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El prólogo del Evangelio de San Juan -P Alfredo Saenz SJ.

Sobre el Verbo - Exégesis El prólogo del Evangelio de San Juan -P Alfredo Saenz SJ

Texto:

El prólogo del Evangelio de San Juan

Todavía en el ambiente de la Navidad, la liturgia de hoy nos conduce no tanto ya al gozo que ofrece la visión
del pesebre cuanto a la contemplación de lo más insondable del misterio de la Encarnación, presentándonos el
texto que constituye el prólogo del evangelio de San Juan, el evangelista teólogo, con visión de águila. Este
prólogo es un himno, quizás el más magnífico de los himnos cristianos. Porque si es cierto que la belleza es el
esplendor de la verdad, en ninguna parte lo es más que en este himno, anclado todo él en la verdad de Dios. Y
en una verdad que une el tiempo con la eternidad, porque nos muestra, en visión panorámica, el estado
eterno del Verbo y el hecho temporal de su venida al mundo por la Encarnación.
Será ésta una homilía un tanto difícil, ya que en ella trataré de hacer la exégesis de aquel sublime e inefable
texto. Pero creo que el esfuerzo merece la pena.
1. LA PALABRA
La primera idea del prólogo de San Juan gira en torno al Verbo de Dios, a la Palabra de Dios. "Al principio
existía el Verbo", empieza nuestro himno, en notable paralelismo con el comienzo del Génesis que relata la
Creación. Y ese Verbo "estaba junto a Dios", agrega, es decir que si bien el Verbo constituye una Persona
distinta, el Hijo de Dios, al mismo tiempo está en estrecha proximidad con la raíz de la divinidad que es el
Padre. Es lo que recalca enseguida el evangelista: "y el Verbo era Dios". Se distingue, pues, del Padre, pero
simultáneamente comparte de manera plenaria su divinidad, es esa divinidad. O como lo profesamos en el
Credo, el Verbo es "Dios de Dios".
Pues bien, ese Dios eterno, increado, está en el origen de toda creación: "Todas las cosas fueron hechas por
medio del Verbo, y sin él no se hizo nada de todo lo que existe". Se ve que San Juan quiere relacionar la
eternidad del Verbo con la creación del mundo. Nos impresiona pensar que el Hijo de Dios, que luego se haría
carne, estuvo ya presente y actuando en la Creación. Entonces, como nos dice el Génesis, "Dios dijo que se
hiciese la luz... y la luz fue hecha": es decir que Dios creó por su Verbo, por su "dicción", su Palabra. Algo
semejante afirmaría San Pablo: "En él todas las cosas han sido creadas".
2. LA VIDA
Una vez que San Juan mostró cómo por medio del Verbo fue creado el mundo, pasa a un segundo tema: "En
él estaba la vida". Tema grato a ese evangelista, quien a lo largo de todos sus escritos hablaría tanto de la vida.
No de la vida en el sentido puramente terrestre, sino de la vida eterna, de la vida de Dios, de la vida del Verbo,
vida eterna, pero siempre joven. Cristo prometería la vida a Nicodemo, la vida para quien renace del agua y del
Espíritu, así como a la samaritana, a quien le aseguró que le daría de beber agua viva. Esa Vida que Dios posee
desde siempre, la quiere comunicar, difundir, dar a beber. "Si tú conocieses el don de Dios", le diría a la misma
samaritana. La Vida es el don de Dios, Dios la da, en ella Dios se da. "Dios Amor", enseña San Juan.
3. LA LUZ
Prosigue el evangelista: "y la vida era la luz de los hombres". La luz es el tercero de los grandes temas de
este texto, tema que ocupa en el cuarto evangelio un lugar no menos importante que el de la vida. San Juan
identifica la Luz con la Vida: la Vida era la Luz. En su primera epístola explicaría mejor la relación que media
entre la Luz y la Vida: "La nueva que hemos aprendido del Señor —dice allí— es que Dios es luz y que en él no
hay tinieblas...; el que ama a su hermano permanece en la luz". Hemos visto que para aquel evangelista la
esencia de la vida es el amor, el amor que se da. Y ahora nos dice que el que ama está en la luz. Así ama el
Padre a su Hijo, su Verbo, su Imagen perfecta, Imagen donde nada es oscuro, Imagen que es Luz indeficiente.
La vida es, pues, "la luz de los hombres". Ser cristiano es contemplar a Dios en su Verbo encarnado. Nuestro
texto entra ahora en un momento trágico: "la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron". Los
hombres, con sus pecados, se cierran a la luz. La separación de la luz y de las tinieblas había sido el primer acto
creador. En esta segunda creación —que es la redención— la luz vuelve a entrar en conflicto con las tinieblas.
Luz y Tinieblas se enfrentan, como se enfrentan Vida y Muerte. Las Tinieblas son el símbolo del mundo sin Dios,
del mundo que se clausura frente a Dios. Hay un contraste frontal entre la riqueza infinita del Dios, que no
pone límites a su don, y la nada de la creatura, que pretende bastarse sin Dios. La Vida divina es Luz, pero lo
