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Educación y Caridad (en la festividad de Cristo Rey)

Educación y Caridad (en la festividad de Cristo Rey)

Pedro L. Llera, el 20.11.21 a las 4:52 PM

Vuelvo a compartir con ustedes la última parte del artículo Educación y Caridad, con algún añadido que viene a cuento de la festividad de Cristo Rey.

La Escuela Atea

Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» (Génesis 3, 4-5).

Uno de los tópicos más extendidos en el mundo educativo – un mundo especialmente propenso a los tópicos, a la palabrería pedagógica vacía y a la pomposidad de la nada – es el de la “educación integral”. No hay colegio ni proyecto educativo que no ofrezca una educación integral. ¿Qué quieren decir con eso? Nada. Pero queda bien, suena saludable, como el pan integral. ¿Quién no va a querer una educación integral? Integral significa que comprende todos los elementos o aspectos de la educación: el aspecto físico, el emocional, el intelectual… Una educación integral implicaría el desarrollo de todas las capacidades del niño, de todos sus talentos (ahora se llaman “inteligencias múltiples”).

Pero claro, esa educación integral depende de la visión filosófica, antropológica o religiosa que tenga el colegio sobre el hombre.

Hoy, en la mayoría de los colegios (también en muchos colegios supuestamente “católicos"), se da una visión materialista, cientificista y atea del hombre: el hombre es una realidad biológica que nace, se desarrolla y muere. Y tiene una realidad corporal y otra psicológica y emocional que depende de nuestro cerebro, de nuestra realidad neuronal. Al fin de cuentas, seríamos, según los materialistas ateos (o agnósticos), unos seres que viven, piensan y sienten, movidos por sus instintos, sus intereses, sus gustos y su cerebro; su inteligencia y sus conexiones neuronales. Para la mayoría de los colegios actuales, el niño no tiene alma. Los seres humanos no tenemos alma porque Dios no existe. Y si existe es algo irrelevante para la vida del hombre. Por lo tanto, la vida no tiene sentido, no tiene un fin al que dirigirse: no hay un destino hacia el que caminar. Nuestro único fin es la muerte y la nada. ¿Qué podemos hacer entonces en la escuela?

Podemos enseñar matemáticas, lengua, idiomas, ciencias, artes… O, mejor dicho, podemos acompañar al alumno a que él mismo construya su propio aprendizaje. Porque no hay una verdad objetiva, no existe la realidad, sino que esta no es más que una imagen mental subjetiva y cada uno tiene la suya.

Podemos educar buenos ciudadanos que respeten la ley y se comporten con urbanidad y buenos modales.

Podemos educar buenos trabajadores, con un nivel de cualificación profesional que les permita integrarse lo mejor posible en el mercado laboral.

Podemos educar a personas que aprecien el deporte y los buenos hábitos de alimentación y de vida para que puedan llevar una vida saludable.

Podemos ofrecer a los niños una educación emocional que les haga resilientes, con un autoconcepto adecuado y equilibrado que les permita tener una autoestima correcta.

Podemos prevenir los accidentes de tráfico; y enseñar a respetar a los demás, a no ser violentos ni agredir a nadie, a valorar la paz, a repudiar la violencia de género y a aspirar a un mundo fraterno y pacífico, no violento, sin ejércitos ni fronteras.

Podemos educar para el respeto a todas las religiones y a todas las culturas. Menos la religión católica, que es oscurantista, represora y fascista. Por eso no hay problema en celebrar el Ramadán pero causa prurito la Navidad o la Semana Santa.

Podemos educar al niño para que sea autónomo moralmente y regule su comportamiento por sí mismo.

Podemos educar para que los niños conozcan y respeten los derechos humanos, los derechos del niño, los derechos de la mujer, los derechos de los animales y los derechos del planeta, de la Madre Naturaleza; y el respeto al medio ambiente.

