelencias particulares se pueden considerar en la fe de María Santísima: la continuación, la intensión y la inteligencia con que creía. La continuación sólo se interrumpía cuando con claridad intuitiva o evidencia abstractiva miraba a la 163 divinidad, como ya he dicho; pero distribuyendo los actos interiores del conocimiento de Dios que tenía la Reina del Cielo —aunque sólo el mismo Señor que los dispensaba puede saber cuándo y en qué tiempos— ejercitaba su Madre Santísima los unos actos o los otros; pero jamás estuvo ocioso su entendimiento, sin cesar solo un instante de toda su vida, desde el primero de su concepción, en que perdiese a Dios de vista; porque si suspendía la fe, era porque gozaba de la vista de la Divinidad clara o evidente por ciencia altísima infusa, y si el Señor le ocultaba este conocimiento, entraba obrando la fe; y en la sucesión y vicisitud de estos actos había una concertadísima armonía en la mente de María Santísima, a cuya atención convidaba el Altísimo a los espíritus angélicos, según aquello que dijo en los Cantares, cap. 8 (Cant., 8, 13): La que habitas en los huertos, los amigos te escuchan, hazme oír tu voz. 498. En la eficacia o intensión que tenía la fe de esta soberana Princesa excedió a todos los Apóstoles, Profetas y Santos juntos y llegó a lo supremo que pudo caber en pura criatura. Y no sólo excedió a todos los creyentes, pero tuvo la fe que faltó a todos los infieles que no han creído y con la fe de María Santísima pudieron todos ser ilustrados. Por lo cual de tal suerte estuvo en ella firme, inmoble y constante, cuando los Apóstoles en el tiempo de la pasión desfallecieron, que si todas las tentaciones, engaños, errores y falsedades del mundo se juntaran, no pudieran contrarrestar ni turbar la invencible fe de la Reina de los fieles; y su Fundadora y Maestra a todos venciera y contra todos saliera victoriosa y triunfante. 499. La claridad o inteligencia con que creía explícitamente todas las verdades Divinas no se puede reducir a palabras sin oscurecerla con ellas. Sabía María purísima todo lo que creía y creía todo lo que sabía; porque la ciencia infusa teológica de la credibilidad de los misterios de la fe y su inteligencia estuvo en esta sapientísima Virgen y Madre con el grado más alto que a pura criatura fue posible. Tenía en acto esta ciencia y memoria de ángel sin olvidar lo que una vez aprendía; y siempre usaba de esta potencia y dones para creer profundamente, salvo cuando por divina disposición ordenaba Dios que por otros actos se suspendiese en la fe, como arriba dije (Cf. supra n. 494, 467). Y fuera de no ser comprensora, tenía en el estado de viadora, para creer y conocer a Dios, la inteligencia más alta y más inmediata en la esfera de la fe con la noticia clara de la Divinidad, con que transcendía el estado de todos los viadores, siendo ella sola en otra clase y estado de viadora a que ninguno otro pudo llegar. 500. Y si María Santísima, cuando ejercitaba los hábitos de fe y esperanza, tenía el estado más ordinario para ella, y por eso era el más inferior, y en él excedía a todos los Santos y Ángeles y en los merecimientos se les adelantó amando más que ellos ¿qué sería lo que obraba, merecía y amaba, cuando era levantada por el poder Divino a otros beneficios y estado más alto de la visión beatífica o conocimiento claro de la divinidad? Si al entendimiento angélico le faltarían fuerzas para entenderlo y penetrarlo ¿cómo tendrá palabras para explicarlo una criatura terrena? Yo quisiera a lo menos que todos los mortales conocieran el valor y precio de esta virtud de la fe, considerándola en este divino ejemplar donde llegó a los últimos términos de su perfección y adecuadamente tocó el fin para que fue fabricada. Lleguen los infieles, herejes, paganos, idólatras a la maestra de la fe, María Santísima, para que sean iluminados en sus engaños y tenebrosos errores y hallarán el camino seguro para atinar con el último fin para que fueron criados. Lleguen también los católicos y conozcan el copioso premio de esta excelente virtud y pidan con los Apóstoles al Señor que les aumente la fe (Lc., 17, 5), no para llegar a la de María Santísima, mas para imitarla y seguirla, pues con su fe nos enseña y nos da esperanza de 164 alcanzarla nosotros por sus merecimientos altísimos. 501. Al patriarca Abrahán llamó San Pablo (Rom., 4, 11) padre de todos los creyentes, porque fue quien primero recibió las promesas del Mesías y creyó todo lo que Dios le prometió, creyendo en esperanza contra esperanza (Rom., 4, 18), que es decir cuán excelente fue la fe del Patriarca, pues el primero creyó las promesas del Señor, cuando no podía tener esperanza humana en la virtud de las causas naturales, así para que su mujer Sara le pariese un hijo ya estéril, como para que ofreciéndosele después a Dios en sacrificio como se lo mandaba, le quedase de él la sucesión innumerable (Gén., 15, 5) que el mismo Señor le había prometido. Todo esto que naturalmente era imposible y otras palabras y promesas creyó Abrahán que haría el poder divino sobrenaturalmente, y por esta fe mereció ser llamado padre de todos los creyentes y recibir la señal de la fe en que se había justificado, que fue la circuncisión. 