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Summus clericalismus

Summus clericalismus

Bruno, el 21.10.21 a las 8:36 PM

Siempre me alegra que el Papa Francisco hable del clericalismo, porque es, sin duda, una de las plagas que sufre el catolicismo en la actualidad. A veces uno mira al pasado y se lamenta de lo mucho que hemos perdido en la Iglesia, pero, irónicamente, si hay algo que hemos conservado y aumentado es el malhadado clericalismo. El catolicismo es sustancialmente clerical, por voluntad de Cristo que quiso instituir la jerarquía del orden sacerdotal, pero el clericalismo no es más que una parodia y un abuso de ese designio de Dios.

Por supuesto, como casi todo en esta vida, el clericalismo admite grados muy diversos y hay clericalismos inofensivos, que son más bien rarezas, manías de carácter o pequeñas vanidades de los clérigos que otra cosa. Existe, sin embargo, un clericalismo letal para la Iglesia, que consiste en el abuso de la autoridad sacerdotal o episcopal para pretender imponer o defender cosas que no son de Dios, sino ocurrencias más o menos disparatadas, deseos de poder, ansias de quedar bien con el mundo o incluso intentos de adulterar la fe y sustituirla por otra. Es este clericalismo el que explica gran cantidad de los males que nos aquejan, porque, si somos sinceros, la mayoría de los problemas graves de la Iglesia en el último medio siglo han sido de origen endógeno.

Los ejemplos serían innumerables, así que solo daré un par de ellos personales y, por lo tanto, con menor repercusión, pero no menos significativos. Recuerdo que, hace años, nos echaron a mi esposa y a mí con malos modos de nuestra parroquia por habernos atrevido a pedir que, en vez de un credo inventado por el párroco, se rezara el credo católico de la Iglesia. En otra ocasión, en una parroquia completamente distinta, preferí levantarme y ausentarme de la homilía cuando el fraile que celebraba la Misa nos aseguró nada más empezar a hablar que lo que decía la carta de San Pablo que se había proclamado no era “evangélico” ni cristiano. En ambos casos, los demás fieles siguieron allí, tragándose aquellas barbaridades y quizá incluso creyendo que eso era el verdadero catolicismo. Supongo que la mayoría de los lectores recordarán historias semejantes y yo mismo podría contar muchas otras.

Lo que tienen esos ejemplos en común es la actitud de clérigos que abusan de la autoridad que han recibido de la Iglesia para imponer sus ideas y agendas más o menos disparatadas o, como en los casos citados, directamente contrarias a la fe católica. Esta forma de actuar es claramente contraria a la esencia misma de la Iglesia y equivale a que el clérigo en cuestión se ponga en el lugar de Cristo, no como su siervo, sino como un “nuevo Cristo”, más moderno y mejorado, que sustituye al antiguo. Es evidente que, por ese camino, vamos hacia el abismo y que “debemos extirpar el clericalismo de la Iglesia”, como dijo el Papa.

En ocasiones imagino lo bueno que sería que el Papa escribiera una encíclica contra el clericalismo, titulada quizá Summus clericalismus o Pertinax insania o algo parecido, para combatir este veneno que tiende a destruir la Iglesia utilizando fraudulentamente para ello la obediencia y la piedad filial de los fieles. Claro que después me encuentro con declaraciones como el mensaje que dirigió el Papa Francisco a los movimientos populares y me doy cuenta de que lo de la encíclica quizá no fuera una buena idea:

“Y a todos quiero pedirles en nombre de Dios.

A los grandes laboratorios, que liberen las patentes. Tengan un gesto de humanidad y permitan que cada país, cada pueblo, cada ser humano tenga acceso a las vacunas. Hay países donde sólo tres, cuatro por ciento de sus habitantes fueron vacunados.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los grupos financieros y organismos internacionales de crédito que permitan a los países pobres garantizar las necesidades básicas de su gente y condonen esas deudas tantas veces contraídas contra los intereses de esos mismos pueblos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones extractivas —mineras, petroleras—, forestales, inmobiliarias, agronegocios, que dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones alimentarias que dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los fabricantes y traficantes de armas que cesen totalmente su actividad, una actividad que fomenta la violencia y la guerra, y muchas veces en el marco de juegos geopolíticos que cuestan millones de vidas y de desplazamientos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de la tecnología que dejen de explotar la fragilidad humana, las vulnerabilidades de las personas, para obtener ganancias, sin considerar cómo aumentan los discursos de odio, el grooming, las fake news, las teorías conspirativas, la manipulación política.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de las telecomunicaciones que liberen el acceso a los contenidos educativos y el intercambio con los maestros por internet para que los niños pobres también puedan educarse en contextos de cuarentena.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los medios de comunicación que terminen con la lógica de la post-verdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el escándalo y lo sucio, que busquen contribuir a la fraternidad humana y a la empatía con los más vulnerados.
Quiero pedirles en nombre de Dios a los países poderosos que cesen las agresiones, bloqueos, sanciones unilaterales contra cualquier país en cualquier lugar de la tierra. No al neocolonialismo. Los conflictos deben resolverse en instancias multilaterales como las Naciones Unidas. Ya hemos visto cómo terminan las intervenciones, invasiones y ocupaciones unilaterales; aunque se hagan bajo los más nobles motivos o ropajes”.

