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La Santa y Mártir Madre Rusia (XLXVXV)

ALFONSO ROJO
- 27 Ene 2020 - 10:07 CEST

Una boda ortodoxa en Rusia.IGOR MAIHALEV

Archivado en: Europa | Moscú sin brújula | Periodismo

Ludmila y Serguei dieron tres veces la vuelta al altar, como ordena la liturgia ortodoxa, mientras el diácono de la Iglesia de la Misericordia trotaba tras ellos como un perrito, para mantener sobre la cabeza de la joven la coronita que la identificaba como esposa.

Antes del fracasado golpe del 19 de agosto de 1991, una escena así hubiera sido casi impensable.

En lugar de acudir al repujado templo ortodoxo, Ludmila y Serguei habrían ido a un «palacio de las bodas», en vez de un pope de hirsuta barba, habrían tenido como oficiante a un funcionario miope y el testigo de los esponsales no hubiera sido un diácono, sino un miliciano uniformado.

Consciente del atractivo que sobre el modesto ciudadano ejerce el ritual, el perverso Stalin creó de la nada un complicado montaje destinado a dar al ateo proletariado su propia liturgia.

Como alternativa a los templos ortodoxos, buena parte de los cuales fueron demolidos o transformados en establos o almacenes socialistas, hizo levantar «palacios de las bodas»: edificios de gusto detestable, con pretenciosas escalinatas, lámparas aparatosas y falsos muebles de época.

La ceremonia matrimonial era muy simple. Los contrayentes acudían con sus carnets de identidad, rellenaban los preceptivos formularios y el oficinista de turno preguntaba a la pareja si deseaba sinceramente contraer matrimonio.

Los novios respondían «si».

El fúnebre empleado estatal felicitaba en nombre del pueblo a la pareja y les deseaba «larga vida, hijos, felicidad y éxito».

Los recién casados se besaban y salían a la calle, donde nadie cometía el cateto despropósito de arrojarles puñados de arroz, entre otras razones por el riesgo de que algún hambriento viandante se lanzase como un lobo sobre los granos.

Novios contraen matrimonio en un ‘Palacio de las Bodas’ de la URSS.

En Moscú, lo tradicional era entonces dirigirse en coche alquilado a las Colinas de Lenin y libar, en compañía de amigos y parientes, unas cuantas botellas de champansky georgiano.

Ya bien cargados, los que tenían recursos se trasladaban a un restaurante a emborracharse del todo y los que andaban escasos de rublos se concentraban en un apartamento a ponerse morados de vodka, vino y aguardiente casero.

Había contumaces que seguían fieles a la tradición bolchevique.

Todavía se recuerda con pavor en el Vaticano la cara de enfado de Raisa Gorbachov, cuando el Papa Juan Pablo II cometió el «desliz» de regalarle un rosario durante una audiencia, pero lo que primaba a principios de 1992 en Moscú eran las bodas con pope, los entierros sagrados y los bautizos en pila de agua bendita.

El renacimiento religioso comenzó con la perestroika, cogió un ritmo vivaz en 1989, coincidiendo con la celebración del milenio de la cristianización de Rusia, y se desbocó a mediados de 1991.

En julio de ese año, cuando Boris Yeltsin asumió el cargo de presidente de Rusia, el patriarca Aleksi II subió al escenario para bendecir el acontecimiento.

Aprovechó la oportunidad para manifestar su esperanza de que el nuevo «zar» devolviera a los ortodoxos los templos, monasterios y lugares expropiados por los «rojos».

Yeltsin acogió encantado la idea. En septiembre hizo que la municipalidad de Ekaterimburgo abriese al público la Casa Ipatyev, la misma, en la que fue asesinada la familia del zar Nicolás II, y ordenó que el lugar quedase bajo la custodia de la Iglesia Ortodoxa.

Familia Nicolas II.

En diciembre, en la Catedral de la Resurrección, en pleno centro de Moscú, los veteranos de la guerra de Afganistán, encabezados por el vicepresidente Rutskoi, celebraron una misa en recuerdo de los caídos.