Y como para este mundo el sexo es la felicidad (algo fundamental, una manera incomparable de disfrutar de la vida), hay que ofrecer una educación sexual que prevenga las enfermedades venéreas y que enseñe a los niños a respetar y a experimentar todas sus distintas variedades y prácticas. El hombre se autodetermina y decide por sí mismo qué quiere ser y cómo quiere vivir. Y el sexo lo determina cada uno por sí mismo; cada uno elige libremente: puedo ser heterosexual, homosexual, bisexual, transexual, travestí, asexual, pansexual, de género fluido, no binarios, poliamoroso… Y a los niños hay que enseñarles desde la guardería a experimentar con su cuerpo y a buscar el propio placer. Para eso se recurre a talleres, cuentos, dinámicas de grupo, autotocamientos, tocamientos al compañero, etc. Es importante aprender desde pequeños a masturbarse y a conocer teórica y prácticamente cómo dar y recibir placer, uno solo, con el otro, con la otra, con el otre o con los otros, otras y otres (sexo en grupo). Así es “un mundo feliz": sexo libre y sin compromisos, al margen del amor.

El hombre es libre para decidir por sí solo qué quiere ser y cómo quiere ser porque es autónomo y el único límite para su libertad es la libertad del otro. Y para poder decidir, tengo que conocer y experimentar las distintas opciones que existen o que pueden existir, sin ningún tipo de restricción moral: sin coacciones ni prohibiciones.

No hay Dios y, por lo tanto, no hay una ley universal y eterna: no se acepta ninguna moral heterónoma ni mucho menos teónoma, que coarte nuestra libertad moralmente autónoma. Y la visión cristiana del hombre hay que combatirla y acabar con ella por oscurantista, represora y medieval. El principio de autodeterminación, la autonomía kantiana, la libertad negativa ha llegado finalmente a su cénit: la Ideología de Género, el nuevo nombre del humanismo sin Dios y contra Dios, idolátrico y blasfemo.

La escuela atea bebe del vómito de Nietzsche.

Ese es el fundamento del ateísmo: el odio a Dios y a la Iglesia. Ese es el fundamento filosófico de la enseñanza de la mayor parte de los colegios hoy en día. En eso consiste su “educación integral”. Por eso, pensar que todos los colegios son iguales es un error garrafal: no puede educar igual quien odia a Dios que quien proclama que Jesucristo es el Señor; quien quita crucifijos de las aulas y prohíbe los belenes en Navidad, que quien proclama la soberanía de Cristo y cimente sobre Él su proyecto educativo.

Elegir colegio por el mero hecho de su proximidad al domicilio familiar, pensando que todos los colegios son iguales, puede acabar muy mal y tener unas consecuencias fatales para la salud del cuerpo y, sobre todo, para la del alma de los niños.

Hoy en día, la mayoría de los colegios son lugares peligrosos en lo que respecta a la salvación de las almas de los niños. Son lugares donde se pervierten las almas inocentes de los niños para que se vuelvan buenos ciudadanos y demonios ejemplares: degenerados y pervertidos; hombres de perdición, esclavos de sus bajas pasiones; lujuriosos e impuros. La mayoría de las escuelas hoy en día ensucian las almas de los niños para educar orcos de Mordor, siervos del pecado; corrompidos pero civilizados y concienciados del cambio climático y del ecologismo integral.

La escuela atea actual no educa, sino que corrompe. Es un verdadero escándalo lo que los políticos inmorales y los maestros mercenarios y sin conciencia están haciendo con nuestros hijos: los están adoctrinando y pervirtiendo a conciencia. Los están conduciendo a su perdición.

La Escuela Católica

“Y abrazaba a los niños y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.”

La única y verdadera educación integral parte de la antropología católica, que concibe al hombre como la unión sustancial de cuerpo y alma. La verdadera educación integral se ocupa del cuerpo, para su desarrollo físico saludable; se ocupa de su mente, de su inteligencia y de su talento, para que desarrollen todas sus capacidades intelectuales; y se ocupa de su voluntad, para que los niños hagan un buen uso de su libertad y procuren el bien y eviten el mal. Así serán libres de sus pasiones y de sus instintos y dueños de sí mismos. Pero una educación integral debe ocuparse también y de manera prioritaria de la salvación de las almas de los niños. Debemos educarlos en las virtudes cristianas para que la repetición de actos buenos, les enseñen a llevar una vida decente, acorde con la dignidad de los hijos de Dios. La escuela debe enseñarles a ser libres para el bien y la verdad; a ser libres para la caridad.

