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El caso Kentenich-Schönstatt, según el cardenal Joseph Ratzinger

Por Sandro Magister

Para nada rehabilitado, como sostienen sus seguidores y partidarios. La Santa Sede no revocó en absoluto, en 1965, las penas infligidas en 1951 al padre Joseph Kentenich, el religioso alemán fundador del Movimiento internacional de Schönstatt, de quien está en curso la causa de beatificación.
El Santo Oficio le permitió solamente volver a Alemania desde el exilio en Estados Unidos, pero continuó prohibiéndole que retomara contacto con el Movimiento de Schönstatt y mucho menos que asumiera la dirección.
Es lo que se encuentra confirmado inequívocamente en la carta – traducida en esta página del original alemán – que el cardenal Joseph Ratzinger escribió en 1982 al superior general de los Palotinos, la congregación religiosa a la que Kentenich perteneció originalmente.
Quien republica hoy en Settimo Cielo este documento clave es Alexandra von Teuffenbach, la historiadora de la Iglesia que el pasado 2 de julio anticipó en este mismo blog sus investigaciones en los archivos vaticanos respecto a la visita apostólica al padre Kentenich, ordenada en 1951 por la Santa Sede y que constató sus graves abusos de poder y sexuales, y lo castigó severamente:
> Padre patrón. El fundador del Movimiento Apostólico de Schönstatt abusaba de sus religiosas
magister.blogautore.espresso.repubblica.it

Es la misma Alexandra von Teuffenbach quien confronta hoy, en la carta que sigue, la carta decisiva de Ratzinger con las frágiles disculpas que los superiores de Schönstatt continúan haciendo de su fundador.
*