502. Pero nuestra preexcelsa señora María tiene mayores títulos y prerrogativas que Abrahán para ser llamada Madre de la fe y de todos los creyentes y en su mano está enarbolado el estandarte y vexilo de la fe para todos los creyentes de la ley de gracia. Primero fue el Patriarca en el orden del tiempo, y de primer intento fue dado por padre y cabeza del pueblo hebreo; grande y excelente fue su fe en las promesas de Cristo nuestro Señor y en las palabras del Altísimo; pero en todas estas obras fue la fe de María Purísima más admirable sin comparación, y así es la primera en la dignidad. Mayor dificultad o imposibilidad era parir y concebir una virgen que una vieja estéril; y no estaba el patriarca Abrahán tan cierto de que se ejecutara el sacrificio de Isaac, como lo estaba María Santísima de que sería con efecto sacrificado su Hijo Santísimo. Y ella fue la que en todos los misterios creyó, esperó y enseñó a toda la Iglesia cómo debía creer en el Altísimo y las obras de la Redención. Y conocida la fe de María nuestra Reina, ella es la madre de los creyentes y el ejemplar de la fe católica y de la santa esperanza. Y para concluir este capítulo, digo que Cristo, nuestro Redentor y Maestro, como era comprensor y su alma santísima gozaba la suma gloria y visión beatífica, no tenía fe ni podría usar de ella, ni con sus actos pudo ser maestro de esta virtud. Pero lo que no pudo hacer el Señor por sí mismo hizo por su Madre Santísima, constituyéndola fundadora, madre y ejemplar de la fe de su Iglesia Evangélica, y para que el día del juicio universal sea esta soberana Señora y Reina juez que singularmente asista con su Hijo Santísimo a juzgar los que después no han creído, habiéndoles dado este ejemplo en el mundo. Doctrina de la Madre de Dios y Señora nuestra. 503. Hija mía, el tesoro inestimable de la virtud de la fe divina está oculto a los mortales que sólo tienen ojos carnales y terrenos; porque no le saben dar el aprecio y estimación que piden este don y beneficio de tan incomparable valor. Advierte, carísima, y considera cuál estuvo el mundo sin fe y cuál estaría hoy si mi Hijo y Señor no la conservase. ¡Cuántos hombres que el mundo ha celebrado por grandes, poderosos y sabios, por faltarles la luz de la fe se despeñaron desde las tinieblas de su infidelidad en abominables pecados y de allí a las tinieblas eternas del infierno! ¡Cuántos reinos y provincias llevaron ciegas y llevan hoy tras de sí estos más ciegos, hasta caer todos en la fóvea de las penas eternas! A estos siguen los malos fieles y creyentes que, habiendo recibido esta gracia y beneficio de la fe, viven con él como si no le tuviesen en sus almas. 504. No te olvides, amiga mía, de agradecer esta preciosa margarita que te ha dado el Señor, como arras y vínculo del desposorio que contigo ha celebrado para traerte al 165 tálamo de su Santa Iglesia y después al de su eterna visión beatífica. Ejercita siempre esta virtud de la fe, pues ella te pone cerca del último fin adonde caminas y del objeto que deseas y amas. Ella es la que enseña el camino cierto de la eterna felicidad, ella es la que luce en las tinieblas de la vida mortal de los viadores y los lleva seguros a la posesión de su patria, adonde debían caminar si no estuvieran muertos con la infidelidad y pecados. Ella es la que despierta las demás virtudes, la que sirve de alimento al justo y le entretiene en sus trabajos. Ella es la que confunde y atemoriza a los infieles y a los tibios fieles, negligentes en el obrar; porque les manifiesta en esta vida sus pecados y en la otra el castigo que les aguarda. Es la fe poderosa para todo, pues al creyente nada le es imposible (Mc., 9, 22), antes lo puede y lo alcanza todo; es la que ilustra y ennoblece al entendimiento humano, pues le adiestra para que no yerre en las tinieblas de su natural ignorancia y le levanta sobre sí mismo para que vea y entienda con infalible certeza lo que no alcanzara por sus fuerzas y lo crea tan seguro como si lo viera con evidencia; y le desnuda de la grosería y villanía, cual es no creer el hombre más de aquello que él mismo con su cortedad alcanza, siendo tan poco y limitado mientras vive el alma en la cárcel del cuerpo corruptible, sujeta en el entender al uso grosero de los sentidos. Estima, pues, hija mía, esta preciosa margarita de la fe católica que Dios te ha dado y guárdala y ejercítala con aprecio y reverencia. Capítulo 7 De la virtud de la esperanza y ejercicio de ella que tuvo la Virgen Señora nuestra. 505. A la virtud de la fe sigue la esperanza, a quien ella se ordena; porque si el Altísimo Dios nos infunde la luz de la fe Divina, con que todos sin diferencia y sin aguardar tiempo vengamos en el conocimiento infalible de la Divinidad y de sus misterios y promesas, es para que conociéndole por nuestro último fin y felicidad, y también los medios para llegar a él, nos levantemos en un vehemente deseo de conseguirle cada uno para sí mismo. Este deseo, a quien se sigue como efecto el conato de alcanzar el sumo bien, se llama esperanza, cuyo hábito se nos infunde en el bautismo en nuestra voluntad, que se llama apetito racional; porque a ella le toca apetecer la eterna felicidad como su mayor bien e interés y también el esforzarse con la Divina gracia para alcanzarle y vencer las dificultades que en esta contienda se ofrecieren. 