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No puedo dar testimonio de lo que no he visto

No puedo dar testimonio de lo que no he visto

Bruno, el 26.02.20 a las 5:33 PM

Hace poco, un lector de nombre arcangélico me hizo la siguiente pregunta, que me pareció interesantísima:

“La realidad es que la gran mayoría de los cristianos/católicos creemos por fe, no por evidencia. Es decir, existirá algún Tomás que crea por haber visto signos milagrosos o eventos similares. Personalmente, yo jamás he visto nada sobrenatural, mi creencia se basa exclusivamente en la fe. El problema es ¿cómo puedo yo dar testimonio de la verdad si no la he visto? Claro que creo firmemente en ella, pero no soy testigo; luego, no puedo dar testimonio de la verdad. Puedo tratar de transmitir mi fe, pero no puedo dar testimonio de que esa fe es verdadera. En síntesis ¿no es deshonesto (exagerando un poco el término) decir que doy testimonio de la verdad cuando no he sido testigo de esa verdad? En cierto sentido, aquellos bienaventurados que creen sin haber visto, tienen la desventura de no poder dar testimonio de algo que, precisamente, no han visto.
No sé si logro transmitir esta dicotomía. Tengo la esperanza de que en algunos minutos puedas “rumiarla” un poco y decirme si ves algo. Creo que debe haber un error de planteamiento, es solo que no alcanzo a ver dónde está".

Supongo que cada lector podrá dar su propia respuesta a esta pregunta, pero aquí tienen lo que yo, torpemente, alcancé a responder:

A mi juicio, se mezclan en tu pregunta varias cuestiones. Una cuestión es la forma en que tú particularmente llegaste a la fe. Entiendo que recibiste la fe de tus padres desde que eras pequeño, en cierto modo “sin darte cuenta”, de manera natural y sin grandes conversiones y acontecimientos extraordinarios del estilo de los que cuenta San Pablo. Acostumbrados a leer historias de conversiones dramáticas, esa manera de recibir la fe de tu familia podría parecer anodina y sin interés, pero no hay nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que nuestra época necesita desesperadamente testimonios de ese tipo: testimonios de cómo se transmite la fe en familia.

A diferencia de lo sucedido en los dos últimos milenios, en nuestro tiempo la cadena de transmisión de la fe de padres a hijos se ha roto. La mayoría de los padres no pueden, no saben o no quieren transmitir la fe. Esto es una tragedia, porque, si bien lo que llama la atención son las historias de conversiones extraordinarias, lo más habitual siempre ha sido la transmisión de la fe en el seno de las familias, que Dios creó precisamente para eso. Es bueno y necesario que, a la vez que el niño aprende a distinguir el bien y el mal, a comportarse en sociedad y a utilizar su inteligencia, aprenda también a amar a Dios y a seguir a Cristo. Los padres que enseñan las primeras palabras a sus hijos están llamados también a enseñarles las primeras oraciones y la misma familia fundada sobre el sacramento del matrimonio es una verdadera iglesita, una iglesia doméstica, que permite que los hijos comprendan lo que es la Iglesia santa y esposa de Cristo.

Tú puedes (y debes) dar testimonio de todo eso, basándote en tu propia experiencia. Yo recuerdo, por ejemplo, cómo mi abuela y mis tías nos introducían en la virtud de la piedad del modo más sencillo posible: enseñándonos a besar las imágenes que había en casa o a recoger flores en el campo para ponérselas a la Virgen. También recuerdo cómo rezábamos el rosario en familia en las cálidas noches de verano o cómo nunca a nadie se le ocurría plantearse siquiera no ir a Misa un domingo, porque todos sabían que eso era lo verdaderamente importante. Recuerdo, entre miles de cosas más, las bendiciones de la mesa, las oraciones al irse a la cama, el rechazo de películas indecentes en la televisión, la costumbre de hablar bien de las personas, el no comer carne los viernes de cuaresma, el respeto al referirse a un sacerdote, la generosidad con los necesitados, las visitas al Santísimo al pasar a una iglesia, aunque fuera como turistas, la fidelidad, la caballerosidad y el convencimiento sereno y sencillo de que Dios es siempre lo primero. Pienso en las vidas de santos para niños que me daban a leer y el recuerdo imborrable de San Tarsicio, Santa Inés o San Francisco Javier, los villancicos llenos de fe, los poemas religiosos aprendidos. ¿Cómo olvidar las historias familiares sobre sacerdotes escondidos y defendidos durante la guerra civil o sobre antepasados carlistas que lucharon por Dios (el primero) y por la patria y el rey? Tantos libros buenos en mi casa y en las casas de mi familia, tantos buenos ejemplos y la conciencia de que, como el hijo pródigo, se puede obtener el perdón después de obrar mal.

Todo eso, sin que uno se dé cuenta, exhala el buen olor de Cristo, que ya no se puede olvidar. Puede que uno, usando mal su libertad, se aleje después de Dios, pero el recuerdo queda y siempre se tiene la posibilidad de volver a esa fe, porque, como los rescoldos de un fuego apagado, a menudo solo se necesita que el dolor remueva un poco el alma para recibir el soplo del Espíritu Santo que aviva la llama aparentemente extinguida.

Sin duda tú podrás contar tus propias experiencias de cómo has recibido la fe, que serán similares, pero, a la vez, distintas y propias de tu familia. Esas experiencias harán mucho bien a otros matrimonios que no saben cómo transmitir su fe o que incluso se han creído ese engaño absurdo de que a los niños no hay que educarlos en la fe, para que “ellos decidan", como si esa misma idea no fuera ya una catequesis de que Dios, en realidad, es algo accesorio (a diferencia de ir al colegio o al médico, que son cosas necesarias y en las que no se deja “decidir” al niño).