Estimado doctor Magister,
cuando leí en silencio en varios archivos esos actos que narran abusos de poder, abusos y humillaciones infligidas por el padre Joseph Kentenich a algunas religiosas de su movimiento y decidí anticipar el estudio científico y publicar estos hechos, jamás habría imaginado la reacción de la obra de Schönstatt fundada por él.
De hecho, los superiores del movimiento no sólo niegan los hechos publicados, sino que ni siquiera están doloridos, más aún, ni siquiera se plantean algún problema respecto a su fundador y al dolor que ha causado. Simplemente sostienen, desde el primer comunicado de prensa oficial de la presidencia, que están en conocimiento de todo. Y que al igual que ellos, la diócesis de Tréveris sabe todo. De hecho, en su comunicado del 1 de julio se sostiene que “esas cuestiones han sido también afrontadas y clarificadas en el proceso de beatificación llevado a cabo en 1975”.
Por supuesto, se puede encontrar una justificación para todo y las noticias están llenas de tales casos. ¿Pero realmente la obra de Schönstatt y la diócesis de Tréveris piensan que se puede elevar al honor de los altares, y que se puede tomar como ejemplo para todos los católicos, a un hombre que, aunque con cualidades indudables, ha ido mucho más allá de lo lícito, haciendo sentir disgusto y asco y provocar la fuga de esas monjas desesperadas que tuvieron que someterse a sus métodos?
Por supuesto, se puede encontrar una justificación para todo y la crónica está llenas de tales casos. ¿Pero realmente la obra de Schönstatt y la diócesis de Tréveris piensan que se puede elevar al honor de los altares, que se puede poner como ejemplo para todos los católicos a un hombre que – si bien con cualidades indudables – sin embargo fue mucho más allá de lo lícito, provocando disgusto y asco y causando la fuga de esas religiosas desesperadas que tuvieron que someterse a sus métodos? El que se consideraba un padre teniendo al Padre celestial como modelo, ¿jamás se planteó el problema? ¿Jamás tuvo alguna duda que quizás el obispo y el visitador diocesano, el visitador apostólico, los consultores del Santo Oficio y los cardenales de esa Congregación y, por último, el Papa, podrían haber visto bien? La respuesta es un seco “no”. Con gran soberbia él defiende hasta el final cada una de sus acciones y con el mismo orgullo los miembros del Movimiento no han tenido ninguna duda sobre lo hecho por el fundador ni sobre sí mismos, justificando los abusos con frases que pertenecen francamente a otras épocas en las que se culpabilizaba a la víctima.
Quizás todo se puede resumir con esa respuesta dada por el padre Angelo Strada, postulador de la causa de Kentenich hasta el 2016, cuando justifica al fundador, sosteniendo que también otros santos pecaron. Él dice que la santidad no significa estar exento de errores. “San Pedro renegó de Jesús. San Pablo persiguió a los cristianos. Francisco de Asís tuvo una juventud para nada santa […]. Sólo los ángeles pueden ser sin errores”. Evidentemente, al comparar a estos santos con el padre Kentenich no ve la diferencia: ellos tomaron nota de sus errores y, con la gracia de Dios, cambiaron de vida. Pero el padre Kentenich jamás dio – así lo consignan las biografías – alguna señal de arrepentimiento, a pesar de que la Iglesia, oficialmente, se lo haya pedido muchas veces. ¡Al contrario! Pero san Pedro no es un santo y un ejemplo para nosotros porque ignoró su traición hasta el momento que cantó el gallo: es santo porque reconoció su error, lloró lágrimas amargas y recibió finalmente el perdón de Dios. Y es precisamente la misericordia divina lo que nosotros celebramos también en la vida de Pedro.
En el caso de Kentenich – de acuerdo con los responsables de Schönstatt – los que deberían arrepentirse y llorar amargamente serían, por el contrario, tanto el primer visitador – acusado de mantener relaciones ilícitas con las religiosas que colaboraron con él –, como el segundo visitador, el jesuita Sebastiaan Tromp, acusado de haber tratado con poca sensibilidad a las religiosas que mintieron al primer visitador y que – como quería el fundador – no habían hablado de los “secretos de familia”. Para ellos y hasta hoy el padre Tromp fue incapaz de comprender el verdadero sentido de la pedagogía de Schönstatt, al estar prevenido, incapaz de distinguir las religiosas con mentes enfermas, es decir, a las que tenían algo que decir contra el padre Kentenich, e incapaz de comprender las cartas ampulosas del fundador. Hoy se llega a sostener que el padre Tromp – que era jesuita y vivía en la comunidad de la Pontificia Universidad Gregoriana – no conocía la vida comunitaria y sus dinámicas internas y que, en consecuencia, no podía comprender la relación de las religiosas con el padre Kentenich. Esto puede hacernos sonreír, pero quizás es necesario pensar también en el sufrimiento que el continuo mantenerse en el propio error – denigrando todo y a todos – inflige al prójimo.
El colmo de la defensa del fundador es probablemente esa narración ligada a su retorno a Europa, después de un exilio de 14 años. Si antes del Concilio Vaticano II él – considerado por Schönstatt un precursor incomprendido de esa asamblea – fue exiliado, al final del mismo, cuando finalmente lo que hizo fue considerado lícito (!), fue rehabilitado. Más aún, leemos en las últimas entrevistas que el cardenal Alfredo Ottaviani, alto dignatario del Santo Oficio, entonces totalmente ciego y retirado a una vida privada, habría pedido disculpas por las penas que había infligido a Kentenich. Similares arrepentimientos postconciliares se ponen en boca de personas más conocidas. Quizás es necesario recordar que en la ciencia histórica las fuentes “por haber escuchado” no tienen ningún valor y poco valor tienen también las fuentes privadas, cuando se trata de comprender los hechos. Hay una jerarquía también para todo lo que se refiere a las fuentes.
Una vez más la mitología conciliar golpea. ¿El Concilio habría permitido todo, también el abuso de las religiosas? ¿El Concilio habría considerado lícito que un fundador pudiese presentarse como un Dios-Padre, libre de hacer todo lo que quiere y aplicar cada “método” a sus sometidas, humillándolas a su gusto? El comunicado oficial de Schönstatt del 2 de julio de 2020 habla de un decreto de rehabilitación de 1965 y la existencia de este decreto es afirmado enérgicamente por el actual postulador de la causa de beatificación, el padre Eduardo Aguirre. Su predecesor, el padre Strada, últimamente ha sido más cauto y, contradiciendo el comunicado oficial y al actual postulador, sostiene que no existe tal decreto de rehabilitación, porque en esa época no era costumbre del Santo Oficio promulgarlos. Pero hubo, según él, una rehabilitación “de hecho”, porque el padre Kentenich pudo volver del exilio en Estados Unidos y pudo, con el beneplácito de Roma, reasumir todas las funciones directivas como antes de su primer exilio, en consecuencia, como si jamás hubiese habido alguna medida disciplinaria contra él.
Dudé durante mucho tiempo antes de enviarle hoy una carta del cardenal Joseph Ratzinger, datada en 1982. No es una carta personal, sino una toma de posición oficial, en nombre del dicasterio del que era el jefe, el de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio. Y leemos en ella la refutación de muchas declaraciones de Schönstatt, llevadas a cabo durante muchas décadas.
El entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sostiene que no hubo ningún error en la visita apostólica, no hubo ninguna rehabilitación del padre Kentenich y no hubo ningún permiso para retomar las funciones de jefe de la obra después de su regreso a Alemania. Para decirlo con los términos de la disputa sobre el Vaticano II: ¡aquí está la continuidad absoluta en la Iglesia antes y después del Concilio!
Sin embargo, la carta no es secreta. Fue publicada ya en 1982 en las "Acta Societatis Apostolatus Catholici", publicadas en Roma, vol. X, p. 601. Le he enviado una fotocopia del original, para no dar lugar a dudas.
Espero que la carta del cardenal que os envío sirva precisamente para lo que fue escrita: para la verdad histórica. Si después se la quiere ignorar deliberadamente, si se quiere insistir en que se trata sólo de malentendidos o si se quiere – quizás a causa del sentimiento antirromano y sin tener en cuenta a las víctimas de la época - continuar en Tréveris con la causa de beatificación, sólo puedo confiar en que en la Congregación para las Causas de los Santos se tendrá en cuenta la verdad histórica como la resumió Joseph Ratzinger en esta carta.