506. Cuán excelente virtud es la esperanza, se conoce de que tiene por objeto a Dios como último y sumo bien nuestro, aunque le mira y le busca como ausente, pero como posible o adquirible por medio de los merecimientos de Cristo y de las obras que hace quien espera. Regúlanse los actos y operaciones de esta virtud por la lumbre de la fe Divina y de la prudencia particular con que aplicamos a nosotros mismos las promesas infalibles del Señor; y con esta regla obra la esperanza infusa tocando el medio de la razón, entre los vicios contrarios de la desesperación y presunción, para que ni vanamente presuma el hombre alcanzar la gloría eterna con sus fuerzas o sin hacer obras para merecerla, ni tampoco si quiere hacerlas tema ni desconfíe que la alcanzará, como el Señor se lo promete y asegura. Y esta seguridad común y general a todos, enseñada por la Fe Divina, se aplica el hombre que espera por medio de la prudencia y sano juicio que hace de sí mismo para no desfallecer ni desesperar. 166 507. Y de aquí se conoce que la desesperación puede venir de no creer lo que la fe nos promete o, en caso que se crea, de no aplicarse a sí mismo la seguridad de las promesas Divinas, juzgando con error que él no puede conseguirlas. Entre estos dos peligros procede segura la esperanza, suponiendo y creyendo que no me negará Dios a mí lo que prometió a todos y que la promesa no fue absoluta sino debajo de condición, que yo de mi parte trabajase y procurase merecerla en cuanto me fuese posible con el favor de su divina gracia; porque si Dios hizo al hombre capaz de su vista y eterna gloria, no era conveniente que llegase a tanta felicidad por medio del mal uso de las mismas potencias con que le había de gozar, que son los pecados, sino usando de ellas con proporción al fin adonde con ellas camina, Y esta proporción consiste en el buen uso de las virtudes, con las cuales se dispone el hombre para llegar a gozar del sumo bien, buscándole desde luego en esta vida con el conocimiento y amor Divino. 508. Tuvo, pues, esta virtud de la esperanza en María Santísima el sumo grado de perfección posible en sí y con todos sus efectos y circunstancias o condiciones; porque el deseo y conato de conseguir el último fin de la vista y fruición Divina tuvo en ella mayores causas que en todas las criaturas; y esta fidelísima y prudentísima Señora no impedía sus efectos, antes los ejecutaba con suma perfección posible a pura criatura. No sólo tuvo Su Alteza fe infusa de las promesas del Señor, a la cual, siendo como fue la mayor, correspondía también proporcionadamente la mayor esperanza; pero tuvo sobre la fe la visión beatífica, en que por experiencia conoció la infinita verdad y fidelidad del Altísimo. Y si bien no usaba de la esperanza cuando gozaba de la vista y posesión de la Divinidad, pero después que se reducía al estado ordinario le ayudaba la memoria del sumo bien que había gozado para esperarle y apetecerle ausente con mayor fuerza y conato; y este deseo era un género de nueva y singular esperanza en la Reina de las Virtudes. 509. Otra causa tuvo también la esperanza de María Santísima para ser mayor y sobre la esperanza de todos los fieles juntos; porque el premio y gloria de esta soberana Reina, que es el principal objeto de la esperanza, fue sobre toda la gloria de los Ángeles y Santos; y conforme al conocimiento de tanta gloria que el Altísimo le dio, tuvo la suma esperanza y afectó para conseguirla. Y para que llegase a lo supremo de esta virtud, esperando dignamente todo lo que el brazo poderoso de Dios quería obrar en ella, fue prevenida con la luz de la fe suprema, con los hábitos y auxilios y dones proporcionados y con especial movimiento del Espíritu Santo. Y lo mismo que decimos de la suma esperanza que tuvo del objeto principal de esta virtud, se ha de entender de los otros objetos que llaman secundarios, porque los beneficios, dones y misterios que se obraron en la Reina del cielo fueron tan grandes, que no pudo extenderse a más el brazo del omnipotente Dios. Y como esta gran Señora los había de recibir mediante la fe y esperanza de las promesas Divinas, proporcionándose con estas virtudes para recibirlas, por eso era necesario que su fe y esperanza fuesen las mayores que en pura criatura eran posibles. 510. Y si, como queda dicho (Mc., 9, 22) de la virtud de la fe, tuvo la Reina del cielo conocimiento y fe explícita de todas las verdades reveladas y de todos los misterios y obras del Altísimo, y a los actos de fe correspondían los de la esperanza, ¿quién podrá entender, fuera del mismo Señor, cuántos y cuáles serían los actos de esperanza que tuvo esta Señora de las virtudes, pues conoció todos los misterios de su propia gloria y felicidad eterna y los que en ella y en el resto de la Iglesia Evangélica se habían de obrar por los méritos de su Hijo Santísimo? Por sola María, su Madre, formara Dios esta virtud y la diera como la dio a todo el linaje humano, como antes dijimos de la virtud de la fe (Cf. 167 supra 499). 511. Por esta razón la llamó el Espíritu Santo Madre del amor hermoso y de la santa esperanza (Eclo., 24, 24); y así como el darle carne al Verbo Divino la hizo Madre de Cristo, así el Espíritu Santo la hizo Madre de la esperanza; porque con su especial concurso y operación concibió y parió esta virtud para los fieles de la Iglesia. Y el ser Madre de la santa esperanza fue como consiguiente y anejo a ser Madre de Jesucristo nuestro Señor, pues conoció que en su Hijo nos daba toda nuestra segura esperanza. Y por estos concebimientos y partos adquirió la Reina Santísima cierto género de dominio y autoridad sobre la gracia y promesas del Altísimo que con la muerte de Cristo nuestro Redentor, hijo de María, se habían de cumplir; porque todo nos lo dio esta Señora, cuando mediante su voluntad libre concibió y parió al Verbo Humanado y en él todas nuestras esperanzas. Donde se cumplió legítimamente aquello que la dijo el Esposo: Tus emisiones fueron paraíso (Cant., 4, 13); porque todo cuanto salió de esta Madre de la Gracia fue para nosotros felicidad, paraíso y esperanza cierta de conseguirle. 