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El demonio de la acedia (5 / 13) La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura …More
El demonio de la acedia (5 / 13)

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Autor: P. Horacio Bojorge | Fuente: EWTN

En este quinto capitulo vamos a asomarnos a la experiencia de los monjes del desierto; que fueron al desierto -a los monasterios- en búsqueda del amor de Dios; de entregarse enteramente al amor de Dios. Y es también la experiencia de los religiosos de todos los siglos que han querido dejar todas las cosas para seguir a Nuestro Señor Jesucristo.

En este impulso de buscar la perfección del amor de Dios en la Tierra, se manifiesta, con toda su agudeza, la oposición del demonio de la acedia que también los ataca. De manera especial cuanto más decidido es su impulso de buscar el amor de Dios y dedicarse a Él ya desde esta vida, enteramente, tanto más el enemigo se hace sentir poniéndoles obstáculos.

Esto dio lugar, en la Iglesia, desde muy temprano, una vez que terminaron las persecuciones exteriores y la vida de los fieles en las ciudades se fue como entibiando por las tentaciones de las cosas de este mundo, se perdió el fervor de los primeros mártires. Entonces muchos de los cristianos que querían vivir intensamente su entrega a Dios vieron que tenían que irse de la ciudad, irse al desierto; a buscar al Señor enteramente en una vida pura y sin las tentaciones de las ciudades; en donde muchos se ablandaba en sus virtudes teologales, en su fe, en su amor a Dios, en la esperanza de los bienes eternos y quedaban como prendidos en las redes de este mundo. Ellos precisamente hicieron esa experiencia de querer desprenderse de todos los impedimentos, irse al desierto y dedicarse enteramente a Dios. Y allí se encontraron -en toda su intensidad- con el demonio de la acedia; con el demonio de la tristeza por los bienes divinos.

Fue el impedimento más grande. Pero, al mismo tiempo, estos primeros Padres del Desierto -con esta experiencia- nos enseñaron mucho acerca de las causas de este demonio y de cómo se presenta. Por eso es tan importante que dediquemos este espacio a reconocer esta doctrina, a recordarla.

Muchos Padres del Desierto hablaron del demonio de la acedia. Entre otros pensamientos ellos hablaban de los ocho pensamientos o de los siete pensamientos -- refiriéndose a los vicios capitales -; pero no como fenómenos de orden moral sino del orden espiritual. Éstos siete pensamientos u los ocho pensamientos son los pensamientos que trae el enemigo para impedir el camino o disuadir del camino a los hombres que buscan a Dios. Nosotros actualmente conocemos esa lista como los 7 pecados o vicios capitales.

Evagrio Póntico, uno de los Padres del Desierto, habla de ocho pensamientos, él -como Casiano y otros padres- habla del demonio de la acedia. Y hacen una especie de retrato de lo que le sucede al monje ante este demonio de la acedia; retrato que quiero resumirles un poco brevemente.

El demonio de la acedia se presentaba en la vida del monje, - imagínense los monjes que vivían en los monasterios en el desierto, sin mayor vegetación, a veces en laderas de los torrentes, en cuevas excavadas en las rocas. Algunos, como ermitaños, en una cueva donde vivían con una austeridad muy grande, con largas horas de silencio y de soledad. Aparecía sobre todo el peso del demonio de la acedia a eso del mediodía. Habían ayunado desde la cena de la noche anterior, para celebrar la Eucaristía más tarde. Un ayuno muy largo, de muchas horas. Al mediodía, en el desierto, en esas zonas un calor tremendo, nada se movía afuera y ellos, en ayunas. Se les hacía muy largo el tiempo, y en ese momento entonces se presentaba como una pérdida del consuelo divino. Su voluntad los había empujado al desierto a buscar a Dios, pero ahora su sensibilidad se revelaba contra el sacrificio que esa búsqueda de Dios le imponía a su carne, a su naturaleza.

Naturaleza que se cansaba de esos ayunos, de esa fatiga, que se debilitaba... que por efectos de la soledad, del sol, del calor, sentía el peso de ese tipo de vida, entonces entraba en su sensibilidad ese desasosiego. Esa ansiedad le hacía asomarse a las ventanas, buscar con quien hablar, le producía una inquietud física a veces irresistible, y le venían pensamientos de que él vivía mejor afuera, añoraba su existencia en el mundo, se sentía tentado de irse de ese lugar a otro, donde quizás podría tener un oficio distinto dentro del monasterio; estar con otros hermanos en el monasterio y no solo en su gruta, en fin la tentación de la huída del lugar donde estaba.

Tanto Casiano como Evagrio dicen que el demonio de la acedia es el demonio más pesado entre los que atacan al monje, mucho más que los demás pensamientos, del pensamiento de la gula, de la lujuria, de la riqueza o el sueño por las cosas pasadas, de los afectos de la vida familiar, de su trabajo o de sus amistades en la ciudad... Mucho más pesado que todos esos pensamientos, era este pensamiento de no encontrar el consuelo de Dios que habían venido a buscar, porque -posiblemente- en sus primeros tiempos de conversión los consuelos habían sido -como suele suceder con los convertidos- muy abundantes, muy profundos.

