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Adoradores del hombre

Adoradores del hombre

Alonso Gracián, el 13.06.21 a las 12:30 AM

Parece que, hoy día, son legión aquellos católicos que, como dice el P. Castellani en sus Domingueras prédicas, «sabiendo o no sabiendo, se encaminan a la peor herejía que existe, la adoración del hombre; bajo palabras o imágenes cristianas» (Ediciones Jauja, p.112).

Dar culto a la persona humana pareciendo que se da culto a Dios. He aquí el engaño colosal que acosa a los más. Forma parte de la gran impostura del mundo moderno, que con tanta exactitud expresa el Conde de Volney: el hombre, ser supremo para el hombre. Es otra religión, como explicaba certeramente hace poco Pedro L. Llera.

Marx incorporó la máxima ilustrada, y de tal manera, que progres y conservadores adoran lo mismo, cada uno a su manera: unos quieren un orden nuevo para los Hijos caídos de Adán, y no dudan ni dudarán en destruirlo todo para dárselo. Otros quieren lo mismo pero sin pasarse, a cámara lenta y sin quebrar el orden público, que es mejor, les parece, revolucionar las cosas pero estando tranquilos. Pero es la misma idolatría.

Afirma Nuestro Señor que sin Él no podemos hacer nada (Cf. Jn 15, 5). Y recalcando nada nos anuncia una verdad que a muchos, hoy día, no puede sino dejar patidifusos: que ni en singular ni en plural, ni en lo personal ni en lo social, ni en lo privado ni en lo público, puede el hombre alcanzar una vida digna, decente y virtuosa rechazando la cruz de Cristo.

Y como se está con Cristo o contra Él, pretender hacerlo todo sin estar con Él, en Él y por Él, es una herejía de las peores que existen. Porque consiste, esencialmente, en adorar al hombre caído y otorgarle unas facultades autorredentivas que no tiene. Y lo que es peor aún, como distingue Castellani, bajo palabras e imágenes cristianas.

Esta vana presunción es como una Caja de Pandora que lo deshabilita todo, primero el culto; luego la teología moral, la oración, la vida en sociedad, todo. Hasta el mundo de los afectos queda alterado. Porque lo primero que se siente, entonces, es que no hace falta redención, que el hombre es ser supremo para el hombre, que todo consiste en soñar y tener valores.

Y así, a golpe de batacazos, el piadoso cultor del hombre adámico se vuelve más y más ciego a su necesidad, desconfía de los profetas de calamidades, esos que le avisan de que depende absolutamente de Dios, (tanto de sus mociones creaturales como de su gracia). Y se vuelve alérgico a la gracia y acreedor egoísta de todos los dones, como si Dios se lo debiera todo.

Pero como fe, esperanza y caridad son virtudes teologales, que vienen de Dios por la Iglesia, el cultor del hombre las naturaliza, para poder alcanzarlas por sí solo, y por eso la fe se convierte en experiencia de subjetividad; la esperanza, en vana temeridad fiducial, y la caridad, en un afecto caído, globalista y sincrético.

El culto del hombre es suicida. Abandona la sociedad a los demonios del siglo. Impermeabiliza la voluntad a los influjos de la gracia. Vuelve duro el corazón. Por eso hay que quemar, cuanto antes, este Caballo de Troya, y echar sus cenizas fuera de la Ciudad de Dios. Porque no hay enemigo peor que este humanismo con pinta de piadoso que todo lo pretende hacer sin Cristo.

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