512. Padre Celestial y verdadero tenía la Iglesia en Jesucristo, que la engendró, fundó y con sus merecimientos y trabajos la enriqueció de gracias, ejemplos y doctrinas, como era consiguiente a ser tal Padre y Autor de esta admirable obra; parece que a su perfección convenía que juntamente tuviese Madre amorosa y blanda, que con regalo y caricia suave y con maternal afecto e intercesiones criase a sus pechos los hijos párvulos (1 Cor., 3,1), y con tierno y dulce mantenimiento los alimentase, cuando por su pequeñez no pueden sufrir el pan de los robustos y fuertes. Esta dulce madre fue María Santísima, que desde la primitiva Iglesia, cuando nacía en los tiernos hijos de la ley de gracia, les comenzó a dar dulce leche de luz y doctrina como piadosa madre; y hasta el fin del mundo continuará este oficio con sus ruegos en los nuevos hijos que cada día engendra Cristo nuestro Señor con los méritos de su sangre y por los ruegos de la Madre de Misericordia. Por ella nacen, ella los cría y alimenta y ella es dulce Madre, vida y esperanza nuestra, el original de la que nosotros tenemos, el ejemplar a quien imitamos, esperando por su intercesión conseguir la eterna felicidad que su Hijo Santísimo nos mereció y los auxilios que por ella nos comunica, para que así la alcancemos. Doctrina de la Santísima Virgen. 513. Hija mía, con las dos virtudes fe y esperanza, como con dos alas de infatigable vuelo, se levantaba mi espíritu buscando al interminable y sumo bien, hasta descansar en la unión de su íntimo y perfecto amor. Muchas veces gozaba y gustaba de su vista clara y fruición, pero como este beneficio no era continuo por el estado de pura viadora, éralo el ejercicio de la fe y esperanza; que como quedaban fuera de la visión y posesión, luego las hallaba en mi mente y no hacía otro intervalo en sus operaciones. Y los efectos que en mí hacían, el afecto, conato y anhelo que causaban en mi espíritu para llegar a la eterna posesión de la fruición divina, no puede entenderlo con su cortedad el entendimiento criado adecuadamente, pero conocerálo en Dios con alabanza eterna el que mereciere gozar de su vista en el cielo. 514. Y tú, carísima, pues tanta luz has recibido de la excelencia de esta virtud y de las obras que yo ejercitaba con ella, trabaja por imitarme sin cesar según las fuerzas de la Divina gracia. Renueva siempre y confiere en tu memoria las promesas del Altísimo y con la certeza de la fe que tienes de su verdad levanta el corazón con ardiente deseo, anhelando a conseguirlas; y con esta firme esperanza te puedes prometer por los méritos 168 de mi Hijo Santísimo que llegarás a ser moradora de la celestial patria y compañera de todos los que en ella con inmortal gloria miran la cara del Altísimo. Y si con esta ayuda que tienes levantas tu corazón de lo terreno y pones toda tu mente fija en el bien inconmutable por quien suspiras, todo lo visible te será pesado y molesto y lo juzgarás por vil y contemptible y nada podrás apetecer fuera de aquel amabilísimo y deleitable objeto de tus deseos. En mi alma fue este ardor de la esperanza como de quien con la fe le había creído y con experiencia le había gustado, lo cual ninguna lengua ni palabras pueden explicar ni decir. 515. Fuera de esto, para que más te muevas, considera y llora con íntimo dolor la infelicidad de tantas almas, que son imagen de Dios y capaces de su gloria y por sus culpas están privadas de la esperanza verdadera de gozarle. Si los hijos de la Santa Iglesia hicieran pausa en sus vanos pensamientos y se detuvieran a pensar y pesar el beneficio de haberles dado fe y esperanza infalible, separándolos de las tinieblas y señalándolos sin merecerlo ellos con esta divisa, dejando perdida la ciega infidelidad, sin duda se avergonzarían de su torpísimo olvido y reprendieran su fea ingratitud. Pero desengáñense, que les aguardan más formidables tormentos, y que a Dios y a los Santos son más aborrecibles por el desprecio que hacen de la Sangre derramada de Cristo, en cuya virtud se les han hecho estos beneficios; y como si fueran fábulas desprecian el fruto de la verdad, corriendo todo el término de la vida sin detenerse sólo un día, y muchos ni una hora, en la consideración de sus obligaciones y de su peligro. Llora, alma, este lamentable daño y según tus fuerzas trabaja y pide el remedio a mi Hijo Santísimo y cree que cualquier desvelo y conato que en esto pongas te será premiado de Su Majestad. Capítulo 8 De la virtud de la caridad de María Santísima Señora nuestra. 