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Gracias, Monseñor Taussig (Carta del Dr. Jordán Abud ante el cierre del Sem.S.Rafael)

Gracias, Monseñor Taussig (Carta del Dr. Jordán Abud ante el cierre del Sem.S.Rafael)

Mª Virginia, el 1.12.20 a las 3:31 PM

En la fiesta de la Medalla Milagrosa, el pasado 27 de noviembre fue finalmente cerrado el Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, del obispado de San Rafael a cargo de Mons. Eduardo Taussig, quien dijo a la prensa local “no conocer los motivos” de la medida, atribuyéndola a una decisión de Roma, a pesar de que otras fuentes señalan que su viaje fue para evitar que se adjudique un administrador apostólico, como solicitaban los seminaristas y sacerdotes formadores.

El día del cierre los fieles se congregaron para rezar un Via Crucis, que terminó frente a la entrada del Seminario, precisando: «Se pidió por el seminario diocesano; por los seminaristas; por sus familiares, por el dolor de sus madres; por los niños de la diócesis, por las vocaciones sacerdotales, por las escuelas católicas, por la feligresía de la diócesis; por los sacerdotes fieles, por los sacerdotes que atienden la misión en Cuba», indicaron.Los feligreses pidieron en el final del Vía Crucis «tal como enseñaban Mons. Kruk y el Padre Alberto Ezcurra, fundadores e inspiradores del espíritu y estilo del Seminario hoy disuelto, que Cristo vuelva a ser Rey de la patria Argentina». «Acá quedan enterradas muchas vocaciones. Espero no pase lo mismo con la fe. Ruego y espero por la reapertura para que haya sacerdotes según el corazón de Cristo y no según el espíritu del mundo».

Los seminaristas no ofrecieron declaraciones, y sólo pidieron que no se deje de pedir por ellos.

Unos pocos días antes, el Dr. Jordán Abud (*) dirigió a Mons. Taussig una carta que luego se hizo pública y que reproducimos a continuación.

Gracias, Monseñor Taussig

En pocos días ya estará cumplido buena parte de lo proyectado. Las fases se fueron ejecutando sin que ninguna manifestación ni evidencia ni declaración puedan detener la sentencia. En breve los seminaristas volverán a sus hogares y el lugar quedará posiblemente custodiado con guardias mínimas esperando un eventual destino.

No hay nada que agregar si de testimonios se trata. Se dijo e hizo lo que se pudo. Y para quien quiera ver, sólo basta abrir los ojos.

Pero no dejemos pasar la oportunidad, ya están tiradas casi todas las cartas y es hora de ser agradecidos. Simplemente porque urge dimensionar el bien que nos hacen, y no hacerlo es exponernos a la estupidez. Después de todo, lo importante sigue siendo dar gloria a Dios y salvar nuestras almas, lo demás es secundario. Y en esto, el bien puede llegar de cualquier lado, aún -y particularmente- de nuestros enemigos. Judas, Barrabás, Pilatos, Herodes también formaron parte -sin saberlo- del misterio redentor de Nuestro Señor.

Entonces, creemos que a esta altura resta dar las gracias al verdugo y ejecutor de semejante tragedia. Gracias, Monseñor Taussig.

Gracias, porque nos ayuda a calibrar la hondura de esta crisis que padecemos en la Iglesia, y hasta dónde puede llegar el odio a todo lo que recuerde que no se puede ser a la vez de Cristo y del mundo. La dimensión abismal de esta agonía sólo queda en evidencia en casos como éste, en otros suele pasar inadvertido. Para los ingenuos y los pacifistas, esta debe ser una lección preferencial. Que el mismo a quien se encomienda el cuidado paternal sea quien ultraja y agrede, es indudable signo de que el maligno se ha metido en las venas de la Iglesia.

Gracias, porque ha quedado en claro que, una vez más, el padre Castellani tenía razón: nada peor que un necio con poder. Claro, en rigor, el problema es mayor aún si se trata además de una crisis política (tanto en materia civil como religiosa) donde el populismo más prosaico y vil se ha devorado la verdad, cautiva de caprichosos maquiavélicos. Sí, no hay dudas, el poder ha quedado en el costado sucio de la batalla. Y entre lágrimas todo esto nos ayuda a corroborarlo.

Gracias, porque nos ha explicado con las obras el alcance de esta guerra. Era preciso ir a los hechos, y así fue. En una guerra no puede quedar todo en conceptuosos diseños y proyectos, en algún momento hay que buscar dar en el blanco, apuntar al corazón. Muéstrame tus obras…podríamos decir. Muy bien, Monseñor. Hemos visto sus obras, estos son sus logros, estas sus condecoraciones que quedarán en un lugar de relevancia de su currículo.

Gracias también, porque ahora entendemos mejor aquello de que el amor es aprobación de que algo exista y el odio es ímpetu porque algo desaparezca y vuelva a la nada. Por eso ambos, que son neutros como tal, se especifican por su objeto. Si se desquicia, el odio al bien hace que no se quiera corregir, educar ni exigir. Al contrario, lleva a decir: si de mí depende, deseo que te disuelvas en la nada. Y así lo ha hecho. No hemos visto ni por asomo semejante intransigencia y determinación en atacar el mal en sus variadas formas. Está claro cuál es el peor mal para usted.

