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Lenin: un apunte chestertoniano y otro sobre el misterio de la Providencia

Lenin: un apunte chestertoniano y otro sobre el misterio de la Providencia

Jorge Soley, el 17.10.21 a las 5:05 PM

La biografía de Lenin que ha escrito Stéphane Courtois es, sin duda, una obra importante, potente, de esas que dejan poso en el lector. Algunos la han calificado como la mejor biografía de Lenin, algo que me atrevo a matizar. Porque en realidad este libro es una biografía intelectual, con la atención puesta en la evolución ideológica del líder bolchevique. Aparecen, claro está, hechos exteriores, con especial atención a los que tendrán influencia en el modo de pensar de Lenin, pero el foco siempre está puesto en la mente de Lenin. Por eso, más que de la mejor biografía de Lenin creo que podríamos calificarla como la mejor biografía intelectual de Lenin.

Son muchos los aspectos que podrían comentarse a raíz de la lectura de este Lenin, pero voy a fijarme solamente en dos que me han llamado poderosamente la atención.

El primero tiene que ver con la Ojrana, la policía secreta zarista dedicada a infiltrarse en los medios revolucionarios. Con éxitos innegables y fracasos sonados. Pero no ha sido su eficacia o no lo que me ha llamado la atención, sino el grado de infiltración al que llegaron, tan grande que en algunos ambientes había tantos (o más) agentes infiltrados que auténticos revolucionarios. ¡El hombre que fue Jueves hecho realidad!

Con resultados trágicos en múltiples ocasiones, como cuando (y no sucede solamente una o dos veces) el agente infiltrado se ve obligado a asesinar a un ministro o gobernador zarista para no ser desenmascarado (¿ante quién? ¿ante un jefe revolucionario que quizás era también un agente infiltrado?). Se entra así en una dinámica enloquecida que demuestra el peligro de verse atrapado en tu propia red de mentiras, tejida con la mejor de las intenciones pero que acaba siendo letal.

El otro aspecto que quiero destacar es lo improbable del éxito de Lenin. Marginal, minoritario, despreciado, adicto a las constantes purgas que convierten su partido en poco más que una secta. Fracasado, sin apoyos, encarcelado, él mismo está convencido de que no va a conseguir sus objetivos. Una sola «virtud»: su perseverancia, alimentada por un profundo y regurgitado odio. Perdón, dos: a su perseverancia une una despiadada determinación. Pero ni siquiera estos rasgos bastan para explicar su éxito: ha sido perseverante, despiadado… y ha fracasado estrepitosamente. ¿Y entonces?

Entonces aparece ese golpe de suerte totalmente inesperado, que él mismo califica como una «divina sorpresa», y no sucede una vez, sino en varias ocasiones. Cuando todo está perdido sucede algo totalmente improbable y Lenin sale victorioso. Un misterio que al propio Lenin le dejaba atónito. ¿Cómo no pensar en la suerte de Hitler para sortear los numerosos intentos de acabar con su vida?. O también en las muy improbables «casualidades» que jalonaron el proceso de unificación de Italia (a posteriori todo parece formar parte de un flujo natural, pero no fue así. Vale la pena leer el extraordinario relato del proceso de unificación italiana, De la Italia de los tratados a la Italia de la revolución, escrito por Francesco Maurizio di Giovine, para comprender que, también allí, lo normal y previsible no hubiera sido el éxito de los Cavour y Garibaldi).

En definitiva, en la vivencia de Lenin, al igual que en esos otros sucesos, parece actuar una providencia que cuida de su improbable victoria. Sabemos que el curso de la historia está en las manos de Dios, de su divina providencia, pero ésta no actúa de modo simplista, directo, obvio. En ocasiones hay permisiones del mal, incluso parece que el mal es protegido y el bien castigado, algo de difícil encaje en nuestras simplificadoras ideas de providencia. Pero también en estos misteriosos sucesos es Dios quien rige la historia… aunque en ocasiones no seamos capaces de entenderlo o lo hagamos mucho tiempo después.

Por cierto, tras una vida miserable, Lenin alcanza su anhelado objetivo; se hace con el poder… pero para vivir en medio de una guerra civil terrible y de resultado incierto. Y poco pudo disfrutar del poder, pues ya en 1920 sus problemas mentales eran tan fuertes que afectaban su trabajo. Aún viviría cuatro años más, pero cada vez más aislado, con un poder solo nominal, crecientemente enfermo y, después del infarto cerebral de 1922, atado a una silla de ruedas e incapaz de escribir e incluso de hablar. Alcanzó lo que ambicionaba, sació su sed de venganza con un torrente de asesinatos y sangre, y a continuación quedó incapacitado, sin poder disfrutar de su triunfo casi ni un solo día. Algo digno de ser pensado.

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