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¿Por qué no nos hablan nuestros pastores de la preparación ante la muerte?

¿Por qué no nos hablan nuestros pastores de la preparación ante la muerte?

Por Carlos Esteban | 31 marzo, 2020

Hay algo que me tiene muy desconcertado estas últimas semanas, y me gustaría compartirlo con los lectores: ¿por qué no aprovechan nuestros pastores, la jerarquía, la cúpula eclesial e incluso la Curia Romana para predicar sobre los Novísimos, ya saben, Muerte, Juicio, Cielo e Infierno? O, más específicamente, ¿por qué no nos enseñan a los fieles, por qué no nos urgen a prepararnos para la muerte?

No es como si fuera algo excepcional. La última vez que miré, la tasa de mortalidad en nuestra especie, en cualquier nación, raza, sexo o grupo ideológico, sigue estando en el 100%. Es decir, todos vamos a morir. De hecho, eso siempre se ha considerado un punto clave en nuestra fe. No es algo que pase desapercibido, tampoco, en quien lea el Evangelio; no hay nada especialmente ‘traddie’ o rígido o semipelagiano en recordar que vamos a morir, que no sabemos el día ni la hora y que se trata de un momento en el que se decidirá nuestro destino para una vida, la verdadera, que no acabará nunca.

De hecho, ha sido tradicionalmente un tema homilético muy común. Uno entiende que, en nuestra civilización plácida y segura, con una esperanza de vida muy elevada, puede resultar un tema chocante, propio de un aguafiestas en una reunión de sociedad. Pero para el cristiano es un punto fundamental, y pocos actos de caridad puede haber tan evidentemente esenciales como recordar que no estamos aquí para simiente de rábanos, sino para vivir eternamente junto a Dios una eternidad de dicha inefable o apartados de Él una eternidad de dolor, en ese infierno que es la realidad teológica más citada por Nuestro Señor.

De un tiempo -el postconcilio, para ser precisos- a esta parte, el asunto se ha ido arrinconando como un secreto vergonzante y de mal gusto, pero morimos igual, aunque sea algo más tarde y aunque la muerte se disimule cuanto se pueda. Bien, esta es la ocasión perfecta. Estamos todos encerrados en casa, manteniendo la distancia con nuestro prójimo y tomando medidas que hacen cierta e inevitable una depresión económica planetaria por una única razón: porque en esta pandemia hay gente que muere, y porque tememos que nos toque a nosotros o a los nuestros. ¿Qué mejor momento, entonces, para que nuestros pastores nos ayuden a bien morir?

En el Colegio cardenalicio hay ya dos purpurados infectados. Habrá más. El Papa ha protagonizado una imponente bendición urbi et orbi bajo la lluvia en una desierta Plaza de San Pedro, brillante por la lluvia. ¿Por qué no nos ha animado a bien morir? ¿Por qué no nos ha animado con lo que nos espera al otro lado de las puertas temibles de la muerte? No se me ocurre nada más urgente y práctico en este momento, mucho más que acordarse de la salud del planeta que, ay, no está hecho para durar eternamente, al contrario de cada uno de nosotros? Nos pide en las últimas misas en Santa Marta por quienes mueren en soledad. ¿No era el momento perfecto para darnos unas cuantas claves, de lo que nuestra fe tiene que decir sobre un momento tan importante?

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