Los dones espirituales que Dios imprime en la inteligencia y en la voluntad -como somos una sola unidad- redundaban en el resto de su persona, también en la parte sensible. Y entonces sus sentimientos eran muy agradables. Ahora quedaba la voluntad, quedaba la inteligencia, pero la sensibilidad estaba atormentada por las penas de esta vida dura que habían abrazado, por la abstención de la obediencia, de la pobreza, de la castidad. Las cosas que habían sacrificado. Y todo para encontrar el amor de Dios. Porque era un abandono radical de todas las cosas buscando a Dios. para que Dios se manifestara, y parecía que ahora Dios se ausentaba, se alejaba, no se manifestaba, no se lo encontraba.

La sensibilidad se revelaba contra este sacrificio que se le imponía, contra esta cruz que se le imponía y encontraba que buscar a Dios era algo demasiado costoso para ese aspecto de su personalidad, para su ser humano, que la vida que estaba viviendo se trasformaba -un poco- en inhumana, por querer ser demasiado divina, venían entonces estas tentaciones: ¿todo este sacrificio es necesario?, ¿podría yo encontrar a Dios de otra manera mucho menos radical?, ¿podría encontrarlo en la vida?, venían entonces las tentaciones de abandonar la vida monástica.

Esta es -globalmente- la descripción y las causas de cómo en la vida monástica, que era precisamente donde más radicalmente se buscaba a Dios, el demonio de la acedia se manifestaba también con una radicalidad mucho mayor. Tan es así que, las descripciones que estos monjes del desierto nos hacen del demonio de la acedia, parece que nos impiden reconocerlas en aquellas formas que se manifiesta entre los laicos, o entre personas que no viven la vida religiosa tan radicalmente, con un deseo tan grande y con una consecuencia mayor en dejar todas las cosas por seguir a Dios.

Esta radicalidad evangélica para buscar a Dios era el caldo de cultivo apropiado para que el demonio atacara con una mayor radicalidad en la vida monástica. Ya vamos a ver que en la vida laical, en la vida nuestra, la acedia se manifiesta de una manera mucho más sutil, porque como también la decisión de la búsqueda de Dios no es tan grande, no es tan radical y definida, entonces también es mucho más sinuoso el ataque del demonio de la acedia en los laicos o incluso en los religiosos de vida activa.

Es muy interesante la descripción que nos hace Evagrio Póntico, este padre del desierto, de cómo experimenta el monje el ataque del demonio de la acedia, que se llama demonio meridiano porque ataca generalmente alrededor del medio día, -dos horas antes, dos horas después-, en los monasterios se comía a lo que actualmente es hora de la siesta, de modo que el almuerzo estaba retrasado y se hacía muy penoso el ayuno. Los invito a ver esta descripción que nos hace -Evagrio Póntico- sobre el demonio de la acedia porque es muy gráfica (yo haré algún comentario en medio de ella).

Dice que el demonio de la acedia, o demonio del mediodía, es el más pesado y duro de sobrellevar, ataca entre dos horas antes y dos horas después del mediodía. Primero produce la sensación de que el sol se ha detenido, como si el tiempo no avanzase, (algo parecido a lo que nos pasa en los insomnios, en los que nos parece que han pasado horas y apenas han pasado diez minutos), el tiempo no pasa nunca.

Luego lo obliga a andar asomándose por las ventanas a ver si hay por allí algún otro con quien poder conversar, buscar el consuelo de las criaturas; pasar el tiempo encontrando algún consuelo y distracción. Le inspira una viva aversión al lugar donde está, “¿pero qué estoy haciendo yo aquí?”. Y le inspira también la idea de que la caridad ha desaparecido en el monasterio, (“nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, estoy aquí tan solo”). Dios no me basta Busco un poquito de consuelo o afecto humano. Si por casualidad ha sucedido que en esos días alguien lo ha entristecido -dice Evagrio- el demonio se vale de esto para aumentar su aversión hacia el lugar donde está. Le hace desear estar en otro lugar, en otro monasterio, en cualquier lado menos aquí, se imagina que en otro lugar podrá encontrar más a Dios, donde podrá tener un oficio menos penoso, más entretenido, más provechoso, (la imaginación vuela hacia lugres donde se sentiría bien huyendo de esta sensación de malestar que lo acosa aquí) Razona que servir a Dios no es cuestión del lugar,

Piensa que podría servir a Dios en otro lugar más tranquilo, sin tantas privaciones El demonio de la acedia se le hace como consejero compasivo que le dice “¿no ves que aquí te estás dañando la salud?”, se hace el cariñoso con el monje. Se acuerda entonces de sus parientes, y de su vida pasada. Evagrio justamente dice que el demonio de la tristeza comienza con el recuerdo de las cosas dulces y …
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