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'Violencia de género': una aberración

'Violencia de género': una aberración

Fernando Serra. Doctor en Dirección de Empresas, IESE, Universidad de Navarra.
Libertad Digital, 20 de septiembre de 2019


La expresión violencia de género no es utilizada en los 70 y 80 del pasado siglo por las creadoras de la llamada tercera ola del feminismo, pero ha terminado siendo un concepto clave y esencial de esta ideología. Tan primordial que, ejerciendo de piedra angular, sostiene y relaciona los dos pilares básicos de este pensamiento: el patriarcado y la dialéctica sexo-género.
El enunciado apareció en 1995 en el Congreso sobre la Mujer celebrado en Pekín y auspiciado por la ONU, aunque su significado procede de violencia estructural, idea teorizada muchos años antes por el sociólogo Johan Galtung y que se caracteriza por carecer de un actor violento. La violencia de género sería para el feminismo radical una violencia estructural del hombre contra la mujer que surge de un sistema de poder centrado en la sexualidad y que se manifiesta en todos los órdenes, en el cultural especialmente, lo que no impide que sea ostensible, real y con un origen histórico. Otra cosa muy distinta es poder demostrar todas estas afirmaciones.
Ese sistema es el patriarcado –"heteropatriarcado", se dice ahora, para señalar más al varón dominante–, tal como lo teorizó Kate Millet en Política sexual. Sulamith Firestone busca en Dialéctica del sexo un paralelismo entre el patriarcado y el sistema de producción capitalista analizado por Marx. "Así como la meta final de la revolución socialista", aseguró, "era acabar no sólo con el privilegio de la clase económica, sino con la distinción misma entre clases económicas, la meta definitiva de la revolución feminista no debe ser acabar únicamente con el privilegio masculino, sino con la distinción de sexos misma: las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarían culturalmente". "Existe una dialéctica más radical que la de la lucha de clases: la servidumbre biológica de la opresión de las mujeres", concluyó.
Sin embargo, el paralelismo que pretende hacer esta mentora del feminismo marxista hace aguas por todas partes. Marx tardó más de 50 años en explicar los mecanismos de explotación del sistema capitalista en una obra meritoria aunque errónea en aspectos esenciales, mientras que el patriarcado diseñado por el feminismo hegemónico es una construcción –un constructo, más bien– desacertada y vacía en todas sus vertientes: origen antropológico, desarrollo, consecuencias políticas y presencia actual, llegando incluso a lo grotesco. La feminista Marta Fontenla lo define como "un sistema de relaciones sociales sexo-políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclase e intragénero instaurado por los varones, quienes, como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres (…) se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia". Esta "solidaridad interclase" que los varones establecen tiene una presencia institucionalizada e incluso un nombre, fratría, como es denominada por algunas feministas, Celia Amorós entre ellas.
Con lo hasta aquí expuesto es posible deducir las principales características que para las feministas encierra el concepto violencia de género. Y comprobar al mismo tiempo que confina afirmaciones, que no argumentos, puramente ideológicos que rompen los principios más esenciales del Derecho, que conforman las sociedades democráticas liberales.
En primer lugar, quien ejerce esta violencia es un sujeto (un actor) colectivo, los hombres, todos los hombres, y también la víctima es otro colectivo, todas las mujeres; y por supuesto va en una única dirección, del primer colectivo al segundo. En un Estado de Derecho, los delitos los cometen los individuos, no los colectivos, y de no ser así se anula la presunción de inocencia, al quedar en este caso todos los hombres estigmatizados por el solo hecho de pertenecer al grupo depredador y estructurado. El Derecho Penal descansa sobre el principio de que la responsab-ilidad por la comisión de un hecho tipificado por la ley como delito recae sobre una persona. Por el contrario, en los sistemas totalitarios la responsabilidad penal se fundamenta en el autor del delito o en el colectivo al que pertenece. Es el Derecho Penal de autor de la Alemania nazi.