Por ello, es fundamental e imprescindible enseñarles a los niños las verdades de la fe; la importancia de vivir en gracia de Dios y de cumplir su Ley Moral Universal, con el auxilio que nos da Dios mismo a través de los sacramentos. Es importante que los sacerdotes les ofrezcan la posibilidad de confesarse para formar sus conciencias y para que vivan en gracia de Dios. Es importante la adoración al Santísimo. Es importante la participación en la Santa Misa. Es importante rezar con los niños cada mañana. Es fundamental promover en ellos la devoción a la Virgen María.

Porque la escuela católica debe preparar al niño para que cuando llegue a la edad adulta, pueda llevar una vida de gracia, guiada por la caridad; y así, al final de sus vidas, puedan alcanzar su fin último: el cielo. Es importante enseñar a los niños a vivir como Dios manda y a que aspiren a llevar una vida decente y honorable; una vida digna de los hijos de Dios.

Decía el P. Manjón que el amor a los alumnos es lo mejor de un maestro. «El maestro sin amor no es maestro, ni vale para serlo. Si fuera posible aquilatar el amor como se aquilata el saber, a ninguno de corazón egoísta, apático o indiferente debiera encomendarse una escuela, porque no vale para desempeñarla como es debido, aunque tenga mucha ciencia». No basta con que el maestro sepa mucho. Es aún más necesario que ame mucho y que viva en gracia de Dios.

Pero no hay que confundir el amor con un sentimentalismo pernicioso. «No es amor, sino egoísmo, el de aquel que busca el placer, la ternura y el propio gusto». El maestro debe amar entrañablemente a sus discípulos pero solo en Dios y por Dios.

El P. Poveda, en sus «Consejos a los directores de las Academias», señala que el maestro que ame a Dios «con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas» será piadoso. Su «piedad» será «sólida, tranquila, amable, severa, pacífica, oportuna, sin ridiculeces ni gazmoñerías, sin petulancias ni exigencias, sin brusquedades ni alborotos; a tiempo, acude siempre y según el acto, la persona y el lugar».

La piedad del maestro será la caridad inflamada que le mueva a hacer pronto, bien y cuidadosamente cuanto es del agrado de Dios y edificación del prójimo; la que le hará más fácil y grato, más expedito y fervoroso su ministerio, en sí mismo y en sus alumnos, por el ejemplo.

Si el maestro es verdaderamente hombre de caridad, debe ayudar a que arraigue y florezca la caridad en el alma de sus educandos. Su «primer cuidado será poner a Dios en sus corazones» (P. Poveda, «Consejos a las profesoras y alumnas de la primera Academia Teresiana»).

Y ¿cómo se logra poner a Dios en los corazones de los niños y jóvenes?

En primer lugar, haciéndoles saber que los quieres, que los amas entrañablemente. Los niños tienen que saberse queridos y bendecidos por sus maestros, porque también Dios los quiere de manera incondicional: no por las notas ni por su simpatía ni por nada en particular. Los niños se tienen que sentir queridos simplemente por ser tal y como son, por ser ellos mismos. Los maestros tiene que ser padres putativos de sus alumnos y deben sacarlos de la oscuridad de la ignorancia para arrastrarlos hacia la luz del bien, de la verdad y de la belleza: tenemos que contribuir a que nazcan a la vida en Cristo. El amor del maestro es, salvando las diferencias, similar al de los padres. Es un amor puro que no espera nada a cambio: ni siquiera agradecimiento ni reconocimiento alguno; e incluso, acepta y comprende el desprecio o la animadversión del discípulo. El amor disculpa siempre, entiende siempre y no lleva cuenta del mal. El maestro entiende la naturaleza caída del alumno porque es consciente de su propio pecado y nunca va a tirar piedras contra sus discípulos porque, igual que el padre, está dispuesto siempre a perdonar y a olvidar la ofensa recibida. El maestro conoce la fragilidad de la naturaleza humana y los efectos sobre ella del pecado original; y sabe que, sin la gracia de Dios, ni él mismo ni el alumno podrán librarse del mal y del pecado. Sin tener en cuenta la realidad del pecado original y la necesidad de la gracia, cualquier proyecto educativo estará abocado al fracaso por ser profundamente erróneo su fundamento. Porque el único que nos puede salvar de nuestro pecado es Cristo: Él el Cordero de Dios que nos redime y nos libera. La gracia de Dios libera a nuestra libertad de la esclavitud del pecado y la dispone para que pueda caminar por esta vida hacia su fin.