Al termino de la ceremonia, el pope Boris, un sacerdote con perilla mefistofélica y nariz de borrachín, bautizó a diez personas.

«En nuestro templo no tenemos muchos parroquianos, porque estamos en medio de edificios oficiales, pero raro es el día en que no vienen a bautizarse dos o tres chavales y media docena de adultos», explicaba el cura.

«Antes no se atrevían a hacerlo por temor a ser deportados a Siberia. Stalin era muy malo. Fue seminarista y se divertía infiltrando agentes en los seminarios.»

Que los creyentes pasaban miedo en la era comunista es indudable, pero también lo es que la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa confraternizaba bochornosamente con el poder soviético.

El pope Andrei Rybine, antiguo miembro del Comité de Estado para Asuntos Religiosos, reconoció ante el Parlamento ruso el 20 de febrero de 1992, que había sido reclutado por el KGB en el seminario y que solo los sacerdotes «bendecidos» por el servicio secreto comunista podían ser consagrados como obispos.

A pesar de eso, de la represión y las dificultades, siempre hubo grupos de creyentes y familias, entre ellas la del propio Yeltsin, que se atrevían a bautizar a sus hijos, aunque fuera a escondidas.

Los monasterios de la fortificada Zagorsk.

A 70 kilómetros de Moscú, con sus muros blancos de diez metros de altura, sus arpilleras para los arqueros, sus cúpulas doradas y su insultante belleza, se levanta el monasterio-fortaleza de Zagorsk.

Es el corazón de la vieja fe ortodoxa. Fundado hace seis siglos, ha sido el centro de la historia rusa.

Contiene entre sus murallas tres catedrales, pequeñas iglesias, un palacio, un hospital, un seminario, un monasterio y uno de los museos mas deslavazados, desquiciados y desordenados que imaginarse pueda.

Para entrar es obligatorio calzarse encima de los zapatos una especie de alpargatas de cuero gigantes.

En las incontables y viejas habitaciones, expuestos en vitrinas o colgados de la pared, hay desde bellísimos iconos, a colmillos de morsa tallados por los esquimales, pasando por vestidos regionales o tenedores cuyo único mérito es haber rozado ocasionalmente el delicado paladar de uno de los zares.

Los pedigüeños cojos, mancos y contrahechos, los popes barbudos, las viejas beatas y los santones, que durante décadas mantuvieron vivos los ritos bajo el comunismo, siguen en Zagorsk, pero ahora arropados por una legión de novicios y novicias.

En enero de 1992 hubo tantas solicitudes de entrada en el seminario, que las autoridades religiosas se permitieron, por primera vez en setenta años, el lujo de rechazar postulantes.

Stalin con los ‘amaestrados’ popes ortodoxos.

En 1992, en la calle Stremiani de Moscú, hacía meses que media docena de obreros y unas cuantas mujeres laboraban sin descanso para restaurar la Iglesia de los Martires Flor y Laura.

El templo, uno de los mas grandes y concurridos de Rusia hasta 1930, fue transformado ese año por orden de Stalin en una fabrica metalúrgica.

«Levantaron tabiques, metieron hornos, maquinas y cocinas», explicaba con cara de sufrimiento y estremecedores suspiros Natalia Victorovna, la piadosa mujer que mandaba la cuadrilla.

“El humo y el calor destruyeron frescos con cuatro siglos de antigüedad, pero gracias al cielo, Dios vuelve a reinar sobre la Santa Rusia”.

Era verdad. La religión ortodoxa eclosionó, pero en Moscú, «la Tercera Roma» de los ultranacionalistas rusos de Pamiat, también proliferaban los falsos profetas, los parapsicólogos, las echadoras de cartas, los dianéticos y los magos y a uno le venía a la memoria que en el siglo IV después de Cristo, antes de la catástrofe, cuando la antaño insuperable Roma se hedía y los barbaros rugían en las fronteras del Imperio, los habitantes de la Ciudad de las Siete Colinas fundada por Rómulo y Remo, también miraban al cielo para interpretar el vuelo de las aves y también escrutaban ansiosos las entrañas de los animales para adivinar el futuro.

Y venían tiempo muy malos.

FIN

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