Alexandra von Teuffenbach

*
SACRA CONGREGATIO PRO DOCTRINA FIDEI
00193 Roma
Piazza del S. Uffizio, 11

2 abril de 1982
Prot. N. 217/50
(In responsione fiat mentio huius numeri)

Rev.mo P. Ludwig Münz, SAC
Rector Generale
Piazza S. Vincenzo Pallotti, 204
00186 Roma

Rev.mo Padre General,
después de nuestro encuentro personal del 26 de marzo, en el que hablamos del caso del ex palotino P. Kentenich, así como también de la relación de este caso con el anterior Santo Oficio y con la actual Congregación para la Doctrina de la Fe, nuestro dicasterio, siguiendo nuestras afirmaciones en la carta del 25-5-1981, quiere establecer explícitamente los siguientes puntos para aclarar eventuales inexactitudes históricas:

1. La Congregación no es de la opinión que las contestaciones que el visitador hizo entonces a la doctrina y a la actividad del padre Kentenich, han sido un desagradable error y se han basado en informaciones erróneas.
2. En la sesión del Santo Oficio del 29 de octubre de 1965 no se anuló ninguna de las anteriores decisiones del Santo Oficio que se referían a la doctrina, la actividad y la persona del padre Kentenich; simplemente no se insistió para que el padre Kentenich, al haber regresado a Roma desde Estados Unidos sin el permiso de la Congregación, sino sólo sobre la base de un telegrama interpretado en forma errónea, tuviera que retornar
3. La Congregación dio su permiso cuando la Congregación de los Religiosos dispensó al padre Kentenich de sus promesas hechas en la Sociedad de Vida Apostólica de los palotinos y le dio el permiso de incardinarse en la diócesis de Münster, pero con la condición de que el padre Kentenich no ingresara al instituto secular de los sacerdotes de Schönstatt y no asumiera la dirección de la obra de Schönstatt.
Con estas aclaraciones, que gustosamente ponemos a disposición, esperamos servir al juicio objetivo de la verdad histórica.
Con cordiales saludos permanezco suyo en Cristo

Joseph Card. Ratzinger

Publicado originalmente en italiano el 3 de agosto de 2020, en magister.blogautore.espresso.repubblica.it/…/il-fondatore-di…
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