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"Me voy a enfrentar con los pastores: les voy a reclamar mis ovejas" (Ez 34, 10)

"Me voy a enfrentar con los pastores: les voy a reclamar mis ovejas" (Ez 34, 10)

José Luis Aberasturi, el 12.10.21 a las 10:53 PM

Está hablando Yahweh-Dios; y lo hace muy duramente. Contra sus propios pastores, ni más ni menos; ya que, en sus manos, lleno de confianza, había puesto Él a “su” Pueblo: eran “sus” ovejas, las del Señor, en su primer horizonte y razón; las de “sus” pastores, en modo vicario o delegado: como “oficio y misión” -de eso viven, y en eso está su ganancia, terrena y eterna: el lote de mi heredad, proclama el Salmo-, de la que deberán dar cuenta estrecha y directa al Señor. Con cero posibilidad de eludirla.

Y claro que se las pide -las cuentas-; pues no puede tolerar por más tiempo en qué se han convertido: unos mercenarios que se apacientan a sí mismos, engordando y solazándose con las mejores piezas del rebaño.

Pero curiosamente, antes que a ellos -los Pastores-, nos habla a nosotros, a sus hijos en la Iglesia, con una clara intención de darnos consuelo y confianza:

Oíd y aprended ovejas de Dios: Dios reclama sus ovejas a los malos pastores y los culpa de su muerte. (…) A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel: cuando escuches palabras de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie su conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado tu vida. Ezequiel en estado puro.

San Agustín, que está escribiendo para los pastores todos de la Iglesia -empezando por él mismo, que es quien primero se aplica sus propias palabras-, entra a saco, con las espaldas bien cubiertas por las palabras del Profeta, Palabra de Dios, por lo demás. Y escribe, interpelando a los pastores:

“¿Qué significa esto, hermanos? ¿Os dais cuenta lo peligroso que puede resultar callarse?”. Y después de amonestarles, “A nosotros nos toca no callarnos“, continúa con Ezequiel: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas. Porque, cuando digo que apacienten a mis ovejas, se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas. Los quitaré de pastores de mis ovejas.

Frente a este panorama -absoluta y trágicamente dramático en el “hoy” de la Iglesia Católica: la Iglesia se desangra ya por numerosas heridas, incontenible en su debacle-, san Agustín les da dos consejos a la gente de a pie; o sea, a todos nosotros, porque los consejos siguen bien vigentes. Deberían estarlo.

El primero, y una vez asentado que “a nosotros [los pastores] nos toca no callarnos”, añade: mas vosotros, en el caso de que nos callemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las Sagradas Escrituras.

Este es el referente para tener “hilo directo” con nuestro Padre Dios, con Jesucristo y con el Espíritu Santo. Las Escrituras no fallan. Son la Verdad de Dios para todos nosotros. Son el verdadero, seguro, único y certero CRITERIO, en todo orden de cosas.

De ahí el empeño, maligno y diabólico, en desvirtuarlas. Por este motivo, y como norma práctica y necesaria, hemos de conservar y acudir a las traducciones antiguas, de las que nos podemos fiar; especialmente las anteriores al CV II: 1962.

El segundo consejo -que, con permiso del grandísimo Santo y Obispo, mártir por más señas, se lo voy a enmendar-, es: “Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que hacen [Son Palabras del Señor, al que acude como argumento de Autoridad absoluto]. Como si dijera: ‘Dicen mis cosas, pero hacen las suyas’”, añadiendo esta “aplicación práctica” que les hace de una tacada.

Al santazo de Agustín se le hace inconcebible -y por eso ni lo menciona-, que los pastores renuncien, motu proprio, a repetir lo que ha dicho el Señor, y dejen de transmitirnos sus Palabras. Pero, lo que a él no le cabe en la cabeza, ¡hoy es el pan de cada día! Vamos: es que se atreven incluso a decir lo contrario. Y, por más perversión, justifican además sus exabruptos, trufados de palabras y gestos más que mansitos, flácidos: hasta poco “varoniles", si se me permite la expresión.

Por supuesto que sigue teniendo sentido el hacer lo que ellos dicen, aunque actúen a la contra, caso de que lo que digan sea conforme a las Escrituras Santas. Porque cada uno dará cuenta de su propia vida.