516. La virtud sobreexcelentísima de la Caridad es la señora, la Reina, la Madre, alma, vida y hermosura de todas las otras virtudes; la caridad es quien las gobierna todas, las mueve y encamina a su verdadero y último fin; ella las engendra en su ser perfecto, las aumenta y conserva, las ilustra y adorna y les da vida y eficacia. Y si todas las demás causan en la criatura alguna perfección y ornato, la caridad se la da y las perfecciona; porque sin caridad todas son feas, oscuras, lánguidas, muertas y sin provecho; porque no tienen perfecto movimiento de vida ni sentido. La caridad es la benigna (1 Cor., 13, 4), paciente, mansísima, sin emulación, sin envidia, sin ofensa, la que nada se apropia, que todo lo distribuye, causa todos los bienes y no consiente alguno de los males cuanto es de su parte; porque es la mayor participación del verdadero y sumo bien. ¡Oh virtud de las virtudes y suma de los tesoros del Cielo! Tú sola tienes la llave del paraíso; tú eres la aurora de la eterna luz, sol del día de la eternidad, fuego que purificas, vino que embriagas dando nuevo sentido, néctar que letificas, dulzura que sacias sin hastío, tálamo en que descansa el alma y vínculo tan estrecho que con el mismo Dios nos haces uno (Jn., 17, 21), al modo que lo son el Eterno Padre con el Hijo y entrambos con el Espíritu Santo. 517. Por la incomparable nobleza de esta señora de las virtudes el mismo Dios y Señor, a nuestro entender, quiso honrarse con su nombre, o quiso honrarla a ella, llamándose 169 caridad, como lo dijo san Juan (1 Jn., 4, 16). Muchas razones tiene la Iglesia Católica para que de las perfecciones Divinas se le atribuya al Padre la omnipotencia, al Hijo la sabiduría y al Espíritu Santo el amor; porque el Padre es principio sin principio, el Hijo nace del Podre por el entendimiento y el Espíritu Santo de los dos procede por la voluntad; pero el nombre de caridad y esta perfección se la aplica el Señor a sí mismo sin diferencia de personas, cuando de todas dijo el evangelista sin distinción: Dios es caridad( Ib.). Tiene esta virtud en el Señor ser término y como fin de todas las operaciones ad intra y ad extra, porque todas las divinas procesiones, que son las operaciones de Dios dentro de sí mismo, se terminan en la unión del amor y caridad recíproca de las Tres Divinas Personas, con que tienen entre sí otro vínculo indisoluble después de la unidad de la naturaleza indivisa, en que son un mismo Dios. Todas las obras ad extra, que son las criaturas, nacieron de la Caridad Divina y se ordenan a ella, para que saliendo del mar inmenso de aquella bondad infinita se vuelvan por la caridad y amor a su origen de donde manaron. Y esto es singular en la Virtud de la Caridad entre todas las otras virtudes y dones, que es una perfecta participación de la Caridad Divina; nace del mismo principio y mira al mismo fin y se proporciona también con ella más que las otras virtudes. Y si llamamos a Dios nuestra esperanza, nuestra paciencia y nuestra sabiduría, es porque la recibimos de su mano y no porque estén en Dios estas virtudes como en nosotros. Pero la caridad no sólo la recibimos del Señor, ni él se llama caridad sólo porque nos la comunica, sino porque en sí mismo la tiene esencialmente; y de aquella Divina perfección que imaginamos como forma y atributo de su naturaleza Divina redunda nuestra caridad con más perfección y proporción que otra alguna virtud. 518. Otras condiciones admirables tiene la caridad de parte de Dios para nosotros; porque siendo ella el principio que nos comunicó todo el bien de nuestro ser, y después el sumo bien que es el mismo Dios, viene a ser el estímulo y ejemplar de nuestra caridad y amor con el mismo Señor; porque si para amarle no nos despierta y mueve el saber que en sí mismo es infinito y sumo bien, a lo menos nos obligue y atraiga el saber que es sumo bien nuestro. Y si no podíamos ni sabíamos amarle primero (1 Jn., 4, 10) que nos diera a su Hijo Unigénito, no tengamos excusa ni atrevimiento para dejarle de amar después de habérnosle dado; pues si tenemos disculpa para no saber granjear el beneficio, ninguna hallaremos para no agradecerle con amor después de haberle recibido sin merecerle. 519. El ejemplar que en la Divina Caridad tiene la nuestra, declara mucho más la excelencia de esta virtud, aunque yo con dificultad puedo declarar en esto mi concepto. Cuando fundaba Cristo Señor nuestro su perfectísima ley de amor y de gracia, nos enseñó a ser perfectos a imitación de nuestro Padre Celestial, que hace nacer el sol, que es suyo, sobre los justos e injustos (Mt., 5, 45) sin diferencia. Tal doctrina y tal ejemplo, sólo el mismo Hijo del eterno Padre le podía dar a los hombres. Entre todas las criaturas visibles ninguna como el sol nos manifiesta la Caridad Divina y nos la propone para imitarla; porque este nobilísimo planeta por su misma naturaleza, sin otra deliberación más que su inclinación innata, comunica su luz a todas partes y a todos aquellos que son capaces de recibirla sin diferencia, y cuanto es de su parte nunca la niega ni suspende (Dionisio, De Divinis Nominibus, c. IV); y esto lo hace sin obligarse a nadie, sin recibir beneficio ni retorno de que tenga necesidad y sin hallar en las cosas que ilumina y fomenta alguna bondad antecedente que le mueva y le atraiga, ni esperar otro interés más que derramar la misma virtud que en sí contiene, para que todos la participen y comuniquen. 