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Viernes Santo de la peste, la ausencia de la Iglesia, el Papa Francisco abrumado, el Vaticano vacío, la muerte de Dios

Viernes Santo de la peste, la ausencia de la Iglesia, el Papa Francisco abrumado, el Vaticano vacío, la muerte de Dios.

Por SPECOLA | 10 abril, 2020

Es Viernes Santo del año de Señor de 2020, el año de la peste. Pensábamos, y pensábamos mal, que sería un día sin noticias y lleno de silencios, no es así. Tenemos sobre la mesa números escalofriantes sobre la epidemia que nos rodea. Los contagiados oficiales, Dios sabe cuántos son en realidad, se acercan a los dos millones. En poco tiempo tendremos más de cien mil fallecidos confirmados, pero todo el mundo reconoce que son muchos más, ¿el doble?, ¿el triple?… el silencio se va adueñando de nuestras casas, de nuestras vidas y vemos cómo rostros conocidos nos van dejando acercándonos peligrosamente lo que empezó por una lejana pesadilla en las pantallas de televisión. Las autoridades intentan minimizar la catástrofe. Los datos de gran parte de países no son creíbles y sufrimos por lo que empieza a aflorar en América, central y del sur, y en África. Nunca sabremos la realidad de tanto sufrimiento y los intentos mediáticos por ‘distraernos’ son cada vez más inútiles.

Es Viernes Santo y es un día de oración ante Cristo muerto, día de dolor y día de silencio. Hoy queremos tener muy presentes a los que nos han dejado por culpa de esta peste, el dolor de sus familiares y amigos, el sufrimiento de esta sangría que nos va tocando a todos. Todo esto no nos puede hacer perder la cabeza y hemos de encauzar nuestros sentimientos hacia Dios y no quedarnos en lágrimas estériles sino unirnos al dolor redentor junto a Cristo en la Cruz.

Todos estamos sufriendo el golpe y la Iglesia Católica también. En estas semanas, el Coronavirus ha hecho vivible la ausencia de lo trascendente, de la religión. Ni siquiera el recurso al Cristo de la Peste que habría realizado el milagro en el siglo XVII ha conmovido la fe, la fantasía o la superstición de un pueblo ahora secularizado, incapaz de creer. Este fenómeno, sombrío para la jerarquía eclesiástica, para la comunidad eclesial, está conectado con el cambio en el estilo de vida introducido por las sociedades liberales o, en cualquier caso, modernas, y el estilo introducido por el Papa Francisco. Al transferir su magisterio al pensamiento político contemporáneo la sociedad ha abandonado la relación con lo trascendente tan cuidada por sus predecesores. La ‘iglesia de Francisco’ es una iglesia vengativa, útil, que nunca media entre el hombre y la divinidad, ni siquiera se ha ocupado de las reformas modernistas, aquellas que, según muchos exponentes del progresismo eran imprescindibles: el sacerdocio a las mujeres, el matrimonio para los sacerdotes. Como le ha sucedido a tantos reformistas de tantas latitudes, el reformista Francisco finalmente se ha detenido ante las pretendidas reformas.

En el momento presente, aparte de las palabras de circunstancias, inevitablemente las mismas desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, de consuelo terrenal para los muertos, nada ha dicho la Iglesia sobre la tragedia que azota al mundo: no podía acusar a la humanidad porque era una pecadora, no puede acusar al Diablo porque nadie lo considera existente y operativo, no podía evocar la fe como una herramienta para luchar contra la enfermedad, esa fe que en muchos casos nos ha permitido aceptar la muerte como una manifestación de la inescrutable voluntad de Dios. Son días de liturgias afónicas de un Papa que parece, y tal vez está, abrumado por la pataleta de la pachamama. El pastor dejó su rebaño abandonado en el redil, sabiendo muy bien que no tenía las herramientas terrenales y, sobre todo, sobrenaturales para llevarlo a los pastos protegidos de los lobos de Covid-19. La ausencia de la Iglesia es clamorosa, nadie de la Plaza San Pedro podrá reclamar su papel al final de la plaga. El antiguo pueblo de Dios, el catolicismo, desde hace algunos años, ha dado las espaldas a Dios.

Hoy es Viernes Santo y debemos fundir nuestros corazones con Cristo traspasado por nuestros pecados. Pedimos en la oración del Padre Nuestro: ‘líbranos del mal’, de todos los males, tanto del pecado como de la enfermedad, de la aflicción o de cualquier contrariedad. Dios puede librarnos del mal impidiendo que sobrevenga, este modo de proceder ocurre pocas veces, los santos sufren en este mundo. El mismo Cristo enseñó que el discípulo no es más que su maestro y que si él fue perseguido, por la misma razón lo serían también sus discípulos. De ahí que esta petición se relacione con la bienaventuranza que proclama dichosos a los perseguidos por causa de la justicia. Dios nos libra de nuestras aflicciones consolándonos, pues si él mismo no nos consolara, no resistiríamos. Nos libra asimismo concediéndonos tantos bienes que nos hagan olvidar los males. Y, además, convirtiendo las pruebas y tribulaciones en bienes que ni podemos soñar. Son tiempos de implorar la virtud de la paciencia y el don de la sabiduría, por medio de la paciencia alcanzamos la paz, tanto en la prosperidad como en las adversidades, y sabiduría para poder dar la respuesta adecuada que Dios no pide hoy y ahora.

» ‘Está cumplido’. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu».

Buena lectura.

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