Dices también en tu pregunta que no has visto nada sobrenatural, pero eso no es cierto. Tu vida está rodeada de lo sobrenatural y de milagros de Dios. Cada vez que rezas, no solo conversas con el Creador del universo (¿qué puede haber más sobrenatural que eso?), sino que además Dios ha tenido que hacer previamente un milagro en ti, porque, como dice la Escritura, nadie puede decir que Jesús es Señor si no es por obra del Espíritu Santo.

No sé si estás casado, pero, si lo estás, deberías dar testimonio de eso (o del matrimonio de tus padres, tus abuelos o tus hermanos), porque el matrimonio sacramental es un milagro que no existe en el mundo ni en ninguna religión. El matrimonio católico es indisoluble porque el mismo Dios se ha comprometido en él, por una alianza con los esposos. En el sacramento, Dios ha forjado un matrimonio que no se puede romper más que con la muerte, algo que está más allá de las fuerzas humanas. Además, se ha comprometido a dar la gracia necesaria para que los esposos puedan amarse y dar la vida el uno por el otro hasta que la muerte los separe, incluso aunque el otro cambie, sea infiel, o llegue a odiarle o a pegarle. Esto es un milagro de Dios, porque es una participación en el amor de Cristo por la Iglesia, que es indestructible.

¿Conoces a monjas de clausura? Su vida es un milagro constante, porque han abandonado todo lo que, a los ojos del mundo, da la felicidad: el dinero y lo que el dinero puede comprar, la sexualidad y la vida de familia e incluso la propia libertad de decidir lo que vas a hacer. Humanamente, la pobreza, la castidad perfecta y la obediencia son maldiciones de las que hay que huir siempre y, sin embargo, ellas viven felices, mucho más contentas y alegres que los demás. Eso solo tiene sentido por un milagro, porque hay Alguien que las hace felices.

Lo mismo podríamos decir de mil presencias más de Dios a tu alrededor de las que puedes dar testimonio. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Tú has recibido muchas veces el sacramento de la confesión y puedes hablar de ello. Como los Israelitas, que nunca se cansaban de contarlo, Dios te ha sacado de Egipto y te ha liberado de la esclavitud del Faraón. ¿Acaso no ha teñido tus labios la Sangre de Cristo y no te has saciado de su Cuerpo? Ese milagro es infinitamente mayor que el del maná en el desierto. ¿No tienes una Madre en el cielo concebida sin pecado original? ¿No posees un arma mucho más poderosa que las bombas nucleares que es la oración? ¿No has encontrado la santidad, la catolicidad, la unidad y la apostolicidad de la Iglesia en gente pecadora, tontorrona y a menudo molesta? ¿No te ha sacado o protegido Dios de infinidad de pecados que, sin Él, te dominarían y esclavizarían? ¿No has notado nunca en ti la fe, la caridad y la esperanza, que son virtudes teologales que solo puede regalar Dios y, por lo tanto, milagros? Tu vida está cuajada de milagros, en comparación con los cuales resucitar a un muerto o dar la vista a un ciego son meras minucias. ¡Claro que “has visto"!

A eso se une que en ningún sitio está escrito que solo puedas hablar de tu experiencia. Muchas veces, alguien te pide un consejo sobre un tema que no conoces bien y tú le cuentas lo que te ha explicado sobre ello tu hermano el médico, lo que hizo el fontanero cuando vino a tu casa o lo que le sucedió a un amigo tuyo. Pues bien, tienes a tu disposición las inmensas riquezas de vida y de verdad de la Iglesia, para que las aproveches. Cuenta anécdotas de los santos o regala libros sobre sus vidas. Estudia tu fe en el catecismo o en las obras de los padres y doctores de la iglesia, para que puedas explicarla y disipar los malentendidos sobre ella. Reza con la Escritura y aprende sobre ella. Lee buenos libros y buenas páginas de Internet y recomiéndaselos a todo el mundo, pon a la gente en contacto con un buen cura, vela por que tus hijos o tus sobrinos tengan cerca a buena gente cristiana.

Y, sobre todo, ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Ama a la Iglesia, que te ha dado a luz, y a Nuestra Señora, que el mismo Cristo te dio como madre. Habla de Dios, de la Iglesia, de la Virgen y de los santos y no habrá mejor testimonio que ese, porque lo que evangeliza es el amor, la fe y la esperanza que ponemos en lo que contamos. La fe, la esperanza y la caridad se transmiten por contagio, como dichosas y bienaventuradas enfermedades que nos enamoran de Cristo. Todos podemos evangelizar, porque la evangelización no consiste en hablar de nosotros, sino de Dios. Incluso cuando alguien cuenta una experiencia propia, lo que está haciendo es proclamar algo que ha hecho Dios.

Recuerda, simplemente, lo que ya mandó Dios a los israelitas: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es un solo Dios. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. No importa tu torpeza o cuál haya sido tu historia, si hablas de Dios con fe estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, Él se encargará de lo demás. Y, con su gracia, los hombres escucharán tus palabras, se sentirán atraídos y podrán creer, al ver a Dios en ti, porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.

El mero hecho de verte queriendo evangelizar y frustrado porque pensabas que no podías hacerlo, a mí me ha evangelizado, me ha recordado lo verdaderamente importante y ha sido para mí un testimonio de fe. Así que gracias y mucho ánimo.

Categorías : Nueva Evangelización, Familia, Signos de la fe