Ahora bien: cuando hacen y dicen lo que les da la gana, corrompiendo o, como mínimo, manipulando y contradiciendo la misma Palabra de Dios, ¿qué tenemos que hacer los demás? Volver y quedarnos con el primer consejo, que es válido siempre y en todo: Irnos a la Sagrada Escritura. Es seguro de Verdad, de tener a Cristo y, por tanto, de Salvación.

Esta es la “corrección” que, con vuestra benevolencia, me permito introducir a los santos consejos que nos ha dado el Gran San Agustín.

En línea con él, nos escribe san Vicente de Lerins, presbítero: “¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da. (…).

>Pero este progreso solo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto. (…) Este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina. (…)

>Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.

>Al contrario, lo recto y consecuente, para que no discrepen entre sí la raíz y sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos". [Las negritas de este texto, y antes del de san Agustín, son mías].

A los Santos se les entiende todo, la verdad. Da gusto con ellos. Se le esponja a uno el alma.

Por si alguno pretende que todo esto es ya “muy antiguo” y tiene poco que decirnos ahora, recojo unas palabras de los “Dictados de Jesús a Marga”, en los que, hablando de la España de hoy y de la Jerarquía Católica en España, dice:

“Vuestros pastores no han cogido el reto de realizar Horas Santas por la paz. Ni de rezar el Rosario en Adoración a mi Santísimo Sacramento.

‘Hacen alguna Hora Santa’.

No son suficientes. Ponen a los fieles a rezar, como una tarea que les encomiendan, pero no se ponen ellos.

Quisiera que fueran ellos los que dieran ejemplo y, de rodillas, se pusieran a rezar. Decenas de Rosarios por la paz de España.
(…)

Piensas que la Iglesia de España, hoy día, se plantea que necesita conversión? [Cfr. Lc 15, 7].

No. La Iglesia de España se encuentra hoy día muy ufana, satisfecha por lo logrado en este mundo de impiedad. Y piensa, al compararse con la piara de los cerdos, que ellos son esos justos que no entran a mezclarse con la inmundicia. (…)

¡Oh, falsos! ¡Tu falsedad me llena de dolor!

¡Tu falsedad está impidiendo que otros hermanos tuyos vuelvan a la casa paterna! Tú no les dejas pasar, ocupando la puerta de entrada por la que ellos miran
[Cfr. Mt 23, 13-14]. Al verte, no desean entrar, porque tú no les transmites la vida y la verdad, sino el orgullo y el engreimiento en vuestras buenas obras. Esas ‘buenas obras’ no me sirven, pues están plagadas de egoísmo y vanagloria.

¡Oh, falsos justos, que agobiáis a la viuda y no asistís al huérfano!
[Cfr. Sal 146, 9]. (…)

Os reís de su virtud [de la virtud ajena]. Y esa risa se os va a helar en la cara cuando Yo vuelva, y os encuentra azotando a los esclavos y encumbrándoos sobre el pobre [Cfr. Lc 12, 45], poniendo vuestros pies sobre él para aplastarle.¡

¡Falsos justos! Que os oigo y os oigo hablar, en monólogos egoístas, llenos de vuestro yo, en el que alabáis vuestras ‘buenas obras’ por encima de Dios. (…)

Falsos justos de los que veo la Iglesia llena de sus ‘buenas obras’. ¡No quiero nada de esto que me dais y me ofrecéis! Vuestra ofrenda repugna a Dios, porque está levantada sobre la sangre de los pobres.

Y el que tenga oídos para oír, que oiga. (…)

¡Oh, obras de Dios! Institutos religiosos, Obras, Constituciones, que habéis dilapidado vuestra hacienda, echándola a perder. ¡Sois vosotros los que formáis parte de la piara de los cerdos! (…)

El Tesoro de mi Iglesia, adrede, ha sido puesto en manos de incompetentes, para que estos lo dilapiden.

Son controlados desde arriba y llevados hacia ese objetivo: que lo echen a perder. (…)

Promueven sus propias doctrinas, cuando no, doctrinas que son del Maligno, llevando a mis fieles a la perdición".
(Tomo II, 9-8-2010).

Podría seguir, hasta no parar. Pero creo que es más que suficiente. Solo queda que todos nos apliquemos, especialísimamente los miembros de la Jerarquía Católica, más las correspondientes Instituciones, lo de ver, oír y entender.

Sin este esfuerzo, personal y colectivo, no hay conversión que valga, no hay cambio ni recambio posible; y seguiremos tan ufanos…

Y se entiende perfectamente lo de Ezequiel: me voy a enfrentar con ellos, y les pediré cuentas.

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