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Sermón de la Montaña

Bottega
“Os anunciamos la vida eterna, a fin de que viváis también en comunión con nosotros”” 1 Jn.1,2-3. Nunca nadie ha dicho nada que se pueda comparar al Sermón de la Montaña, porque en Él descansa la …More
“Os anunciamos la vida eterna, a fin de que viváis también en comunión con nosotros”” 1 Jn.1,2-3. Nunca nadie ha dicho nada que se pueda comparar al Sermón de la Montaña, porque en Él descansa la garantía de la palabra de Jesús, el mensajero divino en el que se cumple la profecía. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19) El Sermón de la Montaña lleva la Ley a su perfección, es la síntesis del mensaje de Jesús, muestra el camino para alcanzar la felicidad, en esta vida y en la otra. Las nueve bienaventuranzas son la promesa del cielo que Dios da, a quienes cumplen su palabra. Son palabras de sentido trascendente, que solo Dios puede dar porque contienen promesas que solo Dios puede cumplir. ¿pero quienes son los bienaventurados? Los que irán al Cielo, por ello Jesús tras su muerte, desciende al seno de Abraham y libera, llevando consigo al Cielo. A los pobres de espíritu, a los mansos y humildes, a los que lloran buscando consuelo, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los que tienen puro su corazón, a los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. a los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. A los que por mi causa os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren con mentira toda suerte de mal contra vosotros. Alegraos entonces y regocijaos, porque es muy grande la recompensa que os aguarda en los cielos. Los Pobres en el espíritu son, como observan Sto. Tomás, y San Agustín, no solamente los que no se apegan a las riquezas (aunque sean materialmente ricos), sino principalmente los humildes y pequeños que no confían en sus propias fuerzas y que están, como dice S.J. Crisóstomo, en actitud de un mendigo que constantemente implora de Dios la limosna de la gracia. En este sentido dice el Magnificat: “A los hambrientos llenó de bienes y a los ricos dejó vacíos” (Lc. 1, 53). Los mansos tendrán por herencia el reino de los cielos, cuya figura era la tierra prometida. C. Sal. 36, 9; 33, 19 y nota. Verán a Dios pues, “Los limpios de corazón porque, conocen su voluntad, oyen su voz, interpretan su palabra. Tengamos por cierto entonces que, para sondear la palabra de Dios entender abismos y aclarar la oscuridad de su doctrina poco valen las letras y ciencias profanas, y mucho la caridad y el amor de Dios y del prójimo” (S. Agustín).