que los hombres mundanos llaman vida, y a la que se adhieren fanáticamente, es Tiniebla.
Sigue el texto: "Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció". Es
la primera venida del Verbo: Dios se hace presente al mundo por su obra creadora. Vino al mundo, es decir, se
manifestó a todos los hombres, judíos y gentiles, por medio de las creaturas, mediante las cuales se puede, con
la sola luz de la razón, llegar a conocer al Creador. Esta luz, que en última instancia procede del Verbo, del Hijo
de Dios, está al alcance de todos. A pesar de ello, "el mundo no lo conoció". Pero el Verbo dio un paso más:
"Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron-. Es la segunda venida del Verbo, cuando se manifestó a los
suyos, a su pueblo elegido, cuando se encarnó en el seno de ese pueblo. Y también su pueblo lo rechazó.
"Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre; les dio el poder de llegar a ser hijos de
Dios". Porque hubo quienes lo recibieron y siempre habrá quienes lo reciban, quienes crean en El, en su
encarnación, en sus palabras. Somos nosotros, amados hermanos, los que hemos creído en El, y a quienes se
nos ha dado "poder de llegar a ser hijos de Dios". Es lo que dice San Pablo en la segunda lectura de hoy: "El
Padre nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo". No contento con sacarnos de la nada,
el Verbo nos quiso asociar a su filiación divina, nos hizo hijos en el Hijo, hijos de un Padre común, gracias a lo
cual nos atrevemos a decir: Padre nuestro. Nosotros que, como sigue diciendo San Juan, en lo que atañe a la
vida divina no hemos "nacido de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino
engendrados por Dios", a semejanza de Jesús, que nació de una Virgen y del Espíritu Santo. Y llegamos así al
punto culminante de todo el texto:
4. LA TIENDA Y LA GLORIA. LA GRACIA Y LA VERDAD
"Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del
Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad-. Es éste el motivo central de todo el cuarto evangelio: el
Verbo se hizo carne. En el lenguaje hebreo, "carne" significa la creatura en general, considerada en su debilidad
natural, a la que el Verbo creador hace el gesto increíble de asociársela. La Encarnación no es una conquista de
la creatura, sino pura gracia. Dios une a su grandeza, que le es propia, nuestra debilidad, que le es ajena. Para
eso ha venido hasta nosotros, para que nosotros pudiésemos ir hasta El; se ha humillado para que nos
elevemos; se ha empobrecido para que nos hiciésemos ricos con su pobreza. Dios se encarnó para estar con
nosotros; es Emmanuel, Dios con nosotros. El "habitó" entre nosotros, o mejor, como dice la versión original,
"acampó" entre nosotros, puso su "tienda" entre nosotros, que fue la expresión usada en el libro del Éxodo
para señalar el lugar de reunión entre Dios y su pueblo, la morada de Yahvé. San Juan no teme decir: "Nosotros
hemos visto su gloria". Gloria y Morada de Dios son dos expresiones que siempre se unen en la Escritura. La
Presencia de Dios invade con su Gloria el recinto elegido, sea en el desierto, sea en el Templo de Jerusalén, sea
en Jesús, templo definitivo. Gracias a la Encarnación, en cierto modo el hombre se hace capaz de ver a Dios,
aunque sólo por la fe, que es también un don de Dios. Como dijo el Señor a Marta: "Si creyeras, verías la gloria
de Dios". Por la Encarnación resplandeció, pues, en Cristo, la gloria de Dios, "la gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad".
Y termina el texto: "De su plenitud todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia".
Porque está lleno de Gracia, el Hijo redunda sobre los miembros de su cuerpo, rebalsa y derrama su vida
divina. "Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre". Así
culmina este admirable prólogo, en forma de un círculo que se cierra: del Padre procede el Verbo; ese Verbo
viene al mundo, manifiesta la Luz divina; y mediante esa Luz divina, que es la Vida de Dios entre nosotros, ese
Verbo nos hace capaces de conocer al Padre, de ir hasta el Padre.
Dentro de algunos instantes nos acercaremos a comulgar el Cuerpo de Jesús. Por la gracia de Dios no nos
contamos entre aquellos que, a pesar de ser de los suyos, se resisten a recibirlo. Pidámosle la gracia de que
prolongue en cierto modo su Encarnación en nuestras almas, que tienda en nosotros la carpa de su morada,
que por la Eucaristía se haga carne en nuestro interior, para que su luz nos encandile, para que su vida y su
gracia nos invadan, de modo que nuestro interior se llene así con la gloria de Dios.

Saenz, Palabra y Vida , Ciclo B, Segundo Domingo de Adviento, Gladius Buenos Aires 1993, 44-48