170 520. Considerando, pues, las condiciones de tan generosa criatura ¿quién hay que no vea en ellas una estampa de la caridad increada a quien imitar? Y ¿quién hay que no se confunda de no imitarla? Y ¿quién imaginará de sí mismo que tiene caridad verdadera si no la imita? No puede nuestra caridad y amor causar alguna bondad en el objeto que ama, como lo hace la caridad increada del Señor; pero a lo menos, si no podemos mejorar lo que amamos, bien podemos amar a todos sin intereses de mejorarnos y sin andar deliberando y escogiendo a quién amar y hacer bien con esperanza del retorno. No digo que la caridad no es libre, ni que hizo Dios alguna obra fuera de sí por natural necesidad, ni corre en esto el ejemplo; porque todas las obras ad extra, que son las de la creación, son libres en Dios. Pero la voluntad libre no ha de torcer ni violentar la inclinación e impulso de la caridad; antes debe seguirla a imitación del sumo bien que, pidiendo su naturaleza comunicarse, no le impidió la Divina voluntad, antes se dejó llevar y mover de su misma inclinación para comunicar los rayos de su luz inaccesible a todas las criaturas según la capacidad de cada una para recibirla, sin haber precedido de nuestra parte bondad alguna, servicio o beneficio y sin esperarle después, porque de nadie tiene necesidad. 521. Habiendo ya conocido en parte la condición de la caridad en su principio, que es Dios, donde, fuera del mismo Señor, la hallaremos en toda su perfección posible a pura criatura es María Santísima, de quien más inmediatamente podemos copiar la nuestra. Claro está que saliendo los rayos de esta luz y Caridad del Sol Increado, donde está sin término ni fin, se va comunicando a todas las criaturas hasta la más remota con orden, con medida y tasa, según el grado que tiene cada una por estar más cerca o más distante de su principio. Y este orden dice el lleno y perfección de la Divina Providencia; pues sin él estuviera como defectuosa, confusa y manca la armonía de las criaturas que había criado para la participación de su bondad y amor. El primer lugar en este orden había de tener después del mismo Dios aquella alma y aquella persona que juntamente fuese Dios Increado y hombre criado; porque a la suma y suprema unión de naturaleza siguiese la suma gracia y participación de amor, como estuvo y está en Cristo Señor nuestro. 522. El segundo lugar toca a su Madre Santísima María, en quien con singular modo descansó la caridad y amor Divino; porque, a nuestro modo de entender, no sosegaba harto la Caridad Increada sin comunicarse a una pura criatura con tanta plenitud, que en ella estuviese recopilado el amor y caridad de toda su generación humana y que sola ella pudiese suplir por lo restante de su naturaleza pura y dar el retorno posible y participar la Caridad Increada sin las menguas y defectos que le mezclan todos los demás mortales infectos, del pecado. Sola María entre todas las criaturas fue electa como el Sol de justicia (Cant., 6, 9), para que le imitase en la caridad y copiase de él esta virtud ajustadamente con su original. Y sola ella supo amar más y mejor que todas juntas, amando a Dios pura, perfecta, íntima y sumamente por Dios y a las criaturas por el mismo Dios y como Él las ama. Sola ella adecuadamente siguió el impulso de la Caridad y su inclinación generosa amando al sumo bien por sumo bien, sin otra atención; amando a las criaturas por la participación que tienen de Dios, no por el retorno y retribución. Y para imitar en todo a la Caridad Increada, sola María Santísima pudo y supo amar para mejorar a quien es amado; pues con su amor obró de suerte, que mejoró el cielo y la tierra en todo lo que tiene ser, fuera del mismo Dios. 523. Y si la caridad de esta gran Señora se pusiera en una balanza y la de todos los hombres y ángeles en otra, pesara más la de María Purísima que la de todo el resto de las criaturas, pues todas ellas no alcanzaron a saber tanto como ella sola de la naturaleza y condición de la Caridad de Dios; y consiguientemente sola María supo imitarla con 171 adecuada perfección sobre toda la naturaleza de puras criaturas intelectuales. Y en este exceso de amor y caridad, satisfizo y correspondió a la deuda del amor infinito del Señor con las criaturas todo cuanto a ellas se les podía pedir, no habiendo de ser de equivalencia infinita, porque esto no era posible. Y como el amor y caridad del alma santísima de Jesucristo tuvo alguna proporción con la unión hipostática en el grado posible, así la caridad de María tuvo otra proporción con el beneficio de darle el Eterno Padre a su Hijo Santísimo, para que ella fuese juntamente Madre suya y le concibiese y pariese para remedio del Mundo. 524. De donde entenderemos que todo el bien y felicidad de las criaturas se viene a resolver por algún modo en la caridad y amor que María Santísima tuvo a Dios. Ella hizo que esta virtud y participación del amor Divino estuviese entre las criaturas en su última y suma perfección. Ella pagó esta deuda por todos enteramente cuando todos no atinaban a hacer la debida recompensa ni la alcanzaban a conocer. Ella con esta perfectísima Caridad obligó en la forma posible al Eterno Padre para que le diese su Hijo Santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María Purísima hubiera amado menos y su caridad tuviera alguna mengua, no hubiera disposición en la naturaleza para que el Verbo se humanara; pero hallándose entre las criaturas alguna que hubiese llegado a imitar la caridad Divina en grado tan supremo, ya era como consiguiente que descendiese a ella el mismo Dios, como lo hizo. 525. Todo esto se encerró en llamarla el Espíritu Santo Madre de la hermosa dilección o amor (Eclo., 24, 24), atribuyéndole a ella misma estas