En segundo lugar, rezando incesantemente a Dios por ellos, porque la caridad es virtud que el Señor infunde en el alma del hombre: así que hay que pedir y pedir mucho por los niños y por sus padres para que el Espíritu Santo los lleve a la conversión y al arrepentimiento, moviéndoles a la verdadera penitencia. Porque solo viviendo en gracia pueden recibir de Dios la virtud infusa de la verdadera caridad y así caminar hacia su fin último, que no es otro que el cielo.

La caridad es un fuego que arde en las entrañas del maestro que vive en gracia de Dios y ese fuego es contagioso. La santidad del maestro conducirá al alumno a querer también ser santo. La santidad es el único camino para transmitir la fe. Si el maestro arde en amor de Dios, sus palabras se llenarán de celo, de parresía; y no hablará de Dios como de algo aprendido en un libro, sino como Alguien vivo y presente realmente en su alma inhabitada por la Santísima Trinidad. Por eso es fundamental que el maestro viva en gracia de Dios. Si no, no hay nada que hacer. Porque si no vives en gracia de Dios, si vives en pecado mortal, la caridad no vive en ti. Y a partir de ahí, todo lo que digamos estaría de más. Los maestros tenemos la grave obligación de vivir en gracia de Dios para que el Señor bendiga a nuestros discípulos a través de nosotros, indignos siervos suyos. Los maestros debemos vivir la caridad para derramarla en nuestros discípulos.

El maestro habrá alcanzado su meta cuando Dios se manifieste en todos sus pensamientos, deseos, palabras y obras; y entonces pueda decir que ya no soy yo, sino Cristo que vive en mí. Si el maestro consigue que sus alumnos entronicen en sus corazones a Dios y jamás le destronen, habrá sido un excelente pedagogo.

Así pues, como dice san Pablo, ante la urgencia educativa que vivimos, es hoy más necesario que nunca obedecer al apóstol: “Esforzaos por alcanzar la caridad” (I Cor. 14,1), porque la caridad debe reinar poderosa tanto en los educadores como en los educandos.

Maestros: revestíos de Cristo para despojarnos de las obras de las tinieblas; y vistamos las armas de la luz. Huyamos todos – maestros y discípulos – del libertinaje pecaminoso y vivamos decentemente para que la caridad sea la única ley inquebrantable de nuestras escuelas, para mayor gloria de Dios.

Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y abrazaba a los niños y los bendecía poniendo las manos sobre ellos. (Marcos 10, 14-16).

Antes morir que pecar: Cristo es Rey

“y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.”

A quienes no entiendo es a tantos obispos, religiosos y religiosas que pactan con los poderes de este mundo y se convierten en cómplices de los enemigos del alma. ¿Han perdido la fe? ¿En tan poco estiman la salvación de sus almas? ¿Qué le van a decir a Dios cuando se presenten ante Él? “¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios." (Santiago 4, 4).

