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La parábola del caos litúrgico

La parábola del caos litúrgico

Bruno, el 3.10.22 a las 4:18 AM

Todos los días vemos parábolas. El mundo está lleno de ellas y, si no las aprovechamos, es porque no queremos. Cuando nuestro Señor predicó, no solo nos dejó el medio centenar de parábolas que aparecen en los Evangelios, sino también nos enseñó a entender todo lo que vemos a nuestro alrededor como una parábola que Él mismo ha puesto ahí. No hay nada en este mundo que no nos hable de Dios si sabemos verlo como realmente es, incluso las circunstancias y sucesos que de algún modo parecen apuntar en dirección contraria.

Hace unos días, en una Misa de diario, me tocó ir en la fila para comulgar detrás de un señor de esos que consiguen crear el caos litúrgico. Había dos filas y el señor retrasaba tanto la nuestra que solo llegaban los de la otra a comulgar, el cura no sabía lo que pasaba y estiraba el cuello para averiguarlo, los de la otra fila dudaban si pasar a la nuestra y adelantar, algunos se chocaban con los que tenían delante y, en general, todo el mundo estaba distraído.

Como imaginarán los que me conozcan bien, lo primero que surgió de mi interior fue la impaciencia y la irritación. Ir ordenadamente a recibir al Comunión es bastante sencillo y, en la medida de lo posible, a uno le gusta que no le distraigan en el momento de comulgar. No es mucho pedir, ¿no? ¿No? ¿NO?

Mirando con desaprobación al señor causante del caos, me sentí avergonzado de mi impaciencia al descubrir que no iba más deprisa porque era tan anciano que solo podía avanzar a pasitos minúsculos, sin levantar apenas los pies del suelo. Bastó darme cuenta de eso para que se me abrieran los ojos de la fe y me pareciera estar viendo en carne y hueso la parábola de la viejecilla que echó los dos centimitos en el cepillo del templo, a pesar de que era todo lo que tenía para vivir. Aquel señor, que apenas tenía fuerzas y al que no podía quedarle mucho de vida, empleaba toda la energía que tenía en ir a Misa un día de diario. Solo podía dar minúsculos pasitos, pero esos pasitos los daba en dirección al Señor sacramentado. Sin ninguna obligación de hacerlo y, además, en una horrible iglesia moderna que quitaba toda la devoción. Es decir, única y exclusivamente por amor a Dios.

¿Qué más puedo decir? No lo conozco, pero ojalá Dios me dé una vejez como la suya. Muchos escritores espirituales han señalado que el hecho de envejecer es una ayuda que recibimos para ir desprendiéndonos de las cosas de este mundo y preparándonos así para la vida eterna. Esa ayuda, sin embargo, solo resulta beneficiosa cuando ese desprendimiento forzado de tantas cosas de la vida, como la salud, la fuerza física o la belleza, se acepta voluntariamente y se aprovecha para poner el corazón cada vez más en el cielo y en Dios.

¿De qué sirve la vejez si no es un tiempo que nos acerca más a Dios? De nada. Más aún, ¿de qué sirven la juventud, la madurez o la niñez y todas las etapas de la vida si no nos acercan más a Dios, si no sirven para darle gloria y si no son un peldaño que nos acerca al cielo? De nada, de nada y de nada.

El anciano de la fila de la comunión, en cambio, podía decir con el salmista: oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua… tu gracia vale más que la vida. Dichosos los que puedan decir lo mismo y bendito sea el caos litúrgico que puedan crear a su paso.

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