palabras —como en su modo queda dicho de la santa esperanza (Cf. supra n. 511)—; Madre es María del que es nuestro dulcísimo amor, Jesús, Señor y Redentor nuestro, hermosísimo sobre los hijos de los hombres por la divinidad de infinita e increada hermosura y por la humanidad que ni tuvo culpa, ni dolo (1 Pe., 2, 22), ni le faltó gracia de las que pudo comunicarle la Divinidad. Madre también es del amor hermoso; porque sola ella engendró en su mente el amor y caridad perfecta y hermosísima dilección, que todas las demás criaturas no supieron engendrar con toda su hermosura y sin alguna falta, para que no se llamase absolutamente hermoso. Madre es de nuestro amor; porque ella nos le trajo al mundo, ella nos le granjeó y ella nos le enseñó a conocer y obrar; que sin María Santísima no quedaba otra pura criatura en el Cielo ni en la tierra de quien pudieran los hombres y los Ángeles ser discípulos del amor hermoso. Y así es que todos los Santos son como unos rayos de este sol y como unos arroyuelos que salen de este mar; y tanto más saben amar, cuanto más participan del amor y caridad de María Santísima y la imitan y copian ajustándose con ella. 526. Las causas que tuvo esta caridad y amor de nuestra princesa María fueron la profundidad de su altísimo conocimiento y sabiduría, así por la fe infusa y esperanza como por los dones del Espíritu Santo, de ciencia, entendimiento y sabiduría; y sobre todo por las visiones intuitivas y las que tuvo abstractivas de la Divinidad. Por todos estos medios alcanzó el altísimo conocimiento de la caridad increada y la bebió en su misma fuente; y como conoció que Dios debía ser amado por sí mismo y la criatura por Dios, así lo ejecutó y obró con intensísimo y ferventísimo amor. Y como el poder Divino no hallaba impedimento ni óbice de culpa, ni de inadvertencia, ignorancia o imperfección, o tardanza en la voluntad de esta Reina, por esto pudo obrar todo lo que quiso y lo que no hizo con las demás criaturas; porque ninguna otra tuvo la disposición que María Santísima. 172 527. Este fue el prodigio del poder divino y el mayor ensayo y testimonio de su caridad increada en pura criatura y el desempeño de aquel gran precepto natural y divino: Amarás a tu Dios de todo tu corazón, alma y mente, y con todas tus fuerzas (Dt., 6, 5); porque sola María desempeñó a todas las criaturas de esta obligación y deuda que en esta vida y antes de ver a Dios no sabían ni podían pagar enteramente. Esta Señora lo cumplió siendo viadora más ajustadamente que los mismos Serafines siendo comprensores. Desempeñó también a Dios en su modo en este precepto, para que no quedara vacío y como frustrado de parte de los viadores; pues sola María Purísima le santificó y llenó por todos ellos, supliendo abundantemente todo lo que a ellos les faltó. Y si no tuviera Dios presente a María nuestra Reina para intimar a los mortales este mandato de tanto amor y caridad, por ventura no le hubiera puesto en esta forma; pero sólo por esta Señora se complació en ponerle y a ella se le debemos, así el mandato de la caridad perfecta como su cumplimiento adecuado. 528. ¡Oh dulcísima y hermosísima Madre de la hermosa dilección y caridad, todas las naciones te conozcan, todas las generaciones te bendigan, todas las criaturas te magnifiquen y alaben! Tú sola eres la perfecta, tú sola la dilecta, tú sola la escogida para tu Madre la Caridad Increada; ella te formó única y electa como el sol (Cant., 6, 9) para resplandecer en tu hermosísimo y perfectísimo amor. Lleguemos todos los míseros hijos de Eva a este sol, para que nos ilustre y encienda. Lleguemos a esta Madre para que nos reengendre en amor. Lleguemos a esta Maestra para que nos enseñe a tener el amor, dilección y caridad hermosa y sin defectos. Amor dice un afecto que se complace y descansa en el amado; dilección, obra de alguna elección y separación de lo que se ama de todo lo demás; y caridad dice sobre todo esto un íntimo aprecio y estimación del bien amado. Todo esto nos enseñará la Madre de este amor hermoso, que por tener todas estas condiciones viene a serlo, y en ella aprenderemos a amar a Dios por Dios, descansando en Él todo nuestro corazón y afectos; a separarle de todo lo demás que no es el mismo sumo bien, pues le ama menos quien con él quiere amar otra cosa; a saberle apreciar y estimar sobre el oro y sobre todo lo precioso; pues en su comparación todo lo precioso es vil, toda la hermosura es fealdad y todo lo grande y estimable a los ojos carnales viene a ser contemptible y sin algún valor. De los efectos de la caridad de María Santísima hablo en toda esta Historia, y de ellos está lleno el Cielo y la tierra; y por eso no me detengo a contar en particular lo que no puede caber en lenguas ni palabras humanas ni angélicas. Doctrina de la Reina del Cielo. 