De verdad que no los entiendo. Por una parte, aceptan, apoyan y aplauden la libertad negativa, la libertad entendida como autonomía del hombre respecto a Dios: aceptan el Estado de Derecho, aplauden y apoyan con inusitado entusiasmo la Constitución liberal, la separación del Estado respecto a la Ley de Dios; aceptan que el poder viene del pueblo - es el “Reino de los Fines"-; y asumen que la Ley de Dios resulte irrelevante en el ámbito social y político. Aceptan que las leyes se aprueben en el Parlamento por el poder de las mayorías, sin tener en cuenta a Dios y su Ley Eterna para nada. Aceptan y aplauden la legitimidad democrática y el Estado de Derecho y las declaraciones de Derechos Humanos (que parten de la autonomía moral del hombre)… Pero luego se quejan amargamente cuando las leyes positivas aprobadas por esos parlamentos legitiman el divorcio, el adulterio, el aborto, el matrimonio homosexual, la experimentación con embriones… Vamos a ver: si el hombre es autónomo y Dios no pinta nada, el hombre se da a sí mismo los derechos y las libertades que le dé la gana a las mayorías. Se trata de la tiranía de la estadística o la dictadura del relativismo: llámenlo como quieran. Si la filosofía moral no encuentra su fundamento en Dios, todo está permitido. Todo es lícito, si Dios no existe. Sin Dios Legislador, no existe una moral objetiva. Si Dios ha muerto, la moral decae y vale todo. Y todo es todo. Y si las leyes se aprueban al margen de la moral (dado que Dios ha muerto y con Él la fundamentación de una moral objetiva que determine la maldad o la bondad de los actos del hombre), lo normal es que las leyes inicuas invadan las legislaciones de los Estados como las malas hierbas invaden los campos, si estos se dejan abandonados. Tal es la consecuencia lógica de la rebelión del hombre contra Dios.

¿Cómo se puede aplaudir un sistema que causa miles de muertes de niños inocentes cada año? ¿O que aprueba una ley de eutanasia que promueve el asesinato de ancianos y enfermos? ¿O que instaura una legislación educativa perversa, diseñada expresamente para adoctrinar a los niños y procurar su depravación moral?

En eso consiste la laicidad… Y llaman “sana laicidad” ¿a qué? ¿A separar a Dios de la política, pero solo un poquito y siempre y cuando se respete la ley natural, que es otra manera de llamar a la Ley Eterna de Dios? ¿Creen realmente que eso es posible? El hombre sin Dios es esclavo del demonio. ¿Se creen en serio esa tontería de que los católicos deben militar en todos los partidos? ¿Puede militar en un partido liberal, socialista o comunista un católico sin caer en pecado mortal? ¿Puede participar un católico en un régimen liberal enemigo de Dios que aprueba leyes que convierten el aborto, el divorcio, el gaymonio y cualquier otra aberración, como la eutanasia o tantas otras, en derechos? No entiendo que haya obispos que aplaudan el régimen liberal, la constitución y los derechos humanos y luego se lamenten de las consecuencias y de los crímenes abominables que produce semejante sistema. Eso es “poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias".

Yo no creo en más soberanía que en la de Cristo Nuestro Señor. Y creo que el hombre es más libre cuanto más se somete a la Ley de Dios. Creo que la Ley de Dios es la Ley de la verdadera Libertad y la Ley de la Caridad. Creo que solo soy libre cuando reconozco humildemente mi condición de criatura y me someto a Dios, que es mi Creador. Creo que solo soy libre cuando vivo en gracia Dios y cuando someto mi libertad a la le Ley suprema de la Caridad. Y creo que debemos tomar la Cruz de Cristo por bandera -”in hoc signo vinces“- para derrotar a los enemigos de Dios y proclamar el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo, no solo en nuestros corazones, sino también en la vida social. Así, todas las naciones, dispersadas por la herida del pecado, se han de someter al suavísimo imperio de Nuestro Señor Jesucristo para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre (Filipenses 2, 10-11).

Por eso, si un día las autoridades me obligan a abrirle las puertas de mi colegio a cualquier colectivo que pretenda pervertir a los niños de mi Colegio, ese mismo día, me iré y seguiré “la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido” y me retiraré definitivamente del mundanal ruido para rezar por la conversión del mundo y por la salvación de las almas. O, si no hay otra salida, aceptaré el camino del calvario, si es que Dios me concede esa gracia. Antes morir que pecar.

Ahora, si les apetece saber más y ampliar la información sobre el tema de la educación católica y de la educación en general, pueden pinchar los siguientes enlaces:

Conferencia Episcopal Española: El pacto educativo global

Escuelas Católicas: Pacto Educativo Global

Manos Unidas: Nace el Pacto Educativo Global

UNESCO: Educación 2030

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