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“Caí judío, y me levanté Cristiano”

Traducción del artículo publicado en ALFONSO RATISBONNE - Visto en RADIO SPADA.

Alfonso Tobías Ratisbonne, un hombre de 27 años graduado en jurisprudencia, judío, comprometido, a quien le prometían el amor, las promesas y los recursos de sus padres, ricos banqueros emparentados con los Rothschild, el irrisor de los dogmas y de las prácticas católicas, el burlador de la Medalla Milagrosa, decidió un día, distraerse viajando y visitar algunas ciudades del Occidente y del Oriente, excluyendo Roma, que odiaba, siendo la sede del Papa. En Nápoles ocurre algo misterioso. Una fuerza irresistible lo llevó a reservar el puesto para el nuevo viaje, en vez de Palermo, escogió Roma. Arribado en la ciudad eterna, hizo visita a tantos amigos suyos, entre ellos el barón Teodoro María de Bussière, ferviente católico convertido desde el protestantismo. Este, sabiéndolo incrédulo, se arriesga, en las diferentes conversaciones, a hacerle tomar la medalla y prometer decir el Memoráre (Acordáos), la oración de San Bernardo a la Virgen María, a lo cual, sin embargo, con sonrisa burlona y desdén dice: “quiero decir que será para mí una ocasión, en mis conversaciones con los amigos, de poner en ridículo vuestras creencias”. Haz lo que quieras, le responde De Bussière, y se pone a orar con toda su familia por su conversión. El 20 de enero salieron los dos. Se detuvieron ante la iglesia de San Andrés de las Malezas. El católico fue a la sacristía para anotar una Misa por el funeral del conde Augusto de la Ferronnays, ex-embajador francés en Roma, mientras el judío prefirió visitar el templo, curioso de encontrar el arte, pero nada le atrae, no obstante las labores de Bernini, de Borromini, de Vanvitelli, de Maini y de otros artistas vivos y reconocidos. Era el mediodía. La iglesia desierta daba la imagen de un lugar abandonado, un perro negro pasó saltellante junto a él y desapareció. De un momento… dejo la palabra al vidente, según como tuvo que deponer con juramento, durante el proceso que se siguió… “Mientras caminaba por la iglesia y estaba disponiendo a los preparativos del funeral, de improviso me sentí preso por cierto turbamiento, y vi como un velo delante de mí, me parecía la iglesia toda oscura, excepto una capilla, que casi toda la luz de la misma Iglesia se hubiese consentrado en ella. Levanté los ojos hacia la capilla radiante de tanta luz, y vi sobre el Altar de la misma, de pie, viva, grande, majestuosa, bellísima y misericordiosa la Santísima Virgen María similar en el acto y en la estructura a la imagen que se ve en la Medalla Milagrosa de la Inmaculada. A tal vista yo caí de rodillas en el lugar donde me encontraba; buscaba, pues, varias veces elevar los ojos hacia la Santísima Virgen, pero la reverencia y el esplendor me los hacía bajar, lo que sin embargo no impedía la evidencia de aquella aparición. Fijé la mirada en Sus manos, y vi en ellas la expresión del perdón y de la misericordia. Aunque ella no me decía nada, comprendí el horror del estado en el que me encontraba, la deformidad del pecado, la belleza de la religión católica, en una palabra entendí todo. Caí judío, y me levanté cristiano”. En seguida el convertido hizo un bellísimo camino que lo llevó al sacerdocio y a partir como misionero a su tierra de Palestina, donde murió como santo[1].

NOTA
[1] Fue bautizado (con el nombre de Alfonso María), confirmado y recibió la comunión en la iglesia del Gesù el 31 de enero de 1842 por el Cardenal Constantino Patrizi-Naro, y el 20 de junio del mismo año entró en la Compañía de Jesús. Ordenado Sacerdote el 24 de septiembre de 1848, en 1852 dejó a los jesuitas y se unió a su hermano Teodoro (convertido en 1827 y ordenado sacerdote en 1830) en la congregación de los Padres de Nuestra Señora de Sion para la conversión de los judíos. Establecióse en Jerusalén, fue apóstol de la fe y de las obras de caridad, y se encargó también de redescubrir los lugares de la Pasión. Murió a los 80 años en Ain Kerem (patria de San Juan Bautista) el 6 de mayo de 1884.
Publicado por Miles Christi resístens
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Oh Medalla de María Milagrosa, sé mi escudo y protección contra todo dardo incendiario del maligno. Que mi ser físico y espiritual a través de tu medalla, permanezcan unidos a ti, Madre Milagrosa.

Que tu santa medalla me libre de todo mal y peligro; que tu santa medalla me proteja de toda enfermedad, pestes y virus; que al invocar tu santa plegaria: "Oh María concebida sin pecado, rogad por …
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Oh Medalla de María Milagrosa, sé mi escudo y protección contra todo dardo incendiario del maligno. Que mi ser físico y espiritual a través de tu medalla, permanezcan unidos a ti, Madre Milagrosa.

Que tu santa medalla me libre de todo mal y peligro; que tu santa medalla me proteja de toda enfermedad, pestes y virus; que al invocar tu santa plegaria: "Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Ti", sea yo, mi familia y seres queridos, protegidos de toda calamidad y muerte imprevista.

Oh Medalla Milagrosa, protege mi hogar y bienes materiales de todo desastre natural, protege mi vida espiritual y todo mi ser; ampárame madre mía, con el escudo protector de tu medalla; dichoso aquel que la lleva puesta como coraza en su cuerpo y en su alma, porque Tu protección estará con él de noche y de día. Gracias Madre Mía, por tu coraza espiritual, que aleja de mí, al invisible espíritu del mal.

Oh medalla de María Milagrosa, en los momentos de peligro: Cuídame
Oh medalla de María Milagrosa, de las pestes y enfermedades: Cúrame
Oh medalla de María Milagrosa, del enemigo de mi alma: defiéndeme
Oh medalla de María Milagrosa, de los desastres naturales e imprevistos mi hogar y bienes materiales: Protege.

Y en la hora de mi muerte, que la luz de tu Medalla Milagrosa, me guíe a la Gloria Eterna. Amén.

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, con tan hermosa belleza, a ti, celestial princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón, mírame con compasión, no me dejes Madre mía; mi corazón a tus plantas pongo bendita María, para que a Jesús lo ofrezcas junto con el alma mía.
R: Amén.