529. Hija mía, si con afecto de Madre deseo que me sigas y me imites en todas las otras virtudes, en esta de la caridad, que es el fin y corona de todas ellas, quiero, te intimo y declaro mi voluntad de que extiendas sobremanera todas tus fuerzas para copiar en tu alma con mayor perfección todo lo que se te ha dado a conocer en la mía. Enciende la luz de la fe y de la razón para hallar esta dracma (Lc., 15,8) de infinito valor y, habiéndola topado, olvida y desprecia todo lo terreno y corruptible; y en tu mente una y muchas veces confiere, advierte y pondera las infinitas razones y causas que hay en Dios para ser amado sobre todas las cosas; y para que entiendas cómo debes amarle con la perfección que deseas, éstas serán como señales y efectos del amor, si le tienes perfecto y verdadero: si meditas y piensas en Dios continuamente; si cumples sus mandamientos y consejos sin tedio ni disgusto; si temes ofenderle; si ofendido solicitas luego aplacarle; si te dueles de que sea ofendido y te alegras de que todas las criaturas le sirvan; si deseas y gustas hablar continuamente de su amor; si te gozas de su memoria y presencia; si te contristas 173 de su olvido y ausencia; si amas lo que él ama y aborreces lo que aborrece; si procuras traer a todos a su amistad y gracia; si le pides con confianza; si recibes con agradecimiento sus beneficios; si no los pierdes y conviertes a su honra y gloria; si deseas y trabajas por extinguir en ti misma los movimientos de las pasiones que te retardan o impiden el afecto amoroso y obras de las virtudes. 530. Estos y otros efectos señalan como unos índices de la Caridad, que está en el alma con más o menos perfección. Y sobre todo, cuando es robusta y encendida, no sufre ociosidad en las potencias, ni consiente mácula en la voluntad, porque luego las purifica y consume todas, y no descansa si no es cuando gusta la dulzura del sumo bien que ama; porque sin él desfallece (Cant., 2, 5), está herida y enferma y sedienta de aquel vino que embriaga (Cant., 5, 1) el corazón, causando olvido de todo lo corruptible, terreno y momentáneo. Y como la Caridad es la madre y raíz de todas las otras virtudes, luego se siente su fecundidad en el alma donde permanece y vive; porque la llena y adorna de los hábitos de las demás virtudes, que con repetidos actos va engendrando, como lo significó el Apóstol (1 Cor., 13, 4). Y no sólo tiene el alma que está en caridad los efectos de esta virtud con que ama al Señor, pero estando en caridad es amada del mismo Dios, recibe del amor Divino aquel recíproco efecto de estar Dios en el que ama y venir a vivir como en su templo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; beneficio tan soberano que con ningún término ni ejemplo se puede conocer en la vida mortal. 531. El orden de esta virtud es amar primero a Dios que es sobre la criatura y luego amarse ella a sí misma y tras de sí amar lo que está cerca de sí, que es su prójimo. A Dios se ha de amar con todo el entendimiento sin engaño, con toda la voluntad sin dolo ni división, con toda la mente sin olvido, con todas las fuerzas sin remisión, sin tibieza, sin negligencia. El motivo que tiene la caridad para amar a Dios y todo lo demás a que se extiende es el mismo Dios; porque debe ser amado por sí mismo, que es sumo bien infinitamente perfecto y santo. Y amando a Dios con este motivo, es consiguiente que la criatura se ame a sí misma y al prójimo como a sí misma; porque ella y su prójimo no son suyos, tanto como son del Señor, de cuya participación reciben el ser, la vida y movimiento; y quien de verdad ama a Dios por quien es, ama también a todo lo que es de Dios y tiene alguna participación de su bondad. Por esto la Caridad mira al prójimo como obra y participación de Dios y no hace diferencia entre amigo y enemigo; porque sólo mira lo que tienen de Dios y que son cosa suya y no atiende esta virtud a lo que tiene la criatura de amigo o enemigo, de bienhechor o malhechor; sólo diferencia entre quien tiene más o menos participación de la bondad infinita del Altísimo y con el debido orden los ama a todos en Dios y por Dios. 532. Todo lo demás que aman las criaturas por otros fines y motivos, y esperando algún interés y comodidad o retornó, lo aman con amor de concupiscencia desordenada o con amor humano o natural; y cuando no sea amor virtuoso y bien ordenado, no pertenece a la caridad infusa. Y como es ordinario en los hombres moverse por estos bienes particulares y fines interesables y terrenos, por eso hay muy pocos que atiendan, abracen y conozcan la nobleza de esta generosa virtud, ni la ejerciten con su debida perfección; pues aun al mismo Dios buscan y llaman por temporales bienes, o por el beneficio y gusto espiritual. De todo este desordenado amor quiero, hija mía, que desvíes tu corazón y que sólo viva en él la caridad bien ordenada, a quien el Altísimo ha inclinado tus deseos. Y si tantas veces repites que esta virtud es la hermosa y la agraciada y digna de ser querida y estimada de todas las criaturas, estudia mucho en conocerla y, habiéndola conocido, compra tan preciosa margarita, olvidando y extinguiendo en tu 174 corazón todo amor que no sea de Caridad perfectísima. A ninguna criatura has de amar más de por sólo Dios y por lo que en ella conoces que te le representa y como cosa suya, y al modo que la esposa ama a todos los siervos y familiares de la casa de su esposo porque son suyos; y en olvidándote que amas alguna criatura sin atender a Dios en ella y amándola por este Señor, entiende que no la amas con Caridad, ni como de ti lo quiero y el Altísimo te lo ha mandado. También conocerás si los amas con Caridad en la diferencia que hicieres de amigo o enemigo, de apacible o no apacible, de cortés más o menos y de quien tiene o no tiene gracias naturales. Todas estas diferencias no las hace la caridad verdadera, sino la inclinación natural o las pasiones de los apetitos, que tú debes gobernar con esta virtud, extinguiéndolos y degollándolos.