A mi juicio, es evidente que estas peticiones son peculiares ocurrencias del Papa Francisco, sobre temas que no conoce bien y que incluso en algunos casos parece desconocer por completo, más allá de algún eslogan progresista escuchado por ahí. A fin de cuentas, están llenas de contradicciones, afirmaciones absurdas, ingenuidades asombrosas e injusticias patentes. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, que pida que no se fabriquen más armas alguien como el Papa, que compra regularmente armas para los guardias suizos que tiene alrededor, que envía capellanes y obispos castrenses a los ejércitos de todo el mundo o que anima a los policías italianos a cumplir su misión, presumiblemente con las armas que utilizan para ello? ¿Qué tendrá que ver con el mensaje evangélico o con el sentido común pedir que los grandes gigantes de Twitter, Facebook o Google, por ejemplo, sigan imponiendo férreamente su ideología, frecuentemente anticatólica, con la excusa de combatir las fake news? Si el monopolio de alimentos es malo, como se dice más arriba, ¿por qué no lo es el monopolio de la información? Si las farmacéuticas deben repartir gratis la vacuna de la covid-19 en particular, ¿por qué no las demás vacunas o todas las medicinas en general hasta que se arruinen todas y se paralice por completo la investigación en ese campo? ¿En qué sentido los bloqueos y sanciones son malos si los hace un solo país y buenos si los hacen “multilateralmente” muchos países, como si la justicia y la verdad fueran cuestión de mayorías? ¿Es que el pecado original no afecta a los muchos y sí a los pocos? ¿Qué tienen que ver los “gigantes de las telecomunicaciones” con repartir gratis los contenidos educativos, si esos contenidos pertenecen en principio a sus autores y no a esos difusos gigantes? ¿Es que no sabe el Papa que hay infinidad de contenidos educativos gratuitos disponibles para todo el que los quiera en Internet? Y si hay que crear más, ¿por qué no lo hace él, con los innumerables centros educativos católicos que tiene a su servicio, en lugar de exigírselo a los demás? Y si los “intercambios con los maestros”, así, en general, deben ser gratuitos, ¿esos maestros no tienen derecho a ganarse el pan con su labor? Etcétera, etcétera.

Como es lógico, no pasa nada porque el Papa tenga ocurrencias más o menos absurdas sobre temas que no entiende bien, pero es muy grave que pretenda proclamar esas ocurrencias absurdas literalmente “en nombre de Dios”. Una tontería dicha por Jorge Mario Bergoglio, que habrá dicho muchas en su vida como cualquiera de nosotros, no tiene importancia; una tontería dicha solemnemente “en nombre de Dios” por el Papa Francisco desacredita la fe, avergüenza a la Iglesia y, francamente y con todo el respeto, roza la blasfemia. Achacar a Dios las propias ocurrencias es un atrevimiento tan grande que resulta muy difícil de calificar. Digámoslo con claridad: Dios no pide esas cosas, que no provienen del Evangelio, sino del buenismo progre de lo políticamente correcto y de la ingenua idea de que los problemas del mundo se arreglarán si todo nos lo dan gratis y ya no se fabrican armas y dialogamos mucho.

No solo es algo muy grave, sino también una muestra más de ese clericalismo que tantas veces ha criticado el propio Papa y que abusa de la autoridad sacerdotal, episcopal o papal para imponer cosas que nada tienen que ver con el Evangelio. Como él mismo señaló, los clérigos que se comportan así, “en lugar de tener a Jesús tienen pequeños ídolos”, por muy políticamente correctos y modernos que sean esos ídolos. Quizá convenga que los fieles les digamos, con esa parresía que también le gusta mucho al Papa, zapatero a tus zapatos.

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