La histórica feminista radical Kathleen Barry lo dejó bien claro: ""El individualismo liberal trata de fragmentar el poder que ejercen los hombres mediante la violencia sexual como si fuera una conducta meramente individual de algunos hombres concretos". No existen por tanto en este tipo de violencia comportamientos individuales libres y responsables, la "estructura patriarcal" es determinante. Es en este sentido revelador el argumento del magistrado del Constitucional Jorge Rodríguez-Zapata cuando cuestionó con su voto particular la Ley contra la Violencia de Género (LVG) asegurando que contiene una definición de violencia de género (...) con independencia de cuál sea la motivación o la intencionalidad del agresor (…) En realidad, el autor del referido delito debe ser sancionado con arreglo al plus de culpa derivado de la situación discriminatoria creada por las generaciones de varones que le precedieron, como si portara consigo un pecado original del que no pudiera desprenderse.
Las palabras de este magistrado señalan una segunda vertiente del tratamiento ideológico de la violencia de género que en el plano jurídico es posiblemente más aberrante. Para el feminismo, esta falta o delito no tiene causa ni intencionalidad que implique agravante o atenuante alguno. En todo proceso penal sobre un caso con resultado de muerte o lesiones graves, como el del asesinato del niño Gabriel a manos de Ana Julia Quezada, el tribunal se ocupa de averiguar motivos y posibles agravantes o atenuantes. Incluso los atentados terroristas se consideran que encierran una intencionalidad política. Más sorprendente es el tratamiento que desde la ideología feminista se da a las mutilaciones genitales de las niñas, que, percibidas por muchos como un ejemplo brutal de violencia de género, no podrían ser así designadas por tener alguna motivación –salvaguardar la pureza y virginidad para el futuro marido, o si acaso causas rituales o religiosas– y ser practicadas por mujeres. En la violencia de género estructural no caben estas disquisiciones porque el hombre, como protagonista dominante del patriarcado, agrede a la mujer por el simple hecho de serlo. No existe motivación alguna, la violencia es estructural, no individual, es como un mandato ineludible del destino del que el varón no se puede librar y que eleva a este tipo de violencia a la máxima gravedad, al tratarse de una agresión aleatoria.
Por ello, las feministas rechazan tajantemente discutir sobre si la violencia de género puede tener alguna causa: problemas psicológicos, miedo a perder a los hijos, interés económico, venganza u odio, entre otros. Entrar en este debate "contraviene la esencia de la LVG", dice Lucía Avilés, vocal de la Asociación de Mujeres Juezas. El profesor de Filosofía del Derecho Pablo de Lora Deltoro expone en Lo sexual es político (y jurídico) numerosos ejemplos de cómo la perspectiva de género está distorsionando el estamento jurídico. Y no solo esta profesión. Sonia Vaccaro, psicóloga especialista en violencia de género, sostiene que tampoco la maldad puede ser el factor explicativo, porque el hombre maligno no maltrata cuando, por ejemplo, le echan del trabajo, "lo único que no tolera es el no de su pareja... Es como discutir si el Holocausto existió".
De la falaz pretensión que niega cualquier motivación a la violencia del hombre hacia la mujer por ser estructural se deriva la radical oposición de las feministas a que se use otros calificativos diferentes a de género. "Violencia doméstica", "contra la mujer" o incluso "machista" son herejías imperdonables. La catedrática de Derecho penal Mercedes Pérez Manzano lo deja bien claro:
Utilizar el término violencia de género supone una toma de postura acerca de las causas que la originan (estructura social de naturaleza patriarcal) y explica la violencia sobre las mujeres en clave cultural y social, y no biológica ni individual.
Es sorprendente cómo la perspectiva ideológica de género ha calado también en los medios de comunicación. La prueba está en que cuando se informa de que un hombre ha agredido o matado a una mujer no hace falta investigar la causa, ésta viene implícita y no es necesario esperar al veredicto de los tribunales para calificar el caso como de violencia de género, algo que no sucede en ningún otro delito.
A pesar de los extravíos jurídicos que contiene, la violencia de género es una idea verdaderamente exitosa, puesto que sirve para casi todo: criminaliza al varón sin escapatoria alguna, victimiza a la mujer, despierta adhesiones políticas, posibilita promulgar leyes ideológicas y genera buenos beneficios económicos. Su eficacia en cuanto a reducir las víctimas es un fracaso total, pero, ya se sabe, cuando la izquierda ensaya una receta y naufraga no es necesario probar otro remedio: se dobla la dosis y basta.