Pero eso no es todo, nos ha enseñado más. Gracias, porque ha ratificado en sus estertores de tinte paranoide y en el frenetismo ascendente de sus sanciones y amenazas que nuestros muertos viven. El nerviosismo evidente que lo asalta cuando resuenan una y otra vez quienes se alistan en la Iglesia triunfante ratifica que esta no es una guerra carnal. Acá hay espadas invisibles y nombres que resuenan, y ha sido elocuente constatar hasta qué punto esto lo incomoda y desvela.

Gracias, además, porque una vez más los sicarios de la revolución anticristiana han enseñado el orden y la jerarquía priorizando el flanco de sus ataques. Tenemos muchos ejemplos, a Dios gracias. Y usted ha visto cabalmente lo que significa el Seminario de San Rafael. Es ejemplificador el tino en sus esfuerzos; en horas tan confusas y en horizontes de una espesura inquietante, su gesto ha sido claro y contundente. No ha sido la masonería ni el sionismo, no el aborto ni la contranatura, no el progresismo y ni la izquierda lo que le ha quitado el sueño. Ha sido el Seminario del que usted es responsable. ¡Y tiene razón! Era hora de que actúe en consonancia contra los verdaderos riesgos de su ideario.

Si me permite, un recordatorio que posiblemente no haga falta: tenga en cuenta que si la tarea es bien entendida, como usted lo ha hecho, es preciso ocuparse ahora del clero -e incluso, de los laicos-. Usted conoce de historia, y no cometerá el error estratégico de dejar a su merced a tantos hijos espirituales que combatimos por una misma Causa.

Pero tome todos los recaudos que pueda, no olvide que la fe viva -justamente por eso, por estar viva- es dinámica, eficaz y una vez que se enciende crece y quema todo a su paso. Por eso es que mientras más se persigue a los cristianos, mejores frutos brotan de su martirio. La persecución fortalece y los golpes curten el alma, templan el ánimo y reavivan la impaciencia de eternidad. Entonces, ante cada decapitación -como ya lo viene haciendo- tome el recaudo de tirar lejos las cabezas e incluso coser sus bocas, porque es posible que con la última gota de sangre y el aliento final, sus enemigos sigan gritando la verdad a los cuatro vientos.

Ahora entendemos cabalmente que no fue una crisis nerviosa la que sufrió hace algunos años cuando con nuestra banda de música (como sabe, pertenezco a la Unidad de Paraná) celebrando un diaconado amigo recordamos la figura del P. Ezcurra, entonamos el Cara al Sol -ese himno que evoca el martirio de 10.000 españoles en el siglo XX- y vivamos a Cristo Rey y María Santísima.

Gracias, finalmente, porque nos hace cuadrarnos mejor para la próxima batalla, renovando la certeza de que este es un combate espiritual. Y como tal, hasta las últimas consecuencias. Su cuchillada certera ha generado la experiencia tan honda y revitalizadora de consolidar los lazos espirituales que nos unen. Ha logrado por estos meses que nuestros corazones estén en aquel rincón cuyano, más allá de la ubicación geográfica de cada uno de nosotros. Su agresión nos fortalece y nos une, la amistad en torno a nuestro seminario de San Rafael se ha reavivado, y no dude que toda amistad revitalizada da sus frutos.

Por todo lo sucedido, resuena más profundo en nuestra alma aquello de que “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. Ya lo recordaba Benedicto XVI en el año 2012, en un almuerzo con cardenales: “hoy la palabra ecclesia militans está un poco fuera de moda, pero en realidad podemos comprender cada vez mejor que es verdadera, que porta en sí misma la verdad”.

Monseñor, por su bien, le pedimos a Dios que alguna vez dimensione -más con ojos de eternidad y menos en sintonía con ese mundo del que nos advierte San Juan- lo que ha perpetrado. No tenga dudas, esto seguirá, porque tenemos tiempo, exactamente el mismo que dure nuestra vida. Con la gracia de Dios, no habrá herida ni persecución ni amenaza que nos haga perder la alegría del destino que nos aguarda. A condición de ser fiel.

Y tenga esta certeza: mientras quede uno solo de aquellos que encarnan lo que tanto teme, siempre se escuchará un canto varonil a la Patria y un tronar de vivas a Cristo Rey de la Historia, siempre habrá un poncho colorado y una sotana -generalmente zurcida- renovando a diario el corajudo desplante al mundo, nunca faltará el sacramento y la plegaria en vertical ascenso, místicamente entreverados con el buen vino y la fogata.

No se confunda: no se trata de una lucha de poder, se trata de una promesa de amor.

Jordán Abud

(*) El Dr. Jordán Alejandro Abud es argentino, viudo y padre de seis hijos, Licenciado y Doctor en Psicología con la especialidad de Metacognición. Se ha dedicado a la investigación y docencia secundaria y universitaria, y autor de una decena de libros de su especialidad. Presidente de la Asociación Argentina de Psicología Realista “Ecce Homo”, entre otras numerosas tareas